Dejarás la tierra 18 #3
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Los Cisneros Caicedo y los Cisneros Vizquerra eran hijos del mismo hombre, aunque no del mismo padre.

Los mayores habían tenido por progenitor a un Fernán joven, elusivo, metido hasta el cuello en abigarradas salas de redacción, bares, cafés y cuanto laboratorio bohemio existía en la Lima de esa época, un muchacho sin dinero, combativo, que vivía arriesgando el pellejo y que conoció temprano la cárcel y el infierno del destierro.

Esos primeros hijos no habían podido surgir ni estudiar carreras de ningún tipo y por eso acabaron abrazando empleos temporales o ejerciendo profesiones para las que no se habían preparado.

Sarino y Benito fueron los más aplicados, alcanzaron cierta prosperidad y aseguraron su porvenir.

Fortunato no. Él era cansino, estrecho de miras, fiestero e irresponsable y terminó desempleado y, tal vez por esa misma causa, abandonado por su mujer, provocando a sus padres nada más que mortificaciones.

Con tal experiencia familiar era natural que a Benito, el menor, le pareciera notable que Juvenal concluyera sus estudios y fuese el primero en alcanzar un título académico.

Lo que no sabía era que su perseverancia se debía a un íntimo deseo no tanto de satisfacer al padre sino más bien de superarlo y vencerlo.

A diferencia de los mayores, los Cisneros Vizquerra eran hijos de un Fernán hecho en las pobrezas y severidades de la expatriación que luego se convirtió en embajador y asumió poco a poco una posición y un estilo de vida diplomáticos.

Su sueldo, aunque siempre quedaba chico, le permitió costear un sinnúmero de gastos y hacer más llevaderos los últimos años de su exilio.

Ese Fernán, que además contaba con una cómplice aguerrida en Esperanza, pudo moldear con detenimiento a sus hijos menores, marcándolos y definiendo sus personalidades.

Nadie podría decir, sin embargo, que el padre que esos chicos tuvieron fuera un mejor hombre, ya que había abusado en extremo de las mentiras y los fingimientos.

El Fernán joven, vestido con un único traje, un único par de zapatos, el apasionado reportero que se ganaba la vida a razón de treinta o cincuenta libras al mes amortizando innumerables deudas, quizá porque era un hombre pobre e inseguro era también un padre presente, real, de carne y hueso.

En cambio el Fernán mayor, hombre mucho más juicioso, reconocido y refinado, que aprendió a no pasar penurias, que terminó viajando en barcos, que salía en los diarios, que disponía de auto y chófer en Uruguay, México y Brasil, ese señor afianzado y desinhibido que se codeaba con estrellas literarias, era también un padre intermitente, sesudo pero huidizo, que estaba fundamentalmente preocupado por volver al Perú y porque su doble vida familiar no perjudicara su reputación de intelectual decente y rectilíneo.

Así fue como los hijos Cisneros, los mayores y menores, terminaron por compartir a Fernán.

Se sabían hermanos de sangre pero también se sentían hijos de un padre con dos caras que, por mucho que lo intentó, no pudo ni debió representar lo mismo para ninguno de ellos.

Cada hijo tuvo un padre particular, cada hijo construyó a su padre con materiales espirituales distintos a los que usaron los demás, y los esfuerzos epistolares de Benito y Juvenal por acercarse eran a la vez tentativas de reunir las porciones dispersas de ese mosaico quebrantado que era mi abuelo.

Digo «mosaico» y pienso de inmediato en esta foto tan extraña y reveladora que mi abuelo se tomó en marzo de 1949, en Nueva York, adonde había acudido para participar en una asamblea de la ONU.

En esa foto con fondo negro —por un truco de espejos muy popular en esos años—, Fernán aparece multiplicado alrededor de una mesa ovalada.

La imagen es la de cinco Fernán Cisneros en una suerte de junta de directorio.

Cinco individuos con la misma cara sentados, meditabundos, mirándose entre sí como socios o contertulios.

Cinco prolongaciones del mismo ser. Cada uno parece encarnar una faceta de mi abuelo: el periodista, el diplomático, el embajador, el poeta, el bígamo.

Qué decisiones estarían negociando. Miro ahora la fotografía e imagino que quizá en nuestro cerebro ocurre algo así: un grupo de sujetos se sienta diariamente a debatir cuál de ellos usurpará o dirigirá, durante las siguientes veinticuatro horas o por un tiempo más prudencial, la personalidad del hombre que los aloja en su cabeza.

¿Eso somos finalmente? ¿Una sucesión de criaturas con la misma fachada?

¿Un manojo de personajes, cada uno fraguado en su propio compartimento?

¿La suma o más bien la intersección de un número indeterminado de alteregos?

Qué confusa e hipnótica me resultaba esa fotografía cada vez que la veía en una credencia de la misteriosa casa de La Paz.

Mi abuelo copiado y repetido.

Todos eran el mismo. Idénticos, pero distintos.

Hasta hoy no sé cuál de los cinco era el modelo original.

Fernán murió de un infarto el 17 de marzo de 1954.

Se encontraba en casa del director de La Prensa planeando su regreso al periódico con una columna de características que estaban por definirse. También los acompañaba un alto ejecutivo del diario.

De repente, en medio de las negociaciones, Fernán sintió un ardor en el pecho seguido de una notoria dificultad para respirar y una creciente parálisis en el brazo derecho.

El director le preguntó dos veces qué le sucedía y lo vio tan desencajado que solo atinó a recostarlo en el suelo, mientras el otro señor salía a la calle a llamar a un vecino cardiólogo de apellido Ferradas. La rápida reacción no sería suficiente.

Cuando el médico llegó, el corazón de mi abuelo, imagino sobresaltado por la acumulación de años de persecuciones y episodios fatídicos, y por los muchos secretos que había evitado confesar, hacía varios minutos que había reventado.