Del Escenario al Recuerdo (Ravens Fly First 2) Capítulo 12 El Tío Sam
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Capítulo 12 El Tío Sam

No era una persona que contara mucho de su vida.

Sin embargo, el Tío Sam, como lo llamábamos nosotros, conocía todo acerca de su gente.

Estaba al corriente de nuestras relaciones con otras bandas e intercedía cuando algo salía mal, a veces por las buenas, a veces de otras maneras.

Sin embargo, nada ensuciaba su nombre. Intentaba que su gran familia de bandas tuviera una convivencia que hasta hiciera que se admiraran las unas a las otras.

Había obviamente bandas con un estatus superior, las demás las veneraban y las tomaban como modelo a seguir.

Pero saberlo todo y generar ese buen ambiente requería de gente como yo.

El grande de Leo, como me recibía por sus dominios, un chico sin futuro que un día aquel americano sacó de las calles para que fuera uno de sus informadores y difusor de ideas.

No hacía mucho que Simón, el cantante de una de las mejores bandas del segundo piso, se había marchado.

Justo después, sin pensarlo dos veces, acepté su puesto junto a Don y a Carlos.

Al poco llegaría Taylor a completar nuestra formación, cosa que a nuestro mecenas pareció encantarle.

Ahora me encontraba sentado en su despacho, con una copa en la mesa, sin saber la razón de mi llamada.

La puerta de la estancia se abrió y él entró vestido de traje, uno oscuro y de los caros, con una camisa de color burdeos que conseguía que se definiera su corbata azul marino.

Era corpulento, de un físico envidiable.

Sus ojos eran verdes como las selvas que no conocían dueños, y su piel, oscura como la de los indios.

Su pelo estaba dividido en multitud de pequeñas trenzas que parecían el distintivo de una antigua tribu.

No sabías en qué estaba pensando, solo que su expresión era la de alguien que tiene a su presa contra las cuerdas y no la va a perder.

Decían que era un magnate de mucho cuidado, que había conseguido todo cuanto quería a base de hacer favores y recibirlos, muchas veces en forma de información.

Cuando me conoció pensé que era pura casualidad, pero desde el principio supo contentarme con todo lo que mi alma ansiaba.

─Buenas tardes, Gran Leo ─me saludó sin mirarme mientras colgaba en el perchero su chaqueta─.

No te voy a robar más tiempo que el justo ─prosiguió, ahora sí, mirándome a los ojos.

Yo permanecí callado─. Sabes muy bien cómo me gusta que se respire buen ambiente en mi casa, pero me consta que ayer te saltaste algunas de las indicaciones que generan esa imagen que nos identifica ─me acusó educadamente─.

Diste un espectáculo lamentable al amenazar a un crío y luego, en el aparcamiento, agredisteis al chico que lo defendió aprovechando vuestra superioridad numérica.

No es lo que se dice… elegante ─terminó de hablar mientras deshacía el nudo de su corbata.

─No volverá a suceder, Ilai ─me disculpé sintiendo que había agotado un as que habría deseado atesorar para más adelante.

─Lo sé, Gran Leo, lo sé. No volverás a tomar esas decisiones equivocadas y de patio de colegio poniendo mi nombre en duda.

Porque tú vas en mi nombre, Leo. Recuerda en qué posición has de dejarme siempre, de ahora en adelante.

Ya puedes irte. Por cierto, deberías volver con esa chica tan mona.

Algún listo te la podría quitar y eso no es lo que queremos, ¿verdad?

Cerré la puerta tras de mí y desee no tener que cruzarme más con aquel hombre en lo que quedaba de día. Notaba como si me hubieran dado una oportunidad, sí, pero sentía que ahora estaría bajo su vigilancia.