Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 21
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Capítulo 21

Yaiza

La enfermera nos pidió que termináramos.

Lo dijo con cuidado, pero sin dejar mucho margen. Arai protestó con la mirada antes que con la boca, Bruno le puso una mano en la espalda y yo cerré los ojos porque no tenía fuerzas para otra discusión.

—Tiene que descansar —dijo la enfermera—. Ha sido mucho para un primer despertar.

Tenía razón, y me fastidió que la tuviera. Arai me apretó la mano.

—Voy a estar fuera.

Asentí apenas.

—No me voy —añadió.

Abrí los ojos lo justo para mirarla.

—Lo sé.

Y lo sabía. Por mucho que me doliera lo de Nicolás, por mucho que una parte de mí quisiera enfadarse con ella hasta quedarse sin aire, sabía que Arai no se iba a mover del hospital.

Bruno se acercó un poco.

—Descansa.

No contesté, pero tampoco aparté la mirada. Bruno lo entendió a su manera y no me pidió más.

Cuando salieron, la habitación se quedó demasiado tranquila.

La enfermera revisó algo en el gotero, miró el monitor y bajó un poco la luz.

—Intenta dormir un rato.

—No tengo sueño.

Mentí fatal.

Ella sonrió apenas, como si estuviera acostumbrada a pacientes que mentían fatal.

—Entonces cierra los ojos y descansa.

No le respondí. La escuché moverse por la habitación, ordenar alguna cosa y salir después con pasos suaves. La puerta no llegó a cerrarse del todo. Quedó entornada, dejando entrar un hilo de luz del pasillo y el murmullo de fondo del hospital, ese que parecía no apagarse nunca.

Me dolía la pierna, me pesaban los brazos y tenía la garganta seca.

La cabeza me iba a ratos, saltando de una cosa a otra sin terminar de colocar nada: Aday en la pantalla, Arai sujetándome la mano, Nicolás junto a la cama.

Nicolás diciendo «nuestro hijo» como si pudiera recuperar seis años con dos palabras mal dichas.

Cerré los ojos con fuerza. No quería pensar en él, de verdad que no, pero mi cabeza se fue allí de todos modos. A Nicolás.

A cuando todavía no era el hombre al otro lado de la puerta de un hospital, ni el padre de mi hijo, ni el daño que yo llevaba años intentando no tocar.

Al principio fue sencillo, y eso fue lo peor.

No hablo de la primera noche ni de la primera vez que nos acostamos. Eso lo recuerdo, claro, pero no fue lo que me cambió. Lo que me cambió vino después, cuando ya nos habíamos visto demasiadas veces y aún fingíamos que aquello era solo deseo, química o un lío sin importancia.

Nos venía muy bien llamarlo así. Era más cómodo que admitir lo que estaba pasando.

Nicolás aparecía en mi piso con comida porque decía que yo era capaz de cenar cereales tres noches seguidas.

Yo le decía que no exagerara y él abría un armario, veía los cereales y levantaba una ceja sin decir nada.

Me sacaba de quicio esa calma suya. También me gustaba.

Las dos cosas a la vez, que era lo peligroso.

Una noche llegó tarde.

Yo estaba en el sofá, con una camiseta vieja, el pelo hecho un desastre y cero intención de hacerme la interesante. Había tenido un día largo y, cuando sonó el timbre, pensé en no abrir. Lo pensé de verdad. Luego abrí igual, porque era idiota y porque ya conocía su forma de sonreír cuando me veía.

—Tienes mala cara —dijo.

—Gracias. Tú siempre tan encantador.

—He traído cena.

—Eso mejora tu entrada.

Le quité la bolsa de comida y él entró detrás de mí, cerrando la puerta con el pie.

No hubo música, ni velas, ni ninguna tontería de esas.

Solo comida sobre la mesa, dos vasos que ninguno llegó a llenar y una conversación absurda sobre mi vecino, que usaba el taladro como si quisiera atravesar el edificio.

Nicolás se rio y yo también. Y ahí, en medio de una noche normal, me di cuenta de que me gustaba tenerlo en mi casa. No solo en mi cama. También en mi salón, en mi cocina, riéndose de mis quejas y apartando con el pie una caja que yo llevaba semanas diciendo que iba a ordenar.

Me gustaba verlo allí, cómodo, como si por un rato no tuviera que marcharse a ninguna parte.

Después me besó.

No fue un beso de película. Fue uno de esos besos que empiezan porque sí, porque está cerca, porque tú lo miras medio segundo más de la cuenta y él lo entiende.

Me besó en la cocina, con una mano en mi cintura y la otra apoyada en la encimera, y yo dejé de protestar por el día, por el cansancio y por todo.

Al principio fue como siempre.

Rápido. Con ganas. Con ese pique nuestro que parecía una forma de no decir nada importante.

—Eres un desastre —murmuré cuando casi tiró una taza.

—Pero compenso.

—Eso habrá que verlo.

Sonrió contra mi boca.

—Lo estás viendo bastante de cerca.

Le mordí el labio para que dejara de hablar.

Nicolás soltó una risa baja y me agarró de la cintura.

Esa parte la entendía. El deseo no me daba miedo.

Me gustaba su cuerpo, sus manos, su forma de mirarme cuando yo fingía que no me importaba nada.

Me gustaba cómo me buscaba y cómo esperaba, cómo parecía saber cuándo podía acercarse más y cuándo tenía que darme aire.

Lo que me asustó fue lo de después.

Cuando llegamos al dormitorio, dejó de tener prisa.

Se quedó mirándome de una manera distinta, más seria, más quieta. Yo, que siempre tenía una respuesta preparada, me puse nerviosa.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Esa respuesta no vale.

Me tocó la cara con los dedos, despacio.

—Estás preciosa.

Me reí porque no supe hacer otra cosa.

—Qué básico te has puesto, italiano.

—Yaiza.

Lo dijo tan bajo que se me borró la sonrisa.

No me besó enseguida. Apoyó la frente en la mía un segundo y respiró como si también necesitara parar. Y yo me quedé allí, con las manos en su camisa, sin una sola broma en la boca.

Porque no estaba jugando ni provocándome. Me estaba mirando como si yo le importara, y eso me descolocó mucho más que cualquier beso.

Cuando volvió a tocarme, lo hizo de otra manera. Con ganas, sí, pero sin esconderse detrás de ellas. Me besó la boca, el cuello, el hombro. Me quitó la ropa despacio, fijándose en mí, en si cerraba los ojos, en si respiraba más fuerte, en si tiraba de él para que no se alejara.

Yo podría haber soltado una broma. Habría sido lo normal en mí, pero no me salió. Me quedé callada, con las manos en su espalda y el corazón dando golpes demasiado fuertes para una noche que, en teoría, no tenía que significar nada.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Seguro?

—Como vuelvas a preguntarlo, te muerdo.

Sonrió, pero no se rio. Me besó otra vez y ahí entendí que estaba perdida.

Porque aquella noche no iba solo de deseo.

Seguía habiendo deseo, claro que sí. Me gustaba su cuerpo, su boca y la forma en que decía mi nombre cuando perdía el control. Pero aquella noche hubo algo más. Algo más lento, más serio y más peligroso.

No sé en qué momento exacto pasó.

Quizá cuando me buscó la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Quizá cuando apoyó la boca en mi cuello y se quedó ahí, respirando contra mi piel. Quizá cuando me miró antes de besarme y yo pensé que no quería estar en ningún otro sitio.

Fue entonces cuando lo supe.

Ya no estaba follando con Nicolás. Estaba haciendo el amor con él.

Y lo peor fue que no me pareció cursi. No me pareció ridículo. No me dieron ganas de salir corriendo ni de soltar una pulla para romper el momento.

Me dieron ganas de quedarme.

Cuando terminó, ninguno de los dos se movió enseguida. Él se quedó a mi lado, con una mano en mi cintura y la respiración todavía desordenada. Yo miraba el techo y fingía que no acababa de meterme en un lío enorme.

—Estás muy callada —dijo.

—Estoy disfrutando del milagro.

—¿Qué milagro?

—Tú, callado.

Noté su sonrisa contra mi hombro.

—Puedo hablar, si quieres.

—No estropees el momento.

Se rio bajito y me abrazó más.

Y ahí estuvo el golpe. En lo fácil que fue dejarme abrazar. En no apartarme. En no sentirme invadida. En pensar, durante un segundo tonto y peligroso, que quizá podía acostumbrarme a aquello. A él en mi cama. A su ropa tirada en mi silla. A que supiera dónde guardaba los vasos. A que volviera.

Me giré un poco para mirarlo.

Nicolás tenía los ojos medio cerrados, el pelo revuelto y esa calma suya que a veces me sacaba de quicio y otras me daban ganas de tocarle la cara.

—¿Qué? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Nada.

Mentí fatal. Él lo supo, pero no insistió. Solo me besó la frente, y aquel gesto me dejó peor que cualquier frase bonita. Porque no parecía sexo. No solo. Parecía otra cosa.

Ahí fue cuando pensé que estaba jodida. No enamorada, me dije. Eso no. Solo un poco jodida.

Pero ya estaba mintiéndome.

Después todo fue cuesta abajo, aunque durante un tiempo pareciera lo contrario.

Más mensajes. Más noches. Más cafés en mi cocina.

Más bromas que empezaban con una pulla y terminaban con su boca en mi cuello.

Más veces de las que quise reconocer, esperando que escribiera.

Más pequeños huecos haciéndose solos en mi vida.

Y luego llegó Milán.

Siempre estaba Milán.

Al principio era una ciudad que nombraba de pasada. Su trabajo, su familia, proyectos que tenía que cerrar. Después empezó a tener fechas. Reuniones. Billetes. Una vuelta que no sonaba a viaje, sino a final.

No voy a recordar ahora cada palabra de aquella última conversación. Algunas las he repetido tantas veces por dentro que ya no sé si fueron exactamente así o si las fui afilando con los años. Pero sí recuerdo lo importante.

Nicolás apareció un jueves por la noche con la maleta en la mano, convencido de que bastaría con verme, besarme y volver a meternos en lo de siempre. Pero yo ya no podía más.

Le dije que teníamos que hablar.

No sonrió. No hizo ninguna broma. Yo tampoco. Por una vez, no le dejé arreglarlo tocándome.

Le dije que no podía seguir sin saber dónde estaba con él. Que no quería perseguirlo, ni pedirle lo que no quisiera darme, ni convertirme en una versión de mí misma que no me gustaba.

Él me dijo que no podía darme lo que buscaba.

Y yo entendí que ni siquiera sabía qué estaba buscando yo.

No quería una vida entera prometida en mitad del salón. Solo quería que dejara de tratar mis sentimientos como un problema mío.