Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 22
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Capítulo 22

Nicolás

No me fui.

Me quedé sentado en una de las sillas del pasillo, con los codos apoyados en las rodillas y el móvil entre las manos. La pantalla se encendía de cuando en cuando, aunque nadie me escribía. Creo que la tocaba sin darme cuenta, por no quedarme quieto del todo.

Dentro estaba Yaiza, despierta, furiosa y dolida, con todo el derecho del mundo a estarlo. Y yo estaba fuera, que seguramente era el único sitio donde podía estar sin seguir empeorándolo todo.

Aun así, no sabía qué hacer con las manos, ni con la espera, ni con la cabeza, que volvía siempre a la misma frase.

«No uses su nombre para quedarte».

Me la había dicho con la voz rota, casi sin aire, pero no necesitó más. Me jodió porque tenía razón. Había usado el nombre de Aday para quedarme, aunque no quisiera verlo así. Y eso no era justo. Ni para ella ni para él.

Apoyé la nuca en la pared y cerré los ojos, pero los abrí en cuanto la puerta de la habitación se abrió.

Salió Bruno, no Arai. Cerró despacio, se quedó un momento con la mano en el pomo y luego caminó hacia mí. Tenía la camisa arrugada, la cara cansada y unas ojeras de varios días.

Me incorporé.

—¿Cómo está?

—Agotada.

Asentí, aunque la respuesta no me dejaba más tranquilo.

—¿Ha preguntado por mí?

Bruno me miró de una forma que contestó por él.

—Ya —murmuré.

Se sentó en la silla de al lado, no demasiado cerca, pero tampoco lejos.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Al otro lado del pasillo, una enfermera empujó un carro y entró en otra habitación.

Un hombre mayor pasó despacio, agarrado a un gotero.

El hospital seguía funcionando. Nosotros no tanto.

—La videollamada con Aday ha ido bien —dijo Bruno al fin.

Aquello me removió algo por dentro.

—¿Lo has visto?

—Sí.

—¿Cómo está?

—Contento. Asustado, pero contento.

Bajé la mirada al móvil.

—Me alegro.

Y era verdad. Me alegraba tanto que dolía.

—¿Ha preguntado por mí? —se me escapó.

Bruno soltó aire por la nariz. No fue una risa. Tampoco un reproche. Más bien cansancio.

—Aday habla de ti con naturalidad, Nico. Ese es el problema.

Tragué saliva.

—Para él eres parte de estas semanas —añadió.

—No he querido ocupar un sitio que no…

—Lo sé —me cortó, sin dureza—. Pero lo has ocupado igualmente.

No respondí porque también tenía razón. Yo no había entrado en la vida de Aday a la fuerza, pero había entrado. Me necesitaron, él empezó a buscarme y yo empecé a estar. Sin darme cuenta, sin medirlo demasiado. Ahora me esperaba cada tarde, y eso ya no era poca cosa.

—Hoy no deberías ir a casa —dijo Bruno.

Lo miré.

—Va a preguntar.

—Sí.

—Bruno…

—Y si vas, Yaiza va a sentir que seguimos decidiendo por ella.

Me levanté antes de pensarlo. No para irme ni para enfrentarme, solo porque sentado me faltó sitio para tragar aquello.

—Aday no tiene la culpa.

—Nadie ha dicho que la tenga.

—Si no voy, va a pensar que he desaparecido.

—Y si vas, puede que Yaiza piense que estás usando al niño para seguir entrando.

Me giré hacia él.

—No estoy haciendo eso.

—Pues entonces no lo hagas.

La frase me dejó quieto. Bruno no levantó la voz. No hacía falta. Tenía esa forma suya de soltar una verdad y quedarse callado, como si el resto ya fuera cosa tuya.

Me pasé una mano por la cara.

—No sé cómo hacerlo bien.

—Ya.

—¿Eso es todo lo que tienes?

—No. Tengo sueño, hambre y dos niños en casa que creen que soy invencible porque aún no me han visto llorar. Pero consejo útil, ahora mismo, poco.

A pesar de todo, casi sonreí.

Bruno se apoyó en el respaldo.

—Escúchame. Yaiza acaba de despertar. No puede levantarse, no puede ver a su hijo como quiere y acaba de enterarse de que tú sabes la verdad y has estado con Aday casi un mes.

»Si hoy vas a casa y te sientas a hacer tareas o a pintar dinosaurios como si nada, aunque no sea tu intención, le estás quitando otra decisión.

La palabra «quitar» me molestó porque era exacta.

—Entonces, ¿qué hago?

—Empieza por no ir hoy.

—Va a dolerle.

—Sí.

—Y a mí.

—También.

—Qué maravilla.

—Ser adulto es una mierda.

Esta vez sí solté una risa breve, sin ganas.

La puerta volvió a abrirse y Arai salió despacio. Tenía la cara cansada, el pelo algo suelto y pinta de estar funcionando por pura inercia. Cerró la puerta y se quedó mirándonos a los dos.

—Está dormida —dijo.

Me levanté.

—¿De verdad?

—O eso está fingiendo muy bien para que la dejemos en paz.

Eso sí sonó a Yaiza.

—¿Cómo estás tú? —le pregunté.

Arai me miró, descolocada, como si no supiera ni por dónde empezar a contestar.

—No lo sé.

Bruno se acercó por detrás y le pasó un brazo por encima de los hombros. Ella no se apartó; solo apoyó un segundo la cabeza en su hombro, lo justo para tomar aire, y luego volvió a mirarme.

—No vayas hoy a ver a Aday.

Cerré los ojos. Ya lo sabía antes de que lo dijera, pero oírselo a ella lo hizo más real.

—Lo mismo me ha dicho Bruno. Pero va a preguntar por mí.

—Lo sé.

—¿Qué le vais a decir?

—Que hoy no has podido ir.

—Eso suena a excusa.

—Es una excusa.

Que lo dijera así, sin adornarlo, me dejó peor que una mentira.

—No puedo hacer otra cosa ahora mismo, Nico —añadió Arai—. Yaiza ahora mismo no puede con casi nada, pero eso no nos da derecho a seguir moviendo las cosas como si ella no estuviera. Ya lo hemos hecho bastante.

No lo dijo para culparme, y por eso dolió más.

—Yo solo quiero ayudar.

—Lo sé. Pero ayudar a Yaiza no va a ser entrar por la puerta y solucionarlo todo. Ella no funciona así. Cuanto más vea que alguien intenta llevarle la vida, más se va a cerrar.

—¿Y qué necesita?

Arai soltó una risa agotada.

—¿Además de una pierna nueva, un mes de su vida y que todos dejemos de tomar decisiones por ella?

No contesté.

—Va a necesitar ayuda cuando salga —añadió—. Mucha. Aunque diga que no. Sobre todo porque va a decir que no.

—¿Cuándo le darán el alta?

—Todavía no lo sabemos. Unos días. Una semana. Dependerá de cómo evolucione, del dolor, de la rehabilitación y de todo eso.

—¿Volverá a vuestra casa?

Arai negó con la cabeza antes incluso de que terminara la pregunta.

—No va a querer.

—No está para estar sola.

—Ya. Pues díselo tú, que seguro que le encanta.

Bruno hizo una mueca.

—Yo apostaría dinero a que te tira algo.

—No puede tirar nada —dije.

Arai me miró.

—Yaiza siempre puede tirar algo.

Por primera vez en demasiados días, la imagen de Yaiza lanzándome lo primero que tuviera a mano me pareció casi un alivio. Porque eso era ella. Viva, enfadada, imposible.

Arai se frotó la cara.

—Va a querer volver a su casa con Aday. Va a decir que puede sola. Va a fingir que no le duele. Va a intentar levantarse cuando no deba y va a convertir cada ayuda en una pelea.

—Entonces necesita a alguien.

—Sí.

—Alguien que no seas tú.

Arai me miró.

—No porque no quiera, sino porque ahora mismo yo soy parte del problema.

—No eres parte del problema.

—Para ella, sí.

Bruno le apretó un poco la espalda.

—Necesita una enfermera o una cuidadora —siguió Arai—. Alguien que pueda estar con ella unas horas al día, ayudarla con la medicación, con la ducha, con la pierna, con Aday si hace falta. Alguien a quien no pueda odiar por quererla demasiado.

Eso me dejó callado.

—Yo puedo buscarlo —dije.

Arai levantó la vista.

—Nico…

—No voy a aparecer diciendo «sorpresa, he organizado tu vida».

—Eso es exactamente lo que suena a que vas a hacer.

—Puedo hacerlo bien.

Bruno me miró con una ceja alzada.

—¿Tú?

—Gracias por la confianza.

—De nada.

Arai negó con la cabeza, pero no dijo que no. Eso fue bastante.

—Busco opciones —dije—. Profesionales. Alguien con experiencia. Y lo habláis con ella.

—Lo hablamos —corrigió Arai—. Tú incluido. No vamos a esconder de dónde sale nada.

—Vale.

—Y si dice que no…

—Dirá que no.

—Seguramente.

—Entonces insistiremos.

Arai me señaló con un dedo.

—Sin imponerte.

—Hecho.

—Y sin poner cara de mártir.

—Esa no sé cuál es.

Bruno resopló.

—La tienes ahora mismo.

Me pasé una mano por la mandíbula.

—Haré lo que pueda.

Arai me observó un segundo. Luego asintió, muy poco.

—Y hoy no le mandes audio a Aday. Ni dibujo. Ni mensaje. Nada que haga que pregunte más.

Asentí.

Costó. Mucho.

No ir a verlo también era una forma de cuidarlo, aunque para mí se pareciera demasiado a fallarle.

✻ ✻ ✻

Yaiza recibió el alta seis días después.

Fueron seis días largos porque apenas pude verla, salvo algún cruce de pasillo en el que ella apartaba la mirada antes de que yo pudiera decir nada.

Arai me iba contando lo justo, y cada noticia traía una lista nueva de cosas que tener en cuenta: dolor, curas, movilidad reducida, rehabilitación, medicación, reposo y ayuda para casi todo.

Y Yaiza diciendo que podía sola.

Por supuesto.

Aday volvió a casa la misma mañana que Yaiza salió del hospital. Fue una de las pocas cosas en las que no cedió: quería a su hijo con ella, en su casa y con sus rutinas. No en casa de Arai y Bruno. No más tiempo.

Arai intentó discutirlo y perdió. Bruno intentó mediar y perdió también. Yo no dije nada, porque ni siquiera estaba en la habitación.

Pero busqué una enfermera.

No fue tan fácil como llamar a una agencia y pedir a alguien capaz de lidiar con una mujer que iba a querer despedirla antes de que cruzara la puerta…

Se llamaba Teresa. Tendría cincuenta y muchos, el pelo corto, la voz tranquila y esa forma de mirar de quien ya ha tratado con suficientes pacientes testarudos como para no impresionarse con el primero que le gruñe.

Había trabajado en rehabilitación domiciliaria, sabía llevar medicación y curas básicas y, según me dijo por teléfono, tenía tres hijos adultos y un marido jubilado que la obedecía menos que cualquiera de sus pacientes.

Me cayó bien al instante.

—¿La paciente sabe que voy? —preguntó.

Miré a Arai, que estaba a mi lado en el salón de Bruno, con el móvil en la mano y cara de haber dormido tres horas.

—Saberlo, lo va a saber —dije.

Teresa guardó silencio.

—Eso es un no.

—Es un «se lo vamos a explicar».

—Ajá.

—Tiene carácter.

—Todos tenéis carácter cuando no podéis abrocharos solos un botón.

Arai soltó una risa nerviosa.

—Creo que nos sirve.

Sí. Nos servía. O eso quise creer.