Dejarás la tierra 19
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Cuando era más joven e ignorante solía ufanarme de mi primer apellido.

Si de adolescente había porfiado en criticar silenciosamente a mi familia paterna, después, ya encariñado con su idiosincrasia jaranera y su cortesanía miraflorina, dejé de lado los reproches iniciales, olvidé (o quise olvidar) los enigmas y me abandoné al encanto de sus tradiciones y anécdotas hasta volverme su difusor más entusiasta.

En las reuniones de los Cisneros era yo quien promovía que entonáramos juntos las canciones de infancia de mis tíos, los tangos de su juventud, las zarzuelas, los himnos militares, los versos del abuelo que ellos mismos habían musicalizado, los boleros en portugués que cantaban con los ojos cerrados, como añorando una vida anterior.

Creía conocer la historia de mi apellido y me aferraba a ella como a un cordón umbilical.

Ese pavoneo, ahora lo sé, era una manera de disimular mi inseguridad, pero entonces no lo veía así y se me hizo muy cómodo ponerme del lado de quienes defendían a ultranza las bondades y pergaminos de eso que llamábamos «linaje».

A diferencia de mi apellido materno —hacia el que nunca volqué mi interés investigativo—, veía el paterno como un emblema.

Mis antepasados habían sabido pasearlo por las grandes ciudades del mundo dotándolo de prestancia, distinción, sustrato intelectual y patriotismo.

Además, estaba el factor Buenos Aires: todo lo que mi abuelo, mi padre y mis tíos habían vivido allí me hacía creer que yo, por extensión arbitraria, también tenía un cariz argentino, lo cual me daba, a los veinte años, unas estúpidas ínfulas de superioridad.

Recuerdo con claridad el viaje que hice a España con el único deseo de llegar hasta el pueblo llamado Cisneros, ubicado en Palencia, a trescientos kilómetros de Madrid, lugar que tenía tasado como epicentro de mi apellido; anterior al municipio colombiano Cisneros, habitado antiguamente por indígenas tahamíes, y a la Villa Cisneros, ciudad del Sáhara Occidental levantada bajo soberanía española pero controlada por Marruecos.

Aún están fijos en mi memoria los pastizales amarillos de la carretera de acceso al pueblo, las callejuelas semidesiertas de su centro y el estanque de su plaza, ubicado al pie de dos cisnes de piedra.

Cuántas veces había escuchado decir que nuestro apellido era, por toponimia, un equivalente al nombre de esas aves —«Cisneros: el lugar donde habitan los cisnes»—, y que así se referían a mi bisabuelo algunos amigos suyos porque era callado, atildado y pretencioso: «Tú, Cisne inmortal, seguirás cantando siempre», dijo alguien en su entierro.

Al entrar en el pueblo de Cisneros una pareja de ancianos, Maruja y Manolo, como si no hubiesen visto un turista en años, se apresuraron a saludarme, darme un paseo y mostrarme la cúpula y demás interiores de la poco iluminada iglesia de San Facundo y San Primitivo, sus patronos.

Fueron ellos —los ancianos, no los santos— quienes refirieron la historia traumática de una mujer que murió en medio de una procesión después de que le cayera encima el badajo de la campana del templo, y luego contaron hasta la saciedad que allí, entre esas manzanas, en una de esas casas, había nacido el famoso cardenal Cisneros, tesis que minutos después objetó el sacristán, que apareció de la nada y acabó con esos cuentos.

Recuerdo ese viaje y me veo a mí mismo caminar por la calle de la Cruz, y luego entrar a un café —el único café— repleto de mesas ocupadas por octogenarios que comen lentejas y reparten cartas para disputar una partida de algo que el barman describe como «tute».

Me veo lidiar con un borracho esperpéntico —el único borracho—fuera del bar Las Acacias; seguir una corrida de toros en el monitor de la carnicería July, y devolver de una suave patada la pelota con que unos niños —los únicos niños— animan una competición por penaltis en la pared sucia de una casa señorial.

Volví de esa excursión sintiéndome hondamente Cisneros, y a partir de allí asumí mi apellido ya no solo como un emblema, sino como un legado honorífico, legado que en un país como el Perú —por centurias dividido en castas, jerarquías y clanes, marcado por la discriminación social, donde los apellidos muchas veces son salvoconductos o cartas de garantía pero también maldiciones y condenas que acaban decidiendo anticipadamente la suerte y el destino de las personas—, tarde o temprano me ofrecería ciertas prerrogativas.

Un apellido como el mío, pensaba en esa época, asociado a un conjunto de virtudes sociales, académicas, literarias y políticas —aun cuando muchos de sus beneficiarios hubiesen caído en indigencia económica, declive moral o cualquier otro tipo de decadencia— seguiría siendo una ventaja.

Ventaja burda, vergonzante, patética, injusta, pero eficaz.

Sentía tener con mi familia un pacto sanguíneo imperecedero.

Una alianza como la que tienen los ejércitos.

Una soldadura indestructible. Y lo sentí hasta que supe que éramos Cisneros por error, negligencia o cobardía, y que debíamos apellidarnos Cartagena, igual que el tal Gregorio, mi tatarabuelo, el hombre que fundó nuestra estirpe en voz baja junto con Nicolasa Cisneros y que luego fue negado unánimemente por sus hijos, y también por los hijos de sus hijos y luego por los hijos de estos hasta ser anulado, como si no hubiese existido, como si no fuera él la semilla, la matriz, la espina dorsal.

Al enterarme de que mi apellido paterno era originalmente otro sentí un desfase, una sacudida.

Como si durante todos los años previos hubiese venerado al patriarca incorrecto y seguido las premisas equivocadas.

Los hombres probos e intachables a los que había admirado desde que tuve consciencia, los que eran carne de mi carne, quedaron repentinamente desdibujados, reducidos a sujetos medrosos, vulgares e inconsecuentes.

La vieja claridad se llenó de turbidez. La arcilla se volvió costra.

El tejido general se descosió dejando ver sus hilos.

Sin embargo, algo afloró de toda aquella confusión.

Al inicio me sorprendió que aquellos hallazgos pasaran desapercibidos o resultaran incluso irrelevantes para los demás.

Luego dejó de importarme. Me bastaba con saber que mi apellido era una impostura para replantear mis propias nociones de «familia» e «identidad» y echar una nueva mirada en torno a mi pasado.

Eran días en que las preguntas manaban en cascada.

¿Qué otras cosas serían falsas? ¿Qué otras mentiras habríamos hecho nuestras?

¿Quiénes éramos? ¿De dónde veníamos? ¿Quién era ese tal Cartagena?

¿Qué oficio tenía? ¿Por qué no dejó que su apellido se perpetuara?

¿Por qué nadie se sentía orgulloso de ser su descendiente?

Me produjo tanta ansiedad desmantelar la historia oculta de mis ancestros que no quise posponer más la investigación y me empeciné con detectar el germen del «error».

Sentía que actuaba, ya no por capricho o voluntad, sino por una especie de mandato al que alguien me hubiese predestinado.

Y así como antes había exhumado a mi padre para escribir una novela acerca de él o de mi relación con él, me obligué a repetir la operación con los hombres anteriores a mi padre, tratando de propiciar algo así como un careo póstumo entre ellos a ver si se ponían de acuerdo en algo.

Escarbé por encima y debajo de lo permitido, hurgando en huecos e intersticios sin tener idea de dónde desembocarían mis pesquisas.

Solo después de remover los engranajes más oxidados, descubrí aquello que las generaciones anteriores habían considerado una «mancha», una «suciedad» que menoscababa el prestigio familiar: todos descendíamos de un cura.

Nada menos que de un cura.

Las evidencias, irónicamente, sobrevivían gracias a los descuidos y susurros de quienes habían pretendido corregir la raíz ancestral borrándola.

Para entonces ya no me importaba si mi búsqueda era vista como indiscreción, desobediencia o sabotaje.

Ni si los sectores más conservadores de mi parentela me tenían por desmandado, cretino o traidor.

Las discordias y reproches eran lo de menos.

Más deleznable me parecía tener la información y no hacer nada con ella.

Mi indagación podía ser todo lo errática y deplorable que quisieran, pero apuntaba a un objetivo legítimo al menos para mí: precisar mi origen lo más fielmente posible y, con eso, desmentir las historias incompletas que todos dábamos por ciertas —que me habían sido transmitidas y que yo mismo me había acostumbrado a divulgar— y poder distorsionarlas en adelante si se me antojaba, pero con pleno conocimiento de causa.

Además, qué tanto podía molestarles mi investigación si ya no quedaba nada de la antigua mística familiar, si ya no éramos los de antes.

Todas las tradiciones que nos definían y antaño sonaban eternas o inmortales habían ido caducando con la muerte paulatina de los hombres y mujeres más antiguos, los que sabían de memoria las historias, las canciones, los poemas, las anécdotas, las verdades.

La abuela Esperanza. La tía Agripina. El tío Juvenal.

El tío Adrián. Mi padre, el Gaucho. Los que no se habían muerto estaban por morirse o andaban muy aburridos para vivir o muy débiles para recordar.

Ni siquiera teníamos la gran casa de La Paz disponible para cobijarnos como antes.

También ese reino se había vuelto un limbo.

Ahora cada uno se juntaba por su parte, en pisos alquilados o residencias venidas a menos, para hablar con mezquindad de unos y otros. O tal vez ni siquiera eso.

Lo cierto es que aquella entrañable unión de clan se había diluido de golpe, como un gran edificio que colapsa y en cuestión de segundos desaparece del paisaje dejando un agujero en la tierra. Qué tanto podía molestarles, pues, que yo me aviniera a curiosear, a averiguar, a remover los escombros.