Capítulo 19
Nicolás
—¿Qué haces aquí?
La enfermera se movió antes que yo.
—Yaiza, no fuerces la voz. Acabas de despertar y tienes que ir poco a poco.
Yaiza no la miró. Seguía mirándome a mí con los ojos entreabiertos, cansada, confusa, pero no lo suficiente como para no saber que algo no cuadraba. Tenía la garganta seca, la voz rota y la cara de quien intentaba ordenar demasiadas cosas a la vez sin encontrar por dónde empezar.
Tendría que haberle dicho algo básico: que estaba en el hospital, que había tenido un accidente, que Arai y Bruno estaban allí y que Aday estaba bien. Pero me bloqueé.
—Tuve que venir —dije al fin.
No fue la mejor respuesta. Lo supe en cuanto salió de mi boca.
Yaiza frunció apenas el ceño y movió la cabeza contra la almohada, muy poco, lo justo para dejar claro que aquello no le servía. La enfermera le apoyó una mano en el brazo, comprobó el monitor y volvió a hablarle con calma.
—Estás en el hospital. Has tenido un accidente. Ahora mismo estás segura y el equipo médico está pendiente de ti. Tus familiares vienen de camino.
Yaiza parpadeó despacio. Parecía oírla, pero no quedarse con todo. Cuando intentó moverse, hizo una mueca de dolor y el cuerpo se le tensó bajo la sábana.
—No intentes incorporarte —le dijo la enfermera—. Tienes una lesión en la pierna y todavía estás muy débil.
Yaiza bajó la vista como pudo. No llegó a verse bien, pero debió de notar el peso, la inmovilización, la postura extraña de su cuerpo. Sus dedos se cerraron sobre la sábana.
—¿Qué…?
—Te lo van a explicar los médicos —dije, acercándome solo un paso—. Ahora intenta estar tranquila.
En cuanto lo dije, me habría mordido la lengua. A Yaiza nadie le decía que se tranquilizara. Menos yo. Menos en una cama de hospital, recién despierta, con el cuerpo lleno de vías y la vida desordenada a su alrededor.
Sus ojos volvieron a mí.
—No me digas eso.
Casi no tenía voz, pero ahí estaba. Yaiza seguía ahí, debajo del cansancio, de la medicación y del miedo.
Asentí.
—Perdón.
La puerta se abrió de golpe, aunque Bruno la sujetó enseguida para no hacer ruido.
Arai entró primero. Venía con la cara blanca, el abrigo abierto y el pelo medio suelto del recogido.
Se paró en seco al verla con los ojos abiertos, y durante un segundo no hizo nada.
Luego se tapó la boca con una mano y se acercó a la cama.
—Yaiza.
Ella la miró. La confusión le cambió un poco la cara. No fue una sonrisa, no podía serlo, pero sí algo parecido a reconocer un sitio seguro.
—Estoy aquí, mi niña. Estoy aquí.
Arai se inclinó sobre ella con cuidado. Bruno se quedó detrás, cerca de la puerta, y yo me aparté hacia la pared para dejarles sitio. Nadie tuvo que pedírmelo.
Yaiza miró a Arai, luego a Bruno y después volvió a buscarme a mí.
—¿Por qué está él aquí?
Arai cerró los ojos un instante. Bruno bajó la vista.
Yo no dije nada.
La enfermera intervino antes de que el silencio se hiciera más incómodo.
—Ahora vamos a avisar al médico para que venga a valorarte. Es normal que estés desorientada y que tengas muchas preguntas, pero vamos a ir poco a poco.
—Aday —dijo Yaiza.
Aquello sí lo entendimos todos a la primera.
Arai le cogió la mano con cuidado.
—Está bien.
Yaiza intentó incorporarse otra vez. El movimiento fue mínimo, pero suficiente para que el dolor le cruzara la cara.
—¿Dónde está?
—Está en nuestra casa, con mis padres.
Yaiza cerró los ojos un segundo, como si necesitara ordenar aquello.
—¿Está bien?
—Sí. Está bien.
—No me digas «bien» así.
Arai tragó saliva.
—Está fuera de peligro. Le dieron el alta hace unas semanas. Sigue con revisiones, se cansa y todavía no va al colegio, pero está recuperándose.
Yaiza volvió a abrir los ojos.
—¿Le duele?
—A veces se cansa. Algún día se queja de la tripa, pero los médicos dicen que la evolución es buena.
—¿Sabe que estoy aquí?
—Sí.
—¿Sabe que he despertado?
—Todavía no —respondió Bruno—. Acabas de despertar.
Yaiza respiró despacio, intentando no perder el control.
—¿Ha preguntado por mí?
Arai le acarició la mano.
—Cada día.
—Quiero verlo.
—Lo sé —dijo Arai.
—Ahora.
—Eso no puede ser.
Yaiza apretó los dedos alrededor de la mano de Arai. No tenía fuerza, pero la intención estaba ahí.
—Necesito ver a mi hijo.
—Y lo vas a ver —dijo Arai, con la voz firme—. Pero ahora acaban de quitarte la sedación, estás despertando y los médicos tienen que valorarte. Tenemos que hacerlo bien.
—No quiero que se asuste.
—Nosotros tampoco.
—Aday se asusta si no entiende las cosas.
—Lo sabemos.
Yaiza cerró los ojos, pero no se durmió. Solo parecía necesitar un segundo para no romperse delante de nosotros. Cuando los abrió, volvió a mirarme.
Y entonces su cara cambió.
—¿Y él por qué está aquí?
Nadie contestó.
—Arai.
Arai no soltó su mano.
—Yaiza, ahora no es el momento.
—¿Por qué está aquí? —repitió, más bajo, más ronco.
Yo di un paso hacia la cama.
—Porque los médicos tuvieron que llamarme.
Yaiza me miró.
—¿A ti?
Asentí.
—Sí.
—¿Por qué?
La enfermera volvió a mirar el monitor. No le gustaba la conversación.
A mí tampoco. Pero Yaiza no iba a dejarlo ahí.
La conocía lo suficiente para saberlo. Podía estar recién despierta, rota de dolor y con la voz casi apagada, pero si algo no encajaba, iba a tirar del hilo hasta quedarse sin fuerzas.
Arai habló antes que yo.
—Aday necesitaba pruebas. Al principio no sabían cómo iba a evolucionar y necesitaban tenerlo todo preparado.
Yaiza la miró. Luego a mí. Luego otra vez a Arai.
—No.
Fue una sola palabra, pero nos dejó a todos parados.
—Yaiza…
—No —repitió—. No.
La enfermera se acercó más.
—Vamos a parar un momento. Está muy cansada.
—¿Él lo sabe? —preguntó Yaiza.
Arai palideció. Bruno se pasó una mano por la boca. Yo no dije nada, porque ya no había forma de suavizarlo.
—Yaiza —dije.
—¿Lo sabe?
No gritó. No podía. Pero la pregunta salió tan clara que no hubo forma de fingir que no entendíamos de qué hablaba.
Arai le apretó la mano.
—Sí.
Yaiza dejó de mirarla y me miró a mí.
Entonces ya no vi sorpresa en su cara. Vi dolor. Estaba agotada, apenas podía hablar, pero le dolió igual.
—¿Desde cuándo?
—Desde que ingresasteis la noche del accidente.
—¿Cuánto?
No entendí.
—¿Qué?
—Cuánto tiempo.
Arai cerró los ojos. Bruno dijo su nombre en voz baja, pero Yaiza siguió mirándome.
—Desde la noche del accidente —dije—. Hace casi un mes.
Yaiza tragó saliva con dificultad. La enfermera le humedeció los labios otra vez y le pidió que no siguiera, pero ella levantó apenas los dedos, como si quisiera apartarla aunque no tuviera fuerza para hacerlo.
—Desde la noche del accidente —dijo, mirándome.
No era una pregunta.
Asentí.
—Sí. Desde esa noche.
Yaiza cerró los ojos un momento.
—Y lo has visto.
—Sí.
—¿Cuánto?
Tragué saliva.
—Lo vi en la UCI, aunque él no podía verme a mí. Luego en planta. Y desde que está en casa de Bruno y Arai, he ido casi todas las tardes. Cuando el trabajo me lo permitía.
Yaiza volvió a abrir los ojos.
Esta vez no pareció sorprendida. Estaba agotada, apenas podía hablar y aun así entendió lo suficiente para que le doliera.
—Has estado con mi hijo.
Me dolió el «mi», aunque no tenía derecho a que me doliera.
—Con nuestro hijo —dije.
En cuanto lo solté, supe que había ido demasiado lejos.
Yaiza me miró como si acabara de tocar algo que no me pertenecía.
—No te atrevas.
La enfermera se giró hacia mí.
—Ahora sí necesitamos parar.
Tenía razón. El monitor seguía sonando, Yaiza respiraba con dificultad y Arai estaba blanca. Pero Yaiza no apartaba los ojos de mí. Esa vez no había nada de antes. Solo cansancio, dolor y una pregunta que yo no sabía cómo contestar.
—Lo has visto mientras yo estaba dormida.
—Sí.
—¿Él sabe algo?
—No. Que soy un amigo de Bruno y Arai.
—Pero tú sí.
Yaiza cerró los ojos con fuerza. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos, aunque no llegó a llorar.
—Fuera.
Arai se tensó.
—Yaiza…
—Que se vaya.
La frase salió casi sin aire, pero me llegó igual.
Bruno dio un paso hacia mí. Arai siguió sujetándole la mano a Yaiza y no dijo nada. Nadie necesitó explicarme que tenía que salir.
Asentí despacio.
—Me voy.
Yaiza no respondió.
—Aday está bien —dije, aunque no sabía si debía decirlo—. De verdad.
Sus ojos volvieron a mí un segundo.
—No uses su nombre para quedarte.
Me callé, porque tenía razón.
La enfermera abrió un poco la puerta y me hizo un gesto para salir. No fue brusca. Solo práctica.
Miré a Arai, pero ella apartó la vista. Bruno me sostuvo la mirada un segundo, cansado y serio.
Salí al pasillo.
La puerta se cerró detrás de mí. Dentro quedaron las voces bajas. Fuera seguía el ruido normal del hospital: pasos, carros, máquinas a lo lejos. Todo continuaba igual. Yo no.
Me apoyé en la pared y bajé la cabeza.
No me sorprendió que me echara. Si yo hubiera despertado y me hubiera encontrado allí, sentado como si tuviera derecho a formar parte de todo, también me habría echado.
Lo difícil era que entenderla no cambiaba nada. Aday estaba en medio, me esperaba al día siguiente con las tareas de matemáticas y todavía no sabía quién era yo.
Yaiza, en cambio, acababa de enterarse.
Saqué el móvil del bolsillo cuando vibró.
Arai: No te vayas del hospital.
Leí la frase dos veces y guardé el móvil.
No me fui.
Me senté en una de las sillas del pasillo, con los codos apoyados en las rodillas y la vista en el suelo.
No sabía cuánto tardaría alguien en salir ni qué iba a pasar cuando Yaiza pudiera hablar sin que cada palabra le costara tanto.
Tampoco sabía qué iba a decirle a Aday si esa tarde no aparecía por casa de Bruno.
Pero me quedé.
Porque quedarse también era eso: no moverse cuando ya no había un sitio.