Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 20
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Capítulo 20

Yaiza

Me dolía todo de una manera rara.

No era un dolor claro, de esos que sabes señalar con el dedo. Era más bien una mezcla de peso, tirantez, garganta seca y una cabeza que no terminaba de arrancar. Intenté moverme y apenas pude. Lo justo para entender que mi cuerpo no iba al mismo ritmo que yo.

Había voces.

Primero no entendí casi nada. Había una mujer hablándome despacio, demasiado cerca, diciéndome que estaba en el hospital, que había tenido un accidente y que no intentara incorporarme. Yo intentaba seguirla, pero las palabras me llegaban tarde y desordenadas.

Entonces vi a Nicolás.

Estaba junto a la cama, serio, con esa cara de no saber qué hacer ni dónde ponerse. Y eso fue lo primero que no me cuadró. Nicolás no tenía que estar allí. No tenía que ser la primera persona que viera al abrir los ojos después de no sabía cuánto tiempo.

Pregunté qué hacía allí. Me costó decirlo. Me raspó la garganta y apenas me salió la voz, pero él me entendió igual.

Tuve que venir, dijo.

No me sirvió de nada.

Antes de que pudiera preguntarle más, la puerta se abrió y entraron Arai y Bruno. Arai venía con los ojos rojos, el pelo mal recogido y la cara descompuesta. Se quedó quieta al verme despierta, como si durante un segundo no supiera si acercarse o echarse a llorar allí mismo.

Luego vino hacia la cama y me cogió la mano con mucho cuidado.

Bruno se quedó un poco detrás, cerca de la puerta.

Yo los miré a los dos, pero la pregunta me salió antes que cualquier otra cosa.

Aday.

Porque todo lo demás podía esperar. Mi pierna, el hospital, el accidente, Nicolás en mi habitación. Todo podía esperar menos mi hijo.

Me dijeron que estaba bien.

No me bastó. Aday podía estar fuera de peligro y seguir teniendo miedo, dolor o una de esas angustias suyas que no siempre sabía explicar. Yo necesitaba detalles. Necesitaba saber cómo estaba de verdad.

Pregunté dónde estaba, si le dolía, si sabía que yo estaba allí, si había preguntado por mí.

Arai me contestó despacio, como si midiera cada palabra para no hacerme más daño.

Estaba en su casa, con sus padres. Le habían dado el alta hacía unas semanas.

Seguía con revisiones, se cansaba y todavía no iba al colegio, pero se estaba recuperando. Había preguntado por mí cada día.

Cada día.

Pedí verlo.

Me dijeron que no podía ser todavía. Que acababa de despertar, que primero tenían que valorarme y que había que ir con calma.

Yo lo escuché todo, pero nada de eso me servía.

Necesitaba verlo, tocarle la cara, comprobar que no tenía fiebre, que no le dolía nada, que no estaba asustado.

Necesitaba hacer lo único que llevaba haciendo seis años: estar donde Aday me necesitara.

Pero no podía.

Después vino lo de Nicolás.

Habían llamado a Nicolás por Aday, porque al principio no sabían cómo iba a evolucionar y necesitaban tenerlo todo preparado.

Arai no lo dijo así, pero yo lo entendí. Lo entendí incluso con la cabeza lenta, la garganta rota y la enfermera pidiendo que paráramos.

Después de seis años escondiendo una verdad, aprendes a notar cuándo está a punto de salir.

Nicolás ya lo sabía. Sabía que Aday era suyo.

Y no solo eso. Lo había visto. En la UCI, en planta y luego en casa de Bruno y Arai, casi todas las tardes, cuando el trabajo se lo permitía. Lo dijo con esa voz de quien intenta no empeorar las cosas y las empeora igual.

Yo estaba en una cama de hospital, con medio cuerpo dormido y la garganta hecha polvo, escuchando que Nicolás había estado con mi hijo mientras yo no podía levantarme para decidir nada.

Mi hijo.

Nuestro hijo, dijo él.

Y ahí algo se me cerró por dentro. No tenía fuerza para gritar ni para discutir, pero sí para saber una cosa: Nicolás acababa de tocar algo que no le pertenecía.

Le dije que no se atreviera.

Luego le dije que se fuera.

La enfermera lo sacó de la habitación con esa calma práctica de hospital. Arai seguía a mi lado. Bruno también. Yo no miré la puerta cuando se cerró, aunque sabía que Nicolás estaba al otro lado.

La enfermera me pidió que respirara despacio.

No sé si lo hice.

Me revisaron las pupilas y me hicieron preguntas sencillas. Mi nombre. Dónde creía que estaba. Si recordaba el accidente. Si sabía de dónde venía aquella noche y hacia dónde iba. También me preguntaron por Aday, si iba conmigo en el coche.

Contesté lo que pude. Algunas respuestas me salieron claras; otras, no. Había partes que recordaba a medias y otras que se me escapaban en cuanto intentaba agarrarlas. Me dijeron que era normal, que llevaba tiempo sedada, que podía sentirme confusa y que no intentara forzar.

Yo asentía cuando me lo pedían, pero mi cabeza volvía siempre al mismo sitio.

Aday.

—Quiero verlo —dije otra vez.

Arai se acercó más.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Se le movió la cara, pero no se apartó.

—Sí lo sé.

—Entonces, tráemelo.

—No puedo hacer eso ahora.

—Es mi hijo.

—Yaiza…

—Es mi hijo, Arai.

No levanté la voz. No podía. Pero tampoco hacía falta.

Arai aguantó mi mirada, aunque le costó.

—Y lo hemos cuidado como mejor hemos sabido, Yaiza.

Eso me hizo daño.

No porque fuera mentira, sino porque era verdad. Aday no había estado solo. Había tenido a Arai, a Bruno, a los padres de ella, una casa, comida, revisiones y alguien pendiente de él.

Pero yo no había estado.

Y Nicolás sí.

—Lo has dejado entrar —dije.

Arai no preguntó a quién me refería.

—No fue así.

—¿No?

—No le abrí la puerta a Nicolás para hacerte daño.

—Pero se la abriste.

Arai tragó saliva.

—Aday empezó a pedir que fuera.

Me quedé mirándola.

—Aday no sabía a quién estaba pidiendo.

—No. Pero sabía que lo quería cerca.

Me dolió tanto que tuve que cerrar los ojos.

La enfermera, que seguía cerca, nos pidió que paráramos un poco.

Lo dijo bien, sin imponerse, pero yo no quería parar.

Quería recuperar esas semanas. Que Aday no hubiera tenido que buscar consuelo en Nicolás.

Que él no hubiera tenido sitio en sus tardes, en sus deberes, en su rutina, mientras yo seguía dormida sin poder hacer nada.

—¿Cómo le llama? —pregunté.

Arai bajó la vista.

Y ahí lo supe.

—Arai.

—Nico —dijo en voz baja.

Miré al techo porque si seguía mirándola iba a decirle algo que no quería decirle. O sí quería. No lo sabía. En ese momento había demasiadas cosas mezcladas: miedo, rabia, alivio, dolor y una culpa absurda por estar enfadada con la persona que había cuidado de mi hijo.

—No sabe nada —añadió Arai—. Para él es un amigo nuestro. Eso es todo.

—No es todo.

—Ya sé que no.

—No, no lo sabes. Tú no has estado dormida mientras alguien decidía por ti.

Arai apretó los labios. Bruno dio un paso, pero ella levantó una mano para que no interviniera.

—No decidimos por ti porque quisiéramos. Decidimos porque no estabas y porque Aday nos necesitaba.

—Y porque Nicolás quería.

—Sí. También.

Agradecí que no mintiera. La odié un poco por lo mismo.

El médico volvió a entrar un rato después.

Me explicó cosas de las que entendí la mitad: traumatismo, sedación, controles estables, cirugía en la pierna, rehabilitación, paciencia.

Me dijo que era pronto para hablar de plazos.

Que iba a doler. Que iba a necesitar ayuda.

Que los primeros días serían confusos y que no debía intentar resolverlo todo de golpe.

Casi me reí.

No me salió.

Cuando se fueron, pedí hablar con Aday otra vez.

Arai miró a Bruno. Bruno miró a la enfermera. La enfermera dijo que quizá una videollamada muy breve, si yo aguantaba y si todos conseguíamos no convertir aquello en algo más difícil para el niño. La odié por tener razón.

Arai llamó a su madre.

Tardaron un poco en prepararlo. Demasiado.

La enfermera me incorporó un poco la cama, me humedeció los labios otra vez y me advirtió que no intentara hablar demasiado.

Arai me peinó con los dedos sin preguntar.

Apartó el pelo de mi frente y luego se quedó mirándome como si quisiera pedirme perdón y no encontrara una forma que no sonara inútil.

—No me mires así —murmuré.

—¿Cómo?

—Como si estuviera rota.

Arai tragó saliva.

—Es que casi te pierdo.

No contesté.

Porque contra eso tampoco tenía defensa.

El móvil sonó en la mano de Bruno. Arai se colocó a mi lado, lo justo para sostener el teléfono sin que me cansara. Bruno se quedó detrás. La enfermera nos recordó que sería poco tiempo. Yo asentí sin mirarla.

Y entonces apareció Aday.

Tenía el pijama puesto, el pelo húmedo de la ducha y mi peluche viejo pegado al pecho.

Estaba más delgado. No muchísimo, pero yo se lo noté al segundo.

Tenía un poco de ojeras, la cara menos redonda, esa forma de mirar de los niños que han aprendido demasiadas palabras de adultos en muy poco tiempo.

—Mamá.

Se me rompió algo en la garganta.

—Hola, mi amor.

Mi voz salió fatal, pero él sonrió. Sonrió de verdad, con cuidado, como si tuviera miedo de que, si lo hacía demasiado fuerte, algo se estropeara.

—Estás despierta.

—Sí.

—¿Te duele?

Apreté los dedos contra la sábana.

—Un poco, pero los médicos me están cuidando.

—A mí también me cuidaron.

—Lo sé.

—Ya estoy en casa de los tíos.

—Me lo han contado.

—La abuela Elena me hace sopa. Pero poca, porque dice que tengo que comer despacio.

Quise reírme y casi lloré.

—Hazle caso.

—A veces.

—Aday.

—Vale.

Arai bajó la cabeza a mi lado. Yo seguí mirando la pantalla porque si apartaba la vista un segundo, no sabía si podría volver a sostenerme.

—¿Duermes con la luz?

—Sí. Pero pequeña.

—Bien.

—Y tengo mi peluche.

—Ya lo veo.

—El abuelo lo encontró. Estaba debajo de tu almohada.

Cerré los ojos un instante.

Claro que estaba ahí. Lo había guardado yo la noche anterior al accidente porque Aday lo había dejado tirado en el sofá y luego lo había buscado con sueño.

—Mamá.

Los abrí enseguida.

—Estoy aquí.

—¿Cuándo vienes?

Arai apretó el móvil un poco más fuerte.

Yo tragué saliva. Me ardió la garganta.

—Todavía no lo sé, cariño. Tengo que ponerme mejor.

Aday no dijo nada.

—Pero voy a verte en cuanto los médicos me dejen, ¿vale?

—Vale.

No parecía valerle. A mí tampoco.

—He hecho la lectura sin quejarme —dijo de pronto.

Sonreí como pude.

—Eso habrá que preguntárselo a Arai.

Aday arrugó la nariz.

—Solo me quejé un poco.

—Entonces cuenta.

—Nico me ayuda con las tareas del cole.

Arai se quedó quieta a mi lado.

Bruno también.

Yo miré a mi hijo y sonreí. Me salió. No sé de dónde, pero me salió.

—¿Sí?

—Y pintamos dinosaurios.

—¿Dinosaurios?

—Sí. Pero no sabe cuáles son. Quería pintar un triceratops de verde.

—Hombre, eso no se puede permitir.

—Ya. Yo se lo dije.

—Hiciste bien.

Aday se rio un poco y, durante un segundo, fue mi niño de siempre. Mi niño, con su risa, su pijama, su peluche y esa forma de contar las cosas como si nada malo pudiera durar demasiado si luego había una historia que explicarle a mamá.

La enfermera tocó suavemente el borde de la cama.

—Vamos terminando.

Odié esas dos palabras.

—Tengo que descansar un poco —dije, intentando que no se me notara.

Aday se puso serio.

—¿Pero mañana hablamos?

—Claro.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Y no te preocupes, ¿vale? Estoy bien.

Tuve que morderme por dentro para no venirme abajo.

—Tú tampoco te preocupes por mí. Estoy en buenas manos.

Aday asintió, aunque no parecía del todo convencido.

—Te quiero, mamá.

—Yo más, mi vida.

—Eso no vale.

—Claro que vale.

—No.

—Mañana lo discutimos.

Eso sí le hizo sonreír.

Arai cortó la llamada cuando la enfermera se lo indicó. La pantalla se quedó negra y durante unos segundos nadie dijo nada. Yo seguí mirando el móvil apagado, intentando respirar sin que se me rompiera la cara.

—Ha estado muy bien —dijo Bruno en voz baja.

No lo miré.

—Sí.

Arai dejó el móvil sobre la mesita y se quedó de pie a mi lado.

Yo giré la cabeza hacia ella despacio. Me dolía todo. El cuerpo, la pierna, la garganta, la cabeza. Pero había una pregunta que dolía en otro sitio y no podía dejarla ahí.

—¿Desde cuándo le llama Nico?

Arai no contestó enseguida.

Y esa pausa fue respuesta suficiente.