Capítulo 21 #2
Después dijo que regresaba a Milán. Al día siguiente. Como si no tuviera nada que ver con aquello. Como si la maleta en su mano no estuviera contestando por él.
Intentó acercarse. Yo di un paso atrás.
—No —le dije—. Esta vez no.
Y se fue.
La puerta se cerró detrás de Nicolás y quise convencerme de que ahí se terminaba todo.
Durante días tuve el móvil en la mano más veces de las que quería reconocer.
Abría su contacto, me quedaba mirando su nombre y pensaba en escribirle.
Para insultarlo. Para preguntarle si estaba bien.
Para decirle que lo echaba de menos. Para pedirle que volviera, aunque solo pensarlo me diera rabia.
No escribí nada.
Porque si lo hacía, volvía a abrir la misma puerta por la que él había elegido salir.
Pasaron semanas.
Intenté volver a mi rutina. Trabajo, Arai, cafés que no me sabían a nada, noches en las que me despertaba pensando que había oído un mensaje suyo.
Arai no preguntaba demasiado. Me dejaba comida, se sentaba conmigo en el sofá y lo insultaba lo justo para que yo pudiera defenderlo sin sentirme idiota.
Luego llegaron las náuseas.
Al principio pensé que era estrés. Había comido mal, dormido peor y mi cuerpo llevaba semanas funcionando con café y mala leche. Me mareé una mañana en la ducha. Vomité otra después de oler el café. Eso sí me asustó, porque yo podía dejar muchas cosas, pero no el café.
Compré el test sin pensarlo demasiado.
O fingí que no lo pensaba.
Me hice la prueba en el baño de casa, sola. La dejé sobre el lavabo y me senté en el borde de la bañera, mirando el suelo, con las manos frías y el estómago revuelto.
Cuando miré, estaban ahí. Dos rayas muy claras.
Me quedé quieta, sentada en el borde de la bañera, con el test en la mano y la cabeza en blanco. No lloré al principio. Tampoco sonreí. Solo lo miré, sin saber muy bien qué hacer con aquello.
—Joder —susurré.
Fue lo único que me salió.
Después me senté en el suelo del baño. No sé cuánto rato estuve allí. Tenía una mano en el vientre, aunque no había nada que notar todavía, y la otra apretando el test como si pudiera borrarlo si lo sujetaba lo bastante fuerte.
Pensé en Nicolás.
Primero sentí miedo. Luego rabia. Después, ganas de llamarlo, que fue lo que más me enfadó de todo.
No lo hice.
Me quedé en el suelo del baño, con el test positivo en la mano y sin saber qué narices se suponía que tenía que hacer ahora. Estaba asustada, enfadada y completamente perdida. Pero, cuando me llevé la mano a la barriga, aquello dejó de ser solo un problema.
Era algo mío. En ese momento, allí sola, lo sentí mío.
—Hola —dije, bajito.
Y entonces sí lloré.
No solo por Nicolás. Lloré porque tenía miedo, porque estaba sola, porque no sabía cómo se hacía aquello y porque una parte pequeña y muy loca de mí ya estaba imaginando una vida que no tenía ni idea de cómo iba a sostener.
Arai llegó una hora después.
No recuerdo qué le dije para que viniera. Creo que nada coherente. Algo como «necesito que vengas» y «no preguntes por teléfono». Apareció con las llaves en la mano, el bolso mal colocado y la cara blanca.
—¿Qué ha pasado?
Yo estaba en el sofá, con el test encima de la mesa.
Arai lo vio.
Luego me miró.
—Hostia.
Asentí.
—Sí.
Se sentó a mi lado muy despacio.
—¿Es…?
No terminó la frase.
No hacía falta.
—Sí.
Arai cerró los ojos y soltó aire.
—Vale.
—¿Vale?
—No sé qué se dice en estos casos.
—Yo tampoco.
Nos quedamos calladas un momento, hasta que Arai me cogió la mano.
—¿Tú qué quieres?
Esa fue la pregunta. No me preguntó qué iba a hacer, ni si se lo había dicho ya, ni cuál era el siguiente paso. Solo quiso saber qué quería.
Miré el test. Estaba asustada, enfadada y con el corazón hecho polvo por un hombre que se había ido con una maleta y una disculpa inútil. Pero cuando pensé en no tenerlo, algo dentro de mí dijo que no.
No sabía cómo iba a hacerlo. No sabía qué iba a pasar. Pero eso sí lo supe.
—Quiero tenerlo —dije.
Arai me apretó la mano.
—Entonces lo tienes.
—No sé cómo.
—Ya iremos viendo.
Se me rompió la voz antes de decir su nombre.
—Nicolás…
Arai me miró con cuidado.
—¿Quieres decírselo?
Miré el móvil, todavía sobre la mesa. Pensé en su maleta, en su forma de irse y en todas las veces que había tenido su nombre abierto en la pantalla sin atreverme a escribir. Llamarlo habría sido fácil. Aguantar otra vez que eligiera marcharse, no.
—No puedo —dije al final.
Arai no me juzgó. O si lo hizo, tuvo la decencia de no enseñármelo.
—Vale.
—No quiero que vuelva por obligación.
—Yaiza…
—No quiero eso. No quiero ver en su cara que se queda por culpa, por miedo o porque es lo correcto.
Arai tragó saliva.
—También tiene derecho a saberlo.
Aquello me dolió porque era verdad.
—Lo sé.
—Y tú tienes derecho a no hacerlo sola.
—También lo sé.
—Entonces…
—Ahora no puedo.
Arai no insistió. Se sentó más cerca y me pasó un brazo por los hombros. Yo apoyé la cabeza en ella, agotada de golpe, como si mi cuerpo hubiera esperado a que alguien más supiera la verdad para dejarme caer.
—No sé cómo voy a hacerlo —murmuré.
—Conmigo.
Cerré los ojos.
—Arai.
—Conmigo —repitió—. Primero lloramos, luego comemos algo y después vemos qué narices hacemos. En ese orden.
Me reí llorando.
—Eres muy mandona.
—Y tú estás embarazada de un italiano que no sabe quedarse. Alguna debía tener sentido común.
Me reí más.
Y esa fue la primera vez que Aday existió fuera de mi cuerpo.
No con nombre todavía. No con una habitación, ni un carrito, ni una ecografía pegada en la nevera. Solo como una verdad diminuta encima de una mesa, entre un test positivo, un paquete de pañuelos y la mano de mi mejor amiga sujetándome para que no me cayera del todo.
Abrí los ojos en la habitación del hospital.
La luz seguía baja. La puerta seguía entreabierta. El cuerpo me dolía igual.
Pero ahora sabía de dónde venía una parte de ese dolor.
Aday había nacido de una noche en la que yo dejé de protegerme, de una puerta que se cerró y de una decisión que tomé con miedo, sí, pero también con todo el amor que tenía.
Y Nicolás estaba al otro lado.
Siete años tarde.