Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 2
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Capítulo 2

Nicolás

Cogí un taxi nada más salir de la terminal y le di al conductor la dirección del hospital sin molestarme en levantar la vista del móvil.

Bruno no había vuelto a escribir. Tampoco Arai.

Ni una llamada, ni un mensaje, ni una actualización de última hora que me permitiera agarrarme a algo más concreto que aquel vacío mal explicado con el que llevaba horas tragando.

El conductor me preguntó si quería poner la radio y le dije que no.

Después se hizo uno de esos silencios torpes que a veces se dan con los taxistas cuando notan que uno no está para conversación, pero tampoco tiene cara de querer parecer antipático.

Me vino bien. No tenía energía para sostener una cortesía mínima ni ganas de fingir que mi cabeza seguía funcionando de una forma medio razonable.

Barcelona pasó al otro lado de la ventanilla con una familiaridad extraña.

Había vuelto otras veces en aquellos siete años, claro.

Algún fin de semana para ver a Bruno y Arai, comidas rápidas con Antonio, visitas cortas después del nacimiento de Dídac y Lola, incluso alguna escapada de trabajo que resolvía en el día para no dar margen a nada más.

Lo justo. Siempre lo justo. Nunca me había quedado lo suficiente como para toparme con lugares o personas que no quisiera remover.

Aquella noche no iba a tener esa suerte.

Me di cuenta al bajar del taxi, cuando levanté la vista hacia la fachada del Hospital Clínic y sentí una punzada seca en el estómago.

No era miedo todavía, o no solo miedo. Era esa sensación desagradable de llegar a un sitio sabiendo que algo te espera dentro y que, en cuanto cruces la puerta, ya no vas a poder seguir fingiendo que no va contigo.

Pagué, cogí la maleta y entré.

Los hospitales tienen algo humillante en la forma en que borran las diferencias.

Da igual que vengas de cerrar un proyecto millonario, de una cena con vistas o de un despacho en Milán lleno de mármol italiano.

En cuanto pisas urgencias, todo se reduce a lo mismo: caras cansadas, sillas incómodas, luces demasiado blancas y gente intentando no derrumbarse mientras mira una puerta cerrada.

Bruno estaba al fondo del pasillo, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y la espalda tan rígida que parecía sostenerse por pura fuerza de voluntad.

Llevaba la barba algo más larga de lo habitual y esa expresión cerrada que le salía cuando estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar que nada se le escapara por la cara.

Arai estaba sentada unos metros más allá, inclinada hacia delante, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que se le habían puesto blancos los nudillos.

Antonio ocupaba la silla de al lado. Tenía la cabeza baja, las gafas en una mano y un agotamiento en la postura que me hizo verlo, por primera vez en mucho tiempo, de verdad mayor.

Bruno fue el primero en verme.

No sonrió. No dio un paso rápido. No intentó disfrazar nada.

Solo se apartó de la pared y vino hacia mí.

—¿Cómo está? —pregunté antes siquiera de saludarlo.

Bruno se detuvo delante de mí y me dio un abrazo breve, duro, de esos que no se dan por afecto, sino porque uno necesita comprobar que el otro está allí de verdad. Se apartó enseguida.

—Igual.

—Bruno «igual» no me dice nada.

—Sigue inconsciente.

Lo sostuvo con la misma sobriedad con la que habría hablado de una obra retrasada, pero a él se le notaba el cansancio en los ojos. Mucho. Demasiado.

—¿Y la pierna? —pregunté, acordándome de lo poco que me había dicho por teléfono—. ¿Qué tiene exactamente?

—Una fractura abierta bastante complicada. La operaron nada más llegar.

Tragué saliva.

—¿Y la cabeza?

Bruno se pasó la mano por la nuca antes de contestar.

—Traumatismo craneal fuerte. El golpe le ha provocado bastante inflamación y los médicos decidieron sedarla para controlar mejor todo eso. Están esperando a ver cómo responde.

Asentí, aunque no había nada que realmente pudiera hacer con aquella información.

Arai levantó la cabeza al oírnos y se puso de pie. Tenía los ojos hinchados, la cara lavada y el pelo recogido de cualquier manera, como si llevara demasiadas horas olvidándose de sí misma. En dos pasos estuvo delante de mí y me abrazó sin decir nada.

La abracé de vuelta.

Olía a hospital, a cansancio y a ese perfume suave que solía usar cuando no pensaba salir de casa. Me apretó fuerte un segundo y luego se apartó, llevándose una mano a la boca como si quisiera contener algo.

—Hola —dijo al final, y la voz le salió ronca.

—Hola.

No se me ocurrió nada mejor. Supongo que a esas alturas da igual la inteligencia emocional que uno crea tener: hay momentos en los que solo puede sonar torpe.

Antonio se levantó también y me dio una palmada breve en el brazo, como si todavía quisiera seguir siendo el hombre templado de siempre, aunque aquella noche le temblara todo por dentro.

—Gracias por venir, hijo.

—No tenías ni que decirlo.

No era del todo verdad. Bruno sí había tenido que decirlo. Había tenido que llamarme y arrancarme de Milán con una urgencia que todavía no terminaba de encajar en mi cabeza. Aun así, entendí lo que Antonio quería decir y no lo corregí.

Miré alrededor, buscando algo concreto que ni siquiera sabía nombrar.

—¿Dónde está?

Arai tardó un segundo en responder.

—En la UCI.

Eso ya lo imaginaba. Lo que no entendía era por qué la forma de decirlo me dejó con la sensación de que seguíamos hablando a medias.

—Quiero verla.

Bruno asintió.

—Podrás entrar un momento, pero ahora mismo el médico está con ella. Están controlando cómo responde a la sedación y repasando la pierna otra vez.

—¿La pierna otra vez?

—Tiene mala pinta, Nico.

La frase me cayó peor de lo esperado.

No porque no lo supiera ya, sino porque escucharla allí, con ellos delante y aquel pasillo de fondo, convertía todo en algo más feo y real.

Me pasé una mano por la cara.

—Joder.

Nadie dijo nada. No hacía falta.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre una silla. Luego dejé también la maleta a un lado, porque de repente me resultó absurda, casi ofensiva, con su asa limpia y sus ruedas perfectas en mitad de aquel pasillo lleno de espera.

—¿Cómo ha sido? —pregunté—. El accidente.

Arai volvió a sentarse antes de contestar.

—No lo sabemos todo todavía. Iban por una carretera de salida, ya casi de noche. Por lo que nos ha dicho la policía, un coche se saltó parte del carril en una curva y la embistió de lado.

—¿Iban?

Ahí fue donde empecé a notar que algo no encajaba. Bruno y Arai se miraron un instante, apenas un gesto, pero suficiente para que entendiera que aquella palabra no había sido casual.

—Bruno —dije.

Él no apartó la vista de mí.

—Había un niño en el coche.

Sentí que se me endurecía la mandíbula.

—¿Qué niño?

La pregunta salió más brusca de lo que pretendía, pero a esas alturas ya me daba igual parecer borde.

Había cogido un vuelo en menos de una hora, me había cruzado media Europa sin saber a qué me estaban trayendo exactamente y seguía teniendo la sensación de que alguien estaba colocando las frases con pinzas para no dejarme ver la imagen completa.

Arai bajó la vista.

Fue Bruno quien respondió.

—Aday.

No me sonaba, así que negué con la cabeza.

—No sé quién es.

La frase quedó flotando un instante y, por primera vez desde que había llegado, sentí que algo se movía de verdad entre nosotros. No en el aire, sino en ellos. En la forma en que Antonio apretó la montura de las gafas. En cómo Arai se quedó muy quieta. En cómo Bruno respiró hondo antes de hablar.

—Es el hijo de Yaiza —dijo.

Miré a Bruno, luego a Arai y luego otra vez a Bruno.

El hijo de Yaiza.

Durante un segundo pensé que había entendido mal, que el cansancio me estaba jugando una mala pasada o que faltaba una parte de la frase que mi cerebro no había terminado de colocar.

—¿Qué? —pregunté al final.

—Tiene seis años —añadió Bruno.

Seis años.

La edad no llegó de golpe. Primero fue una cifra suelta. Después se enganchó a otra cosa. A una fecha. A un tiempo concreto. A una etapa de mi vida que no había vuelto a tocar ni con un palo.

Seis años.

Me quedé mirándolo sin decir nada, porque en ese momento no sabía todavía qué estaba intentando encajar, pero sí notaba con claridad que algo dentro de mí acababa de ponerse en marcha.

—Está en pediatría intensiva —dijo Arai en voz baja—. Tiene lesiones internas, varias costillas fracturadas y una hemorragia que les preocupaba mucho cuando llegó.

La miré.

—¿Y me habéis traído hasta aquí sin decírmelo?

—Nicolás… —Empezó ella.

—No —la corté, sin subir la voz, que casi fue peor—. No me digas «Nicolás» como si eso explicara algo. Me has dejado subir a un avión sin decirme que Yaiza tiene un hijo de seis años y que también está entre la vida y la muerte.

Arai cerró los ojos un segundo.

Bruno se colocó entre los dos sin llegar a tocarme, pero lo bastante cerca como para dejar claro que estaba intentando contener la situación antes de que explotara del todo.

—No te lo he dicho porque bastante tenías con venir —respondió él—. Y porque esto ya era una mierda sin necesidad de sumarle más cosas por teléfono.

—Pues te ha salido regular.

—Lo sé.

Lo dijo tan cansado que, por un momento, me desarmó más de lo que me calmó.

Miré a Antonio.

—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?

—Desde ayer por la tarde —contestó él—. Arai estaba con ella en cuanto la localizaron y Bruno llegó poco después.

—¿Arai estaba con ella?

—No, la llamaron a ella porque era el contacto de emergencia —aclaró Bruno—. Yaiza la tenía puesta a ella.

Eso sí me cuadró. Más que nada porque, aunque hubieran pasado años, algunas cosas seguían siendo evidentes. Si a alguien iba a llamar Yaiza en medio de una crisis, era a Arai.

El problema era que, cuanto más encajaba una pieza, más evidente se hacía que había otras que nadie me estaba enseñando todavía.

Me senté por fin en la silla más cercana porque noté que llevaba demasiado rato de pie con toda la tensión subida a la nuca.

—¿Cómo está el niño? —pregunté, y la frase me salió rara. El niño. No, Aday. El niño.

Bruno se apoyó en la pared de enfrente.

—Estable dentro de la gravedad. Lo operaron también. Las próximas horas siguen siendo importantes, pero parece que ha aguantado mejor de lo que esperaban.

Asentí despacio.

Quise preguntar algo más. No sabía qué.

¿Quién era el padre?

¿Por qué nadie me había dicho nunca que Yaiza tenía un hijo?

¿Cómo coño no me había enterado?

¿En qué momento aquella parte de su vida había empezado y crecido sin que me rozara siquiera?

Pero no formulé ninguna de esas preguntas. Todavía no. Porque había algo en la cara de Bruno que me dejó claro que seguíamos bordeando un precipicio y que, si daba un paso más, íbamos a caer todos.

Una enfermera salió entonces por la puerta del fondo y se acercó con una carpeta en la mano. Bruno fue el primero en ponerse en pie.

—¿Familiares de Yaiza Santana?

Nos levantamos todos a la vez.

—Sí —dijo Arai.

La mujer repasó el papel.

—El neurocirujano hablará con ustedes en unos minutos.

De momento sigue estable y sin cambios significativos.

La pierna está controlada tras la cirugía, pero va a necesitar seguimiento estrecho.

En cuanto al niño, han pedido repetir unas pruebas y es posible que necesiten contactar con un familiar directo si el equipo lo considera necesario.

Noté cómo Bruno y Arai se tensaban al mismo tiempo, mientras Antonio bajaba la vista. Yo, en cambio, me quedé clavado en una sola expresión: familiar directo .

—¿Para qué? —pregunté.

La enfermera me miró con esa mezcla de prudencia y distancia que tienen los sanitarios cuando llevan demasiadas horas dando malas noticias.

—Eso se lo explicará mejor el pediatra. Están valorando varias opciones según cómo evolucione esta noche.

Varias opciones.

La puerta volvió a cerrarse detrás de ella y el silencio que dejó fue peor que el anterior.

Miré a Bruno. Después a Arai.

—¿Qué opciones?

Nadie contestó enseguida. Arai se llevó una mano al cuello, Bruno se quedó quieto y Antonio volvió a sentarse despacio. Y entonces empecé a entenderlo. No de golpe, no del todo, pero sí lo suficiente como para que se me revolviera el estómago. Seis años. Un niño. Yaiza. Un familiar directo.

Miré a Bruno sin apartar los ojos de los suyos.

—¿Qué coño pasa?

Bruno dio un paso hacia mí.

—Nico, siéntate.

—No me digas que me siente.

—Siéntate, por favor.

—Bruno.

No levanté la voz. No hizo falta. Bruno y yo nos conocíamos demasiado para eso. Él tragó saliva. Arai se había puesto blanca y Antonio seguía con la vista clavada en el suelo.

Y, por primera vez desde que había entrado en aquel hospital, tuve claro que el miedo con el que Bruno me había llamado no era solo por Yaiza. Había algo más, algo que me tocaba de lleno y que todos ellos parecían saber mientras yo seguía sin atreverme a ponerle nombre.