Capítulo 22 #2
El plan parecía sencillo: Arai llevaría a Yaiza a casa desde el hospital, con Bruno.
Teresa llegaría una hora después, cuando Yaiza ya estuviera instalada, y yo iría más tarde, a ver a Aday.
No antes. No para plantarme allí como dueño de nada.
Solo para mantener la rutina del niño, si Yaiza lo permitía.
Nos salió regular desde el momento en que Yaiza vio a Teresa en la puerta.
Yo llegué justo en ese momento.
No porque quisiera entrar con la enfermera, de verdad. Había aparcado a dos calles, había dado una vuelta absurda para hacer tiempo y aun así terminé llegando cuando no debía. Como siempre.
Yaiza estaba en el sofá, con la pierna elevada sobre unos cojines, el pelo recogido de cualquier manera y una cara de cansancio que intentaba tapar con mala leche.
Tenía una manta sobre las piernas, una botella de agua en la mesa y el mando de la tele al lado, como si todo aquello fuera una escena normal.
No lo era.
Aday estaba sentado en la alfombra, rodeado de dinosaurios y con un cuaderno abierto. Levantó la cabeza al verme y se le iluminó la cara.
—¡Nico!
Aquello me dio y me rompió en el mismo sitio.
Yaiza también lo oyó. Claro que lo oyó. Su mirada fue de Aday a mí, de mí a Teresa y de Teresa otra vez a mí.
—¿Qué es esto?
Arai, que estaba junto a la mesa con una bolsa de medicación, respiró hondo.
—Yaiza…
—No, Arai. Estoy preguntando qué es esto.
Teresa dio un paso adelante, muy tranquila.
—Soy Teresa.
Yaiza la miró como si Teresa acabara de declararle la guerra.
—Enhorabuena.
Yo cerré los ojos un segundo.
Aday se puso de pie con un dinosaurio en cada mano.
—Mamá, Teresa sabe hacer sopa.
Teresa sonrió.
—Eso todavía no lo hemos comprobado.
—Pero Nico ha dicho que sí.
Todas las miradas vinieron hacia mí.
Fantástico.
Yaiza apoyó las manos a los lados del sofá, como si quisiera incorporarse, pero hizo una mueca y se quedó donde estaba. Arai se movió por instinto, aunque se detuvo cuando Yaiza levantó un dedo.
—Ni se te ocurra.
Arai se quedó quieta.
Yo di medio paso.
Yaiza me señaló con el mismo dedo.
—Tú menos.
Me paré.
—No iba a…
—Claro que ibas.
No pude discutirle eso.
Bruno apareció desde la cocina con un vaso de agua y cara de estar deseando volver a desaparecer.
—Quizá deberíamos hablarlo con calma.
Yaiza lo miró.
—Bruno, te quiero mucho, pero ahora mismo tu calma me importa una mierda.
Aday abrió mucho los ojos.
—Mamá ha dicho una palabrota.
—Mamá está convaleciente —dijo Arai rápido.
—¿Eso significa que puede decir palabrotas?
—No —respondimos todos a la vez.
Aday frunció el ceño.
—Pues no lo parece.
Teresa se tapó una sonrisa con la mano. Yo no pude evitar sonreír también, aunque el error me duró menos de un segundo.
Yaiza me vio.
—¿Te hace gracia?
—No.
—Pues avisa a tu cara.
Aday miró mi cara con atención.
—Sí te hace.
—Gracias, compañero —murmuré.
—De nada.
Yaiza soltó aire, agotada.
—No necesito una cuidadora.
Teresa no se ofendió. Ni siquiera cambió el gesto.
—Eso lo dicen todos.
—Yo no soy todos.
—Eso también.
Arai bajó la cabeza. Bruno tosió para no reírse. Yo miré al techo.
Aquello podía ser un desastre, aunque quizá también podía ser exactamente lo que necesitábamos.
Yaiza clavó los ojos en mí.
—¿La has contratado tú?
No tenía sentido mentir.
—Sí.
—Pues puedes descontratarla .
—No creo que esa palabra exista.
—Acaba de nacer.
—Felicidades.
—Nicolás.
La advertencia fue clara, así que dejé la broma.
—No he venido a organizarte la vida.
—Qué curioso, porque parece muchísimo que sí.
—He buscado ayuda.
—No te la he pedido.
—Lo sé.
—Entonces vamos avanzando.
Me acerqué solo un poco, lo justo para bajar la voz sin invadirla.
—Yaiza, necesitas a alguien.
—Te equivocas.
—No puedes levantarte sola.
—Ya aprenderé.
—No deberías ducharte sola.
—No pensaba invitarte.
—No estoy hablando de mí.
—Pues mejor.
Arai se llevó una mano a la frente. Bruno miró a Teresa. Teresa miró a Aday, y Aday nos miraba a todos como si aquello fuera mucho más interesante que sus dinosaurios.
—Mamá —dijo de pronto—, si Teresa se queda, ¿Nico puede quedarse también?
El silencio que cayó después fue bastante más claro que cualquier respuesta.
Yaiza cerró los ojos.
—No.
Aday ladeó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque Nico tiene su casa.
—Pero viene por las tardes.
—Hoy ha venido un rato.
—¿Y mañana?
Yaiza abrió los ojos y me miró. Ahí estaba la pregunta de verdad. No la de Aday, sino la suya. Quería saber si iba a seguir apareciendo, si pensaba convertir cada tarde en una batalla, si iba a usar al niño para quedarme o si, cuando todo se complicara, volvería a irme.
Tragué saliva.
—Mañana vendré si tu madre quiere.
Aday hizo una mueca.
—Mamá siempre dice que no cuando está enfadada.
—Aday —dijo Yaiza.
—Es verdad.
—No ayudes.
—Estoy ayudando.
Teresa dejó su bolso junto a una silla.
—Yo puedo volver mañana —dijo Teresa—. O puedo quedarme hoy una hora, explicar la medicación, mirar que esté todo bien colocado y luego usted decide si quiere echarme con educación o sin ella.
Yaiza la miró.
—Con educación no prometo nada.
—Me vale.
Arai aprovechó ese segundo.
—Yaiza, por favor.
Arai lo dijo sin fuerza, y Yaiza la miró. No contestó enseguida. Tenía delante a su amiga con una bolsa de medicamentos en la mano, la ropa arrugada y el pelo recogido de cualquier manera. Quizá ahí entendió que Arai también estaba al límite.
—Una hora —dijo al fin.
Arai cerró los ojos.
—Gracias.
—No me des las gracias. Me pone de mal humor.
—¿Más?
Yaiza la fulminó con la mirada y Arai sonrió un poco. La primera sonrisa real en días.
Aday levantó a los dinosaurios.
—¿Entonces Nico se queda?
Yaiza volvió a mirarme.
—Nico se va en diez minutos.
—Treinta —dijo Aday.
—Diez.
—Veinte.
—Aday.
—Quince y pintamos un velociraptor.
Yaiza se quedó callada. Yo también.
Bruno murmuró:
—Negocia mejor que tú.
Arai le dio un codazo.
Yaiza me miró como si yo tuviera la culpa de que nuestro hijo hubiera salido cabezota, que seguramente sí.
—Quince minutos —dijo—. Y ni uno más.
Aday sonrió como si acabara de ganar una guerra.
—Vale.
Me senté en la alfombra, a una distancia prudente de Yaiza y cerca de Aday. Él me puso un dinosaurio verde en la mano.
—Este no es velociraptor.
Lo miré con toda la dignidad que pude.
—Tiene cara de velociraptor.
—Es un parasaurolophus.
—Eso iba a decir.
Aday suspiró, decepcionado.
—No sabes nada.
—Estoy aprendiendo.
—Mamá sí sabe.
Yaiza, desde el sofá, cerró los ojos un segundo.
—Mamá ahora mismo sabe que, como pintes otro dinosaurio verde, te lo confisca.
Aday se rio. Yo también. Y ella, aunque intentó disimularlo, casi sonrió.
No era perdón, ni confianza, ni un comienzo limpio. Pero era su casa, Aday riéndose en el suelo y Yaiza en el sofá, despierta, cabreada y lanzándome miradas capaces de cortarme en dos.
Después de tantas semanas de hospital, aquello ya era bastante. Y yo habría aceptado quince minutos así todos los días.