Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 13
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Capítulo 13

Nicolás

La boda de Bruno y Arai llegó con esa clase de caos que parecía hecho a medida para ellos.

No porque hubiera salido nada mal. Al contrario. Todo estaba demasiado bien organizado para que Arai no hubiera metido mano hasta el último detalle, aunque llevara semanas diciendo que ella solo quería una boda sencilla, sin tonterías y sin que nadie la mareara.

Mentira.

Arai quería una boda sencilla, igual que Bruno quería dejar controlado todo: en teoría.

En la práctica, él llevaba dos días revisando horarios como si aquello fuera una operación militar, y ella había conseguido que medio mundo hiciera exactamente lo que quería sin levantar demasiado la voz. O levantándola lo justo, que también era muy suyo.

La ceremonia fue muy bonita. Incluso yo, que no era precisamente el tipo más entregado a esos momentos, tuve que reconocerlo.

Bruno estaba nervioso.

Mucho.

Lo disimulaba peor de lo que creía, allí plantado al final de la pasarela de madera, con una americana clara, camisa blanca y esa cara de hombre serio que podía cerrar una operación millonaria sin pestañear, pero que en ese momento parecía a dos segundos de olvidarse de respirar.

Y Arai apareció como Arai.

Sin hacer teatro. Sin caminar como si aquello fuera una película. Apareció descalza, agarrada del brazo de su padre, con el vestido moviéndose un poco por el aire y el pelo recogido a medias.

Bruno la vio y se le cambió la cara.

Yaiza estaba a mi lado y soltó el aire muy despacio.

—Joder —murmuró.

La miré de reojo.

—¿Te estás emocionando?

—Cállate.

—Estás llorando.

—He dicho que te calles.

Tenía los ojos brillantes y la mandíbula apretada, como si le fastidiara que se le notara. Me dieron ganas de meterme con ella, de decirle alguna tontería para que me soltara una bordería y todo volviera a nuestro sitio.

Pero no lo hice.

Porque a mí tampoco me estaba haciendo tanta gracia como quería.

Néstor acompañó a Arai hasta Bruno, intentando mantener el tipo, aunque se le notaba demasiado. Bruno le estrechó la mano, luego miró a Arai, y ella, en vez de ponerse solemne, le susurró algo que no oí.

Fuera lo que fuera, consiguió que él sonriera de una manera que no le veía a menudo.

—Son muy idiotas —dijo Yaiza, limpiándose una lágrima con el dedo.

—Muchísimo.

—Pero no los puedo querer más.

—También eso.

Me miró.

—No te pongas tierno, Morelli, que me incomodas.

—Estoy siendo educado.

—Peor.

Sonreí, y ella volvió a mirar al frente.

Durante la ceremonia, nuestras manos se rozaron un par de veces. La primera fue sin querer, o eso quise pensar. La segunda ya no tuve tanta excusa.

Busqué sus dedos sin mirarla y ella me los dio sin hacer nada más. No dijo nada. Yo tampoco.

Nos quedamos así un rato, con la mano cogida y la vista puesta en Bruno y Arai, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Y eso me jodió más, porque durante un rato casi pareció fácil.

La fiesta empezó con comida, brindis, risas y Arai amenazando a Bruno con divorciarse antes del postre si alguien más daba un discurso largo. Bruno intentaba hacerse el serio, pero estaba tan feliz que casi daba vergüenza mirarlo.

Yaiza acabó sentada a mi lado en la mesa. Nadie dijo nada. Nadie nos colocó juntos de forma evidente. Simplemente pasó, como pasaban últimamente demasiadas cosas con ella.

Ella tenía su copa de vino. Yo la mía. Su rodilla me rozaba de vez en cuando debajo del mantel y mi mano terminaba buscando su pierna cuando nadie miraba.

—Hoy estás muy guapa —le dije en voz baja.

Yaiza giró la cabeza hacia mí.

—¿Solo hoy?

—Hoy especialmente.

—Has bebido poco para estar tan valiente.

—Dame tiempo.

Sonrió y bebió un trago.

—Pues date prisa, que luego pierdes gracia.

—Eso no me ha pasado nunca.

—Te pasa más de lo que crees.

Le apreté un poco la rodilla bajo la mesa y ella siguió mirando al frente, como si nada, aunque vi cómo se le movía apenas la comisura de la boca.

Después llegaron los bailes.

Bruno y Arai abrieron el baile mejor de lo que cualquiera de los dos habría reconocido después. Al principio se notaba que Bruno estaba contando los pasos por dentro y que Arai tenía ganas de reírse de él. Luego se relajaron un poco y dejaron de estar tan pendientes de hacerlo bien.

Se quedaron allí, en medio de la pista, con la música sonando y todos mirando, y tuve que reconocer que les pegaba. Incluso con lo cabezotas que eran. O precisamente por eso.

—Ven —me dijo Yaiza cuando terminó la canción.

—¿A dónde?

—A bailar.

—No he bebido suficiente.

—Mentira. Y además me da igual.

Me agarró de la mano y tiró de mí antes de que pudiera protestar.

Acabé en la pista con ella, claro.

Al principio hicimos lo de siempre. Ella me dijo que tenía demasiado ego para mover tan poco las caderas, yo le dije que ella mandaba demasiado incluso bailando. Me pisó a propósito y yo le apreté la cintura solo para molestarla. Me llamó imbécil. Yo me reí contra su oído.

Entonces cambió la música.

No sé quién eligió aquella canción, pero era lenta. De esas que te obligan a acercarte o a quedar como un idiota manteniendo distancia.

Yaiza se quedó delante de mí, con las mejillas un poco encendidas por el vino, el pelo suelto y los ojos más brillantes de lo normal.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—No sabes decir nada sin que parezca algo.

—Y tú no sabes callarte cuando deberías.

—Eso tampoco es nuevo.

Le puse una mano en la cintura y ella apoyó la suya en mi hombro. Nos movimos despacio, sin bromear durante unos segundos, y eso ya fue raro en nosotros.

Había gente alrededor, risas, copas, música, Arai soltando comentarios desde algún punto de la pista y Bruno con cara de no terminar de creerse que aquello fuera suyo. Pero durante un momento yo solo la vi a ella.

Y volvió lo de siempre. Lo que llevaba semanas intentando no mirar demasiado.

Que Yaiza me importaba más de la cuenta.

Que aquello ya no era solo deseo, ni costumbre, ni algo de lo que pudiera salir cuando se complicara.

Yaiza levantó la vista.

—Estás pensando otra vez.

—Eso dices siempre.

—Porque siempre lo noto.

—Qué problema tienes conmigo.

—Más bien lo tienes tú.

Me reí por lo bajo y la acerqué un poco más.

—Puede.

La palabra salió antes de que pudiera frenarla.

Yaiza se quedó quieta apenas un segundo.

—¿Puede?

—No te vengas arriba.

—Tarde.

Sonrió, pero no como cuando iba a soltarme una bordería. Sonrió más tranquila, más abierta, y por una vez no quise estropearlo.

La besé en medio de la pista.

No fue un beso largo ni llamativo. Fue un beso normal. Uno de esos que se dan sin esconderse.

Y quizá por eso me dejó peor.

Cuando me aparté, Yaiza siguió mirándome.

—Vaya —murmuró.

—¿Qué?

—Nada.

—No me digas nada.

—Pues no preguntes.

Arai, desde algún sitio, soltó un grito.

—¡Ya era hora!

Yaiza cerró los ojos con cara de querer matar a Arai, Bruno se rio y yo levanté la copa hacia ellos, como si aquello no me hubiera importado. Pero mientras volvía a mirar a Yaiza, supe que sí.

Más de lo que quería.

La noche siguió y bebimos más de la cuenta. No hasta perder el norte, pero sí lo suficiente para que todo pareciera un poco más fácil. Yaiza reía antes, yo hablaba menos de lo habitual y algunas cosas que normalmente nos quedaban sin decir empezaron a salir sin tanto filtro.

En algún momento acabamos fuera, en una zona algo más apartada de la playa.

La música seguía llegando desde la fiesta, mezclada con voces, risas y ruido de copas.

Yaiza llevaba los zapatos en la mano y caminaba descalza por la arena, como si el vestido no costara una barbaridad y aquello no fuera la boda de sus mejores amigos.

—Arai va a matarte si te manchas —dije.

—Arai está demasiado ocupada siendo feliz.

—Eso no le impide matar a nadie.

—Cierto.

Se sentó en una hamaca y dejó los zapatos a un lado. Yo me quedé de pie delante de ella, mirándola.

—¿Qué? —preguntó.

—Estás borracha.

—No.

—Un poco.

—Estoy contenta, que no es lo mismo.

—Ya.

—Y tú también.

—Yo siempre estoy perfectamente.

Yaiza soltó una carcajada.

—Tú estás fatal.

Me acerqué y ella me agarró de la chaqueta para tirar de mí. Terminé entre sus piernas, con las manos apoyadas a ambos lados de su cuerpo.

—Cuidado —murmuré—. Estamos en una boda.

—Ya me había dado cuenta.

—En la boda de Bruno y Arai.

—Mejor. Hoy están ocupados siendo felices.

—Arai nunca está tan ocupada como para meterse donde no la llaman.

—Eso también es verdad.

Me besó.

Y yo dejé de pensar.

Nos besamos allí, en la playa, con más ganas de las recomendables y menos cuidado del que deberíamos haber tenido. Yaiza sabía a vino, se reía contra mi boca y me lo ponía muy difícil para pensar con un mínimo de cabeza.

Me metió las manos por dentro de la chaqueta, me arañó un poco la nuca y me mordió el labio con esa mala idea suya que siempre conseguía sacarme del sitio.

—Vámonos —dije contra su boca.

—¿A dónde?

—A cualquier sitio donde nadie nos vea.

Se rio.

—Muy romántico.

—Práctico.

—Eso sí eres.

Nos fuimos.

No sé ni qué excusa pusimos. Supongo que ninguna demasiado convincente. A esas alturas, tampoco creo que hiciera falta. Arai nos vio salir y levantó una ceja. Bruno miró a Arai, luego a nosotros, y decidió hacer como que no había visto nada.

Por una vez, se lo agradecí.

Llegamos al hotel demasiado deprisa y demasiado torpes. En el ascensor, Yaiza intentó comportarse, pero le duró poco. Me besó antes de que las puertas se cerraran del todo y yo la arrinconé contra la pared, con una mano en su cintura y la otra en su nuca, mientras ella se reía contra mi boca.

—Nos van a echar —murmuró.

—Estamos pagando la habitación.

—La pagó Bruno.

—Mejor. Que invite bien.

Volvió a reírse y yo pensé, como un idiota, que podría quedarme ahí. En ese punto exacto. Con ella riéndose, con la noche todavía encima, el ruido de la fiesta al fondo y esa sensación absurda de que quizá nada tenía por qué salir mal si no lo mirábamos demasiado de cerca.

La puerta de la habitación apenas terminó de cerrarse cuando volvió a besarme.

No hubo calma. Ni intentos de ordenar nada. Solo sus manos tirando de mi chaqueta, las mías en su cintura y esa prisa torpe de los dos, como si lleváramos toda la noche aguantando demasiado.

Ella me quitó la chaqueta como pudo y yo peleé un rato con la cremallera del vestido, hasta que se rio contra mi boca y me llamó inútil. Los zapatos quedaron tirados junto a la puerta y casi me fui al suelo con uno.

—Muy elegante, Morelli —murmuró.

—Cállate.

—Oblígame.

Lo dijo con esa sonrisa suya, la que siempre me descolocaba, y ya no pensé en nada más.

La besé con más hambre, la empujé hacia la cama y ella tiró de mí hasta que caímos sobre el colchón. Había alcohol, deseo y demasiada euforia mezclados en el cuerpo. También había algo más, pero esa noche ninguno de los dos quiso mirarlo de frente.

Nos tocamos con ganas, con risa al principio y con menos risa después. Con la música de la boda llegando amortiguada desde algún sitio y el mar sonando más lejos, como si todo lo de fuera perteneciera a otra vida.

Yaiza me quitó la camisa del todo y me atrajo hacia ella.

—Ven aquí —dijo.

Y fui.

Fui, como llevaba meses yendo cada vez que me miraba así: con poca cabeza y demasiadas ganas.

La besé en la boca, en el cuello, en el hombro. Ella tiró de mí, yo la acerqué más, y entre los dos terminamos de quitarnos lo justo para no perder más tiempo.

Me buscó con las manos en mi espalda, con las piernas alrededor de mi cintura y mi nombre saliéndole entrecortado cuando ya no hubo forma de fingir calma.

Aquella noche no pensé en Milán. Ni en mi exmujer. Ni en el miedo. Ni en todas las veces que le había dicho a Yaiza que no quería nada serio.

No pensé ni siquiera cuando la prisa nos ganó y ninguno de los dos se detuvo a buscar protección.

Debí hacerlo.

Debimos hacerlo.

Pero no lo hicimos.

Seguimos, porque habíamos bebido, porque aquella noche todo parecía más fácil y porque, en ese momento, parar no nos pareció una opción. Yaiza me miraba sin apartarse, sin frenarme, y yo tenía muy poca cabeza y ninguna voluntad para hacer lo correcto.

Cuando entré en ella, Yaiza cerró los ojos y soltó el aire de golpe, agarrándose a mí como si aquello le hubiera quitado la última defensa. Yo me quedé quieto apenas un segundo, lo justo para sentirla, para entender que ya era tarde para fingir que aquello no significaba nada.

Luego nos movimos.

Sin pensar. Sin frenar. Sin hablar demasiado, salvo por algún «joder» ahogado, por mi nombre en su boca y el suyo saliéndome a mí cuando ya no pude aguantar más.

Después, cuando todo bajó, nos quedamos tumbados en la cama, con la ropa por el suelo, la respiración todavía descontrolada y la fiesta sonando ya muy lejos.

Yaiza apoyó la frente en mi hombro y se quedó callada.

Yo le acaricié la espalda sin pensar.

—La hemos liado un poco —dijo al cabo de un rato.

Supe a qué se refería, claro que lo supe, pero la miré de lado como si necesitara un segundo más para contestar.

—Ha sido una vez.

Yaiza no respondió enseguida.

—Ya.

—No tiene por qué pasar nada.

Lo dije demasiado rápido. Tanto, que ella levantó la cabeza y me miró.

—¿Eso me lo dices a mí o te lo dices a ti?

Me quedé callado.

Yaiza soltó el aire despacio y volvió a apoyar la cabeza en mi hombro.

—Por una vez no va a pasar nada —dijo, como si quisiera dejarlo ahí.

Yo asentí, aunque ella no pudiera verme.

—Por una vez no va a pasar nada.

Y nos lo creímos.

O hicimos como que nos lo creíamos, que a veces se parece bastante.

A la mañana siguiente, la luz entraba por una rendija de la cortina y me dolía la cabeza de una manera bastante merecida. Me desperté con Yaiza de espaldas, pegada a mí, y durante unos segundos no supe ni dónde estaba.

Luego recordé la boda, la playa, el ascensor, la habitación.

Y lo otro.

Me quedé quieto.

Yaiza también estaba despierta. Lo supe porque no respiraba como cuando dormía.

—Buenos días —dije.

—No grites.

—No he gritado.

—Existir ya me parece demasiado ruido ahora mismo.

Sonreí contra su hombro.

—Tienes resaca.

—Tengo ganas de morirme un poco y luego desayunar.

—Qué orden tan raro.

—Es mi orden.

La abracé por detrás. Ella no se apartó.

Durante un rato no dijimos nada. La noche anterior seguía ahí, metida entre los dos, pero ninguno quiso tocarla demasiado.

Al final fue ella quien lo hizo.

—Nico.

—Dime.

—Lo de anoche…

—Ya.

—No quiero darle vueltas.

—Yo tampoco.

—Fue una vez.

—Sí.

—Y no va a pasar nada.

Le besé el hombro.

—Seguro.

Lo dijimos con una seguridad que no teníamos.

Después nos levantamos. Nos duchamos. Bajamos a desayunar tarde, con cara de haber dormido poco y con Bruno mirándome como si supiera demasiado.

Arai, en cambio, ni siquiera disimuló.

—¿Qué tal la noche? —preguntó, untando mantequilla en una tostada.

Yaiza le lanzó una mirada asesina.

—No empieces.

—Yo no he dicho nada.

—Lo has dicho todo con la cara.

—Es mi talento.

Bruno se aclaró la garganta.

—Dejadlos.

Arai lo miró.

—Tú cállate, marido.

Él sonrió.

«Marido».

La palabra se quedó flotando en la mesa de una manera rara.

Yaiza bajó la vista a su café y yo hice como que no la había visto hacerlo.