Capítulo 11
Nicolás
Lo normal habría sido que después de aquella noche cada uno siguiera con su vida y se acabara ahí: una copa, unas cuantas pullas, una noche de pasión y ya.
Yo venía de donde venía; Yaiza no parecía precisamente una mujer necesitada de novio y, sobre el papel, todo estaba bastante claro. Nos habíamos entendido. O eso pensé yo.
El problema fue que, a la mañana siguiente, en lugar de marcharme como un tipo sensato y dejar que aquello se quedara en una noche muy buena, me quedé un rato más del conveniente.
Y luego volví a escribirle esa misma tarde.
Y al día siguiente también. Y ella, en vez de ponerme en mi sitio o hacer como que aquello no había pasado, me seguía el juego con una facilidad que no me ayudaba nada.
No tardamos ni dos semanas en coger una rutina.
No una sana, claro. Una de las otras.
Quedar tarde. Decir que solo una copa. Acabar en su casa o en la mía. Repetir. Volver a escribirnos al día siguiente con cualquier excusa ridícula.
Fingir que lo nuestro era algo ligero mientras lo íbamos metiendo poco a poco en demasiados huecos de la semana.
Yo seguía diciéndome que estaba bajo control.
Yaiza no decía mucho.
Y eso, con el tiempo, resultó peor.
Aquella semana volví a verla un martes. Lo recuerdo porque yo tenía que madrugar al día siguiente para una reunión en Girona y me repetí tres veces que no debía acostarme tarde. Luego ella me escribió a las nueve un mensaje que decía:
Yaiza: No te emociones. Solo te pregunto por educación. ¿Sigues vivo?
Tardé unos segundos en responder.
Nicolás: A duras penas.
Yaiza: Qué drama.
Nicolás: Podrías venir a comprobarlo.
Vi los puntos aparecer casi al instante.
Yaiza: No sé si me compensa.
Nicolás: Te compensa.
Yaiza: Qué seguridad.
Nicolás: Qué memoria.
Le mandé la ubicación de un bar pequeño cerca de mi ático, uno de esos sitios discretos donde se comía bien, se bebía mejor y no había música absurda a todo volumen.
Llegó con vaqueros, jersey negro y la cara de venir de un día largo, pero sin una sola gana de reconocerlo.
—No me acostumbro a verte vestida como una persona normal —dije nada más sentarse.
—Y yo no me acostumbro a tu necesidad de hablar antes de tiempo.
—Eso no es una respuesta.
—Ya. Era un aviso.
Sonreí y le pedí otra copa al camarero.
—¿Has cenado? —pregunté.
—Poco.
—Eso explica tu nivel de amabilidad.
—No. Mi nivel de amabilidad viene de serie.
Cenamos algo. Compartimos unas croquetas, una tortilla con cebolla que le restregué un rato y un tartar que estaba mejor de lo que merecía el sitio.
Hablamos de tonterías. De un cliente mío que quería una cocina minimalista con seis electrodomésticos gigantes a la vista.
De una boda que ella tenía que coordinar en Sitges y que, según sus palabras, olía ya a divorcio prémium antes incluso de que los novios hubieran probado el menú.
Con Yaiza lo peligroso no era la química. Era la facilidad con la que empezaba a hacerme sitio en la vida.
Se le ocurrían respuestas mejores que las mías demasiadas veces, no me seguía una gracia por compromiso y, cuando decidía reírse de verdad, el cuerpo se me relajaba solo aunque no quisiera reconocerlo.
La acompañé a casa y subí sin hacerme mucho de rogar. No era como la primera vez. Había menos novedad, sí, pero bastante más hambre y menos cabeza.
Abrió la puerta, dejó el bolso en la silla de siempre y, cuando se giró, ya la estaba besando.
No le di margen.
—Vienes con prisa —murmuró contra mi boca.
—Tú también.
—Yo no finjo lo contrario.
No sonaba a queja, sino a todo lo contrario.
La empujé un poco contra la pared del pasillo y volví a besarla, más a fondo, metiéndole las manos por debajo del jersey sin esperar a que se lo quitara. La noté reaccionar al momento, tensándose, pegándose más a mí, como si llevara el mismo rato aguantando.
Le subí la tela despacio, lo justo para tocarle la piel, y se le escapó el aire contra mi boca.
—Nicolás…
—Dime.
—Nada… sigue.
Le quité el jersey del todo y lo tiré sin mirar dónde caía. Ella hizo lo mismo con mi camisa, con menos paciencia todavía, abriendo botones a medias hasta que decidió que era más rápido quitármela de golpe.
Nos reímos un segundo.
Duró poco.
Volví a su boca y esta vez no fui despacio. Bajé al cuello, a la clavícula, notando cómo se le aceleraba la respiración mientras mis manos ya iban por delante, bajando por su cuerpo sin pedir permiso.
Se apoyó en la pared, echándose un poco hacia atrás para darme espacio, abriéndose más sin disimulo cuando mi mano llegó donde quería.
—Joder… —murmuró.
—Ya.
No la hice esperar.
La toqué como sabía que le iba a gustar, sin probar, sin tantear, y reaccionó al instante, agarrándose a mí, moviéndose contra mi mano como si no hubiera nada más importante en ese momento.
—No pares… —dijo, bajando la voz.
—No pensaba hacerlo.
Pero el cuerpo ya pedía más.
La cogí de la cintura y tiré de ella hacia la habitación, sin dejar de tocarla, sin darle tiempo a recuperar el aire. Llegamos a la cama con esa mezcla de prisa y torpeza de quien no quiere parar ni para desvestirse del todo.
La tumbé sin cuidado, o sin demasiado, y ella me agarró de la camisa para atraerme otra vez, besándome con más hambre que antes.
—Ven aquí —murmuró.
Y fui.
Terminé de desnudarla sin calma, recorriéndola con las manos mientras bajaba por su cuerpo, deteniéndome lo justo para hacerla reaccionar, para notar cómo se le tensaba todo antes de seguir bajando.
Cuando la toqué otra vez, ya no intentó controlarse.
Se arqueó contra mí, diciendo mi nombre entre dientes, agarrándose a las sábanas mientras el cuerpo se le iba solo.
—Nicolás… voy a…
No terminó la frase, pero no hizo falta.
La sentí correrse contra mi mano y eso fue suficiente para terminar de perder yo también la poca paciencia que me quedaba.
Subí otra vez, la besé sin suavizar nada y entré en ella sin rodeos, notando cómo me recibía, cómo se adaptaba enseguida, cómo me buscaba más.
—Hostia… —Se le escapó.
—Lo sé.
Empecé a moverme sin ir despacio esta vez, marcando el ritmo desde el principio, y ella no tardó en seguirme, en engancharse a mí con las piernas, en moverse conmigo sin pensar.
Entraba y salía cada vez con más fuerza, notando cómo me recibía, cómo se abría para mí, cómo cuando salía volvía a entrar sin resistencia, caliente, húmeda, completamente entregada.
Bajé la mirada un segundo y vi cómo mi pene desaparecía dentro de ella y cómo al salir volvía brillante, cubierto de sus ganas, y eso terminó de quitarme cualquier idea de ir con calma.
El sonido de nuestros cuerpos chocando empezó a llenar la habitación, mezclado con su respiración cada vez más rota, con la mía siguiéndola de cerca, subiendo el ritmo sin querer frenarlo.
—Joder… —soltó.
—Es la puta hostia…
Aumenté la velocidad, buscando más fondo, entrando todo lo que podía, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a cada embestida, cómo se tensaba, cómo me apretaba más cada vez.
Cuando noté que estaba al límite, que le faltaba nada, metí la mano entre los dos y busqué su clítoris sin dejar de moverme, trazando círculos firmes, sin suavizar, justo donde sabía que la iba a romper del todo.
Su reacción fue inmediata.
—Nicolás… —Se le quebró la voz—. No…
Pero no era un no de parar.
Al contrario.
Su cuerpo se tensó debajo del mío, las uñas clavándose en mi espalda mientras el orgasmo la arrasaba de golpe, haciéndola temblar, cerrándose alrededor de mí con cada sacudida.
Y eso me arrastró.
Noté cómo me apretaba, cómo su cuerpo no soltaba, y perdí el ritmo del todo, empujando un par de veces más antes de correrme con fuerza, soltando un gruñido contra su cuello mientras me vaciaba dentro de ella.
Nos quedamos así un momento, pegados, sin movernos, con la respiración descontrolada y el cuerpo todavía sin bajarse del todo.
Y joder, sí, aquello funcionaba mucho mejor de lo que quería admitir.
Después nos quedamos tumbados, todavía con la respiración entrecortada, las piernas enganchadas y la piel pegada. Ella apoyó la cabeza en mi hombro y yo me quedé mirando el techo, intentando hacer ver que no significaba nada que siguiera allí diez minutos después.
—¿A qué hora tienes que levantarte mañana? —preguntó.
—Demasiado pronto.
—Entonces vete.
La miré.
—Qué hospitalaria eres.
—Es por tu bien. No quiero cargar con que llegues tarde por mi culpa.
—Tú no cargas con nada.
Yaiza levantó la cabeza un poco para mirarme.
—Eso lo dices tú.
No respondí. Más que nada porque no supe qué contestar exactamente sin meterme en un terreno que no me apetecía pisar.
Al final me fui. Pero al día siguiente, a las once y media, cuando ya llevaba dos cafés y una reunión de mierda encima, me encontré pensando en ella mientras un cliente me hablaba de tonos piedra y grifería negra mate como si me estuviera contando una historia importante.
Aquello empezó a repetirse demasiado rápido.
Un jueves dormía yo en su casa. El sábado ella aparecía en la mía con una botella de vino y la excusa de que le pillaba de paso, que era mentira porque no le pillaba de paso de nada.
Un martes me esperaba abajo cuando salí del estudio y me dijo que solo tenía veinte minutos.
Subió. Se quedó dos horas y me dejó la cocina patas arriba porque decidió que mi nevera era deprimente y que nadie podía vivir solo de cerveza, queso y café.
—No pienso discutir esto contigo —dijo, colocando tomates en el cajón de las verduras como si la casa también fuera suya.
—Estás reorganizando mi cocina.
—Te estoy prestando un servicio.
—No te lo he pedido.
—Precisamente. Si hubiera esperado a que me lo pidieras, seguirías guardando yogures al lado del vino.
Me apoyé en la encimera mirándola.
Llevaba una camiseta mía vieja que se había puesto después de ducharse, el pelo mojado y los pies descalzos. No tenía ningún derecho a estar cómoda allí, y sin embargo lo estaba.
—¿Qué? —preguntó, notando que la miraba.
—Nada. Estoy valorando si echas demasiado rápido raíces en sitios ajenos.
—Y yo estoy valorando si te gusta que lo haga.
—No exageres.
Yaiza cerró la nevera y se volvió hacia mí.