Dejarás la tierra 19 #2
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19 #2

Ignoro el día puntual en que supe de la existencia del controvertido Gregorio Cartagena y del afantasmado Roberto Benjamín , pero sé que ese día nunca acabó, que se quedó en mí.

Hay días así, días decisivos, que no se van, que no logran convertirse en recuerdo.

Por mucho tiempo que pase por encima, su impacto no termina de difuminarse.

Son días que modifican nuestra experiencia del mundo.

Días que se adhieren a nuestras fibras y carácter.

Que perduran no como esquirlas, resonancias ni ecos, sino como un trozo de vidrio clavado en la médula.

No creo haberme desilusionado al saber de Gregorio, sino más bien fascinado con la revelación de su amor prohibido con Nicolasa Cisneros, y con la implicación de todo ello en mi biografía y en la constitución emocional que me es innata.

Se me hizo imposible, por ejemplo, no relacionar esos descubrimientos con el vivo interés que en los últimos años de secundaria había tenido hacia el sacerdocio; un interés que con los años desvaloricé tildándolo de «insignificante», pero que ahora —ante la noticia de haber tenido a un clérigo como predecesor— ya no se me presentaba como una confusión juvenil cualquiera sino como un remanente atávico y verosímil, un latido en mí de la vocación que se empeñó en defender mi tatarabuelo Gregorio.

Tampoco pude dejar de pensar en la gran culpa que desde siempre me habían producido los pecados, incluso los veniales, los más insignificantes, llevándome a mantener durante años, frente a cualquier persona que encarnase autoridad, una infinita espiral de mentiras flagrantes, confesiones a medias y falsos arrepentimientos.

Era tal mi debilidad que cada vez que iba a misa, al momento de rezar el «Yo, pecador», cerraba los ojos y pedía por mi salvación con un miedo y una necesidad que, ahora entendía, venían desde muy atrás.

Hoy sé que Cartagena es mi apellido genético y hereditario. Mi apellido escamoteado y sustituido. Soy Cartagena desde la génesis de esta historia, aunque me hayan dicho y yo mismo me haya convencido de que debo vivir enarbolando otro nombre. Un nombre que siento propio, pero que no es el mío.

Una mañana vi en la primera plana de un diario que colgaba de un quiosco dos informaciones que parecían salidas de mi prehistoria familiar.

Una, datada en Huánuco, hacía referencia a la ruptura de un puente que conducía a Huacaybamba y que había dejado a esa precaria localidad en un aislamiento semejante al de 1828, la época en que empezó la historia de mi tatarabuela Nicolasa con el cura.

La otra era aún más difícil de creer: en una provincia de Arequipa, un párroco de apellido Cartagena había sido fotografiado con una muchacha a la salida de un hotel.

Leer de un tirón, en una misma página, en letras de gran tamaño, las palabras «Huacaybamba», «sacerdote», «Cartagena» y «mujer» me hizo volar en un mareo.

Se trataba naturalmente de una coincidencia, pero por un momento tuve la seguridad de que habían sido transferidos a la realidad eventos que hacía poco había desenterrado sin terminar de digerir.

Era como si una parte de este libro se hubiera prolongado en la vida real, como si estuviese sucediendo en paralelo a su escritura.

Ahí fue cuando me implanté la necesidad de buscar nuevamente a mi tatarabuelo, es decir sus restos.

No quería ver sus huesos en el Presbítero Maestro, sino algún retrato suyo.

Pensaba que en alguna parte debía existir una imagen fidedigna de Gregorio, y sentía que no estaría del todo tranquilo mientras no la viera.

Con el tío Gustavo habíamos buscado en los numerosos niveles de la Biblioteca Nacional, en las recámaras de la Sociedad de la Independencia, en los pasillos del arzobispado, en los archivos fotográficos más arcaicos y hasta en la trastienda de las principales iglesias de Huánuco, pero algo me decía que, si insistía una vez más en el colegio de Huácar que lleva su nombre, podría obtener una nueva pista.

Viajé solo y al salir del aeropuerto abordé un bus que me dejó en la entrada de la provincia de Ambo.

Caminé hasta el aletargado distrito de Huácar y una vez allí crucé casi por inercia el revuelo del Mercado Central.

En las afueras de ese mercado, cada lunes, los campesinos montan una feria para vender los productos de sus granjas.

Ese día era lunes, así que allí estaba toreando a un aluvión de mototaxis que no dejaban de rugir, viendo a lo lejos una noria o rueda de Chicago que se levantaba, solitaria, incongruente, entre decenas de puestitos y carretillas donde los pobladores —en su mayoría mujeres entre cuarenta y sesenta años, vestidas con chompas y polleras— exponían al público sus mercancías: legumbres, tubérculos, maíces, habas tostadas, frutas redondas, jugos cítricos, calabazas, cuyes, perdices, carneros lanudos amarrados de las patas, listos para el sacrificio.

De fondo, unos altavoces expulsaban a todo volumen la música afligida de unos huaynos que hablaban de desarraigo y desamor.

Caminé cinco manzanas terrosas hasta dar con el centro secundario del jirón Comercio, ubicado en los alrededores de la plaza Central: el colegio Gregorio Cartagena, el de los tres pabellones y los doscientos alumnos y las aulas marchitas pero orgullosas.

Aún llegaba el rumor de las quenas y charangos del mercado.