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Los años posteriores al casamiento fueron los de mayor cercanía entre Fernán y su segunda familia.
Al fin pudo ver, día a día, el crecimiento de sus hijos menores.
Aprendió a diferenciar sus risas, silencios, llantos, y sus respectivas maneras de dormir; los educaba con reflexiones en voz alta, y les compuso instructivos versos domésticos para que supieran cómo lavarse, siempre bajo su supervisión, las manos, los dientes y las orejas: actividades en apariencia anodinas pero que se grabarían profundamente en algunos de los niños —mi padre, por ejemplo—, que ya de adultos, más de una vez, se dejaron llevar por las lágrimas al repetir esas mismas operaciones con sus hijos.
Cierta noche Fernán llegó a la casa de Boyacá con una radio que había comprado en una feria de rebajas para escuchar las noticias del Perú siguiendo por onda corta la señal de Radio Nacional.
El aparato —modelo Addison, barnizado, con rejilla y perillas originales, que por su aspecto era conocido como «el pequeño Palacio de Justicia»— también le proporcionó a mi abuelo las primeras informaciones de la guerra civil española y de la antesala de la Segunda Guerra Mundial.
En esos años, en las postrimerías de las tardes de Buenos Aires, mi padre y sus hermanos se juntaban debajo la cama para escuchar en la radio las delirantes arengas de Hitler y Mussolini que transmitían los boletines informativos.
No entendían nada de alemán ni italiano, pero había algo en esos gritos que los intimidaba y seducía.
En vez de explicarles quiénes eran esos hombres, mi abuelo Fernán movía la pesada aguja del dial buscando estaciones musicales y aprovechaba para enseñarles todo tipo de canciones, desde el himno franquista Cara al sol —que aprendieron de memoria y cantarían incluso de grandes, en el epílogo de esas reuniones en las que yo era un testigo esquinado—, hasta el It’s a long way to Tipperary , la canción que las tropas inglesas popularizaron en la Primera Guerra Mundial mientras marchaban a Francia; pasando por el Lambeth walk , tema principal de un famoso musical británico que aludía a Lambeth —la barriada londinense de hombres harapientos y pordioseros por donde alguna vez caminaron Luis Benjamín y Cristina—, que se bailaba siguiendo una coreografía que Fernán ejecutaba graciosamente cada vez que sus hijos se lo pedían.
Fernán logró con esos detalles recompensar a sus hijos por aquellos años agridulces en que se había mantenido alejado o presente a ratos, más como un señor que entraba y salía de la casa que como un padre en sí.
Incluso Juvenal, que al inicio se había mostrado renuente a comportarse con normalidad en su presencia —como si no supiera que existía otra familia—, acabó aceptando los cariños y estímulos del padre, aun cuando por dentro sabía que jamás perdonaría del todo sus mentiras ni su hiriente desfachatez.
Una tarde de esos años Fernán y mi abuela sentaron a los chicos en la sala de la casa de Suipacha para ofrecerles una función.
Mientras ella desfilaba como si descendiera de la escalinata de un avión, enredándose en collares y boas de plumas, él recitaba un poema que había compuesto días antes titulado «Parce que je viens de Paris» (Porque yo vengo de París), en el que daba voz a una mujer sofisticada que, recién llegada a Lima, deslumbraba a propios y extraños presumiendo de su estilo de vida allá en la capital francesa.
Mire usted esta elegancia,
este chic, esta arrogancia,
y diga si no parece
que soy de París de Francia
de la cabeza a los pies.
Diga usted si hay muchos talles
como este talle en las calles,
y confiese usted en serio
que le recuerdo a Versalles
en la época del Imperio.
Y diga si no está bien la vida que llevo aquí:
la mañana en Madeleine,
el mediodía en la Seine
y el crepúsculo en el Bois.
Ay, cuando al fin de esta empresa
regrese a la patria mía
y llegue a Lima con esa mirada de picardía
con que mira una francesa,
todos vendrán hacia mí.
Y yo les diré al instante:
¿ Saben por qué estoy así,
tan bonita y elegante?
Parce que je viens de Paris.
Y cuando alguien...
lo estoy viendo...
se atreva, muy compungido,
a decirme en el oído
palabras que yo no entiendo,
pero de grato sonido,
le he de decir con la mano:
no, no, no, perdona, hermano
jamás te diré que «Oui»,
y no me hables castellano
Parce que je viens de Paris.
La dicción de Fernán era tan nítida y las gesticulaciones de Esperanza tan convincentes y divertidas que los hijos no olvidarían esos versos, en especial Carlota, la única mujer, la tercera de siete hermanos, quien aprendió a recitarlos de memoria y con los años convirtió ese poema en su número estelar durante las veladas familiares.
Solo de adulto supe de las muchas rebeldías y protestas que habían puntuado la vida de la tía Carlota.
Bautizada como Luisa Fernanda, un día decidió llamarse Carlota y apenas tuvo edad para cambiarse el nombre ante la ley, lo hizo sin remordimientos.
Un par de lustros después, orientada por un gurú indonesio que le aseguró que el profeta Elías la había «elegido», se rebautizó como Elia Carlota, pero nadie se acostumbró a llamarla así.
Antes de eso, a los catorce, había renunciado a la Iglesia católica después de que un sacerdote la regañara duramente por afirmar en el confesionario que la religión era «un consuelo inventado para no enfrentar el miedo a la muerte».
Mientras el confesor, espantado, le recriminaba su atrevimiento, ella escuchaba una voz desde su conciencia que le repetía incesantemente: «Tú tienes fe, el cura no; tú tienes fe, el cura no».
Mi abuela Esperanza no podía dejar de asociar el espíritu contestatario de su única hija con lo sucedido aquella noche del pasado en el palacio Estévez, cuando mi abuelo Fernán hizo como si no la conociera frente a una multitud de dignatarios.
Por eso mismo no le sorprendió que, al crecer, Carlota reaccionara encaprichándose justo con los pretendientes que su padre reprobaba.
El primero fue Julián del Campo, un amigo de sus hermanos.
«Usted tiene nombre de jabón», lo minimizó Fernán cuando mi tía se lo presentó en Buenos Aires, durante una fiesta diplomática.
Lo único que consiguió mi abuelo con esa broma fue que Carlota bailara con Julián toda la noche.
«¡Bailaron Frenesí quince veces!», le contaría Fernán a Esperanza antes de irse a dormir, aún escandalizado.
Otro de sus novios fue Juan Ernesto Wiener, un joven alemán, alto, de bigotes, que un día de 1943 apareció en el número 2363 de la calle Serrano, el último domicilio que mi abuela y sus hijos tuvieron en Argentina.
El muchacho cultivaba el aeromodelismo y llegaba a visitar a Carlota con las manos llenas de unos aviones de papel que mi tía colgaba luego del techo de su habitación.
No tardó nada en proponerle matrimonio ni mi tía en aceptar.
Por esos años mi abuelo Fernán servía como embajador de Perú en México.
Asustada ante los planes de casamiento, Esperanza mandó llamar enseguida a Fernán, quien pidió una licencia urgente y tomó el primer vuelo desde Ciudad de México a Buenos Aires con la expresa finalidad de llevarse a Carlota con él.
Se la llevó, sí, pero antes rompió con sus propias manos, en las narices de su hija, todos los aviones de papel que Juan Ernesto Wiener le había regalado.
Mi abuelo sabía que era cuestión de tiempo que su hija de veinte años, bonita, culta, que hablaba francés y tocaba valses con la guitarra volviese a enamorarse; pero estaba dispuesto a retrasar esa fatalidad lo más que pudiera.
Cumplió con hacerlo al menos hasta 1947, cuando le tocó ser embajador en Brasil.
Ahí volvieron sus dolores de cabeza. Mi abuela Esperanza se mudó a Río de Janeiro para ayudarlo con la administración de la embajada, y mi tía Carlota se fue con ellos dedicándose a estudiar y hacer vida social con el círculo diplomático.
Así conoció a Roberto Calzadillas, secretario de la embajada de Bolivia, con quien vivió un romance a lo largo del verano de 1948.
Cuando se enteró, mi abuelo se puso furioso, y ya que no podía oponerse directamente —mal que bien, Calzadillas pertenecía a su mismo entorno— empezó a hacer campaña contra él comentando en cartas a sus hijos que no era más que «un mindundi sin futuro: en Bolivia te nombran diplomático con una revolución y te destituyen con otra».
Ese mismo año apareció por la embajada otro señor que declaró estar enamorado de Carlota, Paco Moncada, hijo de un íntimo amigo de mi abuelo.
Fernán lo conocía bien, sabía que era un vago trepador, un taurófilo sin profesión, un izquierdista de medio pelo que, para colmo, estaba de novio hacía años con una señora venezolana, así que, sin dudarlo, para zanjar el asunto de una vez, envió a mi tía a que siguiera sus estudios de Servicio Social en Lima.
Cuando al año siguiente Carlota, con veinticuatro años cumplidos, llegó a casa contándole que se había enamorado de un hombre divorciado, mi abuelo ya había depuesto sus maniobras por cansancio y no le dijo nada.
«Se llama Daniel Ruzo —le contó—, es arqueólogo, poeta, fotógrafo, humanista e intérprete de las profecías de Nostradamus».
Mi abuelo no pudo pegar los ojos toda la noche.
Al día siguiente se puso a investigarlo con sus contactos en la prensa y encontró que era el mismo Daniel Ruzo que él había premiado casi medio siglo atrás en el antiguo concurso «El Poeta Joven del Perú».
También supo que ahora era un hombre de sesenta y dos años, padre de cinco hijos tenidos con cuatro mujeres diferentes.
Mi tía lo había conocido en una granja de Chosica y quedó pasmada ante sus conocimientos, su lenguaje, su trato de hombre fino, su aire espiritual.
Estuvo hablando con él durante horas y supo que no podría resistírsele desde que lo oyó decir:
—A ti y a mí nadie nos entiende, pero no te preocupes: entre nosotros nos vamos a entender.