Dejarás la tierra 16 #3
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Allí nacerían en los años siguientes mi padre —el Gaucho— y mis tíos Gustavo y Roque, el chico con retraso mental que tomaba fotografías y que más adelante, cuando ya todos fueron a vivir al Perú, querría casarse con la sirvienta. Antes había nacido Carlota, la única mujer.

Los gastos que acarreaban el alquiler del departamento y los últimos nacimientos obligaron a mis abuelos a hacer nuevos milagros para no salirse del ajustado presupuesto con que se mantenían.

Mientras él aprovechaba para dictar cursos aquí y allá, ella, además de vender ensaladas de remolacha y tortillas de coliflor entre los vecinos de la quinta, hacía trabajos de costura y empeñaba sus contadas y percudidas alhajas con la ilusión de poder cubrir las primeras matrículas escolares.

Como el dinero menguaba, la precavida Esperanza comenzó a acudir por su cuenta a la oficina de los directores de distintos colegios al comienzo de cada semestre para persuadirlos de que aceptaran a sus hijos gratuitamente.

—Señor —le advirtió a uno de los directores que tuvo enfrente—, sería un privilegio para una escuela como esta tener entre sus alumnos a los hijos de un hombre tan importante como mi esposo.

—Perdóneme, buena señora, pero ¿a qué se dedica su marido?

—¿Cómo? ¿Acaso no lo conoce?

—No he tenido el placer. ¿Cómo me dijo que se llama?

—Fernán Cisneros Bustamante.

—¿Y quién es?

—¿Cómo que quién es? ¡El próximo presidente del Perú!

Su convicción era tan envolvente y tan desenfadado su tono que más de uno creyó en sus argucias y aceptó las matrículas sin costo alguno.

Cuando minutos después llegaba a casa y contaba entre risas lo que acababa de hacer, mi abuelo abría un cajón de su archivador, sacaba la botella de wiski que allí guardaba y con dos tragos calmaba sus nervios.

Fue en la quinta de Esmeralda donde Fernán se enteró, en agosto de 1930, de la rebelión en Arequipa del teniente coronel Sánchez Cerro y del posterior derrocamiento de Leguía, el hombre que lo había deportado.

La misma noche en que se consumó la caída del dictador, su hermano Alfonso le envió un escueto cable diciendo: «Somos libres».

Solo entonces Fernán entendió el giro de los acontecimientos y la repercusión que aquello tendría en su vida, y salió a la calle a medianoche a celebrar su libertad tomando a solas un coñac en su mesa favorita del restaurante Florida.

Días después, el propio presidente Sánchez Cerro le escribió anunciándole que el país solicitaba «la participación de todos los peruanos proscritos».

La épica idea de volver finalmente al Perú no había terminado de tomar forma en su mente cuando, de un instante a otro, Fernán captó que debía desecharla.

«No puedo irme ahora», razonó, comprendiendo que ya era un hombre de casi cincuenta años al que le había costado mucho ser quien era, llegar a los puestos que ocupaba y disfrutar de la confianza de no pocos amigos argentinos.

Además su familia, es decir sus familias, se encontraban bien, seguras, sensatamente alejadas la una de la otra, aunque ese alejamiento, ya lo vería, no iba a continuar durante mucho tiempo.

Una mañana, inquieto por las reiteradas burlas y provocaciones de un chico del colegio que le decía: «Tú compartes a tu papá, yo no», Juvenal siguió a escondidas a su padre mientras se dirigía al periódico.

Después de una cautelosa persecución de cuarenta minutos, dobló en una esquina y, al otro lado de la avenida, vio a su papá entrar a una casa de grandes dinteles, abrillantada por las luces del día, en cuya puerta fue recibido por unos chicos que lo abrazaban exaltados y una mujer que lo besaba en la boca antes de tomar su maletín y conducirlo de la mano al interior de la residencia.

Juvenal quiso correr y abalanzarse sobre él para certificar que, en efecto, fuera su padre, el mismo que había salido esa mañana de la quinta donde se suponía que vivían juntos, pero se contuvo o quizá no se atrevió.

Al cerrarse la puerta de esa casa, Juvenal sintió que de golpe recaía sobre sus hombros el peso de todo el universo, y supo muy por dentro que su madre, él y sus hermanos estorbaban en el mundo que acababa de revelársele y que más bien pertenecían a otro, uno aislado y furtivo.

Mientras caminaba de regreso sin el menor propósito de ir a ninguna parte, asimilando las imágenes que acababa de ver y el escozor que traían consigo, Juvenal recordó de pronto una carta que su abuela Cristina Bustamante había enviado años atrás a Fernán.

Cuando ese día él encontró la misiva en el buzón e intentó descifrar el contenido a contraluz antes de entregársela a su padre, no alcanzó a ver más que unas cuantas palabras borrosas.

Eran precisamente esas palabras las que ahora volvían a su mente con brusquedad, revestidas de claridad, dolor y sentido.

«Lo único que te pido es que los mantengas siempre alejados de mí».

No debe haber sido fácil para Juvenal descubrir así, por su cuenta, que era el hijo mayor de un compromiso ilegal, ni encarar de buenas a primeras una tradición oculta que con los años conocería en detalle.

A las historias silenciadas de su bisabuelo cura y de su abuelo bastardo, se sumaba ahora la de su padre bígamo.

Con razón, pienso ahora, mi tío Juvenal fue apartándose discretamente de los Cisneros al hacerse adulto, como hiciera en su momento Juan, el ermitaño hijo mayor de Nicolasa y Gregorio Cartagena, que nunca salió de Cerro de Pasco y que se desentendió de los demás, contestando algunas pocas cartas que nadie tuvo intención de guardar.

Sin llegar a tanto, el tío Juvenal, el más ecuánime, el más querido para mí, receló también de la multitud familiar.

Prefería verse privadamente con sus hermanos, recibir en su biblioteca a ciertos primos o sobrinos con los que se descubría empático, pero se marginaba de las grandes reuniones de los Cisneros, o iba pero se retiraba temprano, y organizaba su mundo en torno a la universidad, a sus colegas académicos, sus amigos doctores, su esposa Sofía, sus hijos, sus nietos, sus libros, sus discos, manteniendo siempre una distancia, igual que aquel día de 1930 en que cometió la urgente imprudencia de perseguir a su padre por el laberinto de Buenos Aires.