17
—Mamá, ¿quién es la señora que aparece con papá en el periódico?
—rodearon una tarde Carlota y Gustavo a mi abuela Esperanza, mostrándole un ejemplar de El País de Montevideo, en cuyas páginas sociales figuraba una foto con una leyenda que rezaba: «El embajador Fernán Cisneros junto a su esposa, la distinguida señora Hermelinda Caicedo».
Esperanza se apoyó en el mango del escobillón con que venía barriendo la cocina, tomó el diario y observó la imagen varios segundos. Sus ojos no podían despegarse de la expresión « distinguida señora ».
—Se han equivocado —dijo, tragando saliva.
—¿Entonces quién es? —preguntó Juvenal, que ahora entraba en la cocina con un camión de juguete en la mano. Su voz tenía el tono de una interpelación.
—Esa señora es la esposa del tío Alfonso, pero como es una novelera y le gusta lucirse y salir en todas partes yo dejo que diga que es «la esposa del embajador» —contestó Esperanza, haciendo comillas con los dedos, sacando como siempre un as bajo la manga.
Enseguida rellenó los recipientes de leche y volvió a verter un cubetazo de agua sobre las baldosas blancas.
Juvenal le dirigió una mirada de hastío.
—¿Y estas niñas quiénes son? —insistió Carlota, de nueve años, señalando otra fotografía donde aparecían sonrientes Rosaura y Magdalena, las hijas mayores de Fernán y Hermelinda Caicedo.
—Ellas..., ah, sí, claro, claro, son... precisamente... las hijas de tu tío Alfonso —reaccionó Esperanza, menos eficaz en su histrionismo.
—¡Yo también quiero salir en el periódico, mamá! —exigió Carlota.
—No te angusties, hija, hoy mismo voy a hablar con los dueños de El País para que te hagan un reportaje de tres páginas completas junto a tu profesora de ballet —prometió Esperanza, sin mirarla, repasando el escobillón.
—¿Y podré salir junto a papá? —se ilusionó la niña, la vocecita entrecortada.
—¡Por supuesto! ¡Si tú eres su única muñeca! —concedió Esperanza.
Juvenal no pudo dominarse y arrojó el camión con virulencia contra una pared antes de retirarse despotricando en voz baja. Esperanza se quedó mirándolo como si presintiera el porqué de su comportamiento, mientras Carlota lloraba asustada por el ruido del juguete al romperse.
Desde que Fernán fuera nombrado embajador del Perú en Uruguay, ambas familias se habían trasladado a Montevideo y vivido dos años en la misma ciudad sin conocerse.
La familia legítima —que contaba con la bendición de la abuela Cristina— residía en la sede diplomática peruana, en la calle Obligado, mientras que la ilegítima moraba cuatro manzanas más allá, en el 2671 de Bartolito Mitre.
Solo los separaban unos cuantos muros y edificios.
Unas cuantas mentiras y secretos. Igual que en Buenos Aires, mi abuelo mantenía su ritual: pasaba el día con Hermelinda, la noche con Esperanza.
Mi abuela sabía que la petición de su hija no era un engreimiento celoso, sino un reclamo que provenía desde algún fondo inconsciente, y sintió que debía hacer algo al respecto.
Por eso una noche, sin avisarle a nadie, acaso sensibilizada por su nuevo y penúltimo embarazo, llevó a la niña a una ceremonia en el palacio Estévez, la Casa de Gobierno, donde Fernán sería condecorado junto con otros diplomáticos por el presidente Gabriel Terra.
Esperanza sabía que corría el riesgo de cruzarse con Hermelinda y los hijos mayores pero no le importó.
A fin de cuentas, pensaba, el único que podía reconocerla era Fortunato, quien tanta veces había recibido de sus manos unas ollas con guiso caliente y atados de ropa limpia en una esquina de Buenos Aires.
Esa noche vistió a Carlota con un vestido de calle alquilado y la peinó con trenza.
Horas después atravesó con su hija la plaza Independencia y las corpulentas columnas del Palacio burlando a los señores que controlaban el acceso, quienes la vieron caminar tan decidida que no se animaron a pedirle su invitación ni preguntarle quién era.
Mientras entraba en el salón presidencial, con el porte airoso y la niña prendida de su brazo, golpeteando las losetas con los rudos tacones de sus zapatos, Esperanza tomó consciencia de estar actuando movilizada por el deseo de ver a su hija encontrarse con su padre en un lugar como ese, delante de personas como esas.
«Fernán no se negará a atenderla», pensó mi abuela mientras paseaba la vista por los suntuosos adornos de la sala de ceremonias, contrastándolos en silencio con las bagatelas que decoraban su casa.
Carlota, por su parte, no dejaba de mirar las bandejas de plata de esos mayordomos que, le pareció, iban vestidos como pingüinos, ni los enormes escudos, los vitrales, las lámparas en forma de lenguas de fuego, ni los diversos cuadros con imágenes heroicas de próceres cariacontecidos a los que ella se referiría después como «unos señores muy gordos, muy feos y muy tristes».
De repente se abrió una puerta. Los diplomáticos homenajeados, guiados por el presidente Terra, salieron al frente, uno detrás del otro, en medio de las palmas del público.
Eran siete en total. Fernán era el sexto.
El presidente dirigió una breve alocución puntualizando las razones que ameritaban la condecoración, para luego acercarse a la posición de cada uno y colgarles la medalla en la solapa.
Hubo algún discurso más y después del último aplauso la concurrencia se alineó para la felicitación de rigor.
Los camareros-pingüinos irrumpieron nuevamente ofreciendo de un lado a otro copas de champán y bocaditos dulces.
Al frente de la fila, Hermelinda Caicedo y sus hijos cuchicheaban con otros invitados.
Esperanza tiró de Carlota y se ubicaron al final, detrás de una pareja de esposos que miraron a la niña con forzada cordialidad, o eso le pareció a mi abuela, que solo entonces se percató de que su atuendo y peinado desentonaban por completo y vaciló si debían quedarse o marcharse, pero ya era tarde.
La fila avanzó rápidamente y en cosa de minutos les llegó el turno de saludar a esos hombres altísimos que les agradecían su presencia sin palabras, con murmuraciones apenas, devolviéndoles una mueca congelada y repetida.
Antes de llegar a la posición de Fernán, mi abuela apretó el brazo de Carlota y sintió crujir las maderas del suelo.
Las dos lo miraron como compinches, como siempre lo miraban cuando llegaba por las noches a la casa de Bartolito Mitre, pero él, en lugar de seguirles el juego, en lugar de reaccionar sin aspavientos, se sintió acorralado, se desencuadernó como una marioneta cuyos hilos se han quebrado y empalideció tanto que los diplomáticos a su lado creyeron que se desvanecía.
Presa del desconcierto, del temor a ser desenmascarado y de la congénita cobardía con que eludía los conflictos de su intimidad, Fernán escatimó todo signo de cariño frente a Carlota y atinó únicamente a darle un mano gelatinosa, sobarle nerviosamente la cabecita y palmotearle la espalda mirando a los costados, como si no supiese quién era, como si fuera una niña cualquiera, una niña extraviada o la hija de algún otro hombre que hubiera acudido esa noche al palacio Estévez.
A mi abuela, ni la miró.
Con la boca sellada por la decepción, Esperanza tomó a su hija y salió furiosa antes de que alguien advirtiera lo sucedido.
Desde lejos, justo cuando estaba por desaparecer detrás de una pared rumbo a la calle, volvió la cabeza y con una sola seña de mortificación le hizo saber a Fernán que jamás disculparía su mezquindad.
Sí lo perdonó, pero no pronto ni gratis.
Cansada de Montevideo, o más bien de compartir la ciudad con la otra familia, la «legal», mi abuela esperó a que naciera su penúltimo hijo, que se llamaría Reynaldo, el único uruguayo, y se volvió con todos los niños a Buenos Aires instalándose con ellos en el número 3104 de Avellaneda, donde vivieron dos años, sin mi abuelo Fernán.
De Avellaneda pasaron a Boyacá 611, un piso húmedo, de muros salitrosos sin lijar, carente de lamparines pero con dos tragaluces enormes que, cuando no permanecían empañados por el rocío o la lluvia, permitían la entrada de una luz que dejaba apreciar bien el espectáculo del frío agitando los árboles durante la mañana.
Una vez reconciliado con Esperanza, Fernán —entre las idas y venidas de Uruguay a Argentina a las que el trabajo lo obligaba— adquirió la costumbre de quedarse a dormir con ella los lunes y miércoles en la casa de Boyacá.
Cuando regresaba a Montevideo, su otra familia lo esperaba en medio de un ambiente de discreción y formalidad conyugal.
A esas alturas las presunciones de un clan respecto de la existencia del otro se hicieron tan palpables y cotidianas que Fernán se resignó a vivir respondiendo las muchas preguntas que los hijos tenían para hacerle a ambos lados del Río de la Plata.
Cada vez que viajaba en buque de una frontera a la otra, mi abuelo se quedaba contemplando el curso oblicuo de las aguas, depositando en ellas todo un mar de pensamientos contritos, inventando respuestas que sonaran convincentes.
Por años urdió mentiras bondadosas con un descaro tan meticuloso que nunca cayó en lapsus ni contradicciones y así pudo contentar, en la medida de lo posible, las demandas de las dos partes, solo que al final los hechos quedaron tan tergiversados que ya nadie sabía con exactitud hijo de quién era ni a qué rama pertenecía.
Por esos días empezaron a manifestarse los problemas nerviosos de Hermelinda Caicedo.
Cierto día, en una recepción de la embajada, comentó con toda naturalidad que había recibido la visita de su hija Bernarda y que habían salido juntas a dar un paseo por la plazoleta Parra del Riego, donde las vecinas se habían acercado a felicitar a la niña por lo saludable que se le veía considerando que llevaba varios meses muerta.