15 #5
—¿Y si yo le ofreciera...?
—Si usted me ofreciera qué...
Una oleada de silencio recorrió el salón.
—¿Si yo le ofreciera quererla toda la vida? —Ahora Fernán cogía sus dos manos.
—¿Toda la vida? —suspiró Esperanza, deshaciendo el fruncido del ceño, quitándose los restos de las últimas lágrimas, aturdida no por la propuesta en sí, sino por su enormidad.
—Sí. Eso le ofrezco —porfió Fernán—. ¡Quererla toda la vida!
Puedo ver a mi abuelo hechizado por la joven Esperanza, abstraído completamente de sí mismo, olvidándose de su esposa y de sus hijos, o quizá recordándolos demasiado y por eso mismo tratando de evadirse momentáneamente de su responsabilidad, de su rol, sabiéndose ingrato en ese matrimonio que el embarazo de Hermelinda Caicedo había apresurado años atrás.
Ahora se daba cuenta, ahora captaba que aquella experiencia con la bailarina española no había sido un desliz primitivo, sino el síntoma de una infelicidad que era superior y continuaba dominándolo.
Puedo ver perfectamente lo que pensó Fernán en ese café, en esa quinta o en esas bancas de la alameda de los Descalzos mientras oía a mi futura abuela inventariar sus amarguras.
Pensó que nadie podía negarle el derecho a ser feliz con ella, que merecía una mujer como la que tenía enfrente, no como Hermelinda.
Pensó que Hermelinda era un desacierto del pasado que aún podía subsanarse, y que con Esperanza le sería restituida la vitalidad que le había sustraído su esposa, esa mujer que lo esperaba a unas pocas manzanas de allí, con sus cinco hijos, para la cena de las ocho de la noche.
Fernán no quería pensar en ellos, al menos no ahora que estaba a punto de desbarrancarse, o que acaso ya se había desbarrancado en una aventura que sería mucho más que un romance espontáneo y que lo haría dichoso de una manera nueva y a la vez lo sumiría drásticamente en ese mar de ilegitimidad que hostigaba su corazón desde antes de nacer.
Esperanza deshizo el compromiso con Tomás Cazorla escribiéndole una carta benigna cuya última línea decía: «Le pido cortésmente que me deje en libertad».
Para entonces ya llevaba un buen rato ilusionada con Fernán.
Se habían besado la tarde del 3 de marzo a la espalda de la Casa Welsch, en lo que para ella fue el preludio de un amor que siempre sería consciente de su naturaleza paralela y subterránea.
Esperanza sabía desde qué lugar le tocaba querer a ese hombre y aceptó vivir las contrariedades sin exigir nada, entregándose ciegamente a lo bueno y lo malo que pudiera acontecer.
En los meses y años venideros, cada vez que traía a su mente la noche en que al fin pudieron amarse, Esperanza evocaba no tanto la penumbrosa habitación de alquiler en que se ocultaron, sino la sensación luminosa y triunfal con que salieron de allí, desviviéndose el uno por el otro después de haber sentido sus pieles tan cerca por primera vez.
Esa noche, después de acompañar a Esperanza hasta la esquina de su casa en Barranco, Fernán tomó el tranvía de regreso a la suya.
Caminaba sin apuro, contando las pocas estrellas que se dejaban ver en Lima.
El cielo se cerró de pronto y la lluvia lo obligó a guarecerse bajo un cobertizo.
No sabía, no tenía idea de que estaba repitiendo la misma historia de su padre, solo que a la inversa: él no huía de una pasión absoluta a cambio de un matrimonio frío; huía de un matrimonio frío a cambio de una pasión absoluta. Y lo hacía sin culpa. Casi con orgullo.
Cuando cesó la lluvia, reanudó el camino y no dejó de recitar para sí unos versos que solía repetir siempre con su amigo Leonidas Yerovi, y que Yerovi balbuceó en su oído el día de su muerte, un mes atrás solamente, en su último minuto de vida, en una camilla de la clínica Maison de Santé, adonde había llegado desangrado después de recibir cinco balazos en el tórax durante el duelo que sostuvo con un chileno que había ofendido a la mujer que lo acompañaba.
Como un ir y venir de ola de mar
así quisiera ser en el querer
dejar a una mujer para volver,
volver a otra mujer para empezar.
Y siempre ola de mar,
ir a morir en sabe Dios
qué inmensa playa del querer.
A pesar de amar a Esperanza y de festejar que deshiciera su noviazgo con Tomás Cazorla, Fernán no se separó de Hermelinda.
En un consuelo para su cobardía, se dijo a sí mismo que dejarla sería «irresponsable».
No lo detenían cuestiones éticas, lo sabía bien, sino el miedo profundo a las seguras implicaciones familiares —perder el cariño de sus hijos, decepcionar a sus hermanos, desatar la ira de su madre, Cristina Bustamante, o inducir a Hermelinda a cometer un disparate—, y sobre todo el miedo a perjudicar su imagen pública de periodista moral que combatía al dictador de turno en nombre de grandes ideales.
Esos miedos pesaban juntos sobre su espalda como un yunque o un témpano.
El chisme limeño, pensó Fernán, condenaría su pecado y banalizaría su drama, reduciéndolo a la caricatura de un hombre débil y alocado que primero caía en adulterio y luego abandonaba a la madre de sus hijos para irse con «su querida».
Fernán conocía muy bien con qué mala saña se tejían los rumores en la ciudad y no quiso exponer a nadie a ser blanco de los improperios de los criticones ni las habladurías de los mojigatos.
Si su padre había actuado con precaución por terror a que algún insidioso le reprochase su origen bastardo, pues él haría lo mismo, refugiándose en otras sombras, en otra negrura, y así creyó no ser lo que hacía rato ya era: un adúltero.
Ante el pavor de que se publicitara su bigamia, eligió vivir dos realidades simultáneas: una con Hermelinda, su esposa, y sus cinco hijos en esa casa de la plaza Bolognesi que era toda pulcritud y serenidad; otra con Esperanza a solo cinco manzanas de allí, en el cuarto de un segundo piso, en el interior de una quinta paupérrima ubicada en el cruce de la avenida del Sol con la avenida España, donde todas las casas eran pensiones de fachadas polvorientas y desteñidas, y donde los niños se divertían por las noches tirándoles piedras a las ratas.
Con los años, ese mismo edificio adquiriría fama de trastornar a sus huéspedes y se haría conocido en los relatos callejeros y las crónicas urbanas como la embrujada Casa Matusita.
Eran dos universos paralelos. Dos territorios fronterizos.
Dos vidas. Una real, otra casi fantasmal.
Pero mientras Esperanza siempre estuvo informada de todo lo relativo al primer hogar, Hermelinda tardó en enterarse de la existencia de esa segunda mujer, o mejor dicho, de esa segunda familia, porque cuando lo supo, cuando le contaron que su esposo andaba con otra, ya era mayo de 1921 y acababa de nacer Juvenal, mi tío Juvenal, el primero de los siete hijos naturales de esa relación hermosa pero impura.