Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 16
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Capítulo 16

Nicolás

Tres días después, Aday ya no estaba en la UCI pediátrica.

Aquello no significaba que estuviera bien del todo.

Lo habían trasladado a planta porque la evolución era buena, porque las analíticas seguían mejorando y porque los médicos ya no necesitaban tenerlo vigilado minuto a minuto.

Pero seguía cansándose enseguida, dormía a ratos, comía poco y todavía se asustaba cada vez que se despertaba y no veía a su madre.

La diferencia era que en planta todo parecía menos frío.

Seguía habiendo controles, enfermeras entrando y saliendo, médicos hablando de prudencia y una lista de cosas que vigilar antes de pensar en el alta. Pero la habitación tenía otra luz, otra calma y un sillón en el que nadie nos recordaba que no podíamos quedarnos demasiado.

Bruno entraba y salía con más facilidad. Arai pasaba allí casi todo el tiempo. Y yo había empezado a aparecer de una forma que todavía no sabía cómo nombrar.

No era familia para Aday. No oficialmente. No todavía.

Para él seguía siendo Nicolás, aunque había empezado a llamarme Nico: el amigo de Bruno y Arai que vivía fuera y había venido al enterarse del accidente. No era toda la verdad, pero era la única que podía manejar en ese momento.

La primera mañana en planta, Aday apenas habló.

Miró la habitación nueva, la ventana, el baño, el sillón donde Arai había dejado una chaqueta y la bolsa con ropa limpia que Bruno había traído de casa.

Después preguntó si su madre seguía dormida.

A lo que Arai le respondió que sí. Que todavía estaba malita y necesitaba descansar.

Aday escuchó sin llorar, pero se agarró a la manta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Yo estaba junto a la puerta. No entré más. Aquello no me correspondía y, por una vez, fui capaz de entenderlo antes de meter la pata.

A media tarde bajé a la calle. No fui lejos.

Necesitaba respirar aire que no oliera a desinfectante, café malo y cansancio acumulado.

Caminé sin rumbo durante un rato, con el móvil en la mano por si llamaban, aunque nadie llamó.

Pasé por delante de una farmacia, una panadería y una tienda pequeña de regalos que tenía en el escaparate peluches, globos, cuentos infantiles y un expositor lleno de libros para colorear.

Me quedé delante del cristal como un imbécil.

No sabía comprar cosas para un niño, porque cuando les compraba algo a Dídac y Lola, siempre lo hacía con las instrucciones de Arai. No sabía qué podía gustarle ni qué tenía ya. Aun así, entré.

La mujer de la tienda me preguntó si buscaba algo concreto. Estuve a punto de decirle que buscaba seis años perdidos en una estantería, pero no lo hice porque todavía me quedaba algo de vergüenza.

—Algo para un niño de seis años —dije—. Está ingresado. Le gustan los dinosaurios.

Ella me señaló una balda sin hacer preguntas.

Había cuentos, puzles, muñecos pequeños, un libro con sonidos que descarté en cuanto imaginé a Bruno lanzándomelo a la cabeza y varios cuadernos de actividades.

Al final cogí un libro de dinosaurios para colorear, uno de pegatinas reutilizables y una caja de lápices.

Luego añadí una goma y un sacapuntas porque me pareció adecuado, aunque no tenía ni idea.

Cuando volví a pediatría con la bolsa en la mano, Bruno estaba en el pasillo, apoyado junto a la puerta de la habitación.

—¿Has comprado medio museo jurásico? —preguntó.

—No empieces.

Miró la bolsa, luego a mí, y por una vez no hizo ningún comentario. Solo abrió un poco la puerta y asomó la cabeza.

—Mira quién está aquí.

Entré detrás de Bruno. Aday estaba medio incorporado, con dos almohadas a la espalda y cara de estar agotado. Arai seguía sentada a su lado, con el móvil boca abajo sobre las piernas y una mano encima de la manta.

Aday miró la bolsa.

—¿Qué es eso?

Levanté la mano un poco.

—No lo sé. Me lo han dado abajo y me han dicho que era para ti.

Bruno soltó una risa por la nariz.

—Muy creíble.

Aday me miró con atención. Dejé la bolsa sobre la mesita y saqué primero el libro de colorear.

—Es de dinosaurios —dije—. Por si te aburres.

—Me aburro mucho.

—Entonces he acertado.

Arai miró el libro y sonrió un poco, cansada. Aday lo cogió despacio, con cuidado por la vía, y pasó varias páginas sin decir nada. Yo seguí de pie, esperando a ver si había acertado o no.

—Aquí hay un anquilosaurio —dijo al fin.

—Tu preferido.

Aday levantó la vista hacia mí. No llegó a sonreír, pero casi.

—Tiene la maza bien.

—Menos mal.

—Pero este color no sirve.

Miré la caja de lápices.

—¿Cuál?

—El verde. Los dinosaurios no son todos verdes.

—Eso lo sabe todo el mundo —murmuró Bruno.

Arai le dio un golpe suave con el dorso de la mano en el brazo.

—Déjale, que está aprendiendo.

Me senté en la silla que había junto a la cama, no demasiado cerca, y abrí la caja de lápices.

Aday eligió un marrón, un gris y un naranja con una seriedad que no admitía discusión.

Yo le fui pasando los colores cuando los pedía, recogiendo los que se le caían encima de la manta y fingiendo que no me temblaba un poco la mano cada vez que la suya rozaba la mía.

No hablamos mucho. Él se cansaba enseguida y yo no quería llenar el silencio porque sí. A ratos coloreaba, a ratos cerraba los ojos y a ratos miraba hacia la puerta, como si esperara que su madre entrara de un momento a otro.

Yo también lo esperaba, aunque sabía que no iba a pasar.

Un rato después, Aday dejó el lápiz sobre el libro.

—¿Has visto a mi madre hoy?

Arai me miró, pero no dijo nada.

—Sí —contesté—. La he visto un momento.

—¿Sigue dormida?

—Sí.

—¿Mucho?

No supe qué contestar sin mentir demasiado.

—Está descansando mucho para ponerse mejor.

Aday bajó la vista al dibujo.

—Cuando duerme mucho, luego se levanta con el pelo fatal.

Arai se tapó la boca con los dedos y miró hacia la ventana. Bruno agachó la cabeza. Por un segundo me faltó el aire, pero conseguí contestar.

—Eso me lo creo.

—Y se enfada si se lo dices.

—También me lo creo.

Aday pareció conforme con eso. Volvió a coger el lápiz marrón y siguió pintando la cola del anquilosaurio, como si no acabara de decir nada importante.

Pero para mí sí lo era. Yo no sabía cómo eran sus mañanas con Yaiza, ni sus domingos, ni sus peleas por vestirse —si las había—, ni las cosas pequeñas de una casa que debería haber conocido.

Y Aday me las iba soltando sin darse cuenta. Una detrás de otra.

Cuando Aday volvió a dormirse, Arai salió al pasillo conmigo. Bruno se quedó dentro, sentado junto a la cama, revisando el móvil en silencio. Ella caminó hasta la máquina de agua, llenó un vaso de plástico y bebió dos sorbos antes de hablar.

—Le ha gustado.

Miré hacia la habitación.

—No era gran cosa.

—Para él sí.

Eso era justo lo que me daba miedo.

—No quiero que se acostumbre a mí sin saber la verdad.

Arai cerró los ojos un instante, cansada.

—Nicolás, ahora mismo se está acostumbrando a todo lo que ha pasado. A comer dos cucharadas. A despertarse sin su madre al lado. No le metas más peso del que puede llevar.

—Ya lo sé.

—Pues actúa como si lo supieras.

No contesté. Arai no lo decía para hacer daño. Lo decía porque estaba agotada y tenía miedo.

Asentí.

—¿Has subido a verla?

—Hace una hora. Sigue igual. Le han bajado algo la sedación, pero la respuesta es lenta. Dicen que entra dentro de lo esperable.

Asentí.

—Voy a subir un momento.

—Vale. Yo me quedo con Aday.

—No tardaré.

Arai negó apenas.

—Sube tranquilo.

No añadió nada más. Tampoco hacía falta.

Subí solo.

El camino hasta la UCI de Yaiza ya empezaba a resultarme demasiado familiar.

Eso también me cabreó. Los pasillos, el sonido de los monitores, el control de enfermería, la puerta que se abría con ese ruido suave y frío.

Todo se me estaba metiendo en el cuerpo como si llevara allí semanas, aunque apenas hubieran pasado unos días.

Yaiza seguía dormida.

Tenía mejor color que la primera vez que la vi, o quizá yo necesitaba creerlo. La pierna continuaba inmovilizada; había tubos, cables, bolsas, vendas y demasiadas cosas que no sabía nombrar. Me acerqué a la cama con cuidado, como si pudiera despertarla por estar demasiado cerca.

—Aday está en planta —dije en voz baja—. Pregunta por ti cada vez que abre los ojos.

No esperaba respuesta. Aun así, observé su cara por si algo cambiaba. No cambió nada.

Me senté en la silla.

—Arai lo está haciendo bien. Bruno también. Yo intento no estorbar demasiado.

Me pareció una frase ridícula, pero era la verdad.

Miré su mano sobre la sábana, inmóvil, con la vía puesta y la piel más blanca de lo normal. No la toqué.

Siete años atrás habría alargado la mano sin pensarlo. Ahora no sabía si tenía derecho. Así que me quedé sentado, tragándome todo lo que no podía arreglar.

—Le he comprado un libro de dinosaurios —añadí—. Uno de colorear. Me ha dicho que el color verde no sirve para todo. Parece bastante serio con esas cosas.

Estuve a punto de sonreír, pero no llegué a hacerlo.

—Tiene cosas tuyas —dije—. La forma de mirar cuando cree que alguien está diciendo una tontería, por ejemplo. Eso sí lo he reconocido.

El monitor siguió marcando su ritmo. Seguí allí un rato más, sin pedirle que despertara y sin prometerle nada que no sabía si podría cumplir. Cuando salí, Bruno estaba en la sala de espera de la UCI con dos cafés.

—Arai se ha quedado con Aday —dijo, tendiéndome uno.

Lo cogí aunque sabía que iba a estar malo.

—Gracias.

Nos sentamos uno al lado del otro. Durante un rato solo bebimos café y miramos una pared demasiado blanca.

—Si todo sigue así —dijo Bruno—, puede que Aday salga del hospital antes de lo que pensábamos.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Cuándo?

—No lo han afirmado. Días, quizá una semana. Depende de cómo evolucione, de si come, de si controla el dolor, de las pruebas. Pero ya han empezado a hablar de alta.

La palabra me cayó encima antes de estar preparado.

—¿Y adónde iría?

—Con nosotros, de momento.

Asentí despacio.

Era lógico. Claro que era lógico. Yaiza no podía hacerse cargo de él. Aday necesitaba a alguien que conociera, una casa con niños, una rutina parecida a algo normal. Arai y Bruno eran su familia. Yo era el hombre que le había comprado un libro de pegatinas.

—¿Y yo? —pregunté.

Bruno no contestó enseguida.

—Tú tendrás que decidir cómo quieres estar sin empujar. Y sin desaparecer.

—No voy a desaparecer.

—Lo sé.

Lo miré.

—Ayer no sonabas tan convencido.

—Ayer no te había visto sentarte con un crío a estudiar dinosaurios como si te fuera la vida en ello.

Resoplé, pero no me salió una sonrisa completa.

—No sé hacer esto.

—Nadie te está pidiendo que lo sepas ya.

—Yaiza sí me lo va a pedir.

—Yaiza te va a pedir muchas cosas cuando despierte. Algunas con razón. Otras desde el miedo, desde el cabreo o desde el dolor. Y tú vas a tener que aprender a escuchar sin convertir cada frase en una excusa para irte.

Bajé la vista al vaso de café.

—Me lo merezco, ¿no?

—No sé si va de merecer. Va de que hay un niño en medio.

Aquello me dejó sin respuesta.

Volvimos a pediatría cuando Arai nos avisó de que Aday estaba despierto otra vez.

Al entrar, lo encontramos concentrado en el libro de pegatinas.

Había puesto un triceratops torcido en una escena de volcanes y un pterodáctilo encima de una palmera.

Esos dos ya los distinguía, más por insistencia de Aday que por mérito propio.

Arai tenía cara de llevar diez minutos aguantándose las ganas de colocarlo bien.

Aday levantó la vista cuando me vio.

—Has vuelto.

No lo dijo como pregunta. Tampoco como reproche. Solo lo dijo, como quien comprueba una cosa.

—Sí.

—Bruno ha dicho que ibas a volver.

Miré a Bruno.

—Bruno habla demasiado.

Aday pareció pensarlo.

—A veces.

Arai soltó una risa cansada y Bruno se llevó una mano al pecho, ofendido.

—Qué ataque más gratuito.

Aday volvió al libro. Despegó una pegatina con mucho cuidado, frunciendo el ceño porque se le doblaba una esquina. Me senté a su lado sin esperar a que nadie me lo indicara y sujeté la página para que pudiera pegarla bien.

—Así —dijo él, corrigiéndome la mano—. Si no, queda mal.

—Perdón.

—No pasa nada.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que otro niño habría pedido agua. Y a mí me dejó peor de lo que debería.

No pasó nada especial. Aday pegaba dinosaurios, yo sujetaba la página y Arai contestaba mensajes al otro lado de la habitación. Era poca cosa, pero quizá empezar a estar era justo eso.

Antes de dormirse otra vez, Aday dejó la mano sobre el libro abierto.

—Mañana puedes traer más pegatinas.

Arai levantó la vista muy despacio y Bruno no dijo nada.

Yo miré a Aday.

—Puedo.

—Pero de dinosaurios. No de coches.

—De dinosaurios.

—Y un lápiz negro. Falta negro.

—Lápiz negro también.

Asintió, satisfecho, y cerró los ojos.

Seguí sentado un rato después de que se durmiera. Arai no dijo nada. Bruno tampoco. Quizá porque los tres entendimos lo mismo al mismo tiempo: Aday no sabía quién era yo, pero ya había hecho un hueco pequeño para que volviera al día siguiente.