Del Escenario al Recuerdo (Ravens Fly First 2) Capítulo 13 Celos
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Capítulo 13 Celos

Estaba tapada en el sofá. No recordaba cómo había llegado a dormirme allí encima y menos a descalzarme o taparme.

La botella tirada y el suelo pegajoso por la bebida derramada me ayudaban a recomponer parte de la historia.

El olor a alcohol confirmaba mi estúpida manera de concluir la noche: había bebido demasiado.

Pero lo que no me encajaba era por qué me dolía la cabeza como si me hubieran golpeado.

Pasé mis dedos a través del cabello y me quejé al tocar un abultamiento provocado por mi choque contra algo.

Sin embargo, eso no tenía sentido si había amanecido tapada en mi sofá.

Y luego estaban esas palabras en mi cabeza que me repetían aquella promesa de permanencia en los tiempos más oscuros.

Debía de estar volviéndome loca. No sabía qué hacer y no entendía por qué Dante no había venido a verme si me lo había prometido.

Por eso decidí llamarle. No tenía línea, ¿habría apagado el móvil para estar con ella sin que nadie los molestase?

De nuevo ella, la chica que Leo decía que se lo merecía más que yo.

Sin darme cuenta, estaba dando rienda suelta a mi imaginación y eso me llevó a llorar y a odiarles, tan solo un instante, sin que realmente tuvieran culpa de nada.

Me echaba en cara a mí misma ser tan infantil.

Dante me dejó claro que podía contar con él, pero no que quisiera nada conmigo.

Además, ¿en qué momento me había montado la película de que me gustaba?

No sé, quizá ya me venía de fábrica porque, desde que lo vi, sentí como si lo conociera de toda la vida.

Encajamos muy bien cuando me rescató tras el concierto y también comiendo juntos en mi casa.

¿A quién intentaba engañar? Estaba tan dolida de verlo con la rubia esa que lo abrazaba en la foto...

Seguro que además de guapa era maja. En ese momento me empezó a sonar el móvil.

El nombre de Dante apareció en mi pantalla.

─¿Sí? ¿Diga? ─descolgué haciendo que mi tono de voz careciera de entusiasmo.

─Hola Taylor. Soy yo, Dante. Perdona que ayer no pudiera llegar a tiempo, es que tuve un problema ─se intentó explicar. Pero yo no estaba receptiva.

─Sí, bueno, no pasa nada. Tampoco era tan importante que vinieras. Si no pudiste, probablemente fue porque te surgió algo de mayor importancia. Tú y yo tampoco tenemos tanta relación y apuesto a que ya tenías otros planes.

─No, no, no se trata de eso. Es que había quedado primero con una amiga para hablar en el aparcamiento del Rock Realm y…

No le dejé terminar, y escuchar la palabra amiga me revolvió por dentro. Creo que jamás había sentido celos, pero esa vez me estaban corroyendo. No pude contenerme y le interrumpí:

─Dante, que no me tienes que dar ninguna explicación. Mira, te tengo que dejar, ya me apañé yo sola, vino Leo, mi ex, y bueno... Me sirvió para darme cuenta de muchas cosas. Gracias por haber estado ahí cuando te necesité, pero prefiero que no vuelvas a llamarme.

Y tras esa frase hiriente, mi ego colgó el teléfono.

Lo lancé contra el sofá con rabia y me tiré en la cama arrugando la sábana con fuerza, confundida, enfadada conmigo misma por haberlo echado de mi vida.

Y él, bendito él, volvió a llamar. En ese momento odié que fuera tan bueno y deseé descolgar y que me mandara a la mierda o que me llamara niñata, pero no sucedió nada de eso porque no respondí ni en ese momento ni mucho tiempo después.

Me coloqué enfrente de la minicadena y puse el disco New Jersey de Bon Jovi.

Elegí la canción que más pudiera desgarrar mi alma en ese instante y la elegida en mi caso fue clara: I’ll be there for you sumió mi salón en el romanticismo roto y la nostalgia que me merecía al no volver a dejarle entrar en mi desastrosa vida.

Derramé lágrimas por él, vaya si lo hice, condenando este puzle de dos piezas a sentirse incompleto.

Me pasé el resto de la tarde allí tirada, sin probar bocado y deseando tener ese bote de pastillas cerca para desaparecer de la vida de todos.

Aquel día el viejo sofá de la abuela acogió de nuevo mis sueños, si así podía llamarlos.

El sábado quedó en cenizas y decidí levantarme como el fénix para retomar las riendas de nuevo.

No me acordaba ni de cómo había llegado al sofá el día anterior ni de cuándo había cerrado la puerta de mi casa, esa que estaba a medio abrir para la llegada de mi salvador.

Ilusa... Y miré de nuevo las marcas en mis brazos.

Tenía un mensaje de Leo disculpándose por su comportamiento la noche anterior e invitándome a unirme a un ensayo por la tarde.

Y maldita la hora en que acepté. Cuando llegué a los locales, aparqué y cogí el ascensor.

Pero justo antes de que se cerrara la puerta, una zapatilla lo impidió.

Entonces rogué al cielo que, por lo que más quisiera, no fuera Dante.

Y el universo me hizo caso, pero también burla: estaba segura de que conocía a esa chica.

Nos saludamos y permanecimos calladas los pocos segundos que tardamos en llegar a nuestro destino.

Tal vez me lo imaginé, pero no me quitaba los ojos de encima.

Las puertas se abrieron. Ella salió primero cargando con comida del supermercado que teníamos cerca de la nave y yo me paré enfrente de mi local.

La chica siguió unos cuantos metros más a paso rápido hasta llegar al suyo.

Cuando abrí la puerta no había nadie aún y aproveché para comprobar desde allí dónde entraba ella.

La chica tocó a la puerta con la punta del pie y, segundos después, la vi abalanzarse sobre él.

─¡Dante, ya me lo han contado todo! ¿Estás bien? ─se la notaba preocupada de verdad mientras yo recibía nuevamente otra puñalada del destino.

Mi grupo llegó al poco rato. Al parecer, el día de antes habían metido otro tema más de los de Leo.

No era malo, pero sí previsible y su letra, deprimente.

Parecía elogiar la manera en que los diligentes del mundo nos controlaban.

Se llamaba Trusting the Matrix . Don había cambiado sus patrones rápidos con la batería por otros más pesados y Carlos se sumaba con quintas menores que apagaban el sonido alegre que mostrábamos en nuestros orígenes.

Noté un gran malestar y, cuando terminamos de tocar, me ausenté para ir a los lavabos. Entonces abrí la puerta sin mirar y me caí de bruces al suelo tras chocar contra alguien.

─Perdona, no te he visto, ¿estás bien? Taylor eres tú... ─me reconoció aquella voz.

─Dante, ¿que haces tú por aquí?

Clavé la mirada en el suelo, no quería ni mirarle.

─Estoy ayudando a mi nuevo grupo a trasladar sus cosas al piso de abajo, pero eso no importa, yo solo quiero pedirte perdón por…

Detestaba saber que tocaba con ella. También los unía la música.. ¿Qué más? Y estaba condenadamente buena, como me soltó el cabrón de Leo. ¿Pasó la noche con ella cuando no vino a verme? ¿De qué me preocupaba, si solo éramos amigos? Y yo, arrogante y pueril, le corté como otras tantas veces.

─Dante, ¿no crees que estás haciendo un mundo de todo esto? No pasa nada, nuestros caminos se unieron y ahora se han separado. De verdad, ya sé por qué no viniste anoche, y lo entiendo. Ahora eres tú el que debe comprender que necesito que te alejes de mí. De verdad, olvida que…

─¿Que qué? ¿Que pretenda que lo que hemos vivido no ha pasado? ¿Que has pasado por mi vida pero no puedo hacer que te quedes? Solo dime, ¿qué es eso que he hecho que no puedes perdonarme? Porque no lo entiendo.

Sus palabras sonaron tan sinceras como dolorosas para ambos, y no pude soportarlo más.

─¡Sí, quiero que te olvides de todo! ¡Necesito que te vayas para poder seguir adelante, solo me estás haciendo daño!

Y él se detuvo en seco, pero yo seguí adelante sin mirar atrás. Salí por la puerta hacia los ascensores y, una vez en en la cabina, me puse a gritar, llorando por lo que le había dicho, pero también porque se rindiera y no llegara para alcanzarme.