Dejarás la tierra 16
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La Prensa se ha erigido como una tribuna popular de la conciencia ciudadana.

En sus hojas palpitantes se ha hecho la campaña más desinteresada y patriótica, más desvinculada de todos los partidismos que recuerdan los anales de nuestras luchas periodísticas.

¡¿Podríamos nosotros ser indignos de esta honrosa historia?

! ¡Nunca! ¡Luchamos y lucharemos los que nada ambicionamos fuera de nuestro honor profesional!

En cuanto a mí, no sé adónde voy, pero tengan la certeza de saber que hoy me siento más periodista y más peruano que nunca.

Detrás de la fila de periodistas desvelados que lo escuchaban con aire fúnebre y un nudo en la garganta, Cristina y Hermelinda, madre y esposa de Fernán, se abrazaban entre sí mientras recibían el aliento de hijos, amigos y parientes cuyas caras de cuaresma auguraban los inciertos rigores que ese exilio iría imponiéndoles a todos.

Algunos le daban a Hermelinda el pésame, como si en lugar de despedir a Fernán estuviesen ya velándolo.

Más atrás, camuflada entre la muchedumbre, debajo de un sombrero de alas anchas que casi no resistía los soplidos del mar, y con un bebé envuelto en una mantilla, apretado contra su pecho, la joven Esperanza, vestido recto, cuello tieso, seguía la escena impotente, controlándose para que no llegara a ponerla en evidencia la rabia que nacía de su vientre y discurría desde las uñas de sus manos hasta la punta de sus pies.

Después de unos meses en Panamá, Fernán permaneció un año en Ecuador ensayando negocios con los que conseguiría el dinero necesario para irse a Argentina, donde esperaba poder emplearse en la redacción de algún diario.

En cada parada del Mantaro, mi abuelo y sus compañeros de viaje recibían la adhesión de periodistas que veían encomiable la actitud de ese puñado de peruanos que denunciaban a la dictadura que los había deportado.

Diarios como El Guante de Guayaquil, El Liberal de Bolivia, Excélsior de México y La Nación de Argentina reprodujeron artículos de Fernán detallando los excesos del presidente Leguía y sacaron a la luz editoriales sobre la actualidad en el Perú con títulos tajantes como «Atropellos de un tiranuelo» o «Luto del periodismo».

En las noches del buque, Fernán se sentaba a escribir a Hermelinda y a Esperanza para ponerlas al día de sus peripecias: a la primera le enviaba reportes informativos, salpicados de besos cariñosos para los hijos que tanto añoraba; a la segunda, cartas desesperadas, febriles, que constataban que su amor seguía vivo y, aunque referían incertidumbres, privaciones y miserias, proyectaban un optimismo inverosímil.

Aquí apenas si contamos con recursos. No faltan colegas compungidos que nos tienden ayuda para la alimentación y el soporte moral, pero lo cierto es que nadie sabe nada de lo que pasará con nosotros el día de mañana.

Aún no tengo fecha para dejar Guayaquil, menos para mi eventual llegada a Buenos Aires.

Desde aquí, vida mía, solo puedo pedirte que sobrelleves mi ausencia.

Verás que estaremos juntos antes de que tengas que enseñarle a nuestro hijo a pronunciar el nombre del padre que tanto lo extraña.

En Guayaquil mi abuelo se dedicó a importar azúcar del Perú y a exportar mantequilla, quesos, chocolates, sogas, cables, frutas y todo cuanto fuese de origen ecuatoriano.

Al igual que su padre, que aprendió a sobrevivir desempeñando oficios que le resultaban totalmente ajenos en aquellos difuminados días de Le Havre, en Francia, Fernán se hizo experto a la fuerza en aranceles de aduanas, costos navieros, equivalencias monetarias, comercio internacional, y así fue como consiguió el dinero que le faltaba para irse a Buenos Aires.

Una vez llegado a la capital argentina se hospedó en el hotel Royal del centro e improvisó como despacho una mesa del restaurante Florida en la avenida de Mayo, adonde iban periodistas locales para entrevistarlo, ávidos de conocer su historia.

El diario La Plata lo describió como «el tenaz e incansable luchador de las lides periodísticas», mientras La Capital lo refirió como «el exquisito poeta peruano lleno de ideales que se encuentra en nuestra patria en calidad de proscrito, con el amargo desengaño de ver el vergonzoso retroceso que sufre su país bajo el tirano que lo gobierna».

—¿Cuál es su opinión de Leguía, don Fernán? —le preguntó un reportero de la revista Mundo Argentino .

—Su dictadura es despreciable, no solo por ser dictadura sino porque no es organizada, ni honrada ni virtuosa.

Poco a poco, las aflicciones de mi abuelo fueron aplacándose con golpes de suerte y pronto dejaría de sentirse un forastero.

El doctor Antonio Sagarna, vicerrector de la Universidad Nacional del Litoral, quien había seguido su odisea a través de los periódicos, lo invitó a dictar una cátedra.

Unos pocos años atrás, en octubre de 1919, Sagarna, instalado entonces en Lima como embajador de su país, había escuchado a Fernán dirigir una epístola durante el entierro del escritor Ricardo Palma —«Palma, compatriota que nos legaste orgullo y honra, la prensa nacional llora tu muerte, pero da las gracias por tu vida»—, se le acercó, lo felicitó por sus palabras, le confesó haber leído con sumo placer algunas columnas suyas en La Prensa y se mostró dispuesto a prestarle cualquier servicio que pudiera precisar más adelante.

A fines de 1922 llegué a Buenos Aires e intervino la providencia.

Yo era un hombre tímido, marginado. A los diez días de haber llegado recibí un telegrama en el que Antonio Sagarna decía haberse interesado por mi desventura patriótica y se complacía de que haya escogido su país para mi destierro.

Él en ese momento era vicerrector de la Universidad del Litoral y me ofreció una cátedra.

¡Una cátedra! ¡Yo nunca había enseñado nada!

Sagarna incentivó a mi abuelo a concursar para obtener otras cuatro cátedras, además de ponerlo en contacto con los directivos del diario La Nación , donde finalmente pudo retomar el periodismo.

Dos años después, Sagarna sería designado ministro de Justicia e Instrucción Pública, y en cada uno de sus viajes protocolares en tren, de Buenos Aires a Tucumán, Rosario, Mendoza, Santiago del Estero, Quilmes y Córdoba, llevó a Fernán —«su poeta predilecto», según la prensa bonaerense— para dictar conferencias, recorrer escuelas y ampliar el horizonte de sus posibilidades laborales.

Años más tarde, el día que le tocó embarcarse de vuelta al Perú, mi abuelo fue temprano a casa de Sagarna para agradecerle su inestimable protección y sus incontables deferencias en los días más desconcertantes del exilio, y decirle que su casa en Lima estaría siempre abierta para él.

Muchas décadas más adelante, cuando mis abuelos ya vivían en una casona de la avenida La Paz en Miraflores, incluso después de la muerte de Fernán, Esperanza mencionaría a Sagarna con devoción anunciando delante de sus hijos, sobrinos, nietos y vecinos que algún día ese buen hombre la visitaría desde la Argentina.

«Esta vajilla de aquí es para cuando venga Sagarna», informaba mi abuela abriendo de par en par las puertas del enorme aparador de madera invadido por telarañas destejidas y polillas tiesas donde reposaban intactas las cuarenta y cinco piezas de su menaje francés.

Solo a su muerte se descubriría que la llave de ese mueble estaba celosamente guardada debajo del san Francisco, una efigie de yeso a escala natural que «vigilaba la casa» desde un ángulo oscuro, a cuyos pies mi abuela colocaba semanalmente una patena rellena con agua de caño para que el santo se la bendijera.

No sé si los demás nietos sentían lo mismo, pero cada vez que yo me aproximaba a ese santo inanimado para inspeccionar sus facciones, o incluso cuando solo pasaba por delante evitando mirarlo, tenía la firme impresión de que sus ojos —inyectados de una expresión espeluznante, mezcla de miedo, culpa y olvido— se movían en dirección a mí, encendiendo las alarmas de mi sistema nervioso.

Todo en aquella casa se me presentaba sugerente y misterioso: las habitaciones atemporales de techo alto que permanecían con cerrojo; los espejos deteriorados con manchas negras que devolvían un reflejo impreciso; los sillones y muebles sobrevivientes de siglos enteros que en otro tiempo habían acogido a los hombres y mujeres que aparecían retratados en óleos que colgaban de las paredes; los vidrios ahumados que no dejaban ver el contenido ignoto de las alacenas: los adornos de bronce que parecían sustraídos de algún museo o embajada; los baúles con bolitas de naftalina a los que teníamos prohibido acercarnos; los libros que nos hacían estornudar, donde aprendíamos los poemas que tocaba recitar en las reuniones y que eran el único medio para conocer algo de esos difuntos que eran nuestros antepasados.

Cualquiera que paseaba por esa casa podía notar ruidos como de recuerdos amontonados y presentir en cada rincón la presencia de historias ocultas, según yo escabrosas, que por algún motivo nadie se atrevía a contar.