Capítulo 4
Nicolás
Arai tardó poco más de un minuto en salir de la UCI, pero yo habría jurado que pasó bastante más tiempo. Llevaba la cara peor que antes, si eso era posible, y los ojos demasiado brillantes para alguien que estaba haciendo un esfuerzo tan claro para no echarse a llorar allí mismo.
Bruno se acercó a ella primero.
—¿Igual?
Arai asintió.
—Sí.
La respuesta cayó en medio del pasillo con esa inutilidad tan propia de los hospitales. Igual no quería decir bien, ni estable del todo, ni fuera de peligro. Solo quería decir que, de momento, el suelo seguía moviéndose al mismo ritmo.
Arai se secó rápido bajo un ojo y me miró por fin de frente.
—Puedes pasar —dijo.
No respondí enseguida. Llevaba desde que aterrizó el avión imaginando ese momento y, sin embargo, cuando llegó, mi cuerpo no pareció tener ninguna prisa.
La enfermera se asomó desde la puerta.
—Solo un minuto.
Asentí. Dejé la chaqueta en la silla, aunque ya me la había quitado hacía rato, y me acerqué con esa sensación rara de estar caminando hacia algo que no sabía cómo mirar sin que me estallara en la cara.
La UCI olía a desinfectante, a plástico y a medicamentos. Había máquinas a ambos lados, monitores, respiradores y personal moviéndose con esa rapidez silenciosa que solo existe en los hospitales.
La cama de Yaiza estaba casi al fondo y la reconocí antes de llegar.
Tenía el pelo apartado de la cara, un apósito cerca de la sien, la piel más pálida de lo que recordaba y demasiados cables alrededor. La pierna izquierda estaba elevada e inmovilizada, vendada desde más arriba de la rodilla, y no hacía falta ser médico para entender que aquello había sido serio.
Me detuve a un lado de la cama y tardé un par de segundos en atreverme a mirarla de verdad.
Tenía los labios secos, la respiración marcada por la máquina y la cara completamente quieta. Creo que eso fue lo que peor llevé, porque Yaiza nunca había sido una mujer quieta del todo, ni siquiera dormida.
Pero allí no. Allí solo estaba tumbada, sedada, ajena.
La enfermera se quedó a una distancia prudente, vigilando sin mirar demasiado, y yo agradecí que nadie esperara de mí ninguna reacción concreta.
No toqué la cama al principio. Tampoco a ella.
Me limité a quedarme de pie, mirando una cara que conocía de memoria y que, aun así, esa noche se me hacía extraña.
—Hola —dije al final, en voz baja.
Era una estupidez. Ya lo sabía. No iba a contestarme ni a abrir los ojos. No iba a soltarme una de las suyas ni a decirme que estaba exagerando. Y, aun así, fue lo único que se me ocurrió.
Tragué saliva.
—Menuda forma de volver a verte.
Tampoco era brillante, pero al menos sonaba a mí.
Miré la pierna otra vez y luego aparté la vista. No por asco, sino porque costaba verla así, tan quieta y tan rota.
Recordé que Bruno me había dicho: «Fractura abierta. Mala pinta. Seguimiento estrecho».
Me fijé en las manos. La derecha tenía una vía y en la izquierda se veía una rozadura pequeña, cerca de los nudillos.
No sé por qué, pero fue eso lo que más me tocó.
Ni las máquinas ni la venda en la cabeza.
Esa tontería. Una herida mínima en una mano que yo había visto moverse mil veces al hablar, al discutir o al apartarse el pelo de la cara.
Se me escapó el aire despacio.
—No sé ni por dónde empezar —murmuré.
Y era verdad.
No sabía si empezar por el accidente, por el niño, por los siete años o por la rabia. Aday. Mi hijo. La palabra seguía sin asentarse del todo. Volvía una y otra vez, pero no terminaba de encontrar un sitio limpio donde encajar.
Miré otra vez a Yaiza.
—Me dejaste fuera. Todos lo hicisteis.
Me acerqué un poco más a la cama y, esta vez sí, le rocé la mano con dos dedos. Estaba tibia. Eso me descolocó más de lo esperable. Supongo que una parte absurda de mí la había imaginado más lejos, incluso físicamente, como si el coma y las máquinas la hubieran convertido en otra cosa.
No. Seguía siendo ella. Ahí estaba el problema.
—No sé qué hiciste conmigo, Santana —dije casi sin voz—, pero desde luego no se va con los años.
La enfermera se acercó un paso.
—Tenemos que ir terminando.
Asentí sin soltarle la mano todavía.
—Claro.
La solté enseguida, como si me hubieran pillado haciendo algo que no me correspondía.
Antes de salir, la miré una última vez.
Quise pensar algo claro. Algo útil. Algo del estilo aguanta, despierta o no me hagas esto. Pero la cabeza me seguía funcionando a golpes, así que al final solo salió lo más honesto que tenía:
—Más te vale abrir los ojos.
Cuando salí al pasillo, Bruno levantó la vista el primero. Arai estaba sentada junto a Antonio y tenía el móvil entre las manos, aunque no parecía estar mirando nada. Los tres me miraron como se mira a alguien que acaba de cruzar una puerta detrás de la que puede haber cambiado cualquier cosa.
No había cambiado nada.
Y, sin embargo, yo salí distinto.
—¿Qué te ha dicho el médico? —pregunté.
Bruno frunció el ceño.
—Aún no ha salido.
—Entonces necesito hablar contigo.
Arai levantó la vista.
—Nicolás…
—A solas.
No lo dije mal, pero tampoco bien.
Bruno entendió enseguida. Miró a Arai, luego a Antonio y asintió hacia el final del pasillo.
—Vamos.
Caminamos en silencio hasta una zona más apartada, cerca de unas máquinas de café y una sala de espera casi vacía. Allí la luz era igual de fea, pero al menos no teníamos a nadie a un metro de distancia fingiendo que no escuchaba.
Me giré hacia él antes de que pudiera decir nada.
—¿Cómo has podido callártelo?
Bruno no respondió enseguida.
—No fue tan simple.
—No me jodas con eso. Sabías que tenía un hijo y no me dijiste nada.
—Yaiza decidió seguir adelante sin ti y Arai decidió ponerse a su lado.
—Y tú decidiste lo mismo.
Bruno apretó la mandíbula.
—Yo decidí no pasar por encima de mi mujer ni de Yaiza en algo que no me correspondía a mí contar.
Me reí una vez, sin humor.
—Claro. Qué cómodo.
—¿Tú crees que fue cómodo?
—Sí.
—¿Quieres que te diga lo cómodo que fue ver cómo ibas y venías de Barcelona sin enterarte de nada?
¿Lo cómodo que fue aguantar a Arai rota durante el embarazo, a Yaiza cagada de miedo y a Antonio intentando ayudar sin meterse donde no le llamaban?
¿Lo cómodo que fue saber que, hiciera lo que hiciera, alguien iba a salir herido?
—Yo ya he salido herido, por si no te habías dado cuenta.
—Y Yaiza también.
—No estamos comparando daños.
—No, Nicolás. Tú estás repartiendo culpas como si hubieras llegado limpio hasta aquí.
La frase me hizo apretar los dientes.
—No estoy limpio. Pero tampoco soy el único que se ha equivocado.
—Eso ya lo sé.
—Pues no lo parece.
Bruno respiró hondo antes de continuar.
—Te fuiste.
—Sí, me fui.
—Le dejaste claro que no querías ataduras.
—No sabía que estaba embarazada.
—Ya lo sé. Pero cuando Yaiza se enteró, ya tenía demasiado claro quién eras tú en aquel momento.
Abrí la boca, pero no me dejó.
—Y no me mires así, porque lo sabes. Sabes perfectamente cómo estabas entonces.
Eso me hizo callar un segundo.
No porque me diera la razón en todo, ni de lejos, sino porque había una parte de verdad ahí dentro que me jodía reconocer.
—Aun así tenía que habérmelo dicho.
—Puede.
La respuesta me dejó descolocado.
—¿Puede?
—Sí, puede. Y quizá debió hacerlo. Pero una cosa no borra la otra.
Lo miré sin entender del todo, pero Bruno no me apartó la mirada.
—Que Yaiza se equivocara callándoselo no convierte en mentira el miedo con el que tomó esa decisión.
Esa frase me jodió porque era razonable. Y cuando uno está rabioso, lo razonable molesta más que cualquier ataque directo.
Me pasé la mano por la boca, intentando ordenar algo.
—¿Le viste nacer?
Bruno tardó un segundo en responder.
—No entré al paritorio. Estaba fuera, con Antonio. Arai sí estuvo dentro con Yaiza.
Tragué saliva.
—Pero estuviste allí.
—Sí.
—¿Y después?
Bruno se pasó una mano por la barba antes de contestar.
—Antes y después, como tocaba. Ayudando en lo que hacía falta. Con la habitación, con cosas de la casa, con Arai yendo y viniendo con ella, con Antonio intentando llegar a todo… lo que se pudo.
Lo miré sin decir nada.
—Yaiza no era mi amiga, Nico. No de la forma en que lo era de Arai. Pero es importante para ella, y con eso me bastó.
Bajé la vista un segundo.
—¿Y Arai?
—Arai intentó convencerla muchas veces de que debía contártelo. Al principio, más. Después entendió por qué Yaiza no daba el paso.
—¿Y lo aceptó así, sin más?
—No fue sin más. Discutieron por eso más de una vez. Pero al final hizo lo que cualquier amiga habría hecho: estar a su lado, no dejarla sola y aceptar una decisión que no compartía del todo, pero que entendía.
No respondí.
—Arai no lo llevó bien, Nico —añadió Bruno—. No fue una cosa de «perfecto, pues ya está». Lo pasó mal. Porque te quiere, porque eres importante para mí y porque sabía que, tarde o temprano, esto te iba a caer encima de una forma o de otra.
»Pero Yaiza era la que estaba embarazada, la que tenía miedo y la que iba a comerse sola todo lo que viniera después. Y Arai no iba a soltarle la mano ahí.
Me pasé una mano por la cara.
—Joder.
Bruno sostuvo la mirada.
—No te lo cuento para que lo entiendas todo de golpe ni para que te parezca bien. Te lo cuento porque, si vas a enfadarte con alguien, al menos hazlo sabiendo dónde estaba cada uno.
Esta vez no contesté.
No era solo que me hubieran ocultado una verdad. Era todo lo que venía con ella: las revisiones, el miedo, la habitación preparada, el parto, el nombre elegido, la primera vez que lo cogieron en brazos.
—Hay algo más. Arai y yo somos los padrinos de Aday.
—Perfecto.
Eso sí me dejó quieto.
Porque de pronto ya no estaba pensando solo en un secreto, sino en un niño que había crecido con un sitio hecho para todos ellos. Para Arai. Para Bruno. Para Antonio. Y ni una sola esquina para mí.
—Todos estuvisteis allí.
—Sí.
Esta vez no intentó suavizarlo, y quizá por eso dolió más.