Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Me giré y apoyé una mano en la pared, intentando ordenar imágenes que no había vivido pero que ya casi podía ver: Arai acompañando a Yaiza a las revisiones, Antonio montando una cuna o peleándose con una bolsa de tornillos, Bruno cargando muebles o subiendo cajas sin hacer preguntas de más.

Todos ocupando un sitio en una historia de la que a mí me habían dejado fuera por completo.

Cerré los ojos un momento, pero no me sirvió de gran cosa.

—¿Cómo es?

—Se parece a Yaiza.

—Eso no me dice mucho.

—Claro que te dice.

Bruno se metió las manos en los bolsillos.

—Es espabilado. Muy observador. Habla poco al principio, pero cuando coge confianza, te desmonta una conversación en dos frases. Tiene bastante carácter y… tiene algo tuyo.

—¿El qué?

—Eso es más difícil de explicar.

Nos quedamos callados un momento.

Al otro lado del pasillo se oyó una puerta abrirse y cerrarse. Pasó un celador con una silla de ruedas vacía y la máquina de café soltó un zumbido. El hospital seguía funcionando igual, como si lo nuestro no tuviera derecho a parar nada.

—¿Yaiza me odiaba? —pregunté al final.

La pregunta me salió más cansada que orgullosa, y quizá por eso Bruno no intentó esquivarla.

—Durante un tiempo, sí.

Asentí muy despacio.

No dolió tanto como debería, probablemente porque resultaba lógico.

—¿Y después?

Bruno me sostuvo la mirada.

—Después hizo lo que tenía que hacer para seguir adelante.

No pregunté más. No hacía falta.

Ya sabía lo que significaba eso: trabajar, criar, tirar, no mirar demasiado atrás, apoyarse en Arai, levantar una vida con lo que hubiera, aunque no fuera lo que había imaginado.

Una vida donde yo no estaba.

—¿Sabe algo de que me habéis llamado? —pregunté.

—No. Cuando pasó el accidente, Yaiza ya no podía decir nada.

—Y si despierta…

Bruno completó la frase por mí.

—Se enterará de que lo sabes.

Solté el aire despacio.

—Me va a matar.

—No creo que tenga fuerzas para eso de momento.

Lo miré.

—No tiene gracia.

—No lo pretendía.

Lo dijo tan serio que, por un momento, casi me hizo gracia de verdad. Casi.

Volvimos hacia donde estaban Arai y Antonio sin decir nada más. Cuando nos sentamos, yo ya notaba el cansancio de verdad, no el físico del viaje, sino el otro, ese que te cae encima cuando ya no puedes seguir sujetándolo todo con rabia.

No sé qué cara llevaba yo, pero Arai la leyó enseguida.

—¿Estás bien?

La pregunta era tan absurda en aquel contexto que ni siquiera me molesté en fingir.

—No.

Arai asintió, como si no esperara otra cosa.

Aday. Yaiza en coma. Bruno sabiéndolo desde hacía años. Arai también. Y yo allí, en medio de todo, sin saber si había llegado para reparar algo o solo para descubrir hasta qué punto ya era tarde.

Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse y esta vez sí apareció un médico con cara de llevar demasiadas horas despierto. Miró el papel que llevaba en la mano y después a nosotros.

—¿Familiares de Yaiza Santana?

Nos pusimos en pie casi al mismo tiempo.

—Sí —respondió Arai.

El médico asintió.

—Soy el doctor Ferrer, de neurocirugía. La situación sigue siendo delicada, pero dentro de lo esperado dadas las circunstancias.

La inflamación cerebral sigue presente y por eso vamos a mantener la sedación al menos durante las próximas horas.

Necesitamos tiempo para ver cómo evoluciona antes de tomar más decisiones.

Arai respiró hondo.

—¿Y la pierna?

—La fractura era compleja. Traumatología la ha estabilizado quirúrgicamente, pero requerirá seguimiento estrecho, más intervenciones si fueran necesarias y rehabilitación larga. Ahora mismo la prioridad sigue siendo neurológica.

Asentimos todos como si supiéramos procesar de verdad lo que estaba diciendo.

El médico bajó la vista al papel y añadió:

—En cuanto al menor, pediatría intensiva hablará con ustedes enseguida.

Durante la intervención han visto que el daño hepático es más grave de lo que parecía al principio.

Ahora mismo lo están estabilizando y haciendo todo lo posible, pero necesitan adelantarse a determinados escenarios si la evolución no es la que esperan.

Arai frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El médico bajó un momento la vista al papel antes de contestar.

—Que necesitan estudiar ya la compatibilidad del padre biológico. Si el hígado no responde como esperan, no pueden permitirse perder tiempo después.

Durante un segundo nadie dijo nada. Arai cerró los ojos, Antonio dejó escapar el aire y Bruno ni se movió.

Y el médico, que no tenía por qué saber nada de nuestra mierda, levantó la vista al ver que nadie respondía.

Miré a Bruno apenas un segundo y luego volví la cara hacia el doctor.

—Ya lo han localizado.

Mi propia voz me sonó extraña, más grave, más seca y más cansada. El médico asintió con naturalidad.

—Bien. Entonces, pediatría les explicará enseguida los siguientes pasos.

Se marchó después de responder dos preguntas más de Arai sobre la sedación de Yaiza, pero yo apenas escuché el resto. Me había quedado enganchado a una frase muy simple, dicha con la naturalidad burocrática de quien no sabe que está partiendo una vida por la mitad.

El padre biológico.

Así me había llamado. Ni padre, ni papá, ni siquiera Nicolás. Solo eso: un dato clínico dentro de una historia a la que yo había llegado seis años tarde.

Me dejé caer otra vez en la silla y me quedé mirando al frente. Arai se sentó despacio a mi lado, sin decir nada; Bruno siguió de pie y Antonio volvió a frotarse la cara con una mano cansada.

Y yo entendí que la próxima vez que se abriera una puerta, ya no iba a salir una verdad. Iba a salir un niño cuya vida también podía depender de mí.