Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 12
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Capítulo 12

Nicolás

Durante un tiempo hicimos como que aquello no era nada serio.

No lo dijimos así, claro. Tampoco hacía falta.

Yo aparecía y desaparecía con la excusa de que ninguno de los dos había prometido nada, y Yaiza me dejaba hacerlo.

No porque fuera tonta, sino porque no era de las que iban detrás de nadie pidiendo explicaciones.

Si tardaba dos días en escribir, no me montaba una escena.

Si me iba a Milán por trabajo, no me preguntaba cuándo volvía.

Y si aparecía tres semanas después en su puerta, con la maleta todavía en el coche y la camisa arrugada del viaje, tampoco me recibía como si llevara esperándome toda la vida.

Me abría, me miraba de arriba abajo y soltaba algo suyo, algo que casi siempre me hacía sonreír, aunque yo viniera con media cabeza todavía en otra parte.

—Tienes pinta de haber dormido fatal —me dijo una noche, apoyada en el marco de la puerta.

—También puedes decir que te alegras de verme.

—Puedo. Pero sería menos preciso.

Entré sin esperar invitación. Ya lo hacía demasiado a menudo para fingir educación a esas alturas.

—He aterrizado hace una hora.

—Eso explica la cara.

—¿No vas a besarme?

Yaiza cerró la puerta a mi espalda y se cruzó de brazos.

—No sé. Igual antes deberías ducharte.

—Qué recibimiento tan cálido.

—Nicolás, hueles a avión y tienes una cara horrible.

—Soy irresistible incluso así.

—Eres pesado incluso así.

Me acerqué y ella no se apartó.

—Te he echado de menos.

No sé por qué lo dije así. Sin broma de por medio. Se me escapó, y en cuanto vi su cara, me dieron ganas de haberme callado.

Yaiza me miró un segundo más.

—Ya.

—¿Ya?

—Sí. Ya.

—Esa respuesta no me sirve.

—Pues es la que hay.

Pasó a mi lado hacia el salón, pero antes de que pudiera alejarse del todo, la agarré de la muñeca y la atraje hacia mí. No con fuerza. Lo justo para que se girara.

—Te estoy diciendo que te he echado de menos.

—Y yo te he oído.

—Yaiza.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que monte una fiesta?

Su tono era ligero, pero la mirada no. La conocía ya lo suficiente para saber cuándo estaba conteniendo algo.

—No.

—Pues entonces no me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si te molestara que yo no salte solo porque tú has decidido soltar una frase bonita entre vuelo y vuelo.

Aquello me tocó más de lo que esperaba.

—No era una frase bonita.

—Mejor, porque tampoco te ha salido demasiado bien.

La habría besado allí mismo para no seguir hablando. Ya lo había hecho otras veces.

Con Yaiza era fácil usar el cuerpo cuando las palabras empezaban a complicarse.

Pero esa noche ella no me dejó.

Puso una mano en mi pecho y me frenó antes de que mi boca llegara a la suya.

—Dúchate primero.

—¿En serio?

—Muy en serio.

La miré.

Ella levantó una ceja.

—Si quieres que te bese bien, dúchate primero.

Me reí y la tensión aflojó lo justo. Fui a ducharme. Cuando salí, Yaiza estaba en la cocina calentando algo que olía a comida de verdad, no a las tres cosas tristes que yo solía tener en la nevera.

Llevaba una camiseta vieja y el pelo recogido de cualquier manera. No estaba arreglada. No estaba intentando resultar sexy. Precisamente por eso me costó más no mirarla demasiado.

—¿Has cenado? —preguntó sin girarse.

—En el avión.

—Entonces no has cenado.

—No hacía falta que cocinaras.

—No he cocinado para ti. He calentado para dos porque me sobraba.

—Claro.

—No te vengas arriba.

Me apoyé en la encimera y la vi moverse por su cocina. Sacó platos, abrió un cajón, cerró otro con la cadera y me señaló una botella de agua con la barbilla para que la llevara a la mesa.

Era una tontería. Una escena cualquiera. Y justo por eso me dejó incómodo, porque aquello ya no parecía una visita rápida. Parecía otra cosa.

Cenamos en la mesa pequeña del salón, con la televisión puesta sin sonido y sus pies rozándome de vez en cuando por debajo.

Hablamos de mi viaje, de un cliente insoportable que había intentado explicarme cómo colocar una escalera en una casa que yo había reformado entera, y de una boda que ella tenía el sábado siguiente.

Según Yaiza, aquello olía a divorcio caro antes incluso de que los novios hubieran probado el menú.

También hablamos de Arai, que por lo visto estaba a dos malas contestaciones de empotrar a Bruno contra una pared o tirarlo por una ventana.

—No sé cuál de las dos cosas me preocupa más —dije.

—A mí ninguna. Las dos son bastante merecidas.

—Bruno es complicado.

—Arai también.

—No sabía que fueras tan protectora.

—No soy protectora. Soy realista.

—Eso decís todas las personas peligrosas.

Yaiza sonrió mientras recogía los platos.

—Y tú siempre llamas peligroso a lo que te viene grande.

La miré.

—¿Estamos hablando de Arai y Bruno o de otra cosa?

—Buena pregunta.

No contestó más. Se fue a la cocina y yo la seguí con los platos en la mano. Cuando los dejé en el fregadero, ella se giró y me encontró demasiado cerca.

—Ahora sí hueles mejor —dijo.

—Menos mal.

—Tampoco te emociones.

—Tarde.

La besé entonces. Y esa vez sí me dejó.

No fue como otras noches. No hubo pared, ni pasillo, ni ropa quitada de cualquier manera. Fue más lento. Y justo por eso me dejó peor, porque cuando no había tanta prisa era más difícil fingir que aquello era solo sexo.

La llevé hasta el sofá sin dejar de besarla. Ella se sentó a horcajadas sobre mí, me cogió la cara con las dos manos y me miró un segundo antes de volver a mi boca.

—Hoy vienes raro —murmuró.

—Vengo cansado.

—No he dicho cansado. He dicho raro.

—Siempre analizas demasiado.

—Y tú echas balones fuera fatal.

Quise responder, pero me mordió el labio y ya no dije nada útil.

Acabamos en su habitación bastante después. Sin el desorden de otras veces, sin esa necesidad de demostrar nada, pero con una intensidad que me dejó peor. A veces el problema no era perder el control. A veces el problema era no perderlo del todo y aun así sentir demasiado.

Dormí allí.

Eso también empezó a pasar más de lo que yo tenía previsto.

Al principio me quedaba porque era tarde. Luego porque llovía. Después porque al día siguiente tenía una reunión cerca. Siempre encontraba una razón práctica, como si dormir en su cama necesitara una justificación y no bastara con reconocer que me gustaba hacerlo.

A la mañana siguiente me desperté antes que ella.

Yaiza dormía de lado, con una mano metida debajo de la almohada y el pelo tapándole media cara.

No parecía dulce. Ni indefensa. Ni ninguna de esas cosas absurdas que la gente dice de alguien cuando duerme.

Parecía Yaiza, incluso así. Un poco despeinada, con el ceño apenas fruncido y una pierna cruzada sobre la mía como si incluso dormida hubiera decidido invadir espacio.

Y me gustó.

Me gustó tanto que me levanté con cuidado y fui al baño antes de hacer alguna estupidez como quedarme mirándola demasiado rato.

Cuando volví, ella ya tenía un ojo abierto.

—¿Huyes?

—Me ducho.

—Eso no responde.

—Te responde lo suficiente.

—Cobarde.

Lo dijo con la voz ronca de sueño y sin moverse de la almohada.

—Buenos días a ti también.

—No cambies de tema.

Me apoyé en el marco de la puerta, con una toalla en la mano.

—Tengo una reunión a las diez.

—Claro.

—Es verdad.

—No he dicho que no.

Yaiza tenía esa manía de decir algo, callarse y dejarme a mí haciendo el imbécil con la frase en la cabeza.

Me acerqué a la cama y me incliné para besarla.

—No empieces tan pronto.

—Yo no he empezado nada.

—Mentira.

—Puede.

Me agarró de la nuca antes de que me apartara y me besó con ganas suficientes para que la reunión de las diez me importara bastante menos. Durante unos minutos me dejé arrastrar. Luego miré el reloj y solté un juramento.

—Me vas a hacer llegar tarde.

—No me cargues tus decisiones.

—Eres una mala influencia.

—Y tú tienes muy poca voluntad.

No era del todo mentira.

En los meses siguientes, aquello fue cogiendo sitio solo.

No éramos pareja. No lo habíamos dicho. No había planes, ni promesas, ni ninguna conversación seria de esas que yo evitaba como podía. Pero tampoco éramos dos personas que se acostaban de vez en cuando y ya.

Y eso empezaba a notarse.

Arai lo sabía, claro. Porque conocía a Yaiza demasiado bien y porque Yaiza, por mucho que se hiciera la dura, no era tan buena disimulando como creía.

Bruno también lo sabía. Porque me conocía a mí y porque me pillaba mirando el móvil con cara de idiota cada vez que ella me escribía.

Y Antonio empezó a sospecharlo una noche en casa de Bruno, durante una cena improvisada, cuando Yaiza apareció con Arai y yo, que llevaba media hora haciéndome el normal, perdí el hilo de lo que estaba contando.

—¿Qué te pasa? —me preguntó Bruno en voz baja.

—Nada.

—Has dejado una frase a medias.

—Me he cansado de oírme.

—Eso no te ha pasado en la vida.

Le di un codazo para que se callara, pero ya era tarde.

Yaiza entró en el salón con una botella de vino en la mano, saludó a Antonio, le dio dos besos a Bruno, se sentó enfrente de mí y me miró como si no hubiera pasado la noche anterior en mi cama.

—Hola, Morelli.

—Santana.

Arai se dejó caer en el sofá y nos miró a los dos.

—De verdad, qué pesadez.

Antonio levantó la vista.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijimos Yaiza y yo al mismo tiempo.

Bruno soltó una carcajada. Arai negó con la cabeza.

Antonio nos observó un segundo, lo justo para entender bastante más de lo que dijo, y después sonrió con esa calma suya.

—Ya.

Solo dijo eso.

Y a mí me entraron ganas de levantarme y hacer cualquier cosa menos quedarme allí sentado.

Yaiza, en cambio, parecía encantada.

—Antonio, no le hagas caso a tu hijo. Está insoportable.

—¿Cuál de los dos? —preguntó él.

—Buena pregunta —respondió Arai.

Esa cena fue una de las primeras veces que me di cuenta de que los demás ya nos habían pillado.

Nadie dijo nada claro. Nadie nos pidió explicaciones. Pero empezaban a tratarnos como si lo nuestro fuera evidente. En una broma, en una mirada, en la manera de dejarnos juntos sin darle importancia.

Y eso me incomodaba más de lo que quería reconocer.

Yaiza, además, no ayudaba nada.

Se movía por aquella casa como si todo fuera normal.

Me quitaba comida del plato, me corregía si contaba mal una historia, se reía con Antonio y discutía con Bruno como si llevara años haciéndolo.

Luego se tumbaba en el sofá junto a Arai, con los pies sobre un cojín, y cuando nadie miraba, me rozaba la pierna con la suya por debajo de la mesa.

Era muy difícil fingir distancia con una mujer que sabía acercarse sin que nadie pudiera decir nada.

Al final de la noche salimos juntos al balcón porque dentro hacía calor y porque necesitaba respirar. Ella apareció a mi lado con dos copas y me dio una.

—Estás muy tenso.

—No.

—Sí.

—Me encanta cuando haces diagnósticos sin pedir cita.

—Y a mí cuando mientes mal.

Miré hacia la calle. Barcelona seguía abajo, con coches pasando y luces encendidas en ventanas ajenas. Todo muy normal. Demasiado.

—Esto se está notando —dije.

Yaiza bebió un poco.

—¿El qué?

La miré.

No sonrió. No se hizo la tonta. Solo me dejó decirlo.

—Nosotros.

—Ah.

—No me digas «ah».

—¿Qué quieres que te diga?

—No lo sé.

—Ese suele ser el problema.

Me molestó porque tenía razón.

—No quiero que se convierta en algo que no hemos hablado.

—Pues habla.

Me quedé callado.

Yaiza apoyó la copa en la barandilla y me miró de frente.

—Nicolás, yo no te estoy pidiendo que me hagas una declaración delante de nadie. Pero tampoco voy a fingir que somos dos desconocidos que coinciden cuando les da un calentón.

La frase me pilló donde tenía que pillarme.

—No he dicho eso.

—No. Tú nunca dices exactamente eso. Tú haces como que no está pasando y esperas que los demás tengan la delicadeza de seguirte el juego.

—Yaiza…

—No estoy enfadada.

—No lo parece.

—Estoy cansada de tener que traducirte.

Aquello fue peor.

No hizo nada que me dejara agarrarme a la excusa de que estaba exagerando.

Solo me dijo la verdad.

Y yo, como siempre que alguien se acercaba demasiado a una verdad que no me apetecía mirar, busqué una salida fácil.

—No quiero hacerte daño.

Yaiza soltó una risa sin humor.

—Esa frase es una mierda.

—Es verdad.

—Puede ser verdad y seguir siendo una mierda.

No supe qué contestar.

—No soy tu exmujer —dijo entonces.

Me quedé quieto.

—¿Qué?

—Que no soy ella. No soy la historia que te salió mal. Soy yo.

Y ahí sí que no supe qué decir.

—Lo sé.

—No, Nico. Creo que no.

Fue la primera vez que me llamó Nico así. Sin broma. Sin pulla. Solo cansada. Y me gustó. Me gustó tanto que me cabreó.

—No sabes lo que estás diciendo.

Su cara cambió apenas.

—Entonces explícamelo.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es contigo.

Eso sí me salió.

—Porque no quiero repetir errores.

Yaiza se quedó mirándome unos segundos.

—Yo tampoco.

—No es lo mismo.

—Claro que no. Tú tienes el trauma importante y yo solo estoy aquí intentando no pedir demasiado.

Cerré los ojos un segundo.

—No he querido decir eso.

—Pero lo has dicho.

Dentro se oyó una carcajada de Arai. Bruno dijo algo y Antonio le contestó. Ellos seguían a lo suyo, y nosotros estábamos allí fuera a punto de estropear algo que ni siquiera habíamos sabido llamar por su nombre.

—Me importas —dije al final.

Yaiza tragó saliva.

—Ya.

—No lo digo para salir del paso.

—No sé para qué lo dices.

—Porque es verdad.

Asintió despacio.

—También era verdad antes de que te entrara el pánico.

Aquello me dejó sin respuesta.

Yaiza recogió su copa y se apartó de la barandilla.

—Voy dentro.

—Yaiza.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba.

Y lo peor es que esa noche, cuando volvimos a mi casa y acabamos quitándonos la ropa con más rabia que calma, funcionó igual de bien. Demasiado bien. Como si en la cama todo fuera fácil aunque fuera de ella cada vez lo estuviéramos haciendo peor.

Esa fue la parte más peligrosa. Que siempre encontrábamos una forma de volver a tocarnos antes de terminar una conversación.

Y así, poco a poco, convertimos la grieta en costumbre.