Epílogo
Cinco años después…
Nicolás
—No corras.
—No estoy corriendo —respondió Aday, sin dejar de correr.
—Eso, cariño, es correr —dijo Yaiza desde la tumbona.
Aday frenó en seco, miró hacia atrás con esa expresión de niño de once años que ya se creía mayor para casi todo y señaló a su hermana pequeña, que avanzaba detrás de él con un cubo en la mano y una determinación preocupante.
—Estoy haciendo supervisión de menor.
—Estás huyendo porque Martina quiere tirarte arena —añadí.
—También.
Mi hija soltó una carcajada, levantó el cubo con toda la intención del mundo y siguió detrás de él con sus dos años, sus rizos imposibles y la misma capacidad de negociación que su madre: ninguna.
—Martina, no se tira arena —dijo Yaiza.
La niña se detuvo, pensó un segundo y volcó el cubo sobre sus propios pies.
—Eso técnicamente no es desobedecer —comentó Bruno, sentado a mi lado con una cerveza en la mano.
—No le des ideas —le advirtió Arai.
Bruno levantó las manos.
—Yo solo observo. Soy padre de tres. He aprendido a no meterme donde no me llaman.
—Mentira —dijo Arai.
—Absoluta —añadió Yaiza.
—Difamación —murmuró él.
Dídac y Lola, los mellizos de Bruno y Arai, estaban construyendo una fortaleza de arena con la seriedad de dos arquitectos en plena obra pública.
A unos metros, Leo, el pequeño de dos años que Bruno y Arai habían tenido casi al mismo tiempo que nosotros a Martina, se dedicaba a destruir una esquina cada vez que nadie miraba.
—Tu hijo está saboteando el proyecto —le dije a Bruno.
—Mi hijo tiene visión urbanística.
—Tu hijo es una excavadora con pañal.
—Eso también.
Bruno me dio un golpe suave con el hombro.
—Además, no te pongas chulo, Morelli. Yo te sigo ganando por uno.
—¿Perdona?
Señaló a sus tres hijos con una sonrisa de idiota satisfecho.
—Tres a dos. La primera vez tuve más puntería que tú.
Arai giró la cabeza muy despacio.
—Bruno.
—¿Qué? Es matemática familiar.
Yaiza soltó una carcajada desde la tumbona.
—Matemática de cuñado, querrás decir.
—A ti te hace gracia porque vais perdiendo.
—Yo con dos tengo suficiente para conservar la poca cordura que me queda —contestó ella.
Martina eligió ese momento para acercarse a su madre y plantarle las manos llenas de arena en la pierna.
Yaiza cerró los ojos.
—Martina Morelli Santana.
La niña sonrió.
—Mamá guapa.
—No intentes comprarme.
—Funciona —dije.
Yaiza me señaló con un dedo.
—Tú no ayudes.
—No estoy ayudando. Estoy admirando la estrategia.
Aday apareció entonces con el cubo recuperado, la camiseta mojada y cara de hermano mayor responsable, aunque llevaba media playa pegada a las rodillas.
—Papá, Martina no puede ir sola al agua. Y Leo tampoco, porque dice que es un barco.
—¿Leo dice que es un barco?
—Dice «barco» y se tira hacia delante. Yo lo traduzco.
—Buen trabajo.
Aday se estiró un poco, orgulloso, y luego miró a su hermana.
—Ven, peque. Te enseño conchas, pero no se comen.
—No —repitió Martina, muy convencida.
—Eso dijiste con la plastilina verde —murmuró Yaiza.
Aday le tendió la mano a su hermana y ella se la cogió sin pensarlo. Verlo así, pendiente, paciente y tan mayor de pronto, todavía me dejaba medio idiota.
—Se te cae la baba —dijo Yaiza.
—Un poco.
—Contrólate.
—Lo intento.
—No se te da bien.
A unos pasos, Enzo hablaba con Antonio y los padres de Arai bajo la sombrilla. Mi padre llevaba un sombrero de paja que no pensaba reconocer como suyo cuando viéramos las fotos, y Antonio asentía con la solemnidad de quien estaba opinando sobre un asunto importante.
—¿De qué hablan? —pregunté.
Arai miró hacia ellos.
—De si la tortilla de papas debería llevar cebolla.
—Eso no es una conversación. Es una guerra civil —dijo Yaiza.
—Mi padre está defendiendo la cebolla —añadió Arai.
—Entonces tu padre es un hombre sensato —dijo Bruno.
—Mi padre siempre ha sido sensato. El problema fue que me dejara casarme contigo.
Bruno se llevó una mano al pecho.
—Qué ataque más gratuito.
—Pero acertado.
Enzo levantó la vista y nos llamó con la mano.
—Nico, ven. Necesito que traduzcas algo.
—¿Italiano?
—No. A tu mujer cuando dice que «ahora voy». No sé si significa ahora o dentro de veinte minutos.
Yaiza ni se movió de la tumbona.
—Significa que si seguís interrumpiendo, no voy nunca.
Mi padre sonrió, encantado.
—La entiendo perfectamente.
—Por eso me cae bien, nonno Enzo —gritó Aday desde la orilla.
Enzo se quedó tieso un segundo, como siempre que Aday lo llamaba así, aunque llevara años escuchándolo. Luego fingió que se le había metido arena en el ojo.
—Abuelo emocionado a la vista —murmuró Bruno.
—Cuidado, que tú lloraste con la actuación de Lola en Navidad —dijo Arai.
—Eso fue alergia.
—Era diciembre.
—Alergia emocional.
Nos reímos todos.
Canarias nos había recibido con sol, viento y una casa enorme donde cabíamos de milagro, aunque la palabra «vacaciones» fuera bastante optimista con tantos niños, abuelos, comidas, toallas, juguetes y discusiones sobre quién había dejado arena en el baño.
Aday había insistido en que aquel viaje era «histórico» porque estaban las dos familias casi enteras.
Martina había decidido que Bruno era «Buno» y que podía pedirle galletas a escondidas.
Leo seguía llamando «Aday» a cualquier niño que corriera.
Y Yaiza había conseguido no organizarlo todo durante, como mínimo, cincuenta minutos seguidos.
Todo un récord.
—¿Te vas mañana a Madrid? —preguntó Bruno, cuando Arai se levantó para perseguir a Leo antes de que invadiera otra fortaleza.
—Pasado mañana. Reunión de obra. Vuelvo por la noche.
—Cada vez te veo más por España.
—Cada vez hay más proyectos aquí.
—Y cada vez menos excusas para escaparte a Milán.
Miré hacia Yaiza, que estaba intentando quitarle arena de las manos a Martina sin que aquello acabara en drama infantil.
—Milán sigue funcionando sin mí encima todo el día. Luca lleva la oficina mejor de lo que yo quería admitir.
—Eso te dolió, ¿eh?
—Mucho.
—Normal. A mí me pasaría si Arai no llevara mi vida mejor que yo.
—La llevo —dijo ella al pasar—. Y no mejor. La llevo.
Bruno sonrió.
—¿Ves? Por eso sigo vivo.
Me apoyé en la tumbona y miré a mi alrededor.
Aday agachado junto a Martina, Dídac y Lola discutiendo por una muralla, Leo con arena hasta en las pestañas, nuestros padres hablando bajo la sombrilla y Yaiza mirándome desde donde estaba con esa mezcla de cansancio, ironía y calma que me seguía pareciendo el sitio más parecido a casa.
No había sido fácil.
Nada con nosotros lo había sido.
Hubo viajes, ajustes, días malos, conversaciones incómodas y momentos en los que Yaiza me miró como si estuviera a medio segundo de mandarme a la otra punta de Italia.
También hubo revisiones, ejercicios y una fiesta improvisada el día que dejó la muleta.
Cuando le dieron el alta en rehabilitación y pudo caminar sin medir cada paso, hicimos un viaje los tres, sin hospitales ni sustos de por medio.
Después llegaron las cenas en Barcelona, las reuniones en Madrid, los viajes a Milán, los cumpleaños compartidos, los dibujos nuevos en la nevera y una niña que apareció dos años después para poner patas arriba cualquier idea de tranquilidad.
Y seguimos.
Aday volvió corriendo. Esta vez corriendo de verdad.
—Papá, mamá dice que vengas.
—¿Para qué?
—Para hacer una foto todos juntos.
—¿Todos?
Miró alrededor, calculando.
—Bueno, todos los que quepan.
—Eso va a ser complicado.
—Mamá dice que tú eres arquitecto y que te apañes.
Bruno se levantó.
—Uy, esto quiero verlo. El señor Morelli organizando personas como si fueran muebles.
—Cállate, Montalbán.
Yaiza me miró, con media sonrisa.
—Déjalo. Esto ya es demasiado personal, señor Morelli.
Me quedé mirándola.
—Llevabas años esperando decir eso.
—No tantos. Pero sí.
Bruno se llevó una mano al pecho.
—Me habéis robado el momento.
—Y lo hemos mejorado —dijo Yaiza.
—Por favor, haced la foto antes de que los niños se emancipen —soltó Antonio.
Organizar aquello fue un desastre. Antonio quería ponerse detrás para no molestar; Enzo decidió que los abuelos iban sentados delante porque bastante habían aguantado ya, y los demás que se apañaran alrededor.
Los padres de Arai discutían sobre si daba el sol de frente.
Dídac quería salir con una pala; Lola se negaba a salir si Dídac salía con la pala.
Leo intentó sentarse encima de Martina, y Martina lo empujó con una indignación tan de Yaiza que casi me dio miedo.
Aday, en medio de todo, levantó las manos.
—¡Silencio! ¡Yo organizo!
Y lo hizo.
Más o menos.
Puso a Enzo y Antonio sentados, a los padres de Arai a un lado, a Bruno y Arai detrás de sus tres hijos y a Yaiza conmigo y Martina entre los dos. Luego se apartó para revisar su obra, orgulloso, como si acabara de resolver un problema internacional.
—¿Y tú? —preguntó Yaiza.
—Yo soy el responsable.
—El responsable también sale en la foto —dije.
Aday miró a Martina con prevención.
—Vale, pero ella no me tira del pelo.
—No prometo nada —dijo Yaiza.
Al final lo sentamos entre nosotros. Martina le apoyó la cabeza en el hombro y Aday dejó de protestar al instante.
Bruno puso el móvil en un trípode pequeño mientras Arai murmuraba que menos mal que alguien pensaba en esas cosas.
—Preparados —dijo él, activando el temporizador—. Sonreíd como si fuéramos una familia normal.
—Imposible —dijo Arai.
—Haced lo que podáis —añadió Yaiza.
Saltó el temporizador justo cuando Leo gritó «barco»; Martina intentó quitarle la pala a Dídac, Enzo se rio, Antonio miró al lado equivocado y Yaiza me apretó la mano.
Salimos fatal.
Todos.
Pero cuando vimos la imagen, nadie pidió repetirla.
Aday la miró muy serio y luego sonrió.
—Esta está bien.
Yaiza apoyó la cabeza en mi hombro.
—Sí —dijo—. Está bastante bien.
Yo miré la foto, su mano entre la mía, nuestros hijos, nuestra gente y aquel caos que no habría sabido imaginar ni en mis mejores días.
—Sí —murmuré—. Está perfecta.