16 #2
Puedo ver a mi abuela en esa casa, puntualmente en el jardín: alta, canosa, los brazos en jarras, vestida siempre de negro, con medias de nailon de tonalidades oscuras y zapatos de madera.
Un árbol firme y altivo. Ni siquiera cuando se quedó tuerta perdería aquella dignidad.
Su ayudante, Arsenio, era un hombre bajito, de rasgos aindiados, que maniobraba con tosquedad palas, escobas, tijeras, rastrillos, y sufría en silencio las órdenes y correcciones de mi abuela.
«¡No se dice grava , cojudo, se dice pasto !
—gritaba, menos didáctica que arrogante—.
¡Qué terco eres, indio! ¡Me tienes hasta la coronilla!
¡Un día me vas a sacar canas verdes!», soltaba cada vez que Arsenio le discutía una indicación.
Parecían detestarse y, sin embargo, llevaban toda la vida aguantándose.
Yo los observaba meciéndome en una silla del columpio antiguo, que era el mayor divertimento de los niños que visitaban esa casa, pero sobre todo de los niños que vivíamos allí, en el segundo piso, y que éramos testigos de todo o casi todo lo que ocurría.
Cuando Arsenio terminaba con el trabajo más duro, mi abuela retiraba del jardín la hojarasca y la maleza, recogía las frutas que daban los árboles que ella misma decía haber plantado (en realidad, los había plantado Arsenio) y, con un entusiasmo diría botánico, sembraba unas plantas que hacían brotar flores carnosas de nombres que me sonaban estrambóticos —caballero de la noche, pensamientos, trompeteros, boca de dragón, nemesias, petunias—, las mismas que al cabo de unos días arrancaba para vestir los jarrones del recibidor y la sala, y así engalanar la casa «para cuando viniera Sagarna».
Ella seguiría repitiendo esa frase como un mantra hasta en sus noches de esclerosis.
Cuando ya tuvo los dos ojos podridos por las cataratas, se resignó a ordenar la vajilla francesa guiándose por el tacto; aspirar el aroma que despedía ese jardín que ya no podía ver ni sembrar; repasar con los dedos las nervaduras de sus plantas; palpar sus macetas de cerámica, y hablarles a las flores con el cariño y paciencia que jamás tuvo ni para Arsenio ni para las empleadas que contrataba, muchas de las cuales no resistían su temperamento senil y huían de la casa chillando como calaveras.
El mismo día de su muerte —que le llegó a los ochenta y seis por una leucemia que nadie diagnosticó pero ella predijo para incredulidad de todos—, en un agónico rapto de lucidez, mi abuela le ordenó a Imelda, la última de sus muchachas, la más leal o la más porfiada, que peinase con cuidado sus cabellos plateados, la amortajara con su vestido oscuro más elegante, le colocara las preciadas pulseras y sortijas que almacenaba o más bien escondía en cofres y cigarreras, la perfumara con sus lociones aceitosas de sándalo y bergamota, la maquillara espolvoreándole maicena sobre los pómulos, le pintara de rojo los labios marchitos y le diera de beber una caspiroleta tibia que le tonificara el semblante.
En cuanto concluyó, Imelda le preguntó para qué se acicalaba tanto.
—Por si hoy viene Sagarna —presumió la vieja minutos antes de expirar.
En La Nación de Buenos Aires, donde llegó a dirigir el archivo, Fernán firmó artículos, ensayos literarios y una columna internacional donde hablaba, entre otros temas, de la guerra marroquí, el golpe de Estado del general español Miguel Primo de Rivera, las vicisitudes del rey Alfonso XIII.
También hablaba del Perú y rechazaba la ley que buscaba modificar la Constitución para facilitar la reelección de Augusto B.
Leguía. El dictador, haciendo oídos sordos a esas y otras críticas, adecuó las normas y se reeligió.
Fernán redactó entonces un artículo pidiendo a los intelectuales latinoamericanos no creer en el sátrapa: era una respuesta a una carta abierta del escritor argentino Leopoldo Lugones, quien al haber sido invitado oficial de Leguía lo había colmado de elogios que Fernán estimó inaceptables.
Por esos años, mi abuelo relegó sus desavenencias con el Perú y aprendió a sacar provecho de sus contactos culturales en Argentina: publicó su único libro de poemas, Todo es amor ; inició una afectuosa amistad epistolar con la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou, y compartió una mesa con Alfonsina Storni en la Fiesta del Libro de 1928.
En esa ocasión, un periodista le solicitó una opinión acerca del presidente Hipólito Irigoyen, quien acababa de regresar al poder.
«Es un viejo decrépito que suele recibir a las mujeres con la bragueta abierta».
Fernán le envió a Esperanza el dinero que había reunido para que viajara a Argentina con Juvenal.
«Mi prima Agripina va a ayudarte», le escribió.
Sin decir una palabra a sus hermanas, siguiendo las instrucciones de Agripina Cisneros, Esperanza arregló un viaje por barco y nueve días más tarde ella y mi tío Juvenal se encontraron con mi abuelo en el puerto de Buenos Aires. Por fin vivirían los tres juntos.
Lo hicieron primero en hoteles baratos y luego en algunas inolvidables casuchas del centro: el departamento de un solo ambiente con flamante ascensor en Suipacha 400; el cuarto con terraza de Cerrito 330, donde se hubieran quedado de no haber sido por el enjambre de mosquitos que constantemente pululaba en el baño común, y, por último, el corralón de Paraguay 2200, donde las querellas y jadeos de los vecinos se filtraban a través de las rendijas de los respiraderos.
La sensación de paraíso alcanzado, sin embargo, no les duró mucho.
Ni un año siquiera. Hermelinda Caicedo, instigada por hermanas, primas, amigas —y sobre todo por su suegra, mi bisabuela Cristina, que despreciaba a Esperanza y todo lo que viniera de ella—, viajó también con sus cinco hijos a Buenos Aires dispuesta a marcar límites y a hacerles saber a todos quién era la auténtica esposa y quiénes los hijos legítimos del periodista deportado Fernán Cisneros Bustamante.
Desde ese momento, unos y otros convivieron en la misma ciudad.
Además de tener que romperse el lomo para ganar más dinero y solventar las necesidades de ambas familias, mi abuelo, por añadidura, debía arreglárselas para vivir con Hermelinda, pasar las noches con Esperanza y retornar donde su cónyuge en cuanto entraba la mañana.
Dado que Hermelinda no sabía cocinar, mi abuela Esperanza, por el puro deseo de cooperar con Fernán y aliviarle el peso de sus obligaciones, empezó a preparar almuerzo para las dos casas, inventando platos frugales pero sabrosos con lo poco que tenía a la mano: vísceras fritas, guisos de verduras y fréjoles, polenta con requesón, torta de cebada, migas de pan salteadas.
Cuidándose de que las dos mujeres no se encontraran, Fernán le pedía cada mañana a su hijo Fortunato, de catorce años, que acudiera al cruce de las calles Laprida con Charcas y recogiera allí una olla de manos de una mujer que lo estaría esperando.
«Una joven alta y buenamoza», le indicó el primer día.
Fortunato se acostumbró a acudir al encuentro diario con esa mujer amable sin saber que se trataba de la amante de su padre y conversaba con ella y recogía obedientemente la ración diaria de comida caliente.
Algunas veces, por presión de su madre, Fortunato también le llevaba a Esperanza una cesta con sábanas y prendas sucias para que las devolviera limpias al día siguiente, pero antes, atizado por Hermelinda, fundía el atado de ropa en una batea impregnada de mugre maloliente para que así el trabajo se le hiciera más pesado.
Mi abuela no solo asumió tareas domésticas que claramente no eran su obligación, sino que también aguantó que Fernán —no contento con sostener dos relaciones en paralelo— tuviera una aventura con una alumna de uno de los varios cursos que dictaba en la universidad, una muchacha de nombre Rubita Ledesma, a la que dedicaba los mismos afiebrados poemas que en el pasado habían resultado tan efectivos para conquistar a la propia Esperanza.
En cierta ocasión, la tal Rubita Ledesma se presentó en el corralón de la calle Paraguay tocándose el vientre y le contó a mi abuela que estaba embarazada de Fernán.
Abnegada pero práctica, demasiado segura de sí misma como para dejarse atarantar, Esperanza vio la mentira en los ojos de esa chiquilla escuálida y de un grito la obligó a retirase.
Al día siguiente la ubicó, no se sabe cómo, para entregarle personalmente una carta que le había costado toda la noche escribir.
Se la dio con tal desparpajo y decencia que la muchacha no volvió a molestarla más.
Señorita Ledesma:
He venido aquí con el único objetivo de defender el cariño cierto que tengo desde hace ocho años por un hombre que siempre me ha correspondido con los más grandes sacrificios.
Admito que ese hombre está hoy algo impresionado por su belleza, pero yo le disputo a usted el quererlo con toda el alma y con todas las dificultades que tiene la vida.
Estoy segura de que usted no lo quiere sino para inducirlo a locuras momentáneas.
Yo soy la única realidad de su vida, y usted comete un error al pretender alejarme de su lado mañosamente.
Él, que es poeta y gran sicólogo, se dará cuenta.
Esta es mi resolución.
E. V.
Rubita Ledesma dejó de asistir a las clases de Fernán, quien no se dio por enterado de la carta ni del falso embarazo de su alumna.
Esperanza decidió pasar por alto la infidelidad, pero le pidió a mi abuelo un lugar más grande donde mudarse y él adivinó en aquella petición una recatada protesta ante sus continuas andanzas.
Gracias a su trabajo eventual como profesor y a las frecuentes colaboraciones en La Nación , Fernán consiguió una casa menos austera para su segunda familia: el decente departamento 20 del número 865 de la calle Esmeralda, al interior de una vetusta quinta color adobe, con un hall de entrada de mayólicas frías y cañerías expuestas.