Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 6
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Capítulo 6

Nicolás

La noche siguió avanzando como avanzan las noches en un hospital. Ya no había discusiones ni médicos entrando y saliendo cada cinco minutos. Solo quedaba esperar, y cuando no puedes hacer nada más, acabas pensando de más.

Antonio seguía sentado con las manos entrelazadas, mirándose los nudillos como si pudiera sacar algo en claro de ellos.

Arai estaba apoyada en la pared, con los brazos cruzados y la cara de quien lleva demasiadas horas aguantando.

Bruno iba y venía un par de pasos, miraba el móvil, se lo guardaba y volvía a empezar.

Yo me había quedado de pie junto a la máquina de café, con un vaso en la mano, porque todavía no sabía muy bien qué hacer conmigo allí.

La pediatra tardó un rato en salir. Cuando por fin apareció por el pasillo, los cuatro nos levantamos a la vez.

—De momento sigue estable —dijo antes de que nadie preguntara nada—. Las próximas horas siguen siendo importantes, pero ahora mismo no ha habido ningún empeoramiento.

Nadie se relajó del todo, pero al menos aquello no sonó a caída libre.

—¿Y las pruebas? —pregunté.

La doctora Aguilar me miró.

—Ya están en marcha. Algunas nos las darán antes y otras tardarán más. En cuanto tengamos algo útil, se lo diremos.

Asentí.

No sabía qué hacer con una frase así. Dar las gracias sonaba corto. Preguntar más, inútil. Así que me limité a hacerme a un lado cuando ella siguió su camino.

Arai fue la primera en sentarse otra vez. Lo hizo despacio, como si por fin le pesara todo el cuerpo. Bruno no tardó ni dos segundos en tomar la decisión que, seguramente, llevaba rumiando un rato.

—Papá, vete a casa a descansar.

Antonio levantó la cabeza de golpe.

—Ni hablar.

—Sí te vas. —Bruno no alzó la voz, pero tampoco dejó margen—. Aquí ahora mismo no puedes hacer nada. Los niños siguen con Clara y no podemos dejarlos toda la noche allí. Y alguien tiene que estar en casa hasta que lleguen los padres de Arai.

Arai levantó la vista hacia él.

—Bruno…

—No. —Se giró hacia ella—. Llevamos horas aquí los cuatro y esto ya no va de estar amontonados en un pasillo para sentir que hacemos más. Mi padre no está para pasar la noche en una silla de plástico, y Dídac y Lola tienen que despertarse en su casa, no con una vecina que bastante está haciendo ya.

Antonio soltó el aire despacio, molesto.

—Puedo recoger a los niños y volver.

—No —dijo Bruno—. Te vas a casa, te quedas con ellos y cuando lleguen los padres de Arai ya vemos.

Yo miré a Arai.

—¿Vienen ya?

Ella asintió.

—Han cogido el primer vuelo en el que había plazas desde Tenerife. Mi madre escribió hace un rato. Llegan a media mañana, si no se retrasa.

Aquello me colocó varias cosas de golpe: Dídac y Lola con la vecina, Bruno en el hospital con la cabeza partida en dos, Arai sin moverse de allí porque Yaiza y Aday estaban dentro, y Antonio queriendo estar en todas partes a la vez.

—Entonces me quedo yo —dije, mirando a Bruno—. Si hace falta algo, te llamo.

Bruno me sostuvo la mirada al instante.

—Ya me iba a quedar yo igual.

—No he dicho que te vayas tú también.

Arai negó con la cabeza muy despacio, demasiado cansada para discutirnos de verdad.

—Antonio tiene que irse. Tú no.

Antonio se puso en pie con esfuerzo.

—No me hace gracia dejaros aquí.

—Ni a mí mandarte —respondió Bruno—, pero alguien tiene que pensar con la cabeza y ahora mismo me ha tocado a mí.

Eso sí consiguió que a Arai se le escapara una exhalación breve, algo a medio camino entre el cansancio y la resignación.

Antonio se puso la chaqueta de mala gana. Antes de irse, se detuvo delante de mí.

—No te vayas.

La frase me jodió.

—No pensaba hacerlo.

Asintió una vez, como si con eso bastara, y luego miró a Arai.

Le dio un beso en la frente. A Bruno le apretó el hombro.

Después se marchó por el pasillo con esa forma de andar suya que siempre había parecido más firme de lo que le correspondía a su edad, aunque aquella noche ya se le notaba el cansancio.

Nos quedamos los tres en silencio un momento.

—He hablado con Clara y me ha dicho que los niños han cenado bien, que han protestado un poco por los pijamas que les metí en la mochila, pero que al final se los han puesto y ya están acostados. Si no fuera porque estoy aquí, la abrazaría.

—Pues mañana la abrazas —dijo Bruno—. Y le compras una cesta gigante o lo que haga falta.

Arai apoyó la cabeza un segundo contra la pared.

—Lola ha preguntado por Yaiza.

La frase hizo que todo se recolocara otra vez.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Bruno.

—Que estaba en el hospital con Aday y que estábamos con ellos.

Bruno asintió.

—Bien.

—No sé si bien —replicó ella—. Tiene seis años, Bruno. Algo sabe que pasa.

Él se pasó una mano por la barba.

—Y mañana sabrá algo más, pero no esta noche. Esta noche lo único que necesita es despertarse en su cama y ver una cara conocida.

Luego me miró.

—Por eso Antonio tenía que irse.

No dije nada. No hacía falta. Tenía razón.

Arai dejó el móvil sobre la silla de al lado y cerró los ojos un instante.

—Mis padres están nerviosos perdidos. Mi madre me ha mandado ocho mensajes y cuatro audios.

—Eso significa que todavía no ha llegado al aeropuerto —dijo Bruno.

—Eso significa que quiere subirse al avión y pilotarlo ella si hace falta.

Me apoyé en la pared de enfrente.

—¿Ellos saben todo?

Arai abrió los ojos y me miró.

—¿Sobre Aday? Claro. ¿Sobre ti? También.

Asentí despacio.

No me sorprendió, pero oírlo tampoco me sentó bien.

—Desde hace tiempo —añadió ella—. No con detalle al principio, pero sí sabían lo importante.

—Perfecto.

La palabra me salió sola, con más cansancio que sarcasmo.

Arai no me la devolvió. Solo me miró un segundo antes de apartar la vista.

—Mis padres no te odian, Nico.

—Qué alivio.

—No he dicho eso para que te pongas borde.

—No me estoy poniendo borde. Estoy intentando llevar lo de descubrir, en menos de una noche, que media gente sabía algo que a mí me ha caído encima hace unas horas.

Bruno se incorporó un poco.

—No media gente.

Lo miré.

—No me mejores el dato, por favor.

Esta vez sí se le escapó una risa corta, sin humor.

—No te lo mejoro. Solo te digo que tampoco conviertas esto en una romería de gente informada porque no fue así.

Arai se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.

—Mis padres lo supieron porque me conocen. Mi madre me oyó una noche por teléfono, yo me puse a llorar cuando colgué y no me dejó escaparme de la pregunta. Ya está. No hubo conspiración internacional.

No respondí. No porque no la creyera, sino porque estaba demasiado cansado para pelearme también con los matices.

Pasó un rato sin que ninguno hablara. Bruno bajó a por café de verdad y volvió con tres vasos y una botella de agua. Dejé que el vaso me calentara las manos aunque no tenía claro si de verdad quería beberlo.

—¿Tus padres se quedarán unos días? —pregunté al cabo.

—Los que hagan falta —respondió Arai—. Mi madre ya ha decidido instalarse y mi padre fingirá que no quería venir, pero en cuanto vea a los niños, se le pasará.

Bruno dejó escapar el aire por la nariz.

—Se le pasará hasta que tu madre empiece a reorganizarnos la cocina.

—Eso lo da por hecho cualquiera que la conozca.

Hubo algo raro en ese intercambio. Algo casi normal.

No alegre, no ligero, pero sí normal. Y precisamente por eso dolió un poco más.

Porque me dejó muy claro que, incluso en mitad del desastre, ellos seguían teniendo una vida compartida, una red, unas costumbres, una familia que sabía cómo moverse.

Yo, en cambio, acababa de caer allí desde fuera, con una maleta que todavía no había dejado en el hotel y seis años de retraso.

No sé si Arai me leyó la cara o si simplemente ya estaba demasiado acostumbrada a adivinar silencios ajenos, pero al cabo de un momento levantó la vista del vaso de café y me sostuvo la mirada un segundo.

—Menos mal de tus padres y de Antonio —dije al final.

Arai frunció apenas el ceño.

Me pasé una mano por la boca antes de seguir.

—Sé por Bruno que los padres de Yaiza ya no están. Lo sabía. Pero nunca pregunté cómo fue de verdad. Cómo lo llevó ella.

Arai bajó la vista otra vez al café.

—Mal —dijo, sin adornarlo nada—. Lo llevó mal.

Nadie dijo nada durante un segundo.

—Lo de su madre fue muy duro —continuó—. El cáncer la pilló aquí, en Barcelona, con Aday todavía muy pequeño. Al principio iba y venía como podía, hasta que ya no pudo seguir haciéndolo así.

»Al final tuvo que pedir una excedencia para estar allí de verdad, para acompañarla en los últimos meses y para intentar llegar a todo.

Me quedé mirándola sin decir nada.

—Y cuando todavía no se había hecho a la idea de que su madre ya no estaba, a su padre el corazón le dijo que ya había vivido suficiente. Nueve meses después. Así, sin más.

Solté el aire despacio.

—Joder.

Arai asintió muy despacio.

—Sí. Ahí se quedó completamente huérfana. Y con Aday tan pequeño que ni siquiera podía permitirse venirse abajo del todo, aunque por dentro estuviera destrozada.

Miré el café sin probarlo.

Ahora sí encajaban muchas cosas. Más de las que me apetecía reconocer a esas horas.

—Mis padres y Antonio hicieron lo que pudieron para que Aday no sintiera tanto ese vacío —añadió Arai—. Y también para que Yaiza no lo sintiera así de golpe, aunque eso no se tapa de verdad con nada.

Bruno, que hasta entonces había estado callado, habló sin moverse de la pared.

—Ahí fue cuando todo se estrechó más.

Levanté la vista hacia él.

—¿Más?

—Más de lo que ya estaba —dijo Arai, cansada—. Yaiza y yo siempre habíamos sido familia, pero después de aquello todavía más. Y Bruno también. No porque de repente se volviera íntimo de ella, sino porque estaba allí.

»Porque estaba conmigo y porque, cuando la vida le explota a alguien que quieres, ya no te preguntas mucho qué sitio te toca. Simplemente lo ocupas.

No respondí enseguida.

Porque eso también dolía.

Dolía entender que yo no había desaparecido solo de la vida de una mujer a la que no supe querer bien. También había desaparecido de la vida de una mujer que, después, perdió a sus padres, crio sola a un niño y se sostuvo con la gente que tenía cerca.

Me pasé una mano por la cara.

—Y yo, mientras tanto, en Milán.

No era una pregunta ni un reproche. Solo una verdad de esas que preferías no escuchar en voz alta.

Arai levantó la vista.

—Sí.

No hubo crueldad ni consuelo, solo verdad. Y quizá por eso me jodió más.

Bruno miró la hora en el móvil.

—Como mucho, en una hora amanece. En cuanto lleguen tus padres, vienes conmigo a casa, te duchas, comes algo, ves a los niños y vuelves.

Arai negó incluso antes de que terminara.

—No me quiero ir.

—Arai…

—He dicho que no me voy a mover de aquí.

Bruno se pasó una mano por la nuca, cansado.

—No puedes seguir aquí así.

—Y tampoco puedo irme.

Bruno abrió la boca, pero la cerró otra vez. Se notaba que no tenía fuerzas para empezar otra discusión más a esas horas.

Al final, soltó el aire despacio.

—Lo hablamos cuando lleguen.

Arai no respondió. Se quedó con la vista fija en el vaso de café, como si con eso bastara para no seguir por ahí.

Bruno me miró a mí.

—Tú te quedas.

—Ya sé.

—No te lo estaba consultando.

—Y yo no te lo estaba discutiendo.

Esa vez sí me hizo un amago de sonrisa. Pequeño. Cansado. Pero estaba ahí.

Una enfermera salió poco después para decirnos que, si queríamos, uno de nosotros podía volver a entrar cinco minutos a ver a Aday. Arai y Bruno me miraron a la vez, y no hizo falta hablarlo.

Entré solo.

La habitación seguía igual que hacía media hora y, al mismo tiempo, ya no se parecía a la primera vez que lo vi. Aday seguía siendo el mismo niño sedado, con el respirador marcándole el ritmo y la mano pequeña fuera de la sábana. Pero yo ya no estaba igual.

Me acerqué a la cama y me senté en la silla de antes.

No le dije nada al principio. Tampoco tenía claro que hubiera que llenar todos los silencios.

Me limité a quedarme allí, mirándolo.

Seguía sin saber qué le gustaba de verdad, si dormía de un lado o de otro, si tenía rabietas absurdas o paciencia de santo, si se mareaba en el coche o si lloraba cuando se caía. No sabía nada útil, pero estar allí, sentado junto a su cama, ya no me resultaba ajeno.

Le rocé la mano con los dedos.

—Tus abuelos canarios están viniendo —murmuré—. No sé si eso te da igual o si significa que dentro de nada todo el mundo va a hablar más alto y va a discutir por desayunos, pero te lo aviso para que no te pille de sorpresa.

No sabía si aquello era hablarle a él o sostenerme yo, pero seguramente eran las dos cosas.

Miré su cara.

—Antonio se ha ido a casa con Dídac y Lola. Tu padrino, que tiene bastante peor humor del que aparenta, lo ha mandado por puro sentido común. Eso también te lo cuento por si algún día quieres saber quién mandaba aquí esta noche.

El monitor siguió sonando igual.

Yo seguí allí.

—No sé cómo se hace esto —reconocí al cabo de un momento—. Lo de llegar tan tarde, digo. Lo de sentarse aquí y hacer como que uno puede ponerse al día de golpe, porque supongo que no se puede.

Tragué saliva.

—Pero no me voy a ir.

La frase me salió sin pensarlo demasiado. Y quizá por eso sonó más real que todo lo demás.

No me iba a ir.

No porque fuera heroico. No porque me redimiera de nada. No porque con eso se arreglara una sola de las cosas que llevaba mal hechas. Me iba a quedar porque cualquier otra opción, a esas alturas, ya no tenía sentido.

Le apreté la mano muy poco, lo justo para notar el calor.

—Así que tú aguanta. Lo demás ya veremos cómo lo hacemos.

La enfermera volvió antes de que pudiera decir nada más. Me indicó con un gesto suave que se había terminado el tiempo.

Salí al pasillo y encontré a Bruno igual que lo había dejado, pero con Arai medio dormida contra su hombro. Tenía los ojos cerrados y la respiración más lenta, como si por fin el cuerpo le hubiera pasado factura.

—¿Todo igual? —preguntó Bruno en voz baja.

—Sí.

Me senté a su lado.

Durante un momento nos quedamos los dos mirando al frente, sin más.

—Cuando lleguen mis suegros —dijo al cabo—, esto se va a llenar un poco.

—Ya.

—Y no quiero que te largues justo entonces.

Lo miré de lado.

—No pensaba hacerlo.

Bruno asintió una sola vez.

No fue gran cosa. No arreglaba nada ni cambiaba nada de golpe. Solo fue un gesto, pero bastó.

Porque por primera vez desde que había aterrizado en Barcelona, los dos sabíamos lo mismo: yo me iba a quedar, y esta vez no hacía falta que nadie me empujara.