Capítulo 5
Nicolás
La pediatra apareció unos minutos después de que el neurólogo se marchara. Venía con una carpeta en la mano, una coleta tirante y esa cara cansada de la gente que lleva demasiadas horas peleando por otros.
—¿Familiares de Aday Santana? —preguntó.
Arai se puso en pie primero. Bruno y Antonio lo hicieron detrás. Yo tardé medio segundo más, no por lentitud, sino porque seguía sin asimilar la pregunta. «Familiares de Aday Santana». Hacía menos de una hora, no sabía ni que existía y, de pronto, yo formaba parte de la frase.
—Sí —respondió Arai.
La doctora nos miró a los cuatro antes de detenerse en mí.
—¿Usted es el padre biológico?
Asentí.
—Sí. Nicolás Morelli.
—Soy la doctora Aguilar, de pediatría intensiva. Necesito hablar con ustedes y, después, hacerle unas pruebas a usted cuanto antes.
Sentí a Bruno a mi lado sin necesidad de mirarlo.
Nos apartamos unos pasos hasta una zona algo más tranquila del pasillo. Tranquila dentro de lo que puede ser un hospital a esas horas, con puertas automáticas abriéndose y cerrándose, carros pasando y gente intentando no pelearse con la máquina de café.
La doctora abrió la carpeta.
—Aday sigue estable dentro de la gravedad. Ha respondido a la cirugía mejor de lo que temíamos al principio, pero durante la intervención vimos que el daño hepático era más serio de lo que habían mostrado las primeras pruebas.
Nadie dijo nada.
Arai tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que parecía contenerse a sí misma. Antonio había vuelto a quitarse las gafas. Y Bruno miraba a la doctora con esa quietud suya que solo aparecía cuando estaba haciendo un esfuerzo serio por no interrumpir.
—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó Arai.
La doctora no se anduvo por las ramas.
—Que ahora mismo estamos haciendo todo lo posible por estabilizarlo y ver cómo responde en las próximas horas, pero no podemos permitirnos esperar a que la situación empeore para movernos. Necesitamos adelantarnos.
Noté cómo se me tensaba la mandíbula.
—¿Adelantarse a qué?
Ella volvió la vista hacia mí.
—A la posibilidad de que necesitemos actuar con mucha rapidez si el hígado no responde como esperamos. Por eso necesitamos hacerle ya a usted las pruebas de compatibilidad.
Durante un segundo nadie habló. Yo tampoco. No me habían hecho venir solo para decirme quién era Aday. Me habían hecho venir porque podía hacer falta.
—¿Y la madre? —preguntó Antonio, con la voz gastada.
La doctora negó con la cabeza.
—Con el estado en el que está ahora mismo, no podemos contar con ella.
Miré al suelo un instante y luego volví a levantar la vista.
—¿Qué pruebas?
—Analítica completa, grupo, compatibilidad y otras determinaciones urgentes. Cuanto antes las tengamos, mejor.
—¿Eso significa que van a intervenir ya?
—No necesariamente —respondió con calma—. Significa que no podemos perder tiempo si la evolución obliga a hacerlo.
Asentí sin estar seguro de haber procesado nada más allá de la idea principal: podían necesitarme para salvarle la vida a un niño al que acababa de descubrir.
—De acuerdo —dije.
La doctora cerró la carpeta.
—Primero le sacarán sangre. Después, si todo está tranquilo, podrá pasar a verlo unos minutos.
Arai giró la cara hacia mí.
—Nicolás…
No terminó la frase. No hacía falta.
Una enfermera vino a buscarme casi al momento. Me llevó a una pequeña sala de extracciones donde todo olía a desinfectante. Me senté, me remangué sin que me lo pidieran y dejé el brazo sobre la camilla. La mujer preparó el material con movimientos rápidos y mecánicos.
—Puede que necesitemos repetir alguna muestra más tarde —dijo—, pero de momento con esto nos vale.
Asentí.
No era aprensión lo que sentía. Tampoco miedo a la aguja. Era otra cosa. Una especie de extrañeza brutal. La de estar sentado en una sala blanca de hospital dejando que me sacaran sangre para un hijo del que no sabía nada unas horas antes.
La aguja entró sin que apartara la vista.
Pensé en Yaiza. En si habría dormido tranquila una sola noche durante aquellos seis años; en si había mirado alguna vez a Aday y había pensado en llamarme; en cuántas veces Arai le habría dicho que debía hacerlo y en cuántas veces Yaiza se habría quedado callada igual.
Cuando terminó, la enfermera me colocó un algodón y me indicó que apretara.
—Listo —dijo.
Casi me reí. No estaba listo para nada.
Al salir, Bruno seguía esperándome en el pasillo. Arai hablaba con la pediatra y Antonio estaba sentado un poco más allá, inclinado hacia delante, con las manos entrelazadas.
—¿Ya? —preguntó Bruno.
—Sí.
Asintió, sin saber seguramente qué más decir.
—¿Puedo verle? —pregunté.
Bruno miró a la doctora y luego a mí.
—Te van a dejar entrar un momento.
No añadió nada más, pero tampoco hacía falta. Su forma de apartarse un poco ya era una manera de decírmelo todo.
La enfermera me llevó hasta la zona de pediatría intensiva.
El cambio de planta se notaba incluso en el silencio.
Allí todo parecía más pequeño, más frágil y más injusto.
Los dibujos infantiles pegados en una pared, las puertas con vinilos de colores, algún globo medio deshinchado en un rincón.
Cosas pensadas para suavizar un sitio que no podía suavizarse de verdad.
Se detuvo ante una habitación acristalada.
—Solo unos minutos.
Asentí y entré.
Lo primero que pensé al verlo fue que aquella cama le venía enorme. También las máquinas, los cables y todo lo que lo rodeaba.
Aday estaba tumbado bocarriba, con la cara un poco ladeada.
Tenía el pelo revuelto, la cara algo hinchada y los labios secos.
Una de las manos descansaba fuera de la sábana, con una vía y una tirita mal puesta en un dedo.
El monitor iba marcando un ritmo constante y el respirador hacía su trabajo, pero a mí aquello no me calmó lo más mínimo.
Me quedé quieto a los pies de la cama un segundo, no porque no quisiera acercarme, sino porque necesitaba asumir que aquello era real. Aday era mi hijo, y esta vez la idea entró peor, pero más hondo.
Me acerqué despacio, rodeando la cama hasta quedarme a su lado.
Y entonces entendí lo que Bruno había querido decir antes.
No era un parecido claro ni una de esas cosas que se ven a la primera.
Era algo más pequeño y más difícil de explicar: la forma de la boca, un gesto apenas marcado incluso dormido, una impresión que no habría sabido explicarle a nadie, pero que a mí me bastó.
Tenía algo mío.
Se me cerró la garganta.
—Hola —dije, y mi propia voz me sonó ajena.
No sabía cómo hablarle. No porque no supiera tratar con niños, sino porque no tenía ni idea de cómo se le habla a un hijo que acabas de descubrir y que ni siquiera sabes si puede oírte.
Me limité a quedarme allí, mirando su cara, la venda, la mano pequeña y el pelo revuelto contra la almohada.
A su lado, todo lo demás cambió de sitio.
La rabia seguía ahí, igual que la herida, la traición, la culpa y todas las preguntas, pero por encima de todo eso había aparecido otra cosa mucho más simple y bastante más difícil de manejar.
No quería que le pasara nada más.
No sabía qué le gustaba, si era de dinosaurios o de coches, si comía fatal o dormía mal, si lloraba poco o se enfadaba mucho, si se parecía a Yaiza cuando se le cruzaban los cables o si tenía más paciencia que los dos juntos.
No sabía nada de él y, aun así, lo único que tenía claro era que no quería que le pasara nada.
Alargué la mano despacio y le rocé los dedos. Estaban tibios.
—Soy Nicolás —murmuré.
Tragué saliva.
—No sé si esto se dice así o no, ni si sirve de algo decírtelo ahora, pero soy tu padre.
No pasó nada. Solo el sonido del respirador, el pitido regular del monitor y mi mano sobre la suya.
Me acerqué un poco más.
—Llego tarde. Ya lo sé.
Casi sonreí, pero se quedó en nada.
—Tarde de cojones, de hecho.
Seguí sujetándole la mano con cuidado.
—No sé nada de ti. Ni qué te gusta, ni qué odias, ni si te pareces más a tu madre o a mí cuando te enfadas. No sé si eres de hablar mucho o de callarte las cosas. No sé si te cuesta dormir, si te mareas en el coche o si tienes miedo a la oscuridad. No sé nada.
Miré la mano pequeña entre las mías.
—Pero esto sí lo sé: tienes que ponerte bien.
La frase me salió más firme de lo que esperaba.
—Así que haz el favor de ayudarnos un poco.
Apenas fue un roce. Un movimiento mínimo en los dedos, tan pequeño que no tuve claro si lo había visto de verdad o si mi cabeza se estaba agarrando a cualquier cosa para no venirse abajo.
Me quedé quieto.
—¿Aday?
No volvió a moverse. Esperé unos segundos más, pero no pasó nada.
Solté el aire despacio. Seguramente habría sido un reflejo, una respuesta involuntaria, cualquier explicación médica razonable de esas que a uno no le sirven para nada cuando necesita creer en otra cosa.
No le solté la mano.
La puerta se abrió a mi espalda y Arai asomó la cabeza con cuidado.
—¿Puedo pasar?
Asentí sin girarme del todo.
Entró despacio y se quedó al otro lado de la cama. Miró a Aday, luego a mí y después otra vez a él.
—Le gustan los dinosaurios —dijo en voz baja—. Y los puzles. Y dice que de mayor quiere ser un poco de todo.
La miré de reojo.
—Eso no suena mal.
—Hace dos semanas quería ser paleontólogo, bombero y veterinario al mismo tiempo.
A pesar de todo, la imagen fue tan clara que casi dolió más. Un niño pequeño, empeñado en ser tres cosas a la vez, corrigiendo a un adulto con esa seguridad insoportable que solo tienen los críos.
Volví a mirar a Aday.
—Le pega.
Arai tragó saliva.
—Sí.
Hubo un silencio corto.
—Se llama Aday porque a Yaiza le gustaba cómo sonaba —añadió—. Y porque le recordaba un poco a mí, aunque nunca lo dijo así.
Esa vez no la miré, porque no hacía falta.
Me bastó con volver a sentir que hasta el nombre del niño pertenecía a una historia de la que yo no había formado parte.
—Le queda bien —dije.
Arai apoyó una mano en la barandilla de la cama.
—Nunca quiso llenarle la cabeza con cosas a medias.
La miré entonces.
—¿Qué sabe de mí?
Arai tardó un segundo en responder.
—Sabe que existe alguien. Poco más.
Esperé.
—Yaiza no quería inventarse una historia ni cargarlo con una versión que solo fuera suya —siguió—. Solo le dijo que a veces las personas no saben hacer bien las cosas, aunque eso no signifique que no importen.
La frase me dio donde tenía que darme.
—Eso suena mejor de lo que merezco.
Arai desvió la vista hacia Aday.
—Yaiza estaba muy enfadada contigo, pero nunca hizo de ti un monstruo.
No respondí, porque no sabía si aquello me aliviaba o me hundía un poco más.
La doctora Aguilar apareció en la puerta al cabo de unos minutos.
—Tenemos que dejarlo descansar.
Asentí enseguida.
—Claro.
Le solté la mano con cuidado y me incorporé despacio. Antes de salir, lo miré una última vez.
Ya no era solo el niño del accidente ni la prueba de todo lo que me habían ocultado. Era alguien concreto, con una voz que yo todavía no conocía, con gustos que ignoraba, con un nombre elegido sin mí y con una vida que, por muy tarde que llegara yo, ya estaba unida a la mía.
Cuando salí al pasillo, Bruno estaba esperándome fuera.
—¿Qué tal? —preguntó.
Lo miré un segundo y luego volví la vista a la puerta.
—Como una mierda.
Bruno asintió despacio.
—Ya.
Me pasé una mano por la nuca.
—Se parece a ella.
—Sí.
—Pero tiene algo mío.
Bruno no dijo nada. No le hizo falta.
Nos quedamos los dos mirando la puerta cerrada un momento.
—No sé qué hago ahora —dije al final.
Bruno se metió las manos en los bolsillos.
—De momento, quedarte.
Esa vez no me salió discutirle, porque por primera vez en toda la noche no sonaba a obligación ni a castigo, sino a lo único que tenía sentido.