Del Escenario al Recuerdo (Ravens Fly First 2) Capítulo 2 Dos
6%

Capítulo 2 Dos

─Buenos días, bella durmiente ─canturreaba la voz de Jesús, el mayor de mis compañeros de piso. En su mensaje se infería claramente que no me había sonado la alarma.

─Buenos días ─respondí yo con la voz ronca, a medio entonar, y mascando esa sensación angustiosa de que todo mi día iba a tener un toque frenético hasta que llegara a la posición que debía haber ocupado hacía una hora.

─He dejado café y una tostada que ha sobrado sobre la mesa.

Lo mismo aún está caliente y ganas algo de tiempo.

Yo me voy al instituto, que sin mí no empieza la clase ─me ofreció con un toque simpático.

Todo él emanaba un aire de profesor vocacional con alma de niño.

Me caía bien y desde que lo conocí pensé que me habría encantado ser su alumno.

─¿Te la vas a comer?

Esa era Annette, mi sigilosa compañera, que apareció cual ninja sentada en su silla. Debió de hacerlo en cuanto me di la vuelta para despedir a Jesús. Llevaba su característica bata negra con nubes rojas de los akatsuki de Naruto.

─Sí, bueno. Si la quieres, es tuya ─le ofrecí.

─No, creo que tienes prisa y eres demasiado correcto como siempre, Dante. Te he puesto el café en tu taza.

Me sonrió y se dispuso a preparar más para ella.

Mientras tanto, dejó todos sus papeles en la mesa.

Diseños repletos de trazos se asomaron tímidamente y vi unos cuervos preciosos ya entintados de manera impecable.

Me miraban. No me cabía duda alguna de que tenía un don.

Uno para extraer la belleza de la realidad que ella percibía y hacerla vivir en papeles o lienzos.

Así me lo explicó ella una vez: que no se trataba de reproducir las cosas como las veía, era cuestión de hacerlas existir plenamente en otro medio.

Me apresuré y engullí aquella rebanada de pan ya fría.

Jesús le había puesto aceite, sal y levadura de cerveza.

Parecía saber que sería para mí. Al final, el café ni lo toqué.

Me calcé las Converse rojas y me dispuse a salir disparado cuando sentí la necesidad de llevarme mi guitarra acústica.

Así lo hice. Luego, bajé las escaleras corriendo hasta llegar al portal y me encontré con mi otro compañero.

─Hombre, Dante. Luego te ve…

─Sí, perdona Davi, llego tardísimo.

Y corrí calle abajo. Davi era una persona con muchas habilidades y entre ellas había una que me fascinaba: llevaba la radio local alternativa de la ciudad.

Aunque me habría encantado conversar con él, ahora no tenía tiempo para eso.

La parada estaba desierta por lo que deduje que el autobús hacia mi universidad no hacía mucho que había pasado por allí.

En ese momento un coche paró cerca de mí y su ocupante bajó la ventanilla.

Me recibió una canción conocida. Era Celebrity skin de Hole, y quien me abrió la puerta era Sarah.

Sarah y yo nos conocíamos desde pequeños.

Jugábamos juntos hasta que la adolescencia hizo su papel: nos cambió.

Ella maduró mucho y rápido y yo… simplemente no lo entendí.

Por aquel entonces, me miraba raro y ponía excusas para no verme.

Cambió de amistades y deduje que ahí me quedaba atrás yo, a otro ritmo.

Luego nos reencontramos en la universidad y así, de la nada, sus ojos volvieron a percatarse de mi presencia, dejando tímidos saludos y monosílabos.

Había cambiado tanto... Me sacaba solo un año, pero parecía tener la seguridad de quien ha habitado aquí mucho más.

─¿Subes o esperas media hora más hasta que venga el siguiente? ─me ofreció─. Tranquilo, que no muerdo.

─Subo, subo. Me haces un gran favor. En serio ─dije tímidamente como si hubiera olvidado lo mucho que compartimos de pequeños. Quizás ella sí lo hizo.

─¿Te molesta la música? ─Hizo un gesto para bajarla cuando toqué su mano para impedírselo.

Fue solo un instante, pero pareció como si su piel quemara, porque me aparté enseguida─.

Genial, pues. ¿Qué tal tus padres? ¿Sigue tu madre haciendo esas tortitas con toque de limón que nos flipaban de peques?

Su sonrisa brilló como antaño.

─Pues hasta que me fui aún eran su merienda estrella.

Sentí como si me tragara la tierra, pero solo hasta dejarme con la altura de un chaval de unos diez años, que era lo que mi elaborada y madura respuesta había mostrado.

─¡Qué mono! No has cambiado nada ─Tengo que reconocer que eso dolió─. Y cambiando de tema, veo que llevas una guitarra. No me digas que de verdad eres la reencarnación Kurt... No tenía ni idea de que tocabas.

─Sí, llevo desde los quince en ello y no me canso de probar cosas nuevas.

─Yo soy percusionista. A lo mejor te parece una locura pero, ¿por qué no te pasas un día por nuestro local y nos oyes tocar? Tengo una batería que te va a encantar. Está casi terminada, con su cencerro y todo. Creo que cuando consiga un buen china tendré todos los platos que necesito.

─Me encantaría, la verdad ─contesté con la mirada iluminada. Ver grupos tocando en sus garajes o locales de ensayo era difícil si no pertenecías al gremio o no eras el amigo cercano de un miembro de la banda.

─Pues no se hable más. Este viernes tenemos ensayo los chicos y yo. Te recojo en tu casa. Dime dónde es y paso a por ti ─Se ofreció amablemente─. Por cierto, si tienes eléctrica tráela y la enchufamos a uno de nuestros amplis.

Sin duda era una chica decidida.

─Perfecto. Muchas gracias, si te soy sincero no conozco a mucha gente a la que le guste la música de esa manera, y creo que lo necesito ─le confesé.

Y nuestra conversación llegó a su fin cuando paramos en el aparcamiento de su facultad, la de Geografía e Historia.

Allí nos despedimos y, no sabiendo muy bien cómo hacerlo, le extendí la mano.

Ante mi reacción, que debió de ser muy graciosa y formal al mismo tiempo, ella la estrechó e hizo una ridícula reverencia.

Sonrió y cada uno nos marchamos a nuestros respectivos edificios.

Ambos estaban muy cerca, por lo que llegué a tiempo a clase, aunque ya no estaba preocupado por mi falta de puntualidad.

¡Dios! ¡Estaba deseando que llegara el gran día!

De repente mi móvil empezó a vibrar: era el mensaje de un número desconocido. Entonces lo leí.

« Hola, ¿sigues interesado en lo de tocar en un grupo? ».

«Sí, claro», contesté.

«Pues entonces podríamos quedar para tocar juntos. Te mando la dirección y nos vemos esta tarde si puedes. Tráete solo la guitarra, tengo dos amplis».

«Ok, ¿cómo te llamas?», pregunté para saber más sobre quien podría ser el segundo miembro de mi futura banda. Luego pensé lo que mi compañía de teléfono me iba a clavar por esa conversación.

«Perdona, qué tonto soy. Yo sé por tu anuncio que te llamas Dante, pero no me he presentado. Me llamo Byron».