Capítulo 18
Nicolás
Aday llevaba casi tres semanas en casa de Bruno y Arai cuando nos llamaron del hospital.
No hacía vida normal todavía. No iba al colegio, no corría, no salía al parque y seguía teniendo revisiones, medicación y días en los que se cansaba antes de terminar el desayuno. Pero ya no tenía aquella cara pálida de hospital y empezaba a moverse por la casa con menos miedo.
En casa de Bruno y Arai se había hecho un sitio a su manera.
Dormía en la habitación que habían preparado para él, con su peluche favorito encima de la almohada, la luz pequeña encendida por la noche y una caja donde guardaba los lápices, las pegatinas y los libros de dinosaurios.
Dídac y Lola tenían órdenes muy claras de no tocar nada sin su permiso. Lola solía acordarse. Dídac, no tanto.
Yo iba todas las tardes.
Al principio pasaba poco rato. Una hora, a veces menos, para no agobiarlo y para que Arai no sintiera que estaba metiéndome en una casa que no era mía.
Llegaba después de trabajar desde el hotel o desde el despacho que Bruno me había cedido en sus oficinas, y me sentaba con Aday en la mesa del comedor para hacer las tareas del colegio: fichas de lectura, sumas, dibujos y algún vídeo de su profesora para que no perdiera del todo el ritmo.
La primera tarde, Aday me pidió ayuda con una suma llevando y yo me quedé mirando el cuaderno como si llevara años sin ver números. Él me corrigió antes de que yo abriera la boca.
—Así no se hace.
—Todavía no he hecho nada.
—Pero ibas a hacerlo mal.
Tenía razón.
Con los días aprendí que Aday escribía las letras demasiado grandes cuando estaba cansado, que odiaba borrar porque decía que las gomas ensuciaban la hoja, que se distraía con cualquier ruido de la casa y que preguntaba por su madre cada vez que algo le salía bien.
—¿Se lo vamos a contar a mamá?
A veces se lo preguntaba a Arai. Otras, a Bruno. Alguna, a mí.
Yo siempre decía que sí, aunque no supiera cuándo podríamos hacerlo de verdad ni cómo iba a encajar Yaiza que yo hubiera estado allí para verlo.
Pero no podía mirar a Aday y decirle que no.
Arai lo veía, aunque durante unos días no dijo nada.
Una tarde, mientras Aday merendaba en el salón con Bruno y los niños, ella me llamó a la cocina. Estaba apoyada en la encimera, con una taza de café que llevaba más tiempo entre sus manos que caliente.
—Se está acostumbrando mucho a ti —dijo.
No sonó como un reproche. Eso lo hizo peor.
—Lo sé.
—Y tú a él.
Miré hacia el salón. Aday estaba sentado en el sofá con una manta sobre las piernas, discutiendo con Dídac porque el mando de la tele tenía demasiados botones y él no necesitaba ayuda para usarlo.
—También lo sé.
Arai suspiró.
—Nicolás, no te estoy diciendo que dejes de venir.
—Eso espero.
Me miró de lado.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
—Sí. Estás poniéndote a la defensiva antes de que termine la frase.
Me callé, porque era verdad.
Arai dejó la taza sobre la encimera y bajó un poco la voz.
—Yaiza va a despertar y se va a encontrar con muchas cosas de golpe. Una pierna operada, semanas perdidas, su hijo viviendo en mi casa y tú apareciendo cada tarde como si formaras parte de la rutina.
—Formo parte de su rutina.
—De la de Aday, sí.
Aquello me molestó porque tenía razón.
—Él quiere que venga.
—Lo sé. Por eso no te he cerrado la puerta.
—Entonces no me pidas que dé un paso atrás.
—No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo que entiendas dónde estás pisando.
Apreté la mandíbula.
—Aday me espera cada tarde.
—Ya lo sé.
—Cuando me marcho, me pregunta si vendré al día siguiente. Me guarda fichas para hacerlas conmigo. El otro día se enfadó porque llegué más tarde y empezó las tareas con Bruno.
—Lo sé, Nicolás.
—Entonces no puedo desaparecer un poco para que, cuando Yaiza despierte, todo parezca más cómodo.
Arai me miró en silencio. No parecía enfadada. Parecía agotada de tener que pensar en todos a la vez.
—No va a ser cómodo hagamos lo que hagamos.
Aquello nos dejó callados unos segundos.
Desde el salón llegó la voz de Bruno diciendo que no, que no iban a ver tres capítulos seguidos. Aday protestó, Dídac se sumó sin saber muy bien por qué y Lola dijo que ella quería pintar.
Arai cerró los ojos un momento.
—Solo quiero que no le hagamos más daño del que ya hay.
—Yo también.
—Pues acuérdate de eso cuando ella abra los ojos.
No le contesté enseguida. Porque en mi cabeza había muchas respuestas, pero casi todas sonaban mejor de lo que probablemente iba a ser capaz de sostener cuando llegara el momento.
—Lo haré —dije al fin.
Arai asintió, aunque no pareció quedarse tranquila del todo.
✤ ✤ ✤
La llamada del hospital llegó dos días después, a media mañana.
Yo estaba con Bruno en su despacho, revisando unos planos que apenas podía seguir, cuando a él le sonó el móvil. Vi el nombre de Arai en la pantalla y dejé de fingir que prestaba atención.
Bruno contestó. No dijo casi nada. Solo escuchó, se puso serio y luego me miró.
—Nos han citado en el hospital esta tarde.
Me levanté antes de preguntar nada.
—¿Ha pasado algo?
—No. O nada malo, creo. Quieren hablar con nosotros. Con el equipo médico.
La espera hasta la tarde se me hizo eterna.
Trabajé, o lo intenté. Respondí correos de Milán, revisé dos documentos y llamé a mi padre para decirle que no sabía cuándo iba a volver.
Él no preguntó demasiado. Mi padre siempre había tenido esa forma italiana de saber cuándo una conversación necesitaba menos palabras de las que parecía.
A las cinco estábamos en el hospital.
Arai había llegado antes. Estaba en el pasillo de la unidad donde seguía ingresada Yaiza, con el abrigo puesto y el pelo recogido de cualquier manera. Bruno fue directo hacia ella y le puso una mano en la espalda. Ella descansó la cabeza en su pecho.
—¿Aday? —pregunté.
—Con mis padres. Ha hecho las tareas y se ha enfadado porque no le he dejado venir.
—¿Le habéis dicho que había reunión?
—Le hemos dicho que los médicos querían hablar de su madre. No hacía falta darle más vueltas.
Asentí.
No tardaron en llamarnos.
Entramos en una sala pequeña con una mesa, varias sillas y una luz demasiado blanca.
Había tres médicos: el neurocirujano que llevaba siguiendo a Yaiza desde los primeros días, la traumatóloga que se ocupaba de la pierna y una médica rehabilitadora que todavía no conocía.
También estaba una enfermera, con una carpeta en la mano y cara de haber visto demasiadas reuniones como aquella.
Nos sentamos los tres juntos. Arai en medio, Bruno a su lado y yo al otro. Nadie cuestionó mi presencia. Quizá porque a esas alturas ya me habían visto demasiadas veces en aquel pasillo. O quizá porque todos estaban demasiado cansados para abrir otro frente.
El neurocirujano empezó hablando despacio.
—La evolución de Yaiza en los últimos días es positiva. Hemos ido reduciendo la sedación de forma progresiva y está empezando a responder mejor a estímulos. Hay movimientos, reacción al dolor y algunos intentos de apertura ocular, aunque todavía no podemos hablar de un despertar completo.
Arai agarró la mano de Bruno por debajo de la mesa.
Yo me obligué a escuchar sin adelantarme.
—¿Eso qué significa? —preguntó Bruno.
—Que vamos en la dirección correcta —respondió el médico—. Las pruebas de control son estables y no han aparecido complicaciones neurológicas nuevas. Nuestra intención es retirar la sedación por completo en las próximas horas y observar cómo responde.
Arai tragó saliva.
—¿Puede despertar hoy?
—Puede ser en horas o puede tardar días. No es algo exacto. Y cuando despierte, si lo hace como esperamos, puede estar confusa, desorientada, muy cansada o agitada. Puede no entender dónde está al principio. También puede dormirse y despertarse varias veces. Es importante no saturarla.
—Pero es buena señal —dijo Arai, más que preguntar.
El médico asintió.
—Sí. Es buena señal.
La traumatóloga tomó la palabra después.
Habló de la cirugía, de la fractura, del material que habían colocado y de que los controles estaban saliendo como esperaban.
No dijo que la pierna estuviera curada. No usó palabras que sonaran fáciles.
Dijo que la fijación estaba estable, que la alineación era buena y que la recuperación iba a ser larga.
—Queremos empezar cuanto antes con rehabilitación, dentro de lo que su estado permita —añadió la médica rehabilitadora—. De momento hablamos de movilizaciones pasivas, cambios posturales, evitar rigidez y pérdida de fuerza. Cuando esté más despierta y pueda colaborar, ajustaremos el plan.
—¿Podrá caminar? —preguntó Arai.
La pregunta se quedó sobre la mesa.
La traumatóloga no respondió deprisa, y eso fue peor que cualquier mala noticia.
—Nuestro objetivo es que recupere la máxima funcionalidad posible. La lesión ha sido importante. Habrá dolor, rehabilitación y seguramente limitaciones al principio. Es pronto para hablar de plazos o de resultado final.
Arai asintió, pero se le notó en la cara que aquella respuesta no le bastaba. A mí tampoco. Bruno le apretó la mano.
—¿Y Aday? —pregunté.
Los tres médicos me miraron.
No sé por qué lo pregunté así, pero no pude evitarlo.
—Cuando ella despierte —aclaré—. ¿Podrá verlo? ¿Es recomendable?
El neurocirujano cruzó las manos sobre la mesa.
—Dependerá de cómo despierte. Si está muy confusa o agitada, esperaremos. Si está orientada y estable, podemos valorar una visita breve, preparada y con cuidado. Pero no será lo primero.
Arai cerró los ojos un segundo.
—Va a preguntar por él.
—Lo sabemos —dijo la enfermera, con una voz más suave—. Y se lo diremos de la forma adecuada. Pero antes tenemos que ver cómo está ella.
La reunión duró poco más, aunque a mí me pareció larguísima. Nos hablaron de paciencia, de no precipitar visitas, de avisar si notábamos cualquier cambio y de turnarnos para no acabar todos reventados antes de que empezara lo difícil de verdad.
Cuando salimos, Arai se apoyó en la pared del pasillo.
—Va a despertar —dijo.
Bruno se puso delante de ella.
—Eso han dicho.
—No exactamente.
—Han dicho que hay señales buenas.
—Sí.