Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Lo repitió como si necesitara oírlo otra vez.

—Hay señales buenas.

Yo miré hacia la puerta de la habitación de Yaiza.

Llevaba semanas esperando una mejora, cualquier cosa concreta a la que agarrarme.

Ahora que la teníamos, me di cuenta de que también daba miedo.

Porque Yaiza dormida no podía odiarme, echarme ni preguntarme por qué estaba con Aday cada tarde.

Despierta, sí. Despierta, podía decirme que había llegado tarde a todo.

Nos organizamos sin hablar demasiado. Arai llamó a su madre para contarle lo justo y preguntó por Aday.

Bruno bajó a por agua y algo de comer porque ella no había probado bocado desde mediodía.

Yo entré primero un rato con Yaiza mientras ellos hacían llamadas.

Luego entró Arai. Luego, Bruno. Después volvimos a repetirlo.

Las horas pasaron así, con turnos que nadie había escrito, pero que todos entendimos.

A ratos estábamos los tres en la sala de espera.

A ratos, uno se quedaba dentro y los otros dos salían al pasillo, contestaban mensajes, llamaban a casa o simplemente caminaban hasta la máquina de café para hacer algo con el cuerpo.

Aday llamó por videollamada después de cenar.

Arai contestó desde la sala de espera y puso el móvil bajo para que no se viera demasiado del hospital. Él apareció con el pijama puesto, el pelo revuelto y el peluche pegado al pecho.

—¿Mamá se ha despertado?

Arai respiró antes de contestar.

—Todavía no, mi niño.

—¿Pero va a hacerlo?

—Los médicos dicen que está mejor.

Aday no parecía conforme con esa respuesta, pero ya había aprendido a aceptar algunas cosas a medias.

—¿Nico está ahí?

Arai me miró y giró un poco el móvil.

—Estoy aquí —dije.

—Mañana tenemos mates.

—Lo sé.

—No te olvides.

—No me olvido.

—Y mamá, si se despierta, dile que he hecho la lectura sin quejarme.

Arai bajó la mirada. Bruno, sentado a su lado, se pasó una mano por la cara.

—Se lo diremos —respondí.

Aday asintió, más tranquilo por eso que por cualquier explicación médica.

Cuando colgaron, Arai se quedó mirando la pantalla apagada.

—Esto es lo que me da miedo —dijo en voz baja.

No hizo falta preguntar a qué se refería.

A las once de la noche, Bruno consiguió que Arai bajara a la cafetería a comer algo. No fue fácil. Ella no quería moverse de allí, pero estaba blanca, temblaba de cansancio y llevaba demasiadas horas pendiente de cada ruido que venía de la habitación.

—Diez minutos —dijo Bruno.

—Cinco.

—Ocho.

—Bruno.

—Nada de Bruno.

Se miraron como si aquello fuera una negociación seria. Al final ella cedió.

—Si pasa algo…

—Te llamo —dije.

Arai me miró.

—Al segundo.

—Antes incluso.

No me dio instrucciones. No me advirtió de nada. Solo asintió y se fue con Bruno por el pasillo.

Entré en la habitación de Yaiza y cerré la puerta despacio.

La luz estaba baja. La enfermera había pasado hacía poco y todo parecía igual: el monitor, la vía, el gotero, el sonido constante de las máquinas y ella en la cama, con el pelo apartado de la cara y la piel algo menos pálida que los primeros días.

Me senté en la silla.

No le hablé enseguida. Durante las últimas semanas le había contado muchas cosas que quizá no había oído.

Lo de Aday, lo de la casa de Bruno, lo de las tareas, lo de las pegatinas, lo de que no quería comer pescado porque decía que olía raro.

A veces me había sentido ridículo. Otras, no.

Esa noche, en cambio, me costaba encontrar una frase que no sonara fuera de sitio.

Al final dije lo único que tenía sentido.

—Aday está bien.

Me incliné un poco hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.

—Todavía se cansa, pero está mejor. Hoy ha hecho la lectura sin quejarse, aunque eso habría que preguntárselo a Arai porque yo no estoy seguro de que poner cara de mártir cuente como no quejarse.

Miré su cara, aunque sabía que no iba a responderme.

—Pregunta por ti todos los días. Eso ya lo sabes, o te lo he dicho tantas veces que espero que en algún sitio se haya quedado.

La habitación siguió igual.

Solté el aire despacio.

—Los médicos dicen que vas mejor. Que quizá despiertes pronto. Arai intenta no hacerse ilusiones, Bruno intenta que coma algo y yo… yo no sé muy bien qué intento. Supongo que estar.

Me callé.

No era una frase grande. Tampoco era una promesa. Era lo único que había hecho medio bien desde que había vuelto a Barcelona.

Me levanté para avisar a la enfermera cuando me pareció que Yaiza había movido los dedos.

Al principio pensé que lo había imaginado. Llevaba demasiadas horas pendiente de cualquier cambio y el cansancio también jugaba malas pasadas. Me acerqué un poco, sin tocarla.

—¿Yaiza?

Nada.

Esperé unos segundos. Entonces sus párpados se movieron. Poco, apenas un intento. Me quedé quieto, con la mano a medio camino del timbre, sin saber si llamar ya o esperar una señal más clara. Volvió a hacerlo. Esta vez abrió los ojos una rendija y los cerró enseguida, como si la luz le molestara.

Apreté el botón de llamada.

—Yaiza —dije, intentando que mi voz sonara tranquila—. Estás en el hospital. Voy a llamar a la enfermera.

Sus labios se movieron, pero no salió sonido. Me acerqué lo justo para que pudiera verme sin invadirla.

—No intentes hablar. Estás en el hospital. Estás atendida.

No sabía si era verdad decir que estaba bien. Pero en ese momento necesitaba oír algo que no la asustara más.

La puerta se abrió y entró una enfermera. Se acercó a la cama, comprobó el monitor y empezó a hablarle con una calma que se notaba entrenada.

—Yaiza, soy Laura, enfermera. Estás en el hospital. Has tenido un accidente, pero estás atendida. Si me oyes, intenta abrir los ojos.

Yaiza los abrió otra vez, esta vez un poco más. La enfermera me miró.

—Avise a sus familiares.

Saqué el móvil con los dedos torpes y llamé a Bruno. Contestó al segundo.

—¿Qué pasa?

—Está despertando.

No hizo falta decir más.

Colgué antes de escuchar su respuesta completa.

La enfermera seguía hablando con Yaiza, preguntándole si podía apretar la mano, si entendía dónde estaba, si podía seguir su voz.

Yo me aparté un poco, pegado a la pared, porque de pronto la habitación parecía demasiado pequeña para todo lo que estaba pasando.

Yaiza movió la cabeza apenas. Le costaba enfocar. Sus ojos pasaron de la enfermera al techo, luego al monitor y finalmente a mí.

Tardó unos segundos en reconocerme.

Vi el esfuerzo en su cara antes que la sorpresa.

La enfermera le humedeció los labios con una gasa y le pidió que no intentara incorporarse. Yaiza parpadeó varias veces, confusa, cansada, con el ceño fruncido como si cada cosa que veía estuviera fuera de lugar.

Luego volvió a mirarme.

—Nicolás…

Mi nombre salió casi sin voz, roto por la sequedad y por las semanas de silencio.

Di un paso hacia la cama, no más.

—Estoy aquí.

Yaiza me miró como si esas dos palabras no tuvieran ningún sentido. Como si yo fuera la última persona que esperaba encontrar al abrir los ojos.

Tragó saliva con dificultad. La enfermera le dijo que no forzara, pero Yaiza no le hizo caso.

—¿Qué haces aquí?