Demasiado personal, señor Morelli
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Capítulo 1
Nicolás
Eran las seis y media de la tarde, y yo seguía en el despacho, con un plano abierto sobre la mesa, tres llamadas perdidas de mi padre y un cliente empeñado en colocar una bañera frente a un ventanal como si enseñar el culo a medio Milán formara parte del concepto de lujo.
—No —dije, sin levantar la vista del diseño—. Ahí no va.
Martina, mi secretaria, suspiró desde la puerta con la tableta pegada al pecho y esa paciencia de mujer inteligente que llevaba años evitando que yo asesinara presupuestos, proveedores o clientes con demasiado dinero y muy poco sentido práctico.
—El señor Bellini dice que quiere despertarse viendo la ciudad.
—Puede verla desde la cama.
—Dice que desde la bañera le parece más íntimo.
Alcé la mirada.
—Martina, si colocamos la bañera ahí, lo íntimo va a ser un evento comunitario.
Ella apretó los labios, pero no consiguió esconder del todo la sonrisa.
—Se lo diré con otras palabras.
—Por eso eres imprescindible.
Se marchó negando con la cabeza, y yo volví al plano con la absurda esperanza de que las líneas rectas consiguieran ordenarme algo por dentro.
Llevaba todo el día así, saltando de una decisión a otra con una eficacia que cualquiera habría confundido con control.
Era fácil engañar a la gente cuando uno tenía un traje bien cortado, una agenda llena y una empresa familiar detrás que llevaba el apellido Morelli escrito en la puerta con letras sobrias, caras y perfectamente iluminadas.
Lo complicado era engañarse a uno mismo, aunque, con práctica, también se conseguía. Estaba a punto de volver al plano cuando el móvil vibró sobre la mesa.
Miré la pantalla esperando encontrar otro mensaje de mi padre, que tenía la bonita costumbre de considerar que una pregunta era urgente solo porque se le había ocurrido a él. Pero no era mi padre.
Era Bruno.
Y algo en mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Bruno no llamaba porque sí. No a esa hora.
No dos veces seguidas. Desde hacía años, nuestra amistad se sostenía en una mezcla de confianza antigua, mensajes escuetos y la certeza de que cualquiera de los dos podía aparecer cuando el otro lo necesitara, aunque ninguno fuera especialmente bueno pidiéndolo.
El móvil dejó de vibrar y, durante un instante, me quedé mirándolo sin moverme. Cuando volvió a sonar, contesté.
—Montalbán —dije, apoyándome en el respaldo de la silla—. Espero que sea importante. Estoy intentando salvar un edificio de una bañera exhibicionista.
No hubo risa, ni una exhalación breve, ni una de esas respuestas secas con las que Bruno solía dejar claro que estaba sonriendo sin concederte el placer de oírselo. Al otro lado solo hubo silencio, y eso me hizo incorporarme despacio.
—Bruno.
—Nico.
Mi nombre sonó raro en su boca. Cansado. Como si hubiera tenido que empujarlo desde un sitio al que no quería mirar.
Me puse en pie.
—¿Qué ha pasado?
Al otro lado escuché ruido. Voces, pasos, algo metálico, un pitido lejano que me tensó la espalda antes incluso de identificarlo.
Un hospital.
—Necesito que vengas a Barcelona —dijo.
No preguntó si podía, no me explicó nada y ni siquiera intentó suavizarlo.
Bruno no hacía eso.
—¿Por qué?
Hubo una pausa tan larga que me tensó la mandíbula.
—Ha habido un accidente.
La mano se me cerró alrededor del móvil.
—¿Quién?
No contestó enseguida.
Y yo, que llevaba años ganándome la vida leyendo espacios antes de que se construyeran, entendí el silencio como se entiende una grieta en una pared: no hacía falta tocarla para saber que algo cedía por debajo.
—Bruno, ¿quién?
—Yaiza.
El nombre me golpeó en el centro del pecho.
Me quedé quieto, con el móvil pegado a la oreja y el nombre de Yaiza golpeándome donde no esperaba. Habían pasado siete años desde la última vez que estuvimos en la misma habitación, pero mi cuerpo reaccionó como si no hubiera pasado ni un día.
—¿Está viva?
La pregunta se me escapó sin filtro, demasiado rápida y demasiado mía.
—Sí —respondió Bruno—. Está viva.
Cerré los ojos un instante.
Después, como suele ocurrir con las respuestas que no alcanzan, necesité otra.
—¿Cómo está?
—Mal.
Miré alrededor sin saber muy bien qué hacer con las manos. La mesa, los planos, las muestras de madera y la luz de Milán cayendo sobre el cristal me parecieron, de pronto, cosas de otra vida.
—Define mal.
—No puedo por teléfono.
—Claro que puedes.
—Nico…
—No me llames desde un hospital para decirme que Yaiza ha tenido un accidente y luego me trates como si fuera un cliente al que se le ha retrasado una entrega. ¿Cómo está?
Escuché que se alejaba de alguien. Una puerta. Más silencio.
—Está inconsciente —dijo al fin—. Tiene un traumatismo fuerte. Hay inflamación. Los médicos están haciendo lo que pueden.
Me apoyé en el borde de la mesa porque las piernas me fallaron un segundo.
—Voy para allá.
Lo dije sin pensar.
O quizá lo pensé con esa parte de mí que llevaba siete años callada y que, por lo visto, seguía teniendo bastante más fuerza de la que yo le había concedido.
—Hay algo más —añadió Bruno.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Cuando llegues.
—No.
—Nicolás.
—No me hagas esto.
La frase salió más baja de lo que pretendía. Bruno respiró hondo antes de responder.
—No es algo para decirte por teléfono.
Se me encogió el estómago, aunque todavía no sabía por qué.
—¿Está Arai contigo?
—Sí.
—¿Y Antonio?
—También.
Antonio, Arai y Bruno estaban allí, alrededor de Yaiza, y yo seguía a kilómetros, en un despacho donde hasta hacía cinco minutos solo importaban el mármol, la madera y una bañera mal colocada.
—¿Qué no me estás contando?
—Que tienes que venir —dijo él—. Ya.
Bruno y yo nos conocíamos desde hacía media vida.
Habíamos sido amigos cuando todavía confundíamos el orgullo con carácter y dormir poco con tener ambición.
Nos habíamos visto crecer, equivocarnos y hacer como que no dolía, cada uno a su manera: él desde el silencio; yo, casi siempre, desde la broma.
Por eso supe que no estaba callando para protegerme, sino porque no encontraba cómo decirme lo que pasaba.
—Salgo en el primer vuelo.
—Te mando la ubicación del hospital.
—Bruno.
—Dime.
—Si le pasa algo antes de que llegue…
No terminé la frase, porque no fui capaz de poner esa posibilidad en voz alta.
—Ven —repitió él.
Y colgó.
Me quedé unos segundos con el teléfono pegado a la oreja, escuchando una llamada que ya no existía.
Después, todo fue movimiento.
Busqué vuelos. El primero salía en poco más de una hora. Compré el billete sin mirar el precio. Llamé a Martina, cancelé reuniones, delegué decisiones, envié un mensaje a mi padre y otro al responsable de obra de un proyecto que, veinte minutos antes, me parecía urgente.
Nada de eso lo era ya. Lo único que importaba en ese momento era llegar a Barcelona.
Martina entró sin llamar. Llevaba mi abrigo en una mano y el bolso de viaje que yo guardaba en el armario por si tenía que salir de improviso. Era demasiado eficiente para hacer preguntas inútiles, pero no lo bastante fría como para fingir que no veía mi cara.
—El coche baja en tres minutos —dijo—. He movido la reunión de mañana y he avisado a Conti de que no estarás disponible.
Asentí.
—Gracias.
—¿Familia?
La palabra me dejó un segundo descolocado. Pensé en Bruno, en Arai y en Yaiza, aunque intenté no detenerme demasiado en ella.
—Algo así.
Martina no preguntó más. Mi padre sí, aunque a su manera: su mensaje llegó cuando yo ya estaba bajando en el ascensor.
Papà: ¿Problema de empresa?
Leí la frase un par de veces antes de responder:
Nicolás: No. Personal.
Tardó más en responder de lo habitual.
Papà: Avísame si necesitas algo.
Mi padre no era de añadir cariño donde no sabía ponerlo ni de insistir más de la cuenta, pero cuando algo se torcía, tenía esa forma seca de dejar una puerta abierta.
Guardé el móvil.
En el coche, fui mirando Milán por la ventanilla. Las luces empezaban a encenderse, las terrazas se llenaban y la gente cruzaba las calles con bolsas, teléfonos, prisas y planes, como si nada hubiera cambiado. Para ellos, de hecho, no había cambiado nada.
Intenté llamar a Bruno otra vez, pero no contestó. Probé con Arai y tampoco. Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó.
Hacía siete años que vivía de forma permanente en Milán. Siete años desde que cerré la puerta de Barcelona con la convicción cobarde de quien se convence de que marcharse es lo más honesto.
Antes de eso, la ciudad había sido trabajo, encargos externos para Montalbán yo no conocía a ninguna de las dos.
Arai entró con esa mezcla de prudencia y carácter que después entendería mejor, pero Yaiza fue otra cosa.
Se sentó como si el reservado hubiera estado esperándola, soltó la primera barbaridad sin filtro antes incluso de quitarse la chaqueta y, en menos de cinco minutos, ya hablaba con nosotros como si nos conociera de toda la vida.
Me hizo gracia. Más de la cuenta, seguramente.
Porque yo también era de hablar demasiado claro cuando quería incomodar a alguien, pero en ella no sonaba calculado.
Yaiza no usaba la espontaneidad como defensa ni como arma elegante.
Le salía así. Directa, rápida, viva. Y desde aquella noche, aunque tardé bastante en admitirlo, una parte de mí se quedó pendiente de lo siguiente que pudiera decir.
No era momento de abrir puertas antiguas. No cuando Bruno acababa de pronunciar su nombre desde un hospital. No cuando había dicho «hay algo más» con una voz que todavía me estaba apretando el estómago.
En la terminal, todo fue demasiado tedioso, demasiado lleno de personas que tenían derecho a seguir viviendo sus tardes sin saber nada de la mía. Compré un café que no bebí y una botella de agua que terminé sujetando como si fuera una excusa para no cerrar los puños.
Antes de embarcar, Bruno me devolvió la llamada.
—Estoy entrando al avión —dije—. Llego a las diez y media.
—Te espero en urgencias.
—¿Ha cambiado algo?
—No.
Otra palabra breve, seca, de esas que no explicaban nada y lo empeoraban todo.
—¿Sigue inconsciente?
—Sí.
—¿Y Arai?
—Está con ella. Bueno… entrando y saliendo. No la dejan quedarse todo el tiempo.
—¿Y tú?
—Aquí.
Aquello sonó a poco.
Bruno siempre estaba «aquí» cuando alguien lo necesitaba. El problema era que, esa noche, ni siquiera él parecía saber dónde quedaba exactamente ese aquí.
—Me has dicho que había algo más —recordé.
No contestó.
La fila de embarque avanzó un par de pasos.
—Bruno.
—Cuando llegues, intenta escuchar.
Me reí una vez. Sin humor.
—Eso suena fatal.
—Lo sé.
—No me pidas calma si no me estás dando motivos para tenerla.
—No te estoy pidiendo calma.
—¿Entonces?
—Te estoy pidiendo que no rompas nada antes de entenderlo todo.
La azafata me miró desde la puerta de embarque. Le enseñé el billete en la pantalla sin apartar el teléfono de la oreja.
—¿Qué coño significa eso?
Bruno tardó demasiado en responder.
—Significa que no solo te he llamado por Yaiza.
Me quedé quieto mientras la gente me rodeaba, entraba al avión, colocaba maletas y seguía con sus cosas.
—¿Por quién más?
—Nico…
—Dilo.
—No puedo.
La rabia me subió al cuello, rápida, caliente, útil. Mucho más fácil de manejar que el miedo.
—Claro que puedes. Lo que pasa es que no quieres.
—No —dijo, y por primera vez su voz se quebró apenas—. Lo que pasa es que si te lo digo ahora, vas a pasar el vuelo entero solo con eso en la cabeza, y necesito que llegues entero.
Aquello me asustó más que cualquier explicación, porque Bruno no dramatizaba ni adornaba las cosas. Si estaba evitando decirme algo, era porque no sabía cómo soltarlo sin hacer daño.
—Nos vemos en Barcelona —dije.
—Nico.
—¿Qué?
—Lo siento.
No pregunté por qué.
Quizá porque una parte de mí ya había entendido que esa disculpa no pertenecía al accidente. No del todo.
Colgué antes de que pudiera añadir nada más.
Durante el vuelo no dormí. Tampoco leí los mensajes que entraron cuando todavía no habíamos despegado. Me limité a mirar la oscuridad al otro lado de la ventanilla y a contar respiraciones, como si eso sirviera de algo.
Intenté no pensar demasiado en Yaiza, pero cada vez que lo conseguía, algo volvía a traerla de vuelta.
No pensé en toda la historia ni en cómo terminó aquello.
Pensé en cosas concretas: en su forma de arquear una ceja cuando algo le parecía una estupidez, en la risa que se le escapaba antes de tiempo, en su acento cuando se enfadaba y hablaba más deprisa.
Y pensé, sobre todo, en que Yaiza siempre había visto en mí más de lo que yo quería enseñar.
Cerré los ojos, aunque no me sirvió de nada.
Barcelona apareció debajo del avión envuelta en luces, pero ya no tuve cabeza para la ciudad. Solo para el hospital, para Bruno esperando y para eso que seguía sin decirme nadie.
Y ahora regresaba porque Bruno me había llamado con miedo en la voz, porque Yaiza estaba en coma y porque, además, seguía habiendo algo más que nadie me había querido decir.
Al aterrizar, encendí el móvil antes incluso de que el avión terminara de moverse por la pista.
Tenía un mensaje de Bruno: la ubicación del hospital y una sola frase.
Bruno: Entra por urgencias. Pregunta por mí.
No había nada más: ni una explicación, ni una mentira amable, ni siquiera un «tranquilo».
Cogí la chaqueta, salí del avión y avancé por el pasillo con una sensación absurda: la de estar llegando tarde a una vida que, de algún modo, ya había seguido sin mí.