Capítulo 8
Nicolás
La UCI estaba más tranquila que antes, o quizá era yo el que llegaba distinto.
La primera vez había entrado con todo demasiado reciente.
Ahora no era eso. Ahora estaba más cansado, menos a la defensiva y con la sensación poco agradable de estar a punto de meterme en un sitio del que llevaba años apartándome.
La enfermera me abrió la puerta y me dejó pasar sin decir gran cosa.
Yaiza seguía igual: quieta, con la respiración marcada por la máquina y la pierna inmovilizada.
La luz blanca le sentaba fatal, aunque en aquel cuarto no favorecía a nadie.
El vendaje seguía ahí, la piel seguía más pálida de lo normal y, aun así, al verla, lo primero que pensé fue que seguía siendo ella.
Me acerqué despacio y me quedé un momento de pie al lado de la cama, sin saber muy bien si sentarme, hablar o limitarme a mirarla como un idiota.
Al final arrastré un poco la silla y me senté.
No dije nada al principio. Tampoco tenía claro por dónde se empezaba una conversación así, con una mujer inconsciente, con la que llevaba siete años sin hablar de verdad y a la que acababa de volver a encontrar en el peor momento posible.
Miré sus manos. La izquierda seguía con la rozadura cerca de los nudillos y la derecha con la vía.
Volví a sentir ese pellizco raro en el pecho que me había dado antes.
No por la venda, ni por la máquina, ni siquiera por la pierna.
Por eso. Por algo tan pequeño que no tenía sentido que me tocara más que todo lo demás.
Me pasé una mano por la boca.
—Hola —dije al final.
La palabra sonó ridícula en cuanto salió, pero ya daba igual.
—Otra vez yo.
Me incliné un poco hacia delante, con los codos en las rodillas.
—La verdad es que no sé por dónde empezar. Tampoco creo que me merezca mucho margen para elegir, si te soy sincero.
No esperaba nada. Ni un gesto, ni una reacción, ni uno de esos movimientos mínimos que uno acaba inventándose cuando necesita agarrarse a cualquier cosa. Solo estaba hablando porque el silencio, con ella delante, se me estaba haciendo demasiado grande.
—He visto a Aday.
Se me cerró un poco la garganta al decir su nombre allí, delante de ella.
—Y ya sé que eso no arregla nada. Tampoco que me haya quedado, ni que me hayan sacado sangre, ni nada de lo que está pasando aquí. Pero supongo que tenías derecho a saber que lo he visto.
Miré su cara un segundo, seguía igual de quieta.
—Se parece a ti. Mucho.
La frase me salió sin pensarla.
Me quedé callado un momento y fue ahí cuando me vino la primera imagen de verdad.
No la última discusión ni una de esas noches que luego uno recuerda porque ya sabe cómo acabó todo. Lo primero que me vino fue Sombra . Bruno conmigo, arrastrando el cansancio de toda la semana, y ella entrando con Arai como si no necesitara que nadie le hiciera sitio para ocuparlo.
Volví a mirarla.
—Siempre me has caído demasiado bien. Hasta que todo se torció.
Habían pasado siete años, pero me acordaba perfectamente de aquella noche. No porque el sitio tuviera nada especial, sino porque hay noches que se te quedan pegadas a la memoria por una persona y no por todo lo demás.
Yo había sacado a Bruno de la oficina casi a rastras.
Estaba en uno de esos días en los que se refugiaba en el trabajo como si fuera un sitio razonable donde meterse a vivir, y me había costado más de la cuenta convencerlo para tomar una copa.
Cuando llegamos a Sombra, todavía llevaba esa cara de ejecutivo harto del mundo que se le ponía cuando estaba cansado y no quería reconocerlo.
Entonces lo oí maldecir entre dientes, levanté la vista y la vi en la puerta junto a Arai.
Recuerdo que primero vi a Arai y, justo después, a la mujer que iba a su lado. Hablaron entre ellas unos segundos, hasta que Arai se dio cuenta de que Bruno estaba allí, de que los dos estábamos sentados en un reservado. Yaiza no se lo pensó demasiado. Vino directa.
Bruno lo notó antes incluso de que yo dijera nada.
—No —me soltó en voz baja.
—Solo estoy mirando.
—Ese «solo estoy mirando» no me gusta.
No le contesté. Yo solo estaba pendiente de ella.
Cuando llegaron a nuestra altura, Arai todavía estaba intentando asimilar la escena, así que fue Yaiza la que se lanzó a hacer las presentaciones. En aquel momento ya supe que conocerla prometía muchas cosas. Lo que no sabía era cuántas.
Todavía me río con Bruno cuando recordamos que sus primeras palabras sobre él fueron «CEO guapo». No lo superamos.
Llegó un momento en que vimos que la parejita necesitaba intimidad y un empujoncito, así que fue Yaiza la que me sacó a bailar con ese desparpajo suyo de hacer parecer fácil lo que no lo era.
Y ahí fue cuando dejó de haber distancia de verdad.
No bailaba para llamar la atención. No le hacía falta. Se movía con una naturalidad que era todavía peor. Se acercaba, se apartaba un poco, volvía a pegarse, levantaba la cara para decirme algo al oído y sonreía como si aquello le estuviera divirtiendo exactamente lo que quería que le divirtiera.
Y yo iba detrás de todo eso como un idiota.
Recuerdo perfectamente el momento en que le puse las manos en la cintura.
Lo fácil que me salió. Lo poco que tardé en notar el calor de su cuerpo.
Cómo se me fue despertando cierta parte sur a un ritmo bastante poco elegante mientras ella seguía contoneando las caderas contra mí como si no estuviera pasando nada y, al mismo tiempo, estuviera pasando exactamente todo.
No sé si ella era del todo consciente de hasta qué punto me estaba jodiendo la noche o si simplemente se lo estaba pasando bien. Supongo que las dos cosas.
Se reía, me miraba, se acercaba más de la cuenta y luego me soltaba alguna frase con esa mala leche suya que, en vez de enfriarme, me empeoraba bastante el problema.
Aquella noche no me descolocó porque fuera guapa. Me descolocó porque era guapa, lista, respondona y porque se movía entre mis brazos como si llevara toda la vida sabiendo cómo desmontarme.
Volví a la habitación.
Yaiza seguía igual. La máquina seguía pitando a su ritmo. El suero seguía cayendo gota a gota. Todo estaba exactamente donde tenía que estar. Solo mi cabeza había decidido irse siete años atrás sin pedirme permiso.
Me pasé una mano por la nuca.
—La primera vez que te vi ya me pareciste un problema.
La frase me salió tan natural que hasta me dio rabia.
Miré la cama, la máquina, la pierna inmovilizada.
—La diferencia es que entonces pensaba que era de los que uno puede esquivar.
Tragué saliva y bajé la vista un momento.
No sé cuánto tiempo me quedé así, con los ojos clavados en el suelo y las manos juntas, pensando en la cantidad absurda de cosas que uno puede hacer mal sin darse cuenta de verdad hasta años después.
—No sé qué vas a hacer cuando te despiertes —dije al cabo—. Conmigo, quiero decir. No sé si me vas a echar de aquí con la mirada, si me vas a mandar a la mierda o si directamente vas a pedir que no me dejen entrar otra vez.
»Y tampoco es que pueda decirte mucho. Bastante justa iría esa conversación aunque me dejaras prepararla un mes.
Levanté la vista hacia ella.
—Pero estoy aquí. Y no me voy a mover.
La puerta se abrió un poco a mi espalda y la enfermera asomó la cabeza.
—Tenemos que dejarla descansar.
Asentí enseguida.
—Sí. Ya salgo.
Me puse en pie despacio y me quedé un segundo más mirándola.
No había cambiado nada. Ni en ella ni en la habitación. Pero yo salí de allí con la sensación de que acababa de abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada a la fuerza.
Una bastante más antigua que la del hospital.
Y esta vez ya no me iba a dar tiempo a cerrarla otra vez.