Capítulo 17
Nicolás
Volví al día siguiente con pegatinas de dinosaurios y un lápiz negro.
También compré uno azul, uno rojo y un paquete de ceras, que no me había pedido, pero la dependienta me dijo que venían bien y yo estaba en ese punto ridículo en el que cualquier consejo sobre un niño de seis años me parecía una información valiosa.
Bruno me vio llegar con la bolsa y levantó una ceja.
—Vas a terminar financiando tú solo la sección infantil de esa tienda.
—Me pidió pegatinas.
—De dinosaurios.
—Son de dinosaurios.
—Hay tres paquetes.
Miré dentro de la bolsa como si aquello no fuera cosa mía.
—No sabía cuáles tenía.
Bruno soltó una risa baja, de esas contenidas para no hacer ruido en el pasillo.
Llevaba la misma cara de cansancio que los últimos días, pero ese día tenía algo diferente.
Quizá porque Aday había desayunado medio yogur, según me contó Arai por mensaje.
Quizá porque los médicos hablaban cada vez más de evolución favorable y menos de gravedad.
O quizá porque, después de varios días sin dormir bien, uno aprendía a conformarse con cualquier cosa que no fuera empeorar.
—Está despierto —dijo—. Pero el humor, regular.
—¿Le duele?
—Le molesta todo. La vía, la comida, estar en la cama, que Arai le diga que no se puede levantar todavía, que las enfermeras entren y salgan… lo normal.
Asentí.
—Eso suena a que mejora.
—También lo he pensado.
Entramos juntos. Aday estaba medio incorporado, con el libro abierto sobre las piernas y cara de pocos amigos. Arai estaba junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja. Cuando me vio, levantó una mano a modo de saludo y siguió escuchando a quien fuera al otro lado.
—Buenos días, Aday.
—Hola, Nico. —Miró la bolsa—. ¿Los has traído?
—Claro.
Me acerqué y dejé las cosas sobre la mesita. Saqué primero el lápiz negro, porque me pareció lo más importante.
—Uno negro.
Aday lo cogió con la seriedad de quien recibe algo imprescindible.
—Bien.
—También hay pegatinas.
—¿De dinosaurios?
—Sí, lo que me pediste.
Le enseñé los tres paquetes. Aday los observó uno a uno y frunció el ceño.
—Ese tiene coches.
—Pero hay dinosaurios también.
—Dije nada de coches.
—Ha sido un fallo de cálculo.
Bruno se apoyó contra la pared con los brazos cruzados.
—Grave.
—Muy grave —confirmó Aday.
Arai terminó la llamada y se acercó a la cama.
—¿Ya te estás quejando?
—Ha traído coches —dijo Aday.
—Imperdonable.
Me guiñó un ojo. Se la veía cansada, pero menos rota que días atrás. Se notaba que el susto seguía ahí, claro, en las ojeras y en esa forma que tenía de mirar a Aday cada pocos segundos. Pero también se notaba que empezaba a permitirse respirar un poco.
—La próxima vez traeré solo dinosaurios —dije.
Aday abrió el paquete correcto y empezó a despegar una pegatina con cuidado. Me senté a su lado, en la silla de siempre, y sujeté el libro cuando la página se le movió. Nadie dijo nada, así que me quedé ahí.
La mañana fue pasando entre dinosaurios, mensajes de Arai y cafés malos de máquina que iba trayendo Bruno. De vez en cuando entraba una enfermera, le tomaba la temperatura, miraba la vía o le preguntaba a Aday si le dolía algo. Él respondía con pocas ganas y volvía a sus pegatinas.
—Ese va ahí —me dijo, señalando una zona con árboles.
—¿Seguro? Parece más de volcán.
Aday me miró como si acabara de decir una barbaridad.
—Es un herbívoro.
—Claro.
—No va al volcán.
—Obvio.
—No lo sabías.
—No.
Se quedó conforme con mi sinceridad y siguió colocando pegatinas.
Arai sonrió sin levantar la vista del móvil.
Yo noté esa sonrisa aunque no la mirara.
Antes me habría molestado quedar como un inútil delante de todos.
En ese momento, no. En ese momento me dio igual.
Si el precio de estar allí era aprender dónde vivía un herbívoro en un libro de pegatinas, podía pagarlo.
A media mañana entró la doctora Aguilar con otra médica más joven. Aday cerró el libro en cuanto las vio y puso mala cara.
—No quiero más pinchazos.
—Hoy no venimos a pincharte —dijo la doctora, acercándose con una sonrisa tranquila—. Venimos a verte y a hablar un poquito.
Aday no pareció muy convencido, pero dejó que le auscultaran, que le miraran la barriga y que le hicieran algunas preguntas.
Si le dolía, si había comido, si había hecho pis, si se mareaba, si tenía ganas de vomitar.
Contestó con ayuda de Arai, que sabía cuándo intervenir y cuándo dejarle hablar solo.
Yo me quedé a un lado.
La doctora revisó la tableta que llevaba en la mano y luego miró a Arai.
—Va bien. Hay que seguir siendo prudentes, pero la evolución es buena. Si continúa así, podríamos valorar el alta en cuarenta y ocho horas.
Arai parpadeó, sorprendida.
—¿Tan pronto?
—Solo si todo sigue igual. Alta con reposo, controles, medicación pautada y revisiones. No va a salir para hacer vida normal, pero tampoco necesita estar ingresado si se mantiene estable.
Bruno, que acababa de entrar con dos cafés, se quedó quieto en la puerta.
—¿En cuarenta y ocho horas? —preguntó.
—Puede ser algo más, pero sí. Estamos empezando a organizarlo.
Aday miró a Arai.
—¿Me voy a casa?
La habitación se quedó en silencio medio segundo. No fue mucho, pero bastó para que el niño se diera cuenta.
Arai se sentó en el borde de la cama con cuidado.
—Vas a venir a casa con nosotros unos días, cariño.
Aday frunció el ceño.
—¿A tu casa?
—Sí. Con Bruno, Dídac y Lola.
—¿Y mamá?
Arai le cogió la mano.
—Mamá tiene que quedarse un poco más en el hospital.
—Pero si yo me voy, ella se queda sola.
La frase me hizo bajar la vista.
Arai aguantó el tipo mejor que cualquiera de nosotros.
—No se queda sola. Vamos a venir a verla todos los días. Bruno y yo vamos a estar entrando y saliendo. Y los médicos también están con ella.
—Pero yo no.
—Tú tienes que recuperarte también.
Aday apretó los labios. No lloró, pero se le llenaron los ojos. Arai le acarició el pelo y él se dejó, aunque se notaba que no estaba conforme.
¿Cómo iba a estarlo? Tenía seis años, estaba en un hospital y su madre no podía irse con él.
—¿Cuántos días? —preguntó.
Arai respiró hondo.
—No lo sabemos todavía, cariño.
Era la verdad, aunque no ayudara demasiado.
Aday miró el libro cerrado sobre sus piernas y luego la bolsa de pegatinas.
—¿Puedo llevarme esto?
—Claro que puedes —dijo Bruno desde la puerta—. Y si quieres, en casa te buscamos una caja para guardarlo todo.
Aday no respondió enseguida. Después asintió muy despacio.
—Pero que no lo coja Lola.
—Lola no lo cogerá.
—Dídac, sí.
—Dídac tampoco.
—Dídac toca todo.
Bruno dejó los cafés sobre la mesita y levantó las manos.
—Hablaré seriamente con él.
Aday pareció valorar si podía confiar en eso. Al final abrió otra vez el libro, aunque ya no pegó nada más.
La doctora explicó las pautas sin marearlo demasiado: descanso, comida poco a poco, medicación, revisiones y avisar si había fiebre, dolor fuerte o cualquier cosa rara.
Arai asentía a todo muy seria. Bruno tomaba notas en el móvil.
Yo escuchaba desde mi sitio, con la sensación incómoda de que todo me importaba muchísimo, pero aún no sabía dónde colocarme.
Y dolió precisamente porque era lógico. Arai y Bruno sabían qué necesitaba, cómo calmarlo y qué hacer si algo iba mal. Yo apenas sabía que le gustaba el anquilosaurio y que no le gustaba pintar todos los dinosaurios de verde.
—¿Tú también vas a venir?
No entendí al principio.
—¿Adónde?
—A casa de Bruno.
Bruno levantó la vista, pero no dijo nada.
Yo noté que la respuesta importaba y que, justamente por eso, debía tener cuidado.
—Iré a verte si Arai y Bruno dicen que puedo.
Aday frunció el ceño.
—Pero yo te lo estoy diciendo.
La sencillez con la que lo dijo me dejó sin una salida cómoda.
—Entonces iré —contesté—. Pero cuando te venga bien. Y cuando estés descansado.
—Puedes traer las pegatinas malas.
Miré la bolsa.
—¿Las de coches?
—Sí. Para Dídac.
Bruno soltó una carcajada y se tapó enseguida la boca.
—No pienso contarle que le has dado las pegatinas malas.
Aday encogió un hombro con cuidado.
—Para él están bien.
—Qué generoso —murmuré.
—Mi madre dice que hay que compartir.
—Tu madre tiene razón.
Aday me miró un momento.
—Casi siempre.
Aquello sí me sacó una sonrisa. Aday volvió al libro y yo no intenté alargar la conversación. Con eso bastaba.
Más tarde fui a ver a Yaiza.
No estuve mucho. Le conté lo del posible alta de Aday, lo de la casa de Bruno y Arai, y lo de las pegatinas de coches para Dídac. Hablé bajo, casi con cuidado, como si no supiera muy bien cómo contarle cosas de su hijo sin que ella pudiera contestar.
—Se preocupa por ti —dije—. Mucho.
La miré un rato. Seguía dormida, conectada a demasiadas cosas, pero ya no me dio el mismo golpe que el primer día.
Y eso me asustó más de lo que esperaba.
—No sé si estoy haciendo algo bien —admití—, pero estoy aquí.
No dije más. Tampoco habría servido de mucho.
Al volver a planta, encontré a Arai sola en el pasillo. Tenía el móvil en la mano y los ojos rojos. No parecía triste exactamente; más bien alivio mezclado con cansancio.
—He hablado con mi madre —dijo—. Están preparando la habitación para Aday.
—Bien.
—Mi padre va a pasar por casa de Yaiza para cogerle a Aday sus cosas: ropa, pijamas y su peluche favorito. También pasará por el supermercado para comprar comida suave.
Asentí.
—Necesita sentirse útil.
—Sí. Y yo necesito que lo sea, así que nos viene bien a todos.
Arai guardó el móvil en el bolsillo trasero del vaquero y miró hacia la habitación.
—Aday te ha preguntado si irás a casa.
—Sí.
—¿Y qué le has dicho?
—Que iré si vosotros lo veis bien.
Me miró entonces, seria.
—No tienes que pedirme permiso para querer verlo.
Aquello me descolocó.
—Arai…
—Pero tampoco puedes entrar como si todo esto ya tuviera un sitio para ti. Porque no lo tiene. Habrá que hacerlo poco a poco.
Asentí.
—Lo sé.
—Y cuando Yaiza despierte, se va a complicar.
—También lo sé.
—No, Nicolás. Saberlo no es lo mismo que estar preparado.
Tenía razón. Otra vez. Pero no lo dijo como un reproche, sino como alguien que intentaba dejar las cosas claras antes de que nos cayeran encima.
—No estoy preparado —dije—. Pero no voy a usar eso para irme.
Arai sostuvo mi mirada durante unos segundos. Después asintió.
—Vale.
Fue lo único que dijo. Y quizá por eso valió más que cualquier discurso.
Esa tarde Aday estuvo más despierto, aunque seguía cansándose rápido.
Protestó por la merienda porque dijo que el yogur sabía raro, preguntó si en casa de Arai podría dormir con la luz encendida y quiso saber si Bruno le guardaría bien la caja de pegatinas.
Arai le prometió que sí. Bruno también, aunque Aday no pareció fiarse mucho.
—¿Y mi peluche? —preguntó Aday.
—Mi padre va a pasar por tu casa a buscarlo —dijo Arai—. También traerá pijamas y ropa cómoda.
—¿Hoy?
—Sí, mi niño. Hoy.
Aday miró la manta, pensativo.
—Mamá sabe dónde está.
—Lo encontraremos, no te preocupes, cariño —dijo Arai—. Yo me encargo.
Eso pareció tranquilizarlo un poco.
Yo estaba sentado al fondo, escuchando. Seguía sin saber muy bien qué sitio ocupaba, pero Aday me miraba de vez en cuando para comprobar si seguía allí. Y cada vez que lo hacía, me costaba un poco menos quedarme.
Antes de irme, porque Arai insistió en que me duchara y durmiera unas horas en el hotel, Aday me llamó.
—Nico.
Me acerqué a la cama.
—¿Qué pasa?
—Mañana traes las pegatinas para Dídac.
—Las malas.
—Sí.
—Hecho.
—Y si mamá se despierta, le dices que voy a casa de los tíos, pero que no se preocupe.
Arai bajó la mirada y Bruno no dijo nada.
Yo apoyé una mano en el borde de la cama, cerca de él.
—Se lo diré.
Aday asintió, como si con eso bastara, y volvió a acomodarse en la almohada.
Salí del hospital casi de noche. En la calle hacía frío y había demasiada gente viviendo como si nada: entrando en cafeterías, cruzando semáforos, hablando por teléfono, quejándose del tráfico.
Me quedé unos segundos parado en la acera. Estaba cansado, hacía frío y lo único que tenía claro era que al día siguiente tenía que traer las pegatinas de coches.
Luego empecé a caminar hacia el hotel.
No pensé en Milán, ni en la empresa, ni en billetes de vuelta. Pensé en volver temprano al hospital.
No era mucho, pero por primera vez desde que había llegado a Barcelona, era suficiente para mirar hacia delante.