Capítulo 10
Nicolás
Durante los días siguientes hice lo posible por no preguntar por Yaiza. Otra cosa es que lo consiguiera.
El lunes me pasé por la oficina de Bruno con la excusa de enseñarle unas muestras de materiales para un cliente y acabé hablando de cualquier cosa menos de materiales.
El martes le propuse comer fuera y me dijo que no podía.
El miércoles me planté allí con dos cafés y la firme intención de no mencionar a Arai ni a su amiga. Duré exactamente seis minutos.
—¿Y qué tal la canaria borde? —pregunté como quien no quiere la cosa.
Bruno levantó la vista del ordenador con esa cara suya de haberme visto venir tres calles antes.
—¿Arai o Yaiza?
—No te hagas el gracioso.
—No me lo estoy haciendo. Las dos son canarias y las dos pueden ser bordes cuando quieren.
—Ya.
—Entonces concreta.
Dejé el café sobre la mesa y me senté enfrente sin pedir permiso, que era una costumbre fea, pero muy consolidada entre nosotros.
—La amiga.
—Qué rapidez.
—No es rapidez. Es curiosidad.
—Claro.
Le sostuve la mirada.
—Bruno.
—¿Qué?
—No me toques las narices.
—Pues no vengas con esa cara de «solo estaba preguntando», porque no te la compra nadie.
Me eché hacia atrás en la silla.
—Vale. Sí. Me cayó bien.
—Eso no te pasaba con una mujer desde hacía tiempo.
—Qué exagerado eres.
—No. Lo que soy es observador.
Levanté una ceja.
—Eso te lo ha pegado Arai y te está sentando fatal.
Bruno sonrió apenas, lo justo.
—No te voy a dar su teléfono.
—No te lo he pedido.
—Todavía.
—Aún no he decidido si lo quiero.
—Mentira.
Cogí uno de los bolígrafos que tenía en la mesa y empecé a hacerlo rodar entre los dedos.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Como si te hablara de buen rollo, pero sin regalarte ni una.
Bruno apoyó la espalda en la silla.
—Sí.
—Interesante.
—No para ti.
—Eso ya lo veremos.
—No juegues a cosas raras con ella.
Lo miré.
—¿Y eso a qué viene?
—A que Yaiza no va de nada que no sea. Y no está para perder el tiempo con nadie que sí.
La frase me hizo más gracia de la que debería.
—No sé si me estás advirtiendo o vendiéndomela mejor.
—Haz lo que te dé la gana, que es lo que haces siempre. Pero luego no me vengas con historias.
Me levanté con mi café intacto.
—Tranquilo. Ni siquiera tengo su número.
—Gracias a Dios.
Salí de su despacho, crucé medio pasillo y me encontré con Arai a la altura del ascensor.
Llevaba una carpeta en la mano, el pelo recogido y cara de no estar para tonterías. O sea, como casi siempre.
—¿Qué has hecho ahora? —preguntó nada más verme.
—Nada.
—Entonces has venido a ver a Bruno por gusto. Mal asunto.
—Tenéis una visión de mí bastante injusta.
Arai pulsó el botón del ascensor.
—No, Nicolás. Ya te tenemos calado.
La puerta se abrió. Entramos los dos. Yo no tenía ninguna necesidad real de bajar, pero me metí igual.
—Una pregunta —dije.
—No.
—Ni siquiera sabes cuál es.
—Me la sé.
—No seas borde.
—No me hagas perder tiempo.
Me apoyé en la pared del ascensor.
—¿Tu amiga siempre va así por la vida o el otro día hizo un extra de esfuerzo?
Arai soltó el aire por la nariz.
—No voy a darte información para alimentar lo que sea que estás montando en tu cabeza.
—No estoy montando nada.
—Entonces mejor todavía. Así no necesitas datos.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Salimos.
—Eres agotadora —dije.
—Y tú muy poco sutil.
—No hace falta ser sutil con según qué cosas.
Arai se giró un segundo antes de seguir andando.
—Con Yaiza sí.
No me dio tiempo a contestarle porque ya se había ido hacia recepción.
Aquella misma noche, a las once y doce, me escribió un número que no tenía guardado.
« ¿Siempre interrogas a la gente para conseguir teléfonos o conmigo has hecho una excepción?»
Me quedé mirando la pantalla un par de segundos y sonreí solo. Era Yaiza.
Nicolás: Depende de la gente.
La respuesta tardó menos de medio minuto.
Yaiza: Entonces me siento entre afortunada y vigilada.
Nicolás: Te pega más la segunda.
Yaiza: Y a ti te pega demasiado creerte gracioso.
Nicolás: No me lo creo. Lo soy.
Tardó un poco más esta vez.
Yaiza: Eso ya lo decidiré yo.
Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y escribí sin pensarlo demasiado.
Nicolás: Perfecto. ¿Cuándo hacemos la evaluación?
Vi los tres puntos aparecer y desaparecer dos veces.
Yaiza: No sé si me apetece facilitarte tanto las cosas.
Nicolás: Menos mal que no las necesito.
Silencio otra vez.
Luego:
Yaiza: Mañana salgo tarde.
Sonreí.
Nicolás: Yo sé esperar.
Yaiza: Eso no me lo creo.
Nicolás: Pues mañana lo compruebas.
Quedamos para tomar algo en una terraza pequeña del Born al día siguiente. Ella llegó diez minutos tarde y ni siquiera fingió arrepentimiento.
Vestido azul oscuro, chaqueta vaquera, el pelo suelto y la misma manera de mirar alrededor como si el sitio tuviera que estar a la altura y no al revés.
—No me gusta correr para que alguien piense que me muero por llegar —dijo a modo de saludo mientras se sentaba.
—Y a mí no me gusta esperar, así que hemos empezado fatal.
—No te preocupes. Seguro que sobrevives.
Pedimos dos copas. Yo no tardé ni cinco minutos en sonreír más de la cuenta y ella no tardó ni tres en quitarme la razón en algo que ya ni recuerdo.
Con Yaiza me pasaba una cosa bastante simple: no me cansaba.
No porque fuera fácil, que no lo era. Precisamente por eso. Porque hablaba, discutía, se reía poco pero bien, y en ningún momento daba la sensación de estar buscando agradar. Si algo le parecía una tontería, te lo decía. Si le divertías, también, aunque le costara un poco más reconocerlo.
—Arai me ha dicho que has intentado sonsacarle información sobre mí —comentó, removiendo el hielo del vaso.
—Arai exagera.
—No. Arai suele quedarse corta.
—Quería saber si eras tan intensa como parecías.
—¿Y?
—Lo eres más.
—Gracias.
—No era un halago.
—Aun así me lo quedo.
La miré un momento.
—¿Siempre haces eso?
—¿Qué cosa?
—Quedarte con lo que te da la gana.
Se apoyó mejor en la silla.
—Sí. ¿Tú no?
—Depende.
—Mala respuesta.
—Ya la usaste el otro día.
—Y funcionó.
No pude evitar reírme.
Hubo un rato en el que dejamos de vacilarnos y hablamos un poco más en serio.
Poco. Lo justo. Me contó de su trabajo, de lo cansada que estaba de clientes convencidos de que montar un evento era colgar cuatro luces y sonreír.
Yo le hablé de un par de proyectos, de un apartamento imposible en Sarrià y de un hotel que me estaba quitando más tiempo del que merecía.
Luego me preguntó por Milán.
Y por primera vez en toda la noche me quedé un poco más quieto.
—¿Tienes que ir mucho? —preguntó.
—Demasiado.
—¿Te gusta?
Miré el vaso antes de responder.
—Me gusta trabajar allí. Vivir allí ya es otra cosa.
—¿Y Barcelona?
—Barcelona me gusta más cuando no me pide demasiado.
Yaiza inclinó un poco la cabeza.
—Eso ha sonado a respuesta hecha.
—No lo era.
—No, ya.
Bebió un trago y me sostuvo la mirada.
—Arai me dijo que estuviste casado.
No me molestó la pregunta. Lo que me molestó fue la facilidad con la que me vino el nombre a la cabeza.
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Lo suficiente.
No añadió nada. No insistió. Solo esperó, como si me estuviera dejando espacio para hablar o callarme, pero sin rescatarme ninguna de las dos opciones.
—Fue… mucho tiempo —dije al final—. De esas historias que empiezan cuando todavía no sabes qué coño estás haciendo con tu vida y un día te das cuenta de que has construido demasiadas cosas alrededor. Luego se rompe y ya.
—«Y ya» suele tapar bastante.
—Sí.
—¿Te jodió mucho?
La miré.
—¿Esa es tu versión sutil?
—No tengo versión sutil. Tú ya deberías saberlo.
Me apoyé hacia atrás.
—Sí. Me jodió.
Yaiza bajó la vista al vaso un segundo y luego volvió a levantarla.
—Entonces no buscas nada serio.
No era una pregunta, y eso me gustó menos.
—No busco mentirle a nadie —respondí.
—No te he preguntado eso.
—Ya.
—Te he preguntado otra cosa.
La música del local seguía sonando, había gente hablando en las mesas de al lado y, aun así, tuve la sensación bastante clara de que aquello se había quedado más quieto de repente.
—No —dije al final—. No busco nada serio.
Yaiza asintió despacio.
—Bien.
La palabra me molestó.
—¿Bien?
—Sí. Bien. Prefiero que la gente hable claro antes de que empiece a montarse películas.
—Yo no monto películas.
—Mejor.
—¿Y tú?
Sonrió un poco, no del todo.
—Yo no necesito estar en pareja para ser feliz, si es lo que quieres saber.
No respondí enseguida. Porque no era exactamente lo que quería saber, pero me servía de momento.
Pagamos pasada la una. Fuera hacía esa temperatura rara de Barcelona en la que no sabes si te sobra la chaqueta o te falta otra copa.
Caminamos un rato sin rumbo claro. Hablando de nada otra vez. Mejor dicho: hablando de cosas nimias para no volver a las otras.
Cuando llegamos a la esquina de su calle, ella se detuvo.
—Vivo aquí.
—Bonita forma de echarme.
—No te estoy echando.
—Ah, no.
—No, solo te estoy informando.
La miré un segundo.
—Yaiza.
—¿Qué?
—No voy a hacerme el interesante ahora.
—Menos mal.
Di un paso hacia ella. No demasiado. Lo justo.
—Cuando me invites a subir, no será para tomar café.
Yaiza me sostuvo la mirada sin moverse.
—Y si subes, no voy a fingir que no lo sabía.
Se me escapó una media sonrisa.
—Perfecto.
—Entonces, ¿subes?
Sí. Subimos.
Su piso era bonito de una forma que no parecía pensada para impresionar a nadie. Cálido, ordenado, con libros donde tenían que estar, una lámpara encendida en el salón y un sofá que parecía realmente usado y no comprado para una foto.
Dejó el bolso sobre una silla y se giró hacia mí.
—No hagas comentarios de decorador.
—No pensaba hacerlos.
—Mentira.
—Solo pensaba uno.
—Pues te lo ahorras.
Me acerqué.
—No prometo nada.
La besé antes de que pudiera contestar. No fue lento ni pensado. Fue justo como llevaba toda la noche queriendo hacerlo.
Yaiza respondió al instante, sin dudar, metiéndome las manos en la nuca y pegándose a mí con esa seguridad suya que no dejaba espacio para juegos. No se dejó llevar. Eligió.
Y yo fui detrás.
Volví a besarla, esta vez más despacio, saboreándola mejor, notando cómo se le aceleraba la respiración y cómo a mí se me tensaba el cuerpo entero de una forma bastante evidente ya a esas alturas.
Le puse las manos en la cintura y empecé a subir por su espalda, despacio, sintiendo cómo reaccionaba debajo de mis dedos.
Me mordió el labio lo justo para hacerme perder el poco control que me quedaba.
—No me mires así —murmuró.
—¿Así cómo?
—Como si me fueras a comer.
—No sé qué te hace pensar eso.
Se rio contra mi boca.
—Vas bastante mal para fingir.
La levanté lo justo para sentarla en el borde del mueble de la entrada y ella abrió un poco más las piernas sin apartar los ojos de mí. El vestido subió lo suficiente como para dejar de ser un problema, y mis manos fueron detrás, sin pensarlo demasiado.
La noté arder en cuanto la toqué de verdad.
Y reaccionó en cuanto la toqué de verdad, soltando el aire contra mi boca y echándose un poco hacia atrás para darme más espacio, como si lo estuviera pidiendo sin decirlo.
—Nicolás…
No sonó a advertencia.
Bajé la boca a su cuello, despacio, marcando el camino, deteniéndome donde sabía que iba a reaccionar, mientras mi mano seguía subiendo entre sus piernas, sin rodeos ya.
Cuando la toqué como quería, dejó de fingir calma.
Se agarró a mi camiseta, a mi pelo, a lo que pilló, moviéndose contra mi mano sin disimulo, marcándome el ritmo con las caderas.
—No pares… —murmuró, con la voz ya rota.
—No pensaba hacerlo.
Seguí, apretando un poco más, sin prisa pero sin suavizar, notando cómo se tensaba, cómo me buscaba, cómo dejaba de pensar poco a poco.
—Joder… —Se le escapó.
Y a mí también.
La besé otra vez, más fuerte, mientras seguía tocándola, y el cuerpo me pidió más. Bastante más.
La cogí en brazos casi sin transición y acabamos en su cama con la ropa a medio quitar, las prisas mal disimuladas y esa sensación de estar llegando tarde a algo que llevábamos demasiado rato imaginando.
Yaiza no tenía nada de tímida.
Ni falta le hacía.
Me ayudó a quitarle el vestido, se deshizo de mi camiseta sin pedir permiso y, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, volvió a buscarme, esta vez sin pausa, sin medias tintas.
—Ven aquí —murmuró, tirando de mí.
Y fui.
La besé mientras la empujaba contra el colchón, recorriéndola con las manos sin perderme nada, deteniéndome en sus pechos lo justo para hacerla reaccionar, para notar cómo se le endurecían los pezones bajo mis dedos antes de bajar otra vez.
—Así… —susurró—. No pares.
No tenía intención de hacerlo.
Cuando entré en ella, lo hice sin prisa, pero con las ganas claras, notando cómo su cuerpo se adaptaba enseguida, cómo se cerraba alrededor de mí y cómo se le cortaba la respiración.
—Hostia… —murmuró.
—Lo sé.
Empecé a moverme despacio, marcando el ritmo, dejando que lo sintiera bien, y ella no tardó en seguirme, en moverse conmigo, en buscar más.
Y ahí ya no hubo calma.
La primera vez fue así: intensa, desordenada, con demasiadas ganas y bastante menos control del que a mí me gustaba llevar. Con mi nombre escapándosele a ella sin pensarlo y a mí el suyo justo después, con el cuerpo mandando por encima de cualquier idea de ir despacio.
Y, aun así, o precisamente por eso, fue de esas veces en las que uno sabe bastante pronto que va a querer repetir.
Después nos quedamos un rato tumbados, con las piernas todavía enredadas y el aire del cuarto bajando poco a poco de temperatura. Yo tenía la respiración más tranquila, pero la cabeza no tanto.
Miré el techo.
—No quiero venderte nada raro —dije al final.
Yaiza giró la cara hacia mí.
—Qué frase más espantosa.
—Ya me entiendes.
—Sí. Por desgracia, sí.
Me incorporé un poco sobre el codo.
—Te lo digo porque prefiero dejar claras ciertas cosas.
—No buscas nada serio —dijo ella, terminando la frase por mí.
—No.
Asintió. Ni enfadada, ni dolida. Solo despierta.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. Vale. No te he pedido que me lo prometas.
Aquello debería haberme dejado más tranquilo de lo que me dejó.
—Bien.
Se rio por lo bajo y se giró para alcanzar la sábana.
—No pongas esa cara, Nicolás.
—¿Qué cara?
—La de pensar que acabas de hacer algo responsable y que por eso deberías sentirte mejor.
La miré.
—Eres bastante agotadora.
—Y tú bastante previsible cuando intentas no liarte.
Se tapó hasta la cintura y cerró los ojos un segundo.
Yo me quedé mirándola más de la cuenta.
Porque sí, había hablado claro. Sí, ella también. Sí, en teoría todo estaba más o menos ordenado.
Pero aun así, mientras seguía allí tumbado, con el cuerpo todavía recordando el suyo y la cabeza ya empezando a hacerse trampas, tuve una sensación bastante simple.
Aquello no iba a quedarse en solo sexo tan fácilmente como yo acababa de soltar.