Capítulo 7
Nicolás
Para entonces, el hospital ya no se parecía en nada a la noche. Había más ruido, más movimiento, más puertas abriéndose y cerrándose, y más gente pasando por el pasillo como si el mundo siguiera funcionando con normalidad. Para nosotros, no.
Bruno y Arai seguían allí, igual de cansados, solo que ya ni se molestaban en disimularlo. Ella se había lavado la cara con agua fría, pero las ojeras seguían ahí. Él había pasado un momento por el baño, con el pelo algo húmedo, pero la cara era la misma.
Yo seguía en la misma silla, con la espalda molida y la sensación de llevar allí días.
—¿Cuánto tarda la ronda? —preguntó Arai por tercera vez en menos de media hora.
Bruno miró el móvil solo por hacer algo.
—No lo sé.
—Esperemos que no falte mucho.
Arai se frotó la cara.
—Estoy agotada.
—Ya lo veo —respondió Bruno.
—Tú también lo estás.
Bruno iba a responder algo, pero en ese momento aparecieron Elena y Néstor por el pasillo.
Elena llegó la primera, con el bolso colgado del hombro, arrastrando una maleta y con cara de no haber dormido nada. Néstor venía detrás con una mochila y una bolsa pequeña en la mano.
Arai se levantó de golpe.
Su madre la abrazó fuerte, sin hablar al principio. Luego le apartó el pelo de la cara y la miró como si quisiera comprobar con los ojos lo que no podía arreglar con las manos.
—Ya estamos aquí —dijo.
Néstor abrazó a Bruno y luego me saludó a mí con un gesto de cabeza.
—¿Cómo están? —preguntó Elena.
—Igual. Aday estable y Yaiza sedada —dijo Arai.
—Estamos esperando a que pase el médico para decirnos si hay algún cambio —añadió Bruno.
Elena asintió despacio.
—¿Y mis nietos?
—Con mi padre —respondió Bruno—. Ha pasado la noche con ellos en casa. Esta mañana Clara, la vecina, le ha echado una mano con el desayuno mientras él se ocupaba de vestirlos y dejarlos listos para el colegio.
—Menos mal.
—Sí. Dídac ha ido al cole como siempre, pero Lola ha preguntado por Aday tres veces.
—Va siendo hora de hablar con ellos.
—Sí, no lo van a entender todo, pero sí al menos la situación.
Antes de que pudieran añadir nada más, apareció un policía vestido de paisano con una carpeta en la mano.
—¿Familiares de Yaiza Santana?
Bruno dio un paso al frente.
—Sí.
—Soy el inspector Romero. Solo quería comentarles que ya tenemos una ampliación del atestado, por si querían saber algo más.
Arai se puso recta del todo.
—Sí, claro.
El agente abrió la carpeta.
—Por lo que tenemos hasta ahora, el otro conductor invadió parcialmente el carril en una curva. No iba en condiciones de hacerlo, por decirlo de forma suave. Aún estamos pendientes de los resultados del análisis de sangre, pero todo apunta a una imprudencia clara.
Arai apretó la mandíbula.
—¿Iba drogado?
—No puedo confirmárselo todavía —respondió el agente—, pero no iba en condiciones.
Bruno se pasó una mano por la boca.
—¿Y Yaiza?
—Intentó esquivarlo. De hecho, por la huella de frenada y por cómo quedó el coche, parece que reaccionó bastante rápido. Lo que pasa es que no tuvo margen.
No añadió nada más. No hizo falta. Arai bajó la vista un segundo y yo me quedé mirando al policía con una rabia bastante seca subiéndome por el pecho.
—¿El niño iba bien sujeto? —preguntó Elena.
—Sí. Eso fue importante —dijo el agente—. Muy importante.
Arai se llevó una mano al cuello.
—Joder.
El hombre cerró la carpeta.
—De momento no necesitamos nada más de ustedes. Si hay cualquier novedad, les llamaremos.
Se marchó sin alargarlo más, y durante unos segundos nadie habló.
—Menudo hijo de puta —dijo Bruno al final, en voz baja.
Nadie le llevó la contraria.
Poco después salió la pediatra. Nos levantamos todos a la vez.
—Aday sigue estable —dijo antes de que nadie preguntara nada—. Las próximas horas siguen siendo importantes, pero no ha empeorado.
Arai cerró los ojos un segundo.
—Vale.
La doctora miró entonces hacia mí.
—Ya tenemos una parte de sus resultados.
Noté cómo se tensaban todos.
—Las primeras pruebas, las que eran más urgentes, son favorables —continuó—. Todavía faltan algunos resultados, pero de entrada hay compatibilidad inicial.
No supe qué decir. Bruno, sí.
—¿Eso es bueno?
—Sí —respondió la doctora—. No significa que vayamos a necesitar llegar a ese punto, pero sí que, si hace falta correr, no partimos de cero.
Arai me miró, pero no dijo nada. La doctora bajó la carpeta.
—En cuanto al resto, seguimos pendientes. Y con Yaiza no hay cambios importantes. Sigue sedada, estable dentro de la gravedad y sin novedades neurológicas por ahora.
—¿Podemos entrar a verlos? —preguntó Elena.
La doctora negó con la cabeza.
—Ahora mismo no. Les están haciendo unas pruebas y una revisión a los dos. Hasta dentro de un rato no podremos dejar pasar a nadie.
Elena asintió.
—Pues aprovechamos. Nos vamos a casa, os ducháis, coméis algo, veis a los niños y volvemos —dijo Elena.
Arai giró la cabeza.
—Mamá…
—No, Arai. Precisamente ahora, que no podéis entrar, es cuando tenéis que ir.
—Yo no me voy —dijo Arai.
Elena la miró sin pestañear.
—Sí te vas.
—No quiero irme por si pasa algo.
Bruno soltó el aire por la nariz y negó con la cabeza.
—Eso mismo llevo diciéndole yo desde esta noche, pero no me ha hecho ni caso. A ver si contigo tengo más suerte.
Néstor se mantuvo callado, pero asintió desde la silla.
Elena dio un paso hacia su hija.
—Arai, llevas demasiadas horas aquí. Tienes dos niños en casa, no te has duchado, no has comido nada decente desde ayer y no podéis entrar a verlos ahora mismo. Te vas, ves a tus hijos, respiras un poco y vuelves.
Arai apretó la boca.
—No quiero moverme de aquí.
—Ya lo sé —dijo Elena, bajando un poco la voz—. Pero una cosa es lo que quieres y otra lo que toca.
Néstor asintió.
—Es lo más sensato.
—Además, Nicolás puede quedarse y, cuando nosotros regresemos, puede irse él al hotel a dejar la maleta, ducharse, cambiarse y descansar un rato.
Arai me miró entonces a mí.
—¿Te importa quedarte?
—No.
La respuesta me salió tan rápida que casi me sorprendió a mí mismo. Ahí fue donde Arai cerró los ojos un segundo y bajó por fin la guardia.
—Vale —murmuró.
Elena recogió la bolsa.
—Pues ya está.
Arai seguía sin moverse.
—No me voy tranquila, Bruno. Si pasa algo…
—Si pasa algo, vuelves —dijo Bruno.
Yo me levanté de la silla.
—Vete tranquila. Si hay cualquier cambio, os llamo.
Me sostuvo la mirada un segundo y luego asintió despacio.
—Vale.
Entre unas cosas y otras, tardaron un rato en irse. Cuando por fin desaparecieron por el pasillo, aquello se quedó raro de golpe. Más vacío.
Y yo, por primera vez desde que había llegado, completamente solo.
Miré la sala de espera un momento. Ya no quedaba nadie conocido a la vista. Solo el ruido del hospital y yo en medio.
No tardó mucho en salir una enfermera para decirme que podía entrar cinco minutos a ver a Aday.
Asentí y fui detrás de ella sin decir nada.
La habitación seguía igual. Aday también. Dormido, pequeño en aquella cama demasiado grande, con los cables, el respirador y esa mano fuera de la sábana que ya casi me parecía normal ver.
Me senté a su lado.
—Parece que de momento no salgo mal parado —murmuré.
No sabía si tenía sentido decirle aquello, pero ya me estaba acostumbrando a hablarle sin esperar nada a cambio.
Le rocé la mano con cuidado.
—Tu madre me mataría si supiera que te cuento estas cosas antes que a ella.
El monitor siguió sonando igual. Yo seguía igual de cansado, pero ya no me sentía tan fuera de sitio como la primera vez.
—Se han ido todos a casa un rato. A ducharse, a ver a tus primos, a comer algo como personas normales. Yo me quedo aquí. Por si te sirve de algo saberlo.
Tragué saliva.
—Y por si te lo estás preguntando, sí, todo sigue siendo un desastre. Pero bueno. Tampoco parece que eso sea una novedad.
No se movió, claro. Tampoco lo esperaba.
Me quedé un rato más en silencio, con la mano cerca de la suya, hasta que la enfermera volvió a abrir la puerta y me hizo un gesto.
—Tenemos que dejarlo descansar.
Asentí.
—Sí.
Me levanté despacio y lo miré una última vez antes de salir.
En el pasillo me estaba esperando la pediatra.
—Señor Morelli.
Me giré hacia ella.
—Sí.
—Puede pasar un momento a ver a Yaiza. Acaban de terminar una revisión y ahora está tranquila.
Durante un segundo no dije nada.
No porque no quisiera ir, sino porque llevaba toda la mañana pendiente de Aday, de las pruebas, del médico, de la policía, de Bruno, de Arai, de todo… y la idea de volver a verla me cayó de golpe.
—Vale —dije al final.
La doctora señaló el pasillo.
—Solo unos minutos.
Asentí y eché a andar hacia la UCI con la sensación de que esta vez no iba a entrar igual que la anterior.
Esta vez no iba a entrar en una habitación cualquiera. Iba a entrar donde seguía esperándome todo lo que había dejado mal siete años atrás.