Dejarás la tierra 15 #4
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Durante décadas Apolonia soportó difamaciones como esas y aguardó la recuperación viril del joven hacendado confiando en que, tarde o temprano, la conduciría al altar.

En el ínterin se solazaba recopilando regalos para su futuro ajuar, pues cada cinco años, ante la renovación de votos de ese noviazgo condenado, Florencio de la Piedra multiplicaba los obsequios para compensar la entereza y paciencia de su novia.

Hubo gente que manifestaba haber visto en casa de las hermanas Vizquerra numerosos fardos de pieles de armiño y chinchilla; cientos de abanicos con encajes de chantillí; anillos de esmeralda y aguamarina; brazaletes medievales; una veintena de jarrones y búcaros de plata; lamparones de cristal; vinajeras y campanillas de oro; floreros de la dinastía Ming; violines de madera de abeto; torres de cajas lacradas de champán, wiski, jerez, brandy y oporto, junto con el variopinto menaje de porcelana que se pensaba usar en la celebración de esa anhelada boda que nunca se cristalizó.

El piso mohoso de la sala se hundió cinco centímetros por el peso de todas aquellas antiguallas, entre las cuales destacaba una que llamaba la atención de los fisgones: el tálamo nupcial, una cama enorme con baldaquino en cuya cabecera un maestro artesano, Jerónimo Quintanillas, había tallado una escena de caza, un lecho que no se estrenaría y que acabó subastado y convertido en famosa pieza de arte en un minúsculo museo londinense.

Al morir Florencio, Apolonia se declaró «viuda moral» y se enclaustró cuatro años, dedicando las horas de su reclusión a rezar, leer las páginas sociales de los periódicos, jugar a la baraja cada quince días con amigas —viejas emperifolladas de piel escamosa que fumaban cigarrillos de tabaco verde liados con papel Indio Rosa— y a organizar las opíparas Navidades junto con sus ayudantes de años, la nana Zenaida y el mayordomo Zenón.

Poco a poco rehízo su vida social y reapareció en la plaza de Acho y en las fiestas aristocráticas, sin embargo no volvería a ser la misma: los martirios de la espera y la viudez le habían alterado la expresión para siempre.

El fantasma de Florencio de la Piedra, impotente incluso como espectro, siguió visitándola en sueños y delirios hasta que Apolonia cumplió los noventa años.

Nunca superó el desconsuelo de la viudez ni compartió cama con ningún hombre.

Y si bien al principio presumía dignamente de su virginidad, acabó sintiéndose vacía por no haber experimentado ninguna forma del amor carnal.

La misma noche en que un infarto la cogió desprevenida, horas antes, le había confiado a la nana Zenaida el que a la postre sería su último deseo:

—Que nadie sepa que muero en castidad.

A Rufina, la segunda, no le había ido mejor.

A los dieciséis años, después de que sus padres murieran, quedó embarazada de un hacendado de Chancay llamado Serapio Orbegoso, un hombre casado, el último de una conservadora familia de terratenientes y burgueses agrarios, que vivía con su familia en una vistosa casa de piedra junto a los pantanos del valle, y al que todos evitaban o temían por la hosquedad de su carácter y sus rústicos modales de cacique.

Serapio había hecho creer a Rufina que eran novios y, con ese cuento, una vez que la desvirgó, empezó a perderse con ella todas las tardes en los cañaverales de su hacienda.

Pero el día que Rufina le contó que esperaba un hijo, Serapio desconoció su paternidad y la conminó con groserías a que se deshiciera de la criatura:

—¡Ese engendro no es mío! ¡Anda, échale la culpa a otro o, si no, mejor abórtalo en el río para que la corriente se lo lleve lejos! —le espetó, lanzándole un salivazo.

Mientras contaba esto, Esperanza recordaba a su hermana hecha un manojo de nervios, llorando semanas enteras, tomando pócimas pestilentes para calmarse.

Rufina huyó a Lima quedándose temporalmente donde una tía solterona que la asistió a regañadientes el día que rompió aguas.

El niño que salió de su vientre tenía la nariz aplastada de Rufina, los ojos ámbar de Serapio Orbegoso y una apariencia avejentada, como si estuviera al tanto de los muchos dolores de cabeza que su existencia ocasionaba.

Una noche, la tía le anunció a Rufina que a la mañana siguiente irían juntas a la Maternidad de Lima para dejar al niño en adopción.

—¡No, tiíta, por favor! ¡No quiero desprenderme de mi hijo! —profirió Rufina.

—¡No seas tonta! ¡Cómo vas a amamantarlo! ¡Ni siquiera han terminado de salirte las tetas! —le increpó la tía.

—No me haga esto, tiíta. Yo puedo cuidarlo.

—Eso dicen todas. Brutas son. Primero se dejan preñar pero después, sin marido, sin plata, botan a sus hijos. Yo misma las he visto acomodando sus bultitos afuera de las parroquias, o si no van y los tiran en los basurales o los dejan en el cementerio al lado de los nichos de la primera fila.

Esa madrugada, Rufina escapó con el bebé metido en un canasto sin dirección conocida.

Nadie supo cómo sobrevivieron ambos los días, semanas y meses que siguieron.

Aunque no bautizó al niño, desde el primer día lo llamó Crisaldo, pero ya fuese por la vergüenza de no estar casada o de ser madre prematura, o por el puro miedo de no saber cómo afrontar una situación como aquella, Rufina lo crio no como su hijo sino como su hermano menor, como si fuera el cuarto, el único hombre, tan huérfano como ella y sus hermanas: Crisaldo Vizquerra.

Ya juntas en Lima, Apolonia y Esperanza se volvieron cómplices de aquella falacia.

Rufina les contó todo solo después de hacerlas prometer que, «por nada del mundo», «por lo que más quieran», «por la memoria de nuestros padres», jamás le dirían al niño la verdad.

Ambas asintieron dando su palabra, asegurándole a Rufina que se irían a la tumba con ese secreto.

Pero un buen día, cuando Crisaldo ya tenía dieciséis años, enzarzada con él en una discusión casera, Apolonia rompió el juramento en un ataque de histeria y lo puso al tanto de un gruñido:

—¡Antes de hablarme así, mocoso del demonio, pregunta quién fue el sinvergüenza que te trajo al mundo y no quiso recogerte!

Apolonia no había terminado de gritar y ya estaba lamentándose, porque enseguida vio a su sobrino Crisaldo ponerse de pie, hacer sus bultos mecánicamente y marcharse por la puerta con una parsimonia que no correspondía al tamaño de la revelación que acababa de escuchar, la misma que, por su actitud decidida y pragmática, parecía llevar años sospechando.

Apolonia intentó frenarlo tirándolo de los brazos, pero no le alcanzaron las fuerzas.

Crisaldo se marchó para saber quién era su padre y entonces Rufina volvió a llorar caudalosamente como en los días del embarazo en Chancay, y dirigió su odio tanto a su hermana por haber faltado a su pacto como a Serapio Orbegoso, ese hombre aborrecible que ahora no era más que un anciano cascarrabias lleno de verrugas, sobrado de peso, al que ninguno de sus cinco hijos legítimos —todos varones, llamados igual que él— hacía el menor caso ni daba una sola alegría.

Las esporádicas veces en que se miraba al espejo para cerciorarse de seguir viva, Rufina prácticamente no se reconocía: tenía el cuello apergaminado, los pechos retraídos, unas ojeras de calvario, el talle comprimido y, detrás del cogote, la promesa de una joroba siniestra.

Con el propósito de resarcirse ante su hermana y sacarla del abatimiento, Apolonia comenzó a pasearla los domingos hasta que poco a poco Rufina fue recuperando algo el talante.

Aunque nunca más recibieron propuesta alguna de ningún hombre, no dejaban de tener invitaciones a fiestas, veladas y espectáculos.

Fue por esa época que se hicieron asiduas a las corridas de Acho, donde les presentaron al joven Tomás Cazorla.

En cuanto lo conocieron ambas se dejaron ganar por la obsesión de emparejarlo con Esperanza e incorporarlo a la familia, creyendo que así podrían acrecentar sus perspectivas económicas y, de paso, corregir las desgracias de su propio pasado.

Esperanza y Fernán comenzaron a verse todos los días y todas las tardes de todos los días y, aunque se trataban de usted, se sentían muy en confianza, cercanos o armónicos, como si hubiesen sido testigos presenciales de la vida que vivían antes de conocerse.

No eran amigos exactamente pero querían convencerse de que podían llegar a serlo.

Ella estaba comprometida, él casado, de manera que ninguno daba pie al menor escarceo.

Tantos frenos, sin embargo, eran inútiles.

Las miradas de los dos eran cada vez más cariñosas, las palabras más ambiguas, más ardorosos los presagios, más traicioneras las ganas.

El día que se publicaron los edictos de su matrimonio con Tomás Cazorla, a la hora de su cita diaria con Fernán en la confitería del Palais Concert, Esperanza casi ni habló.

Apenas murmuraba monosílabos. Tampoco probaba bocado.

Bastó que él le preguntara si le sucedía algo para que se largara a llorar sin control sobre la mesa, derrumbada por la inminencia de ese casorio al que estaba siendo arrastrada.

—¿Por qué se casa si no está usted enamorada? —dijo Fernán al verla descompuesta, tomando delicadamente su antebrazo.

—Porque así lo han decidido mis hermanas —respondió ella, de bruces.

—Si usted me permite, Esperanza, quizá yo pueda hablar con Tomás. Lo conozco. Sé que comprenderá la situación —aventuró Fernán, imaginándose que esa improbable charla con Cazorla, a quien desde luego no conocía, acabaría en una trifulca si no en un duelo con guantes y padrinos.

—No serviría de nada —replicó Esperanza, los ojos hinchados, las pestañas artificiales echadas a perder—. Lo que mis hermanas quieren es casarme. Si no es con Tomás, buscarán a otro. Para ellas no puedo valerme por mí misma. No confían en mí.

Dijo esto último reincorporándose, sorbiendo el té caliente para apaciguar los residuos de llanto.