Dejarás la tierra 17 #2
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La primera vez Fernán no le prestó mayor atención, asumiendo que se trataba de un reblandecimiento producto del duelo reciente, pero cuando días más tarde Hermelinda insistió con que Bernarda seguía apareciéndose todas las tardes vestida de armiño y que su voz, infantil pero lastimera, ululaba por toda la casa como el balido de un cordero, entonces sí que comenzó a inquietarse.

En sus vueltas de Buenos Aires a Montevideo, cuando les preguntaba a sus hijos mayores sobre el estado de su madre, estos le daban reportes cada vez más alarmantes.

Decían que Hermelinda soltaba frases inconexas delante del espejo; que había desarrollado la manía de esconder tazas de leche cortada en armarios y reposteros; que cantaba o más bien gemía plegarias en idiomas extranjeros; que dejaba de bañarse durante días y se rascaba los brazos lastimándose hasta llenarse de escoriaciones; que avanzaba a intervalos por los pasillos, desencajada, vestida de luto, sonámbula, rechinando los dientes, y que cuando despertaba lo hacía llorando desconsoladamente y nombraba con desdén a sus abuelos fallecidos cuarenta años atrás.

Cuando Fernán habló con ella para convencerla de que era indispensable ver a un doctor, Hermelinda le contestó gritando:

—Me cago en tu vida, maricón.

Se lo dijo una, otra y otra vez. Solo entonces Fernán se asustó de veras y puso a su mujer a la fuerza en manos de un médico, quien, nada más verla, greñuda, violenta, escupiendo imprecaciones y obscenidades, decidió maniatarla e ingresarla en el hospital Viladerbó, el manicomio de Montevideo, más conocido como «el cementerio de los seres vivos» o «el purgatorio de los desquiciados».

La voluble Hermelinda Caicedo permaneció allí dos meses y medio, atada a una cama, rodeada de fármacos y sondas, recibiendo terapia de electrochoques, baños de agua helada e inyecciones diarias, hasta que una mañana, cuando ya parecía restablecida de ese cuadro neurasténico mal diagnosticado, contrajo una neumonía galopante que en una semana desencadenó una insuficiencia respiratoria letal.

Los calmantes dejaron de hacer efecto y entonces volvieron con más fuerza las jaquecas, las palabrotas y las alucinaciones de la aparecida Bernarda, solo que ahora mezcladas con fiebres y una permanente sensación de asfixia.

En cuestión de días un aura espectral fue apoderándose de ella hasta dejarle un definitivo aspecto de difunta.

Los hijos Cisneros Caicedo jamás hablaron de la locura de su madre.

La velaron veinticuatro horas y enviaron al Perú un único telegrama diciendo a los parientes que había fallecido «de un infarto».

Se supo que la embalsamaron y enrollaron su cuerpo en una especie de sudario para que no se pudriera, pero en el último momento decidieron incinerarla con todo y mortaja en los altos hornos del cementerio del Norte de Montevideo.

Horas después de la cremación, esparcieron las cenizas de Hermelinda en la plazoleta Parra del Riego, prepararon sus maletas y se dirigieron al puerto para inscribirse en el siguiente barco que hiciera una parada en el Callao.

Al reaparecer en Lima después de tantos años, les llevó un tiempo reconocer la ciudad, pero un vez que lo hicieron aprendieron a moverse en ella y adoptaron rutinas ordinarias y se guardaron para siempre su dolor y su vergüenza.

Al poco tiempo también murió Cristina, y solo así, sin esposa ni madre, Fernán se sintió exento de ataduras y le propuso matrimonio a Esperanza.

—¿Para qué quiero casarme con un viudo? —refutó ella.

—Te debo un matrimonio —dijo Fernán.

—¿Estás seguro? Estamos tan viejos que el matrimonio va a durarnos menos que el noviazgo —observó.

Ante las súplicas de Fernán, mi abuela accedió y eligió casarse en la iglesia de la Divina Providencia de Buenos Aires, en la calle Traful.

Esa mañana sus hijos hicieron las veces de acólitos, en especial los mayores, Juvenal y Carlota, que se encargaron de portar la cruz, columpiar el incensario, pasar los limosnarios entre las bancas, alcanzarle el misal al sacerdote, colocar sobre el altar la custodia, el cáliz, el copón con las hostias y las ofrendas extraídas del tabernáculo, todo ello sin dejar de observar a su madre, que desde su reclinatorio aprobaba cada uno de sus movimientos.

A la salida del templo, mientras recibían en el atrio el abrazo efusivo de los conocidos que llegaron a felicitarlos, Esperanza se acercó al oído de Fernán:

—Míralos a estos hipócritas, ahora se hacen los beatos y me saludan, después de pasarse toda la vida llamándome concubina a mis espaldas.

La única pariente que viajó desde Perú para asistir a la boda fue Agripina Cisneros, la tía Agripina, prima hermana de mi abuelo: la misma que había ayudado a Esperanza a embarcarse rumbo a Argentina varios años atrás y que algunos años después, en Lima, conduciría al tío Gustavo al cementerio Presbítero Maestro para mostrarle «las tumbas de los amantes».

El día de la boda, Agripina —una mujer muy pía que tenía por afición viajar por el mundo coleccionando reliquias cristianas— apareció en la iglesia de Buenos Aires obsequiándoles a los recién casados una arqueta que, según ella, contenía tierra del lugar exacto de la asunción de la Virgen María, pequeños fragmentos del Lignum Crucis , partículas de una de las seis hidrias de piedra que Cristo colmó de vino en Caná y hasta restos de una sandalia de san Pedro.

Mi abuela conservaría ese cofre hasta sus últimos días en la gaveta más alta de un mueble tenebroso, solo que con la vejez olvidó su contenido o se inhibió de revelarlo.

Cuando yo iba a su dormitorio, ella —acompañada de otras viejas, primas o tías suyas, todas recostadas sobre el cubrecama, jugando a las cartas o solo chismeando y tomando tisanas— me intrigaba diciendo con voz truculenta:

—Allí tengo los dientes de tu abuelo. ¿Quieres verlos?