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Pese a que era un mujeriego comprobado, mi abuelo aceptó al señor Ruzo porque era un intelectual.
Se le atribuía, por ejemplo, el descubrimiento de Marcahuasi, «la montaña más sagrada de la Tierra», un monumental conjunto de cavernas talladas y esculturas naturales ubicado al este de Lima que, según decían, había fungido de fortaleza religiosa para los antiguos habitantes de esa zona del Perú.
Aunque una parte de la comunidad científica internacional tenía ciertos reparos sobre la veracidad de los postulados de Daniel Ruzo, en general era un hombre muy respetado como estudioso.
Creyéndose razonable, Fernán autorizó a Carlota a recibirlo en la casa de La Paz, en Miraflores, una vez por semana, durante una hora como máximo, siempre bajo la vigilancia de alguno de sus hermanos menores.
Pero mi tía tenía planes muy distintos. Empezó a escaparse los fines de semana para refugiarse con Daniel en su casa de Chosica y, aunque al enterarse Fernán le prohibió volver a verlo y amagó con encerrarla, ella no se detuvo y siguió fugándose hasta que un buen día mi abuelo acabó por firmar su rendición.
Carlota y el señor Ruzo vivieron juntos varios años entre Perú, Brasil —donde se casaron en 1960, en la iglesia de Nossa Senhora da Gloria de Rio de Janeiro, con el fundador del partido aprista, Víctor Raúl Haya de la Torre, como uno de sus testigos— y México, donde más adelante se divorciarían solo para volver a contraer matrimonio.
Cuando yo la conocí a inicios de los años ochenta no sabía nada de esto, pero bastaba verla llegar desatando euforias y murmullos, escucharla hablar de cualquier cosa o tan solo mirarla detenidamente un rato para intuir algo de esas aventuras alocadas de que estaba hecha su vida.
Tanto la vida periodística de mi abuelo como sus fallidas correrías políticas, sus discrepancias con el comunismo y sus abiertas rencillas con los primeros líderes del partido aprista están suficientemente documentadas en volúmenes polvorientos y tienen muy poco que hacer en este libro.
Respecto de su itinerante labor diplomática no se ha escrito mucho, pero quizá tampoco haya tanto que decir.
En dieciocho años de misiones, Fernán pasó de Uruguay a México y de allí a Brasil, países donde montó reuniones agotadoras, organizó selectas fiestas en cada aniversario de la independencia del Perú, cantó valses, rancheras, tangos, cuplés, acudió a actuaciones, desfiles, eventos y veladas culturales donde dirigió discursos que abusaban de palabras como «esperanza», «unidos», «americanos», «fe», «fraternidad» y «patria».
Condecoró y fue condecorado. Visitó estaciones de radio para leer sus poemas o los poemas de su padre y dar su opinión sobre las catastróficas secuelas de la Segunda Guerra Mundial.
Se hizo amigo de presidentes, embajadores, monseñores, artistas y escritores, personajes encumbrados, excéntricos, mundanos o siniestros, asistiendo luego a sus cumpleaños, sus bodas y sus funerales.
Una noche de 1940, en México, en la cantina Belmont de la colonia Juárez, el bar favorito de los políticos y periodistas que trabajaban por esa zona, Fernán conoció a un catalán llamado Jacques Mornard, hijo de un diplomático belga.
Sintonizaron rápidamente y durante dos semanas se vieron todas las noches en esa misma cantina para charlar de política y literatura, en medio de un gentío que devoraba tortillas azules de maíz, tomaba cervezas frías y escuchaba los corridos mexicanos cantados por unos trovadores viejísimos e invidentes.
Empezaban a hacerse amigos cuando el catalán dejó de acudir al Belmont sin avisarle ni dejarle recados con nadie.
La siguiente vez que mi abuelo lo vio fue una mañana, en las portadas de todos los diarios.
Su rostro se tiñó del color de la ceniza cuando leyó que Jacques Mornard en realidad se llamaba Ramón Mercader, que no era hijo de ningún diplomático, sino espía, y que la tarde anterior, a la misma hora en que él lo esperaba en la cantina Belmont, había asesinado a León Trotsky en Coyoacán clavándole un piquete de acero en la cabeza.
En 1951, mi abuelo volvería al Perú definitivamente.
Habían pasado treinta años desde la mañana en que subió a un barco para empezar su destierro.
A lo largo de esas décadas solo una vez —en 1937— había podido hacer una breve parada en Lima, con ocasión del centenario del nacimiento de su padre, Luis Benjamín.
Después de cien solicitudes burocráticas, el Gobierno de esa época le dejó coordinar las actividades junto a una comisión especialmente encargada, y desde su llegada a la capital se abocó a dicha tarea.
Durante esos días agitados, sus hermanos recibieron varias llamadas recriminatorias en las que una voz anónima preguntaba antes de colgar: «¿Por qué hacen tanto ruido para homenajear al hijo negado de un cura?
». Un siglo después, el fantasma del clérigo Gregorio Cartagena aún se daba maña para incordiar a los Cisneros, resucitar páginas funestas que ellos ya creían olvidadas y recordarles que el apellido paterno que llevaban era una sustitución, no una herencia.
Mientras Fernán vivió en México como embajador, en una casa colocada sobre las tupidas colinas de Chapultepec, recibió la visita de sus hijas mayores, Rosaura y Magdalena, que pasaron allí una temporada acompañándolo.
Por su parte, los varones Cisneros Caicedo —Fortunato, Sarino y Benito— no se movieron de Lima, donde aceptaban los empleos que podían.
Mi abuela Esperanza, por su parte, continuaba en Buenos Aires, ahora en la calle Serrano, cocinando para el vecindario, haciendo trueques cuando se quedaba sin monedas para el diario, sembrando tréboles, lirios, begonias en macetitas de barro, y esperando que sus últimos hijos terminaran el colegio.
Hasta ese momento el contacto entre ambas familias se limitaba a una intempestiva visita nocturna que Sarino había hecho años atrás a la casa de Boyacá, cuando trabajaba como secretario de Fernán.
Aquella noche, después de mucho persistir, Sarino convenció a su padre de que lo dejase subir cinco minutos a la casa «donde vivían los otros».
Así fue como conoció a Esperanza —a quien siempre se referiría como «la amante de papá»— y a sus hermanos menores, que se quedaron mirándolo como si fuese un señor cualquiera, sin imaginar que compartían la misma sangre.
Pasó mucho tiempo antes de que ambas familias se encontraran de nuevo.
Un día de mayo de 1942, Benito, el menor de los Cisneros Caicedo, sintió una necesidad perentoria, tal vez biológica, de tender un puente hacia esa isla neblinosa que componían sus hermanos pequeños allá en Argentina y, sin consultarle a su padre ni a sus hermanos mayores, se encerró en su oficina del Banco Agrícola para escribirle una carta a Juvenal, su hermanastro más contemporáneo.
Había escuchado que pronto viajaría al Perú y quería ganarse su amistad antes de que los sentimientos entre ambas familias, todavía genuinos debido a las mediaciones de Fernán, comenzaran a tornarse artificiales.
Lima, 20 de mayo de 1942
Mi querido Juvenal:
Tú a los veintidós y yo a los veintiséis, vamos a darnos nuestro primer abrazo. Que sea muy fuerte para que nos mantenga unidos.
Soy tu hermano Benito, que quiere llegar a tu cariño así, de improviso, con el corazón abierto. Seguramente ambos nos hemos presentido los pasos sin habernos atrevido a encontramos.
Hoy busco resueltamente tu amistad y espero que ella sea por siempre.
Sé de ti que eres bueno. Que tienes lleno de esperanzas el corazón de nuestro papá y que tus estudios llegarán pronto, a costa de tu sacrificio, a darte un título que será la mejor felicidad en la vida de nuestro viejo.
Él merecía que al menos uno de nosotros le diera esta satisfacción y me felicito de que seas tú quien la logre. Eso solo ya me hace quererte.
Escríbeme. Ayúdame a acercar nuestras vidas tantos años distantes y háblame de Carlota, Gaucho, Gustavo, Roque, Reynaldo y Adrián. Bésalos a todos en mi nombre, silenciosamente.
Mi afecto fraternal espera conmovido tus palabras y tu cariño.
Te abraza muy fuerte,
tu hermano Benito
Cuando terminó de leer la carta, Juvenal rememoró la mañana en que persiguió a su padre y al doblar una esquina lo vio llegar a otra casa y saludar a otros hijos: —«¿Sería Benito uno de los que vi?
» —se preguntaba ahora, y entendió que, a los veintidós años, su misión no era otra que facilitar la aproximación entre dos clanes de hermanos que hasta ese momento no se conocían.
Fue gracias a esa única carta que los hijos mayores y menores de mi abuelo empezaron a construir lo que los hijos mayores y menores de la generación anterior no habían podido: una relación.