Capítulo 14
Nicolás
Un mes después, ella ya no quiso seguir haciendo como que no pasaba nada.
No fue una gran escena.
Eso habría sido más fácil.
No hubo gritos, ni platos rotos, ni una discusión de esas que luego uno puede contar cambiando los detalles para quedar mejor. Fue mucho peor, porque Yaiza habló tranquila.
Demasiado tranquila.
Yo acababa de volver de Milán. Otra vez. Había pasado allí casi dos semanas con mi padre, cerrando asuntos de la empresa y revisando un proyecto que cada vez tiraba más de mí.
La presión llevaba tiempo ahí, creciendo sin hacer demasiado ruido. Y no era solo el trabajo. Era también que en Italia todo parecía más fácil, porque allí nadie me miraba como si estuviera esperando una respuesta que yo no sabía dar.
En Barcelona, en cambio, estaba Yaiza.
Y Yaiza ya ocupaba demasiado.
Aparecí en su casa un jueves por la noche convencido de que bastaría con verla, besarla, cenar cualquier cosa y volver a lo de siempre: tocarla hasta que la conversación dejara de importar un rato.
Pero ella abrió la puerta y supe que esa vez no iba a funcionar. No sonrió, no me soltó ninguna pulla; solo se hizo a un lado para dejarme pasar.
—Tenemos que hablar —dijo.
Me quedé en medio del salón con la maleta todavía en la mano.
—Vale.
—Y no me digas «vale» con esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar buscando por dónde salir.
Dejé la maleta junto al sofá.
—Acabo de llegar.
—Lo sé.
—Podemos hablar mañana.
—No.
Una palabra. Nada más.
Y con eso me dejó sin escapatoria.
Se sentó en el sofá, pero no se acomodó. Yo me quedé de pie un segundo más, con la maleta al lado, hasta que entendí que aquello no iba a desaparecer porque yo hiciera como que no iba conmigo.
Entonces me senté enfrente.
—Dime.
Yaiza entrelazó las manos sobre las rodillas. Tenía mala cara. Cansada, pensé al principio. Luego vi que era otra cosa.
Decisión.
—No puedo seguir así —dijo.
La frase cayó despacio.
—¿Así cómo?
Me miró como si esa pregunta la hubiera decepcionado incluso antes de contestarla.
—No me hagas explicártelo como si no lo supieras.
—Yaiza…
—No. Déjame hablar.
Asentí.
Y ella habló.
Me dijo que estaba cansada de no saber nunca dónde estaba conmigo.
Que no quería perseguirme, ni pedirme cosas que yo no quisiera dar, ni convertirse en una versión de sí misma que no le gustaba.
Me dijo que le importaba. Que le importaba de verdad.
Y que precisamente por eso ya no podía seguir fingiendo que le daba igual que yo apareciera, desapareciera y volviera como si todo siguiera intacto.
Yo la escuché sin moverme.
Por fuera, al menos.
Por dentro, cada palabra me iba cerrando un poco más la garganta.
—No te estoy pidiendo que me prometas una vida —dijo—. No te estoy pidiendo que mañana compres un anillo ni que nos vayamos a vivir juntos. Te estoy pidiendo que seas honesto conmigo. De verdad. No a medias. No solo cuando te conviene.
—Siempre he sido honesto.
Yaiza soltó una risa muy pequeña.
—No. Has sido claro con tus límites. No es lo mismo.
Me quedé callado. Tenía razón, pero aun así mi primer impulso fue defenderme.
—Yo nunca te he engañado.
—No he dicho eso.
—Sabías lo que había.
—Sí. Y tú también sabías que esto dejó de ser solo eso hace mucho.
Me levanté. No sé por qué. O sí: porque sentado me sentía atrapado.
—No puedo darte lo que estás buscando.
Yaiza cerró los ojos un segundo.
—¿Y qué estoy buscando?
—Algo con futuro.
—Estoy buscando que no me trates como si sentir algo por ti fuera un problema que tengo que gestionar sola.
Me quedé callado. Ella también. Y ahí lo vi claro, aunque no quisiera: podía quedarme y hablar de verdad, o podía hacer lo de siempre y salir corriendo antes de que aquello se pusiera demasiado serio.
Elegí lo segundo.
Como un cobarde.
—Regreso a Milán —dije.
Yaiza me miró.
—¿Ahora?
—Mañana.
—Claro.
—Tengo cosas que cerrar allí.
—Seguro.
—No lo digo por esto.
—No, claro. Qué casualidad tan bien organizada.
Me pasé una mano por la cara.
—No puedo hacer esto ahora.
—Nunca puedes.
—No es justo.
—No, Nicolás. No lo es.
Se levantó también. Tenía los ojos brillantes, pero no lloró. Y casi habría preferido que lo hiciera, porque si se rompía un poco delante de mí, yo podía agarrarme a la excusa de que estaba exagerando.
Pero no. Yaiza estaba dolida, sí, pero entera.
—Si te vas ahora —dijo—, no vuelvas cuando te entre la nostalgia.
La miré.
—Yaiza…
—No. Escúchame bien. Si te vas porque necesitas trabajar, porque necesitas pensar o porque necesitas dos días, vale. Pero si te vas para no hacerte cargo de esto, no vuelvas luego con la maleta en la mano y la misma cara de siempre.
No respondí.
Yaiza asintió despacio. No le hizo falta nada más.
—Eso pensaba.
Me acerqué un paso, no sé muy bien para qué. Para tocarla, quizá. Para besarla. Para hacer otra vez lo único que se me daba bien cuando las cosas se ponían demasiado serias.
Ella retrocedió solo un paso, y fue suficiente para que entendiera que esa vez no iba a dejar que me acercara.
—No —dijo—. Esta vez no.
Me quedé quieto.
—No quiero hacerte daño.
Yaiza tragó saliva.
—Pues deja de decirlo y deja de hacerlo.
Aquello fue lo último que me dijo esa noche.
Me fui.
No cerré de un portazo ni monté una escena. Cogí la maleta, bajé por las escaleras porque no quise esperar al ascensor y salí a la calle diciéndome que estaba haciendo lo correcto.
Aunque una parte de mí sabía que no.
Al día siguiente volé a Milán.
En el avión no dormí. Revisé correos que no leí, abrí documentos que no entendí y miré por la ventanilla más veces de las necesarias. Barcelona se quedó abajo, tapada por nubes, y yo me repetí que era mejor así.
Que Yaiza necesitaba algo que yo no podía darle. Que yo necesitaba poner distancia. Que aquello se nos había ido de las manos y que irme era la única forma de no seguir haciéndonos daño.
Me lo repetí tantas veces que casi conseguí creerme alguna parte.
Cuando el avión aterrizó en Milán, encendí el móvil y encontré un mensaje de Bruno.
Bruno: ¿Todo bien?
Me quedé mirando el mensaje un rato antes de responder.
Nicolás: Sí. Ya he aterrizado.
Fue mentira.
No lo de estar en Milán. Eso era lo único cierto.
Pero en ese momento quise creer que con llegar allí bastaba.
Bajé del avión con la maleta en una mano y el móvil en la otra, convencido de que acababa de dejar Barcelona atrás.
Convencido de que, si cerraba esa puerta con suficiente fuerza, no tendría que volver a abrirla nunca.
Y durante un tiempo pensé que lo había conseguido.