Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 9
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Capítulo 9

Nicolás

Salí con la cabeza hecha un lío y con demasiadas cosas moviéndose por dentro. Cosas que creía haber dejado atrás y que, por lo visto, no se habían ido a ninguna parte.

La enfermera cerró la puerta en cuanto salí al pasillo y se quedó dentro.

Miré a derecha e izquierda y no vi a nadie.

Ni Bruno, ni Arai, ni Elena, ni Néstor. Solo ese silencio raro de mediodía en un hospital, que en realidad no era un silencio de verdad porque siempre había un carro rodando en algún sitio, una puerta que se abría, un teléfono sonando al fondo o alguien hablando en voz baja en un control.

Pero para mí sí lo era. Después de tantas horas con gente entrando y saliendo, con preguntas, médicos, explicaciones y miradas, aquel rato me cayó encima de golpe.

Una enfermera que salía en ese momento levantó la vista al verme allí parado.

—¿Es usted el familiar del niño de pediatría y de la paciente de la UCI? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Ha comido algo?

—No.

—Pues baje un momento a cafetería y coma algo. Si hay cualquier cambio, le llamamos enseguida. Déjeme su número.

—No me voy a mover de aquí.

—Solo baje unos minutos. Si pasa algo, le avisamos para que suba.

Al final asentí. La enfermera sacó una libreta del bolsillo del uniforme, le dicté mi número y lo apuntó.

—Vaya tranquilo. Si hay cualquier cambio, le llamamos enseguida.

—De acuerdo. Gracias.

Me quedé un momento callado, porque cualquier cosa que empiece por «si pasa algo» te deja con una sensación rara.

Miré hacia el pasillo de pediatría y luego hacia el ascensor.

—¿La cafetería está abajo?

—Sí. En la planta baja. Según salga del ascensor, a la derecha.

Asentí.

No tenía hambre ni sed, pero tampoco ganas de seguir sentado en la misma silla mirando a la pared hasta que me empezara a doler la cabeza de verdad.

Entré en el ascensor y bajé.

La cafetería estaba medio llena de esa gente que no tiene nada que ver entre sí hasta que la juntas en un hospital.

Familiares con cara de no haber dormido, un médico comiéndose un bocadillo de pie, una mujer mirando el móvil sin ver nada, un hombre mayor removiendo un café como si de aquello dependiera que le dieran buenas noticias.

Pedí un sándwich de pollo y una botella de agua y me senté en una mesa del fondo, al lado del ventanal.

Saqué el sándwich del envoltorio. Sabía a poco, como suele pasar en esos sitios, pero me dio igual. Necesitaba comer algo.

Apoyé los codos en la mesa y me quedé mirando el vaso un rato, sin pensar de forma ordenada en nada.

Yaiza. Aday. La compatibilidad. La policía.

Bruno. Arai. Milán. Todo daba vueltas sin demasiado sentido hasta que mi cabeza hizo lo que le dio la gana y se fue a la primera noche.

A Sombra. A ella entrando por la puerta.

Diez años atrás…

Aquella noche yo solo quería sacar a Bruno del despacho.

Llevaba días con una cara de mierda considerable, contestando más seco de lo normal y usando el trabajo como si fuera una coartada razonable para no pensar en nada que no le apeteciera. A mí ya me tenía harto.

Entré en su oficina sin llamar y lo encontré como me esperaba: chaqueta colgada en el respaldo, portátil abierto, papeles sobre la mesa y esa postura suya de estar doblado hacia delante como si el mundo pudiera resolverse a base de horas y mala leche.

—Vamos a salir —dije.

Ni levantó la vista.

—No.

—Respuesta rápida, pero mala. Dame otra.

—Tengo trabajo.

—Tienes una excusa. El trabajo es otra cosa.

Entonces sí me miró.

—No estoy de humor.

—Precisamente por eso.

—Nicolás.

—Una copa. Solo una. Sales, respiras y finges un rato que no estás casado con tu agenda.

Se echó hacia atrás en la silla y me sostuvo la mirada con esa paciencia limitada que me tenía solo a mí.

—No estoy casado con la agenda.

—Peor. Lo vuestro es una relación tóxica y encima no quieres reconocerlo.

Se pasó una mano por la cara y miró el reloj. Eran poco más de las ocho.

—Solo una —dijo al final.

Sonreí.

—Sabía que debajo del ejecutivo serio seguía habiendo una persona.

—No te vengas arriba.

—Tarde.

Sombra estaba en una calle del centro donde la gente pagaba con gusto por entrar a un sitio oscuro y convencerse de que la noche era mejor si costaba demasiado.

A mí no me disgustaba. A Bruno, menos todavía mientras no tuviera que mezclarse mucho.

Luz baja, música lo bastante alta como para no escuchar mesas ajenas, reservados cómodos y copas caras.

El ecosistema perfecto para que él fingiera que salía y yo fingiera que no estaba haciendo de canguro emocional.

Nos sentamos. Pedí dos copas sin preguntarle. Bruno le echó un vistazo al local.

—Te juro que en esta ciudad te cobran por respirar cerca de una mesa con luz tenue —dijo, cogiendo el vaso—. Y encima te lo venden como experiencia.

—Pues deja de pagarla.

—No la he pagado yo.

—Entonces deja de quejarte.

Me miró de lado.

—Eso es muy fácil decirlo cuando llevas media noche bebiendo de lo mío.

Le quité la copa un segundo, le di un trago y se la devolví.

—No veo el problema.

Se estaba empezando a relajar un poco cuando vi cómo le cambiaba la cara. Miré hacia donde estaba mirando él y vi que dos mujeres acababan de entrar por la puerta.

Le pregunté si las conocía y me respondió que a la del top sí. Era la secretaria de su padre. La mujer que lo traía de cabeza desde que había aterrizado en Barcelona.

Entonces me fijé en la otra.

Morena, vestido negro, la espalda recta y una manera de mirar alrededor como si tardara menos de dos segundos en decidir qué le interesaba y qué no.

Me quedé mirándola.

Bruno siguió mi mirada.

—No.

—Solo estoy mirando.

—Ese «solo estoy mirando» no me gusta.

—Pues mírate a ti, que tampoco estás muy discreto con Arai.

—No metas a Arai.

—Ya.

Arai todavía no nos había visto. Levantó la vista, localizó a Bruno y se le cambió la cara lo justo para que a mí me diera la risa. Le dijo algo rápido a la mujer que iba con ella, Yaiza, que siguió su mirada hasta nuestro reservado.

Yaiza nos vio, sonrió de una manera que no tenía nada de casual y, antes de que Arai pudiera frenarla, echó a andar hacia nosotros como si acabara de decidir que la noche mejoraba bastante con aquella coincidencia.

—Qué ilusión —murmuró Bruno.

—No empieces —respondí.

La que sí empezó fue Yaiza.

Le dijo algo rápido a Arai y echó a andar hacia nosotros. Arai la siguió con la resignación exacta de quien sabe que ya no hay manera de dar marcha atrás.

Se plantaron delante del reservado.

—Buenas noches —dijo Yaiza, mirándonos primero a Bruno y a mí como si ya nos tuviera más o menos calados—. Qué casualidad más interesante.

Arai la fulminó con la mirada.

—Yaiza.

—¿Qué? He saludado.

Yo me puse en pie porque mi madre me había enseñado bien y porque ya a esas alturas quería oírla hablar un poco más. Bruno hizo lo mismo, aunque lo suyo tenía bastante menos curiosidad y bastante más control de daños.

—Nicolás Morelli.

Ella me sostuvo la mirada un instante antes de contestar.

—Yaiza Santana.

—Encantado.

—Encantada no creo.

Eso me hizo sonreír.

Bruno se adelantó un poco.

—Bruno Montalbán.

—Sí, a ti ya te ubico —dijo Yaiza, y luego se giró hacia el camarero que pasaba—. ¿Nos sentamos o esto funciona con invitación oficial?

—No —dijo Arai.

—Sí —dije yo al mismo tiempo.

Yaiza me miró con una media sonrisa.

—Tú y yo vamos a llevarnos fatal.

—Eso espero.

Arai cerró los ojos un segundo.

—Esto era evitable.

—Casi todo lo interesante lo es —respondí.

Al final se sentaron. Arai frente a Bruno. Yaiza a mi lado. Lo hizo con tanta naturalidad que hasta pareció que ese era su sitio desde el principio.

Pidió una copa y tardó menos de dos minutos en opinar de algo con una seguridad que me cayó bien al instante.

—No puede ser que te cobren esto por un gin-tonic y encima te sonrían como si te estuvieran haciendo un favor.

Me eché a reír y ella se giró hacia mí.

—¿Qué pasa?

—Nada. Que me gusta tu manera de llegar.

—Yo no tengo una manera de llegar.

—No, qué va.

—Yo llego y hablo. Si luego la gente se asusta, ya no es culpa mía.

—Eso es muy de persona inocente.

—Y tú tienes pinta de ser un experto en juzgar sin pruebas.

—No necesito tantas.

Cogió la copa cuando se la trajeron y bebió sin apartar del todo los ojos de mí.

—Y tú debes de ser el famoso Nicolás.

—¿Famoso para quién?

—Para nadie. Era ironía.

—Buena forma de empezar.

—No me gusta perder tiempo.

—Pues yo soy muy partidario de aprovecharlo.

—Eso depende con quién.

Arai dejó escapar el aire por la nariz y apoyó la espalda en el sofá.

—Yaiza, por favor.

—¿Qué? Si estamos socializando.

Bruno me lanzó una mirada de esas de «ni se te ocurra animarla».

Llegó un momento en que la conversación se partió sola. Bruno y Arai se quedaron en una cosa suya, de trabajo o de tonterías disfrazadas de trabajo, y Yaiza y yo entramos en otra completamente distinta.

Hablamos de Barcelona, de restaurantes sobrevalorados, de la gente que confundía tener dinero con tener gusto, de lo insoportable que era según qué postureo y de la tortilla con cebolla, que fue donde casi discutimos de verdad.

—Sin cebolla no es tortilla —dije.

—Sin cebolla es perfectamente tortilla.

—Sin cebolla es una tristeza redonda.

—Eso será en tu país.

—Italia no tiene nada que ver con esto.

—Tú sacaste antes la nacionalidad, no me culpes.

—Tú eres canaria. Opinión automática sobre todo.

—Y tú, italiano. Soberbia automática sobre comida, ropa y probablemente también sobre el tiempo.

Eso sí me hizo reír.

No era solo que contestara rápido. Era que me seguía el juego sin ponérmelo fácil. Si yo iba por un lado, ella me devolvía por otro. Y cada vez que sonreía, aunque fuera poco, yo tenía la sensación de que se me estaba torciendo la noche de una manera bastante concreta.

Yaiza se inclinó hacia mí.

—Tienes cara de discutir hasta con el GPS.

—Solo cuando se equivoca.

—Claro.

Arai nos miró a los dos.

—No sé si me estáis dando vergüenza o pereza.

—Las dos cosas pueden convivir —dijo Yaiza.

Bruno levantó la copa.

—Brindo por la gente que siempre tiene razón, especialmente cuando nadie se la ha pedido.

—No brindes por él delante de mí —dijo Arai.

—Yo hablaba de los dos —respondió él.

—Pues peor.

Nos reímos todos, incluso Arai, aunque poco. Y fue en medio de todo eso cuando pasó.

Yaiza me miró con esa tranquilidad suya de ir dos pasos por delante y preguntó:

—¿Bailas?

—Depende.

—Mala respuesta.

—¿Es una invitación o una amenaza?

—Las dos cosas.

Me levanté antes de pensarlo demasiado.

—Entonces sí.

Arai abrió los ojos.

—¿Me vas a dejar aquí?

—Por supuesto —dijo Yaiza, poniéndose en pie—. Tienes compañía ejecutiva.

—Te odio.

—Luego me lo agradeces.

No miré a Bruno al irme con ella hacia la pista, pero noté perfectamente que sí me estaba mirando él a mí.

La música estaba un poco más alta allí, las luces más bajas y la gente más apretada. Yaiza se giró hacia mí casi en cuanto encontramos sitio y empezó a moverse como si llevara media vida bailando exactamente esa canción.

Y ahí fue donde se me jodió todo un poco más.

No bailaba para que la miraran. No le hacía falta. Y eso era todavía peor. Se acercaba, se apartaba un poco, volvía a pegarse, levantaba la cara para decirme algo al oído y sonreía como si aquello le estuviera divirtiendo exactamente lo que quería que le divirtiera.

Yo iba detrás como un idiota.

Le puse las manos en la cintura con una facilidad que no me gustó reconocer.

Noté el calor de su cuerpo casi al instante.

El vestido, la piel, el movimiento de sus caderas pegándose a mí sin prisa y sin ninguna intención de fingir que aquello era casual.

Y sí, no tardé mucho en notar cierta parte sur bastante más despierta de lo elegante.

Yaiza levantó la cara para mirarme.

—¿Ves? Al final sí bailabas.

—No me has dado demasiado margen para elegir.

—Eso es mentira. Te encanta elegir.

—Contigo todavía no lo sé.

Se rio. Después se volvió a pegar un poco más y yo tuve que hacer un esfuerzo bastante penoso por no soltar lo primero que me pasó por la cabeza.

—No pongas esa cara —dijo.

—¿Qué cara?

—La de estar empezando a meterte en un lío y no saber si te gusta.

—No sé de qué hablas.

—Ya.

Me acercó la boca al oído para decirme algo sobre la canción, pero apenas le presté atención. Estaba demasiado pendiente del tono, del roce y de cómo se movía dentro del hueco de mis manos como si llevara toda la vida sabiendo qué hacer con mi cuerpo.

No sé si era del todo consciente del efecto que causaba en mí o si simplemente se lo estaba pasando bien. Supongo que las dos cosas.

En un momento dado se apartó un poco, lo justo para mirarme mejor.

—No pareces tan listo cuando no hablas.

—Tú no pareces tan borde cuando bailas.

—No me conoces tanto.

—Todavía.

Eso la hizo sonreír otra vez.

Cuando volvimos al reservado, a Bruno y Arai les faltaba poco para prenderse fuego ellos solos. No hacían nada especialmente raro, pero se les notaba esa tensión absurda que solo ve todo el mundo menos los dos implicados.

Yaiza se dejó caer otra vez a mi lado.

—¿Ves? No ha sido tan grave.

—No he dicho que lo haya sido.

—Ya. Pero lo has pensado.

—Tú también piensas demasiado.

—No me proyectes cosas.

Nos quedamos un rato más. Lo suficiente como para que la noche dejara de ser solo una copa sacando a Bruno de la oficina y pasara a convertirse en otra cosa. Algo que yo no tenía ninguna gana de cortar todavía.

Pero acabó, claro.

Fuera, en la calle, el aire me dio en la cara con esa mezcla de frío y humo de algunas madrugadas en Barcelona. Yaiza pidió un coche. Arai y Bruno se quedaron un poco más atrás, en una conversación suya.

Nosotros dos avanzamos hasta la esquina.

—Ha sido soportable —dijo ella.

La miré.

—No sabía que te conformaras con tan poco.

—No me conformo. Valoro lo raro cuando aparece.

—¿Me estás llamando raro?

—Te estoy diciendo que no te has hecho del todo insoportable.

—Eso ya es amor.

—No sueñes.

Se detuvo al borde de la acera y guardó el móvil en el bolso.

Yo seguía sin demasiadas ganas de moverme.

—¿Volveremos a vernos o esto ha sido una cosa puntual de tu amiga cruzándose con nosotros? —pregunté.

Levantó la vista hacia mí.

—Qué fe tienes en ti mismo.

—No es fe. Es interés bien administrado.

—Eso no significa nada.

—Significa que quiero volver a verte.

Me sostuvo la mirada un momento más largo que antes.

—¿Y tú siempre vas así de directo, u hoy te has vestido de valiente?

—Normalmente ahorro tiempo.

—Pues yo normalmente desconfío de la gente que quiere ahorrarlo demasiado.

Asentí despacio.

—Eso no es un no.

—Tampoco es un sí.

El coche apareció al final de la calle. Lo vio antes que yo.

—Buenas noches, Nicolás.

—Eso ha sonado a que no piensas darme facilidades.

Abrió la puerta y, antes de entrar, se giró un segundo hacia mí.

—Menos mal que no las necesitas, ¿no?

Luego se metió dentro sin esperar respuesta.

Me quedé mirando cómo se alejaba el coche y tuve una sensación bastante simple y molesta al mismo tiempo.

Aquella mujer iba a darme trabajo.

Mucho.