Capítulo 15
Nicolás
El presente no esperó a que yo terminara de ordenar nada.
Me entró un mensaje al móvil, bajé la vista y lo abrí.
Bruno: Estamos en pediatría. Supongo que sigues en la cafetería.
Nicolás: Sí. Ya subo.
Me levanté, dejé el plato del sándwich y el vaso en el carro, y fui hacia el ascensor.
Cuando salí, vi a Bruno al final del pasillo, apoyado contra la pared, con el móvil en la mano y la otra metida en el bolsillo.
Se le notaba cansado. Cansado de verdad, de esos cansancios que ni una ducha ni un café arreglan.
Al verme, guardó el móvil.
—Hola.
—Hola. ¿Habéis podido descansar algo? ¿Los niños bien?
—No hemos dormido mucho, pero al menos nos hemos duchado y cambiado de ropa. Los niños están intranquilos. No entienden bien qué está pasando.
Asentí. Era lógico. Nada allí dentro era fácil de explicar.
—¿Dónde está Arai?
—Dentro.
—¿Hay novedades?
—Ha pasado la doctora Aguilar. Quiere hablar contigo y con Arai.
Me quedé parado.
—¿Aday está bien?
—Solo ha dicho que subiéramos.
Durante un segundo no supe si aquello era bueno o malo. En un hospital, que un médico quisiera hablar contigo podía significar cualquier cosa.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Por teléfono no han querido adelantar nada.
Eché a andar antes de pensarlo y Bruno se vino conmigo. No corrimos, pero casi. Bajamos un tramo de escaleras porque el ascensor tardaba demasiado y llegamos a pediatría con esa prisa rara de los hospitales: deprisa, pero sin permitirte parecer desesperado.
Arai estaba fuera de la habitación de Aday, hablando con la doctora Aguilar. Llevaba el pelo recogido en una coleta, ojeras y una mano cerrada alrededor del móvil. Al vernos, se giró enseguida.
—Está bien.
No sé si lo dijo por Bruno o por mí. Seguramente por los dos.
Me frené a medio metro.
—¿Qué quiere decir «bien»?
La doctora me miró.
—Quiere decir que la evolución de las últimas horas es buena. Mejor de lo que esperábamos anoche.
Me apoyé una mano en la nuca.
—¿El hígado?
—Está respondiendo. Las analíticas han mejorado y los controles de imagen no muestran empeoramiento. Sigue siendo un niño que ha pasado por algo muy serio, y vamos a vigilarlo de cerca, pero ahora mismo no estamos en el escenario que nos preocupaba.
Arai soltó el aire como si llevara horas aguantándolo. Bruno cerró los ojos un instante.
Yo no hice nada. No porque no sintiera alivio, sino porque me costó procesarlo.
—Entonces no necesita…
La doctora negó despacio.
—Ahora mismo no. No vamos a activar nada relacionado con trasplante ni intervención hepática urgente. Su cuerpo está respondiendo.
Tragué saliva.
—Vale.
Me salió eso. Una palabra pequeña, casi ridícula para lo que acababan de decirnos.
La doctora explicó que iban a reducir la medicación, que querían ver cómo reaccionaba al despertar, que podía estar confuso, dolorido y asustado. Que necesitaba calma, caras conocidas y respuestas sencillas.
«Caras conocidas».
Bajé la vista.
Arai debió de notarlo, porque habló antes de que yo preguntara nada.
—Entraré yo primero.
Asentí.
—Claro.
—Y Bruno.
—Sí.
—Luego, vemos.
No me gustó cómo sonó ese «vemos», pero no dije nada.
La doctora miró a Arai.
—Si pregunta por su madre, lo mejor es decirle la verdad, pero adaptada. Que está en el hospital, que la están cuidando y que no puede venir a verlo todavía.
Arai asintió, aunque se le tensó la mandíbula.
—Lo sé.
Bruno le puso una mano en la espalda. Ella cogió aire y entró con la doctora.
Bruno se quedó fuera conmigo.
Durante unos minutos no dijimos nada. Yo miraba el cristal de la habitación sin poder ver bien el interior.
—No tienes que entrar ahora —dijo Bruno.
Lo miré.
—¿Me estás dando permiso para salir corriendo?
—No. Te estoy diciendo que no tienes que demostrar nada en los próximos cinco minutos.
Aquello me molestó porque sonaba demasiado a conocerme.
—No me voy a ir.
—Bien.
—No lo digo para que me felicites.
—No pensaba hacerlo.
Me pasé una mano por la cara.
—No sé qué voy a ser para él.
Bruno tardó un poco en responder.
—Ahora mismo, alguien que está aquí.
—Eso no es suficiente.
—Para ti, no. Para un niño que acaba de despertar, seguramente sí.
Miré hacia la puerta.
—No sabe quién soy.
—No.
La respuesta fue cruda. Sin adornos.
—Y no se lo vamos a decir así —añadió—. Tiene seis años, Nicolás. Estará asustado, dolorido, y su madre no puede entrar por esa puerta. No necesita otra bomba encima.
—Ya lo sé.
Bruno bajó un poco la voz.
—Te lo repito porque tú, cuando te duele algo, confundes tener derecho con tener prisa.
Eso sí me tocó.
—¿Me estás dando una lección?
—Estoy intentando que no metas la pata con un niño.
El golpe fue bajo, pero justo.
Me callé.
Dentro, Arai se inclinó sobre la cama. No oí lo que decía, pero vi su espalda temblar apenas. Bruno dio un paso hacia la puerta, aunque no entró todavía.
Yo miré a Aday.
Lo vi solo a medias, pequeño en aquella cama enorme, con cables, vías y una manta hasta el pecho. Tenía el pelo revuelto, la cara pálida y movía la cabeza muy poco, como si hasta eso le costara.
Y entonces abrió los ojos.
No fue como en una película. No hubo música ni una frase perfecta. Solo un niño abriendo los ojos con esfuerzo, confundido, tardando en entender dónde estaba.
Arai se acercó más.
Yo dejé de respirar sin darme cuenta.
La doctora habló con él despacio. Arai le cogió la mano y se inclinó para que pudiera verla bien. Aday movió los labios.
No oí la palabra, pero la entendí igual.
Mamá.
Arai bajó la cabeza y apretó su mano entre las dos suyas. Bruno abrió la puerta sin esperar más. La doctora lo dejó pasar con un gesto y él entró, quedándose cerca de Arai, pero sin echarse encima del niño.
Yo me quedé fuera.
Porque no sabía hacer otra cosa.
Pasaron unos minutos. No sé cuántos. Aday tenía los ojos medio cerrados otra vez, pero seguía agarrado a la mano de Arai.
La doctora salió al pasillo y me miró.
—Puede entrar un momento. Poco rato y sin darle demasiada información. Si se agobia o se cansa, salen.
Asentí.
—De acuerdo.
—Y recuerde que para él usted es alguien desconocido.
«Alguien desconocido».
Asentí porque era verdad, aunque me reventara por dentro.
Arai salió antes de que yo entrara. Tenía la cara bañada en lágrimas, pero intentó recomponerse al verme.
—Está preguntando por su madre —dijo.
—Lo he oído.
—No sabe nada de ti.
—No voy a decirle nada.
—Nicolás…
—He dicho que no voy a decirle nada.
No sonó bien. Más seco de lo que quería. Arai lo notó, pero no me lo echó en cara.
—Le he dicho que eres un amigo de Bruno y mío. Que vives fuera y has venido al enterarte del accidente.
Asentí despacio.
«Un amigo».
Nunca una palabra tan normal me había sentado tan mal.
—Vale.
—No le confundas.
—No lo haré.
Arai me miró un segundo más, como si estuviera buscando al hombre que había conocido diez años atrás y al que tenía delante ahora, para ver cuál de los dos iba a entrar en aquella habitación.
No sé qué encontró, pero se apartó y entré.
No era la primera vez que lo veía de cerca, pero sí la primera en la que él podía verme a mí.
Eso fue lo que me descolocó.
Aday tenía la piel pálida, los labios secos y una vía en el brazo. Movió los ojos hacia mí con esfuerzo cuando me acerqué. No me miró con miedo, pero sí con desconfianza y curiosidad.
—Aday —dijo Bruno—, este es Nicolás. Es amigo nuestro.
Me acerqué un poco, no demasiado.
—Hola, campeón.
Me sentí idiota nada más decirlo.
Aday parpadeó despacio.
—Hola.
Su voz apenas fue un susurro.
Me quedé de pie y acabé metiendo las manos en los bolsillos.
—Bruno dice que te gustan los dinosaurios.
Aday miró a Bruno y luego volvió a mirarme.
—Tengo muchos.
—¿Dinosaurios? —pregunté.
Asintió muy despacio.
—Mi madre dice que cualquier día nos echan de casa.
Aday volvió a mirarme.
—¿Tú sabes de dinosaurios?
—Un poco.
Mentira. Sabía lo justo para no parecer idiota, y en ese momento ni eso.
—¿Cuál es tu favorito? —preguntó.
Me quedé en blanco.
Bruno bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Arai, desde la puerta, me miró como si estuviera disfrutando demasiado de mi sufrimiento.
—El velociraptor —dije al final, agarrándome al único que me vino rápido.
Aday frunció apenas la nariz.
—Ese le gusta a todos.
—Ya. Estoy intentando no fallar mucho el primer día.
No sé por qué lo dije así. Se me escapó.
Aday me miró un segundo más y sonrió apenas. Fue poca cosa, pero a mí me dejó hecho polvo.
—El mío es el anquilosaurio —dijo.
—Buena elección.
—Tiene una maza en la cola.
—Eso siempre ayuda.
Bruno soltó una risa baja.
Aday cerró los ojos un momento, agotado. Pensé que se había dormido, pero volvió a abrirlos.
—¿Mamá no puede venir?
Nos miramos sin saber bien cómo contestar. Arai entró enseguida y se acercó a la cama con cuidado.
—Ahora no, mi niño. Los médicos la están cuidando y tiene que descansar mucho.
Aday la miró, intentando entenderlo.
—¿Está malita?
Arai le acarició el pelo con cuidado.
—Está dormida porque los médicos la están ayudando a curarse.
—¿Como yo antes?
—Parecido.
Aday se quedó pensando, o intentándolo.
—¿Pero está aquí?
—Sí. Está aquí en el hospital. En otra planta. Y Bruno y yo vamos a verla todo el rato.
El niño asintió muy despacio, aunque se le notaba que aquello no le bastaba del todo.
Yo seguía de pie, con las manos en los bolsillos, tragándome todo lo que no podía decirle.
Que su madre no estaba sola. Que él tampoco. Que yo era su padre.
Pero no dije nada.
Aday volvió a mirarme.
—¿Tú también conoces a mi madre?
Era una pregunta sencilla. De niño. Sin trampa.
Pero a mí me dejó sin respuesta durante un segundo.
Arai se quedó quieta, Bruno me miró de lado y yo me obligué a contestar como una persona normal.
—Sí. La conozco desde hace mucho.
—¿Es tu amiga?
Tardé un segundo de más.
—Sí.
No era mentira del todo, pero tampoco era verdad de la forma que él podía entender.
Aday cerró los ojos otra vez.
—A veces se enfada.
Arai sonrió con cansancio.
—Un poco, sí.
—Y dice tacos en el coche.
Bruno se tapó la boca con la mano.
Arai lo señaló sin mirarlo.
—Ni se te ocurra reírte.
—No he hecho nada.
Aday sonrió apenas, orgulloso de haber contado algo importante.
Yo me quedé mirándolo, tragándome otro golpe pequeño. Yaiza en el coche. Yaiza con él detrás. Yaiza viviendo una vida entera de la que yo no sabía nada.
Seis años de cosas así.
El niño bostezó y la doctora entró al poco.
—Vamos a dejarlo descansar.
Arai se inclinó para besarle la frente.
—Duérmete un rato, mi niño.
—¿Vas a estar cuando despierte?
—Sí.
—¿Y Bruno?
—También.
Aday miró hacia mí, como si no supiera si incluirme o no en la pregunta.
Yo tampoco lo sabía.
—¿Y Nicolás?
El nombre, en su boca, me dio más fuerte de lo que esperaba. Era solo mi nombre, dicho por un niño medio dormido en una habitación de hospital.
Pero era mi hijo.
—Yo estaré por aquí —dije.
Aday asintió, conforme con eso, y cerró los ojos.
Salimos uno a uno, sin hacer ruido. En el pasillo, Arai se apoyó contra la pared y se llevó las manos a la cara. Bruno la abrazó enseguida. Ella se dejó hacer unos segundos y luego se apartó para respirar.
Yo me quedé a un lado, sin saber si acercarme, hablar, dar las gracias o pedir perdón.
Arai fue la primera en mirarme.
—Lo has hecho bien.
No me esperaba eso.
—No he hecho nada.
—Precisamente.
Bruno me observaba en silencio.
—Ha preguntado si iba a estar.
—Sí.
—No sé qué hacer con eso.
Arai bajó las manos y me miró con un cansancio que no intentó esconder.
—Estar.
Era una respuesta tan simple que casi daba rabia.
—Yaiza va a odiarme por esto —dije.
—Yaiza va a odiarnos a todos un rato cuando despierte.
—No es lo mismo.
—No. No lo es.
Arai se cruzó de brazos. Tenía los ojos rojos y la cara de alguien que llevaba demasiadas horas sosteniendo cosas que pesaban mucho.
—Pero ahora mismo Yaiza no puede decidir. Y Aday necesita calma. Necesita saber que estamos aquí. Si tú vas a entrar y salir de su vida como has hecho con otras cosas, mejor no te acerques más.
Bruno murmuró su nombre.
—Arai.
—No. Que lo sepa.
La miré.
No me lo dijo con crueldad. Me lo dijo porque tenía miedo. Por Aday. Por Yaiza. Y quizá también por mí, aunque eso no pensaba agradecérselo en voz alta.
—No voy a irme —dije.
Arai no pareció impresionada.
—Ya te has ido antes.
Bruno cerró los ojos un segundo.
Yo asentí, porque no tenía forma de defenderme.
—Lo sé.
—Pues esta vez hazlo distinto.
No hubo nada más. Solo eso.
«Esta vez hazlo distinto».
Aday volvió a dormirse durante casi dos horas.
En ese tiempo, los médicos pasaron otra vez por la habitación, ajustaron medicación, hablaron de vigilancia, de evolución favorable, de prudencia.
Bruno llamó a Antonio para contarle que el niño había despertado.
Arai llamó a sus padres, luego se encerró en un baño y salió con la cara mojada.
Yo fui a por cafés que nadie se tomó enteros.
De tanto en tanto, miraba hacia la puerta de Aday.
Y de cuando en cuando, miraba hacia el pasillo que llevaba a la UCI de Yaiza.
Me sentía partido de una manera bastante literal. Mi hijo despierto en una planta. La mujer que me había ocultado su existencia dormida en otra. Y yo en medio, llegando tarde a todas partes.
Cuando Aday despertó otra vez, pidió agua. Luego preguntó por su madre. Después quiso saber si podía ver dibujos. La doctora dijo que un rato corto, sin cansarlo.
Arai se sentó con él.
Bruno tuvo que bajar a hacer una llamada.
Yo me quedé en la puerta, sin entrar del todo, hasta que Aday giró la cabeza.
—¿Tú no te sientas?
Miré a Arai.
Ella no dijo nada. Solo levantó las cejas, como si la decisión, por una vez, no fuera suya.
Entré y me senté en la silla junto a la cama, dejando espacio entre los dos.
En la pantalla pusieron unos dibujos de dinosaurios que Arai encontró en una plataforma. Aday miraba a ratos, pero se cansaba enseguida. Yo no sabía si hablar o quedarme callado. Al final, hice lo segundo.
Cinco minutos después, Aday señaló la pantalla con un dedo débil.
—Ese no es un anquilosaurio.
—¿No?
—No. Ese es un estegosaurio.
—Ah.
—Tiene placas. El anquilosaurio tiene armadura.
—Está claro que necesito estudiar.
Aday volvió a sonreír apenas.
—Mucho.
—Vale. Me pondré con ello.
—Mi madre sabe.
—Seguro que sí.
—Ella sabe muchas cosas.
La miré sin querer.
No a Aday. A la idea de Yaiza.
—Sí —dije—. Eso ya lo sabía.
Aday bostezó otra vez.
—Cuando venga, te lo explica.
No pude contestar enseguida.
«Cuando venga».
Como si fuera algo sencillo. Como si Yaiza fuera a entrar por la puerta, despeinada, enfadada, y nos fuera a explicar cosas de dinosaurios a los dos mientras nos llamaba inútiles.
—Me parece bien —dije al final.
Aday cerró los ojos, aunque esta vez no llegó a dormirse del todo.
Yo me quedé sentado a su lado, sin tocarlo, sin decirle quién era y sin moverme.
Y, por primera vez en mucho tiempo, quedarme quieto no me pareció una condena.
Me pareció lo mínimo.