Capítulo 3 Hueca
Desde aquella tarde en el local de ensayo las cosas habían cambiado mucho.
Estaba convencida de que la música era algo que me salvaría pero algo dentro de mí parecía estar gritándome lo contrario.
Siempre fue un momento de liberación, de compartir juntos nuestros ideales en las letras y de sentirnos orgullosos de lo que podíamos crear poniendo encima de la mesa todos los conocimientos que habíamos acumulado musicalmente.
Riffs pegadizos, líneas de bajo que no solo acompañaban sino que tenían su merecido protagonismo en los temas…
Y eso era lo que nos hacía genuinos. Jamás pretendimos hacer un fan service . Nuestro grupo no era así.
Pero entonces tuvimos aquella reunión de emergencia antes del viernes, y lo que pareció ser una gran noticia se convirtió en el comienzo de una gran mentira.
─Tenemos que cambiar algunas cosas de la banda, chicos ─empezó diciendo nuestro cantante, Leo─. Así no vamos a pasar de la fase de los locales. Por eso creo que deberíamos tocar el tema que os propuse el mes pasado en el próximo concierto e ir por esa línea de aquí en adelante.
─No te entiendo, ¿qué hay de malo en nuestros otros temas? A la gente le gustan, y lo más importante es que nosotros disfrutamos tocándolos juntos.
No pude evitar sonar dolida en mi contestación.
─Lo sé, Taylor, pero si queremos subir al Reembrance, nuestras miras tienen que ir más allá.
Por ello he estado hablando con unos ingenieros mediáticos amigos del dueño de los locales que he conocido recientemente ─explicó mirándonos fijamente con una seguridad que jamás antes había mostrado ─ .
Han escuchado los temas de la maqueta que grabamos en mi casa y dicen que tenemos muchas probabilidades de gustar hasta fuera del país.
¡Incluso de grabar con ellos un disco de verdad si cambiamos algunos temas!
No en el sitio cutre en el que preguntamos.
Nos pueden promocionar y sacarnos a ver el mundo. ¿Nos montamos en este barco?
─Bueno, puede ser un nuevo desafío ─dijo Carlos, nuestro guitarra, bastante tranquilo. ¿Qué dices tú, Don?
─No me parece mal ─respondió nuestro batería con tono simplón─, a ver si conseguimos monetizar un poco y dejo mi trabajo en el supermercado.
N o sé si me dolió más aquella bomba o que mis compañeros de grupo asintieran como si nada.
Y yo, bloqueada por esa sensación de dictadura musical, cosí mis labios para no decir « pues me parece una gran mierda » .
Así que simplemente agarré mi bajo para trabajar en la composición que Leo proponía.
Bien pudiera haberse llamado H ueca , porque era como yo sentía esa pieza que tocaríamos en el próximo concierto.
Al llegar a casa, mis ojos eran un poema.
Mis lágrimas eran como cuchillas de afeitar labrando mis mejillas.
Me sentía traicionada por ellos, por el grupo y por Leo.
Eso me hizo mirar mis brazos de nuevo: aún me quedaban marcas de otras épocas, testimonios de peores momentos en que me corté para recordar que no había que bajar la guardia en esta vida.
Llevaba una temporada complicada, podría decirse.
No tenía a mucha gente en la que apoyarme, solo a mi amiga Nata, con la que había ido al instituto, aunque ahora estudiábamos carreras distintas.
También me relacionaba con los de Punk Wolves, aunque Leo no se había portado bien conmigo desde hacía tiempo.
No me escuchaba y algo se había roto entre nosotros hacía meses. Solo quería desaparecer.
Para colmo la canción me había dejado destrozada.
Tenía algo que me removió por dentro y no solo era la letra, era toda ella.
Parecía diseñada para hundirme y, de hecho, lo había conseguido.
Así que volqué el contenido de mi mochila sobre la cama, me puse a escribir lo primero que se me vino a la cabeza y de nuevo garabateé un título con muchos trazos: Hueca .
En ese momento, y no se por qué, me vino a la mente la imagen de aquel chico del estudio de grabación.
Estaba solo con su guitarra, ajeno a todo, con los ojos cerrados como si hubiera bajado un telón que lo separaba de un público aún no preparado para lo que les iba a traer del lugar donde se encontrara.
Se trataba de una sensación que, para mí, debía de ser lo más cercano a tener línea directa con lo divino.
Y me apenó pensar que, al menos con mi grupo, no volvería a suceder con ese rumbo que Leo nos había impuesto.
Por primera vez no me apetecía tocar en el concierto de los viernes.
Ni siquiera aparecer por los locales ni verles.
Pero yo no era de esas a las que les gustaba dejar tirados a la gente, aunque ese día me hubiera sentido así respecto a ellos.
No entendía cómo les había parecido tan bien aquella decisión, aunque si lo pensaba detenidamente ellos solo tocaban, muy bien, sí, pero nunca aportaban nada a nivel compositivo.
Eso era cosa mía y de Leo, eso fue lo que nos unió tanto, tal vez demasiado, pero todo había dado un giro.
Se mostraba diferente desde que frecuentaba los locales de más arriba, desde que entró en contacto con otros grupos « prometedores », como decía con orgullo nuestro arrendador de locales, un hombre americano llamado Ilai Samuels, cuyo físico parecía haber engañado al mismísimo tiempo.
Todos sabíamos que debía de ser bastante mayor que nosotros, solo que no lo aparentaba, quizás porque en sus exóticos ojos se leía que había vivido mucho.
El Tío Sam. Así es como todos le llamábamos.
Me recordaba al cartel de alistamiento estadounidense para sumar soldados en uno de los grandes errores de la humanidad: la Primera Guerra Mundial.
Parecía estar creando un ejército de bandas y no servía cualquiera, pues las mediocres que no pasaban su filtro jamás pisaban su afamado territorio, el Rock Realm .
Aquel hombre tenía todo lo que se necesitaba en el mundillo de la música actual, es decir, contactos.
Amistades labradas durante años creando un perfil de alineaciones musicales diseñadas para triunfar y firmar con las grandes compañías discográficas, con las que entablaba amistad.
Debías estar de acuerdo con él, y había que reconocer que el idiota tenía conocimiento de sobra en lo que respecta a los diferentes estilos musicales derivados de la música rock .
Sus audiciones eran célebres y la gente se preparaba para superarlas como si su vida dependiera de ellas.
Apuntaba los nombres de las bandas y pedía hasta el número del DNI.
Se rumoreaba que su frase era «Una vez por banda y dos por persona».
Cuando habías agotado tus oportunidades debías conformarte con otros locales de la periferia, porque todo Saint Vincent era suyo en lo que respectaba a ensayos, promoción y festivales. Era su imperio.
El Rock Realm o Reino del Rock era un edificio enorme y se encontraba a las afueras de la ciudad.
Hay quien dice que en su momento fue un complejo de oficinas que, tras una tragedia repleta de víctimas, fue comprado a buen precio y reformado por el Tío Sam a su llegada de Estados Unidos.
De eso hacía ya más de veinte años. Muchos grupos de renombre empezaron allí, y se decía que aquel magnate de la música tenía un objeto representativo de cada uno ellos guardado en una especie de museo que solo abría de vez en cuando en los eventos a los que únicamente podían asistir los miembros de las bandas VIP.
Aquel inmenso templo musical se dividía en cuatro plantas alargadas que albergaban en torno a cincuenta locales cada una.
Todas menos la última, que contenía los quince locales estrella.
Un total de ciento sesenta y cinco bandas de diversa índole formaban la gran familia del Tio Sam, quien no parecía querer a todas por igual por lo que se podía apreciar en la calidad y comodidades a disfrutar en cada piso.
Y es que cada planta tenía unas características diferentes e incluso un nombre.
Curiosamente y a pesar de sus prestaciones, todas las plantas tenían el mismo precio al mes: sesenta y seis euros con seis céntimos.
Muy original para recordar al mundo de fuera que, claro, todos los que tocamos estos tipos de música tenemos un contrato con el demonio. Qué tontería...
La primera planta se llamaba The Gutter, o El Sótano, como la conocíamos todos, pero debería haberse llamado La Charca para así hacer justicia a su estado.
Era la superficie más cercana a la base del edificio, y al entrar en esos locales lo primero que percibías era el impactante olor a cueva que los caracterizaba.
Había carteles que rezaban: «No dejar comida ni bolsas abiertas con restos para evitar visitantes no deseados».
Ratas, mira que odiaba las ratas, por eso me alegré mucho de solo pasar una vez por ese nivel.
Sucedió ayudando a mi amiga Teresa y los Heaven’s Door a llevar sus instrumentos en mi furgo.
Gracias a Dios no me encontré con ninguno de esos bichos merodeando en la descarga de su equipo.
Los grupos que ensayaban allí eran los que habían pasado por los pelos el juicio de nuestro benefactor.
Aunque siempre existía la posibilidad de ascender según nuestros méritos.
Estos se medían en conciertos y composiciones que el Tío Sam escuchaba de buen gusto en su Temple of Sound, una sala donde la gente intepretaba sus temas para él solicitando una audiencia previamente.
Eso sí que nos lo enseñaba a todos al hacer la visita guiada el día que éramos seleccionados para lo que yo llamaba su Metal Militia, como la canción del primer disco de Metallica.
La segunda planta recibía el nombre de The Stage, El Escenario.
Había una curiosa relación a mi parecer con el disco recopilatorio del grupo Savatage : From the gutter to the stage, un grandes éxitos de la banda de metal de Florida que tenía temas desde su origen hasta su despegue musical.
Pero en este lugar, lo que ese nombre quería decir era que aquí ya podías tocar en las salas de concierto del Reino del Rock, y eso te podía sumar o restar puntos en la valiosa opinión de Ilai.
El Stage tenía un escenario pequeño y cubierto y era para debutar o seguir creciendo, aunque todos sabíamos, incluido nuestro excéntrico casero, que como en este nivel los locales eran bastante grandes, se hacían conciertos clandestinos.
Esto servía para ver el efecto de los nuevos temas y, cómo no, para sacar algo de dinero con que comprar instrumentos mejores.
En el piso dos se encontraba mi banda y ya habíamos hecho alguna de estas actuaciones, varias de las secretas y un par en la sala de conciertos oficial. La del próximo viernes sería allí, con ese nuevo tema sin nuestra identidad. Me escocía como mil demonios.
En el tercer piso se encontraba el Remembrance o El Recuerdo.
Aquí ensayaban las futuras promesas que el Rey del Templo mimaba con esmero.
Los afortunados de dicho piso podían reservar la sala de conciertos cubierta número dos con todos los extras que no tenía la sala uno.
Luces de mejor calidad, mesa de mezclas de las caras, incluso ventiladores y humo de ese que sale a presión y que no sabes qué efecto tendrá en ti el día de mañana.
Al parecer, llegar aquí era el siguiente objetivo de nuestro cantante.
Por último, el nivel superior era conocido como Glory. No hace falta decir mucho más. El estrellato de los grandes que podían tocar en un escenario enorme al aire libre con los mejores medios y tecnología.
Aquí llegaban los que se codearían con las grandes discográficas llenando el espacio de las emisoras de radio más allá de lo local.
Eran los que salían fuera incluso a otros países.
Nunca los veías porque tenían una entrada diferente ¡Incluso podían hospedarse en otro edificio que había al lado con cafetería y todo!
Tan solo sabías que estaban allí por la publicidad que le proporcionaban al Tío Sam, que en cierto modo era su mecenas.
Al principio este vasto edificio era un sueño para mí, sin embargo ahora mis expectativas parecían divagar sin rumbo por lo que podía haber sido una planta con el cartel «Desengaño» escrito en su entrada.
En ese momento las pisadas de mi único compañero de piso recorrieron el sofá hasta mí.
Se acurrucó a mi lado y empezó a ronronear disipando parte de mi tristeza.