Capítulo 3
Nicolás
—¿Qué coño pasa? —repetí, sin apartar los ojos de Bruno.
No me respondió enseguida. A esas alturas empezaba a odiar sus silencios más que cualquier palabra mal dicha.
Arai seguía pálida, con una mano en el cuello y la otra agarrada al bolso como si necesitara sujetarse a algo.
Antonio tenía la mirada clavada en el suelo, agotado o avergonzado; no sabía cuál de las dos cosas pesaba más.
Bruno dio un paso hacia mí.
—Nico, vamos a salir un momento.
Solté una risa seca.
—No pienso moverme de aquí hasta que alguien me diga de una vez qué está pasando.
—Te lo voy a decir.
—Pues dilo.
Arai cerró los ojos un segundo, como si ya supiera que ese momento no tenía forma buena de ocurrir.
El pasillo seguía igual que hacía cinco minutos y que hacía media hora.
Una máquina pitó al fondo, una camilla cruzó por la otra ala de urgencias y una enfermera pasó con prisa, sin mirarnos siquiera.
Todo seguía funcionando como si nada, pero yo tenía la sensación de que algo se estaba cerrando alrededor de nosotros.
Bruno metió las manos en los bolsillos y volvió a sacarlas enseguida. Un gesto suyo, de los de siempre cuando estaba nervioso. De cuando estaba intentando ordenar por dentro algo que se le escapaba.
—Aday está grave —dijo Bruno.
—Eso ya lo he entendido. Lo que no entiendo es qué coño pinto yo aquí.
Bruno tardó un segundo en responder.
—Todavía no ha hablado ningún médico con nosotros —dijo Bruno—, pero por lo que nos dijeron, había más daños de los que se vieron en las primeras pruebas y necesitaban que hubiera aquí algún familiar directo que no fuese Yaiza. Con el estado en el que ella está, no es viable.
Lo miré sin entender nada.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Bruno apretó la mandíbula.
—Nos dijeron que tenía que venir el padre biológico cuanto antes.
Sentí que algo se me cerraba por dentro.
—Pero sigo sin entender qué hago aquí.
Bruno tragó saliva.
—Nico, Aday tiene seis años.
—Eso ya lo has dicho.
—Y es hijo de Yaiza.
—Eso también lo he entendido.
Bruno me sostuvo la mirada.
—Y tú eres su padre biológico. Por eso estás aquí.
Sentí el golpe en el pecho y me quedé un par de segundos sin saber qué hacer ni qué decir.
Miré a Bruno, después a Arai y luego otra vez a Bruno, como si alguno de los dos fuera a decirme que había entendido mal.
—No.
La palabra me salió sola. Ni siquiera como respuesta. Más bien como reflejo.
Bruno no se movió.
—Sí.
Negué con la cabeza antes de darme cuenta de que lo estaba haciendo.
—No.
—Nicolás… —Empezó Arai.
Me giré hacia ella.
—No.
Esa vez sonó peor, más alta y más rota. Un hombre que pasaba por el pasillo nos miró de reojo y siguió de largo. Me dio exactamente igual. Volví a mirar a Bruno.
—No.
—Sé que es mucho de golpe.
—No me hables como si me estuvieras dando una mala noticia de trabajo.
—No sé de qué otra forma hacerlo.
—Pues empieza por decirme que te has vuelto loco.
Bruno apretó la mandíbula.
—No me he vuelto loco.
—Entonces dime que te estás equivocando.
—No.
Arai se puso en pie.
—Nicolás, escucha…
—¿Qué quieres que escuche? —Me volví hacia ella tan deprisa que retrocedió medio paso—. ¿Que Yaiza tuvo un hijo mío y nadie me dijo nada? ¿Eso quieres que escuche?
Noté las manos heladas, aunque me estaba ardiendo la nuca.
No sabía dónde mirar ni qué hacer con el cuerpo.
Me quité la mano del bolsillo, me la pasé por la cara, volví a meterla.
Todo me resultaba extraño. El hospital, ellos, la luz, la palabra «tuyo» todavía flotando en algún sitio entre Bruno y yo.
—No puede ser —dije, esta vez más bajo.
Y lo peor fue que, en cuanto lo dije, una parte de mí supo que sí podía ser. Seis años, siete desde Milán, Yaiza, la última época… Todo empezó a encajarme en la cabeza de una forma que me revolvió el estómago.
Me senté de golpe en la silla más cercana porque noté que, si no lo hacía, iba a acabar en el suelo de la forma más ridícula posible. Apoyé los antebrazos en las piernas y me quedé mirando al suelo, como si las baldosas fueran a ofrecerme una explicación mejor que la que acababa de escuchar.
—No puede ser —repetí.
Pero ya no sonó a negación, sino a puro vértigo. Bruno no se sentó; se quedó delante de mí, quieto.
—Sí puede —dijo—. Y es.
Levanté la cabeza despacio.
—¿Desde cuándo lo sabéis?
Arai cerró los ojos, y Bruno tardó un segundo de más en responder.
—Desde el principio.
Me puse en pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.
—¿Cómo que desde el principio?
—Nico…
—¿Cómo que desde el principio?
No estaba gritando todavía, pero me faltaba poco. La gente ya sí empezaba a mirar. Me importó tan poco como todo lo demás.
Arai dio un paso hacia mí.
—Yaiza se enteró poco después de que te fueras.
Esa frase me golpeó de otra manera. No había sido años después, cuando ya no quedara nada entre nosotros, sino poco después de que me fuera.
—Y no me lo dijo.
No era una pregunta. Ni siquiera un reproche todavía. Solo una verdad dicha en voz alta para comprobar si por lo menos así se ordenaba.
—No —respondió Arai.
La miré.
Tenía la cara agotada, los ojos hinchados y el miedo metido en la voz. El miedo de quien sabe que hizo daño incluso cuando estaba intentando sostener a otra persona.
—¿Y tú sí lo sabías?
No contestó enseguida, y con eso me bastó. Me reí otra vez, pero sin humor.
—Joder, Arai.
—Era su decisión.
—No, era mi hijo.
Lo dije sin pensarlo y la frase se quedó suspendida entre nosotros con una violencia nueva. Porque hasta ese instante yo no había usado esa palabra. Hijo. No, de verdad. No aplicada a mí. No metida en una frase que me incluyera.
Bruno dio otro paso.
—Baja la voz.
Me giré hacia él.
—No me digas que baje la voz. No me digas nada de eso. Lleváis seis años sabiendo que tengo un hijo y me lo estáis diciendo ahora, en un pasillo de hospital, porque una enfermera ha mencionado a un familiar directo y ya no os quedaba otra.
Antonio se levantó despacio.
—Nicolás…
—No, Antonio. No ahora.
El hombre calló, pero el gesto le envejeció todavía más.
Volví a mirar a Bruno.
—Tú. Tú lo sabías.
Bruno no apartó la cara.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo tardaste en enterarte?
—Poco.
—¿Poco cuánto?
—Lo suficiente.
—No me jodas, Bruno.
Di un paso hacia él.
—Eras tú.
Mi voz salió más rota que alta. Casi peor.
—Se suponía que eras tú.
Bruno se pasó una mano por la barba y mantuvo la vista en mí.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Ahora sí estaba levantando la voz. Ya me daba igual que media planta pudiera oírnos.
—No tienes ni puta idea de lo que significa esto.
—Claro que la tengo.
—No, porque tú sí has estado ahí.
Arai tragó saliva y Bruno apretó la mandíbula.
—Tú sí has sabido que existía —seguí—. Tú sí has podido verlo crecer. Tú sí has llegado a su cumpleaños, a sus caídas, a sus fiebres, a sus primeros días de colegio. Tú sí estabas. Y yo no sabía ni que había un niño al que mirar.
Nadie dijo nada.
La rabia era lo único que me sostenía en ese momento, pero por debajo ya empezaba a notar el golpe de verdad. Cada palabra me confirmaba que aquello no era una confusión ni una locura mía. Era real.
Me giré hacia Arai.
—Tú también.
—Sí —respondió ella, con la voz quebrada—. Yo también.
—Y no me dijiste nada.
—No podía.
—Podías marcar un número.
—No era mi verdad que contar.
—Pero sí era mi vida.
Arai cerró los ojos, como si necesitara soportar la frase antes de contestar.
—Era la vida de Yaiza también.
—Claro que lo era.
—Y estaba sola.
—Yo no sabía que estaba sola.
—Porque te habías ido.
Lo dijo en voz baja, sin rabia y casi con cansancio, pero me cayó como una bofetada. Me quedé mirándola unos segundos, no porque no entendiera lo que quería decir, sino precisamente porque lo entendí demasiado bien.
Sí, me había ido. Sí, había dejado claras muchas cosas antes de hacerlo. Sí, me había montado una salida lo bastante limpia como para no pensar demasiado en lo que dejaba detrás.
Y aun así…
—Eso no le daba derecho a callárselo.
La voz me salió más cansada. Arai negó con la cabeza muy despacio antes de responder.
—No estoy diciendo que lo tuviera. Estoy diciendo que, cuando se enteró, estaba aterrada, sola y convencida de que si te lo decía, ibas a quedarte por obligación o a marcharte de todas formas, pero sabiendo que la habías roto un poco más.
—No puedes saber eso.
—Sí puedo. Porque estaba allí.
Ahí fue donde me golpeó de verdad. No por la frase sobre Yaiza ni por cómo la estaba defendiendo, sino por esas tres palabras: porque estaba allí.
Ella había estado. Bruno también. Antonio, seguramente, a su manera.
Todos habían formado parte de una vida a la que yo no había llegado ni por error. Me pasé una mano por el pelo e intenté respirar, pero no lo conseguí del todo.
—¿Cómo se llama completo?
Bruno frunció el ceño, como si no esperara la pregunta.
—¿Qué?
—El nombre. Completo.
—Aday Santana.
Asentí una vez. Hasta ese momento, Aday no había terminado de asentarse en mi cabeza como alguien real. Había sido el niño, un crío en pediatría intensiva, pero de pronto tenía nombre y apellido: Aday Santana. Un nombre muy de Yaiza. Un apellido también.
Y me jodió darme cuenta de que, en mitad de todo aquello, una parte de mí se quedaba clavada en lo que faltaba. Porque el niño estaba grave, Yaiza seguía en coma y, aun así, yo estaba pensando en que no había ni rastro de Morelli.
—¿Él lo sabe? —pregunté.
Arai negó con la cabeza.
—No.
—¿Sabe algo?
—Que no tiene padre —respondió, y enseguida corrigió—. Quiero decir… sabe que no está. Que no forma parte de su vida.
Me reí, pero aquello sonó ya directamente a derrota.
—Qué bien.
Bruno dio un paso hacia mí.
—Nico.
—No me llames así ahora.
—Escúchame.
—No, escúchame tú. —Lo señalé con el dedo, harto, agotado, con ganas de romper algo y sabiendo que lo único que realmente podía romper ya estaba roto desde hacía años—. Me has dejado venir hasta aquí sin decirme que tengo un hijo.
»Me has mirado a la cara durante años sabiendo que existía. Has dejado que vaya y venga de Barcelona como un idiota, comiendo con vosotros, viendo crecer a tus hijos, preguntando por Yaiza de vez en cuando sin preguntar de verdad, y no me has dicho nada. Así que no me pidas ahora calma.
Bruno encajó el golpe sin moverse.
—No te la pido.
—Pues no sé qué coño me pides.
—Que no conviertas esto en una guerra en mitad del hospital.
Lo miré incrédulo.
—¿Eso te preocupa ahora?
—Me preocupa Yaiza. Me preocupa el niño. Y me preocupa que en diez minutos salga un médico y nos diga algo que cambie toda esta conversación para siempre. Así que sí, me preocupa que pierdas el control en un pasillo y que después no haya marcha atrás.
Abrí la boca para responderle, pero en ese momento salió una enfermera por la puerta de la UCI. Miró a Arai primero y luego al resto.
—¿Familiares de Yaiza Santana?
Nadie se movió durante un segundo.
Yo me quedé quieto porque, de pronto, no tenía ni idea de quién era exactamente dentro de aquella frase. Ni de Yaiza. Ni de Aday. Ni de mí mismo.
Fue Arai quien reaccionó.
—Sí, díganos.
La mujer sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Pueden pasar a verla de uno en uno durante un minuto. Sigue sedada y sin cambios importantes, pero el doctor hablará con ustedes después.
Arai asintió con rapidez.
—Voy yo primero.
Nadie discutió que entrara ella primero. La enfermera ya se había girado cuando yo hablé.
—Y el niño.
La mujer se volvió hacia mí.
—¿Perdón?
Noté las tres miradas encima antes de seguir.
—Aday. ¿Cómo está?
La enfermera repasó la carpeta.
—De momento estable dentro de la gravedad. El equipo de pediatría sigue valorando pruebas y necesidades de apoyo familiar. En cuanto tengan una decisión, informarán.
Apoyo familiar.
Otra vez.
Y ya no hizo falta que nadie tradujera nada.
La enfermera desapareció por la puerta y yo me quedé quieto, con una idea empezando a encajarme de la peor manera posible: no solo tenía un hijo, sino que era muy probable que me hubieran llamado porque, por primera vez en seis años, yo podía hacer falta de verdad.
No sabía qué me jodía más: haberme enterado así o pensar que, si el accidente no hubiera ocurrido, habría seguido en Milán sin saber nada. Arai pasó junto a mí para entrar a ver a Yaiza, pero antes de cruzar la puerta se detuvo y me miró solo de lado.
—No queríamos hacerte daño.
Tardé un segundo en contestar.
—Pues os ha salido de puta madre.
No dijo nada. Entró en la UCI y la puerta volvió a cerrarse.
Bruno seguía frente a mí y Antonio había vuelto a sentarse, derrotado. Yo, en cambio, empecé a entender por primera vez desde que salí de Milán que lo peor no era asumir que Aday existía, sino llegar tarde a una verdad con la que todos los demás ya habían aprendido a convivir.