Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—No he exagerado. He preguntado.

Levanté una ceja.

—No siempre me apetece contestarte.

—Ya. Pero casi siempre lo acabas haciendo.

Tenía razón y eso me fastidió un poco más de lo normal.

La agarré por la cintura y la senté en la encimera antes de que siguiera hablando.

—Así me molestas menos.

Se rio.

—Mentira. Así te gusto más.

—Eso tampoco voy a negártelo.

La besé allí mismo, con la nevera todavía abierta y el tomate mal colocado en el cajón. Acabamos otra vez en la cama y, después, otra vez callados más rato del que tocaba.

Ahí fue donde empecé a notar el problema de verdad.

No en el sexo, que era lo fácil. El problema era lo otro.

Que me gustaba verla moverse por mi casa como si hubiera estado entrando y saliendo de ella desde siempre.

Que me relajaba escucharla hablar mientras yo fingía estar haciendo otra cosa.

Que no me molestaba despertarme y verla todavía dormida, despeinada y sin ningún interés en parecer otra cosa que ella.

Que a veces se quedaba sentada en mi sofá leyendo algo del móvil mientras yo contestaba correos y el piso dejaba de parecerme tan silencioso como siempre.

Una noche me encontró mirándola de esa manera y cerró el portátil de golpe.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras pensando demasiado.

—Tú no sabes en qué pienso.

—No. Pero se te nota cuando no te gusta lo que sale.

Solté el aire por la nariz.

—Eres agotadora.

—Y tú te pones muy pesado cuando te asustas.

—No me asusto.

—Ya.

No seguimos por ahí. O no esa noche.

Pero la grieta ya estaba.

No porque ella me exigiera nada. Eso habría sido más fácil de gestionar.

La grieta estaba precisamente en que no lo hacía.

Yaiza no me perseguía, no me montaba escenas ni me soltaba frases de novia ofendida.

Vivía su vida, trabajaba, salía, quedaba con Arai, me escribía cuando le daba la gana y desaparecía un día si estaba cansada o no le apetecía aguantar a nadie.

Y, aun así, cada vez ocupaba más.

Un viernes por la tarde me llamó cuando yo salía de una obra.

—Tengo una hora muerta —dijo.

—Qué mal suena eso.

—Y cero paciencia. ¿Dónde estás?

—En el coche.

—Entonces vente a recogerme y deja de hablar.

La encontré delante de un hotel del centro, revisando cosas en el móvil con la cara de quien lleva todo el día apagando fuegos. En cuanto subió al coche, dejó caer la cabeza en el reposacabezas y cerró los ojos un segundo.

—Qué semana —murmuró.

—Puedo llevarte a tu casa y dejarte dormir doce horas.

—No. Llévame a la playa.

La miré de lado.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Quiero ver el mar un rato y no hablar con nadie que me pregunte por centros de mesa ni por servilletas color marfil.

—Eso ha sonado bastante específico.

—Porque lo es. Arranca.

La llevé.

Aparqué cerca del paseo y bajamos hasta la arena con dos botellas de agua y unas patatas fritas que compramos en un súper abierto. Nos sentamos lejos de la orilla, donde todavía quedaba algo de luz y la gente hablaba ya más bajo.

Yaiza se quitó los zapatos y estiró las piernas.

—Esto está mejor.

—No sabía que fueras tan fácil de contentar.

—No lo soy. Tú has acertado sin querer.

Nos quedamos un rato callados. Mirando al mar, a la gente, a una pareja discutiendo a diez metros y a un niño empeñado en mojarse los pies aunque su madre llevara rato diciendo que no.

—¿Nunca te cansas? —preguntó ella de pronto.

—¿De qué?

—De ir y venir. De estar en mil sitios. De trabajar como si te fuera la vida en ello.

La pregunta me pilló con menos defensas de lo habitual, quizá porque no me estaba mirando.

—Sí —dije.

Yaiza giró la cabeza hacia mí.

—¿Y entonces?

Me encogí un poco de hombros.

—Se me da bien.

—Eso no responde nada.

—Ya.

—Nicolás.

—¿Qué?

—No puedes ir por la vida contestando «ya» cada vez que no te apetece seguir.

—Claro que puedo. Lo estoy haciendo.

Se me quedó mirando y luego negó con la cabeza, medio riéndose.

—Eres imposible.

—Y tú preguntas mucho.

—Alguien tiene que hacerlo.

Volvimos a quedarnos en silencio.

Fue ella la que habló otra vez al cabo de un rato.

—Arai dice que desde que estoy contigo estoy menos insoportable.

—Qué bonita manera de decir que antes eras un demonio.

—No. Quiere decir que me relajo contigo.

Aquello me sentó raro. No mal. Peor. Porque me gustó demasiado.

—Pues Arai debería hablar menos de mí contigo —dije.

—No habla tanto.

—Lo suficiente.

Yaiza sonrió un poco y apoyó la barbilla en las rodillas.

—¿Te da miedo gustarme?

La miré.

—¿Esa es tu versión directa?

—No tengo otra.

—No lo sé.

—Mientes fatal.

Me eché hacia atrás, apoyando las manos en la arena.

—No me da miedo gustarte. Me da más miedo que acabes esperando cosas que no voy a poder darte.

Esta vez no sonrió.

—Yo no te he pedido nada.

—Todavía.

Yaiza bajó la vista al agua, no al mar, sino a la botella entre sus manos.

—No seas injusto.

La frase me dejó peor que si me hubiera mandado a la mierda.

—No intento serlo.

—Pues te sale regular.

No supe muy bien qué contestar. O sí lo supe, pero ninguna de las opciones me dejaba bien.

—Yaiza…

—No. Déjalo.

Lo dijo sin bronca, sin drama, sin ponerme la vida difícil. Solo cansada. Y eso me molestó bastante más.

Nos fuimos de la playa una hora después y acabamos en mi casa. Nos acostamos y funcionó igual de bien que siempre, aunque la conversación hubiera dejado un resto incómodo por ahí. Y, aun así, mientras la besaba y la oía decir mi nombre, hubo un momento en que pensé algo que me sentó fatal.

Que me importaba demasiado.

Y que, precisamente por eso, me daban todavía más ganas de salir corriendo.

A la mañana siguiente se despertó antes que yo. Cuando abrí los ojos, ya estaba vestida, sentada en el borde de la cama y mirando el móvil.

—¿Te vas? —pregunté, con la voz todavía dormida.

—Tengo una reunión a las nueve.

Me incorporé un poco.

—Podrías haberme despertado.

—¿Para qué?

—No sé.

Yaiza guardó el móvil en el bolso.

—Ya.

Se inclinó, me dio un beso corto y se puso en pie.

—Pórtate mal, Nicolás.

—Eso se me da bien.

—No siempre en el sentido correcto.

La vi salir del cuarto sin saber muy bien por qué aquella frase se me quedó dando vueltas toda la mañana.

No habíamos roto nada. No había una pelea. No se había montado ningún drama. Y, sin embargo, ya estaba ahí.

La grieta ya estaba ahí. Pequeña, sí. Fácil de ignorar, también. Pero ahí estaba. Y lo peor era que una parte de mí sabía exactamente por qué.