Dejarás la tierra 15 #3
82%

15 #3

—¡Fernán! —dijo—, toma nota: la muchacha se llama Esperanza Vizquerra y tiene veinte años recién cumplidos.

El que está al lado, ¿lo ves?, es Tomás Cazorla, su novio, Tomasito le dicen, conocido matador de cantinas.

Las otras dos, esas viejas que parecen camaleones resecos, son sus hermanas.

Ambas han tenido mala suerte con los hombres.

Las tres viven juntas en una casa de Barranco, son huérfanas, proceden de Chancay, allí tenían una hacienda donde ya no trabaja nadie.

Tenían dinero, pero ahora solo son una tira de pobres bien vestidas.

Tras el minucioso reporte, Fernán ya no prestó más atención a la lidia.

Se devanaba los sesos estudiando el modo de acercarse a Esperanza, de invitarla a dar un paseo por el puente de Piedra, de disuadirla de casarse con ese borracho que, se decía a sí mismo para ganar confianza, la iba a hacer infeliz.

De repente, allá abajo en la arena, Gaona, en otro lance suicida, descubierto frente al animal, sin más protección que su traje de luces y una frialdad de sepulturero, saltó como gimnasta hasta quedar encorvado en el aire, sus pies rozando la cornamenta de la bestia, y desde esa posición, ya enseñoreado, con gran puntería, castigó al toro enterrándole dos banderillas en la abultada cerviz.

Una maniobra impecable, artística. Cuando cortó rabo y oreja los tendidos se vinieron abajo.

El gordo Portal se puso el cigarro en la boca para aplaudir.

Saturnino Durand lazó su sombrero a la arena. El narizón Gastañeta entró en frenesí.

—¡Bravo! ¡Esto es poesía! ¡Esto es poesía! —chilló, cogiendo unos claveles rojos del suelo para iniciar la lluvia con que el público premió el estoicismo del mexicano.

Fernán creyó captar un mensaje en las palabras emocionadas de Gastañeta y, en medio de aquel jolgorio, salió cuanto antes hacia La Prensa a escribir la síntesis de una corrida que no había visto, pensando en declararle su amor a la joven Vizquerra desde su propio ruedo, desde el burladero de su columna taurina, con las únicas banderillas de que disponía: unos versos anónimos pero letales con los que esperaba dar algo de faena.

Ayer en Acho por verte llena

de esa tu gracia tan Macarena

no he visto al toro.

Por tus hechizos estoy que muero

de parte a parte.

Nadie imagina lo que, morena,

me desespero por no mirarte.

Como en los toros

nomás te encuentro,

vivo soñando, puertas adentro,

con la corrida.

Sueño ser toro, sueño que embistes

que me arremetes,

me comprometes, niña adorada,

y que me metes una estocada.

Si te interesa que yo te ame

no seas lanza,

no te conformes con que yo te ame

dame morena,

morena dame,

dame Esperanza.

Retazos

Pasadas las fiestas de Navidad y Año Nuevo, Esperanza volvió a su trabajo y Fernán reemprendió su operativo, siguiéndola de lunes a viernes desde la ventana de La Prensa .

Los sábados sufría por no verla pasar, pero los domingos la encontraba en Acho, donde se contentaba con admirarla de lejos, incapaz de dirigirle la palabra, y salía apurado de la plaza para escribir esas columnas que llevaban como apostillas nuevos versos encriptados.

Para asegurarse de que Esperanza los leyera, Fernán le suplicó al narizón Gastañeta ubicar el domicilio de Barranco donde vivía con sus hermanas y dejar todos los lunes un ejemplar de La Prensa bajo la puerta.

La despejada tarde de febrero en que por fin se animó a presentarse ante esa joven que con el pasar de los años se convertiría en mi abuela, interceptándola a su salida de la Casa Welsch, fue ella quien lo abordó.

Mientras iba soltándose los ganchos del cabello y desmelenándose con esa petulancia que conservaría hasta la vejez, Esperanza le pidió a Fernán no andarse con rodeos: le habló de su infantil comportamiento allá arriba en la ventana de La Prensa , de las miradas atrevidas que le dirigía de un extremo a otro en las tribunas de Acho, y hasta se mofó de los trajes anticuados que se ponía para las corridas.

—Pero debo reconocer que me gustan sus columnas de los lunes, Retazos . ¿Así tengo que llamarlo? —lo sorprendió.

Mi abuelo se sintió desarticulado, sin reacción.

—Su amigo Gastañeta tiene la boca muy floja —acotó, con una sonrisa benévola, abanicando con cuidado sus recién estrenadas pestañas postizas.

A Fernán la cara se le puso como un pimiento.

De pronto pareció menor. Debió despedir un aire de niño extraviado lejos de casa porque Esperanza, más avezada o más decidida a disimular sus inseguridades, le propuso tomar un té para que se le pasara «el susto».

Pero no era susto lo que Fernán sentía, sino algo más cercano a la incredulidad: apenas le parecía verosímil el inesperado grado de frontalidad de la muchacha, su jocoso escrutinio.

En adelante, se dijo, debía mantenerse en guardia.

Fueron a la concurrida confitería del primer piso de la antigua Casa Barragán, conocida como el Palais Concert, y allí se quedaron conversando sobre lo mucho que ignoraban de sus vidas hasta que el local quedó vacío.

Cuando se dieron cuenta, los penúltimos clientes ya se habían esfumado, las ventanas oscurecido.

A ese primer encuentro le siguieron otros en los que, si no repetían el té, tomaban chicha, a veces unos Campari, y comían butifarras picantes o pastelitos de moka, pero siempre se quedaban horas yendo de un asunto al otro con voracidad.

Fernán se esmeraba en cada cita: caminaba por el exterior de las aceras, le cedía el paso, le abría las puertas con delicadeza, le retiraba las sillas, tomaba su abrigo, le ofrecía su mano para subir o descender un escalón.

Esperanza actuaba como si mereciera ese despliegue de caballerosidad, pero por dentro apreciaba y agradecía cada gesto pensando en cada ocasión que tal vez jamás volvería a ver a ese hombre.

Si no se juntaban en el Palais Concert o en alguno de los grandes almacenes que ya empezaban a inaugurarse en Lima, bajaban hasta el extrarradio del hipódromo de Santa Beatriz, por donde las gentes caminaban plácidamente sin mayores expectativas; o si no circulaban por las quintas, plazas y jardines de los Barrios Altos, donde las esculturas parecían vigilarlos desde sus hornacinas; o quedaban en verse al pie de las glorietas de los parques amarillos donde tenían lugar las retretas nocturnas; o elegían uno de los bancos pulidos de la alameda de los Descalzos y se sentaban allí, explayándose hasta la trivialidad, verificando el paso del tiempo en los colores cambiantes del paisaje, en la suave embestida de los ventarrones posteriores al atardecer o en la repentina soledad que inundaba el callejón que componían simétricamente árboles y estatuas.

En alguna de esas ocasiones Esperanza le contó las historias sentimentales de sus hermanas, Apolonia y Rufina, historias llenas de frustraciones que acaso explicaban la obstinación con que ambas fomentaban su matrimonio con Tomasito Cazorla.

Apolonia, la mayor, no había podido casarse con Florencio de la Piedra, con quien mantuvo un noviazgo de cuarenta años.

Él era o había sido un pujante empresario platanero y algodonero, dueño de extensas tierras en el sur de Lima, en la zona de Mala y Cañete.

Un buen día cayó enfermo con fiebres altísimas producto de una epidemia llamada Viruela Loca, que no solo le marcó el rostro con llagas espantosas, sino que le originó una súbita impotencia sexual: vergonzosa disminución que le impedía desposar a Apolonia y consumar la alianza.

Florencio de la Piedra se sometió a un sinfín de tratamientos y hasta dejó que un brujo de sus chacras le hiciera aplicaciones de hojas de albaricoque y raíces malayas que solo sirvieron para producirle escaldaduras genitales, mas no para reanimar su miembro deprimido.

Ante la falta de antídotos, un médico llegó a sugerirle el implante de testículos de perro, pero Florencio prefirió esperar a que el tiempo repusiera el vigor de su masculinidad antes que someterse a cirugías poco ortodoxas.

La desmoralizada Apolonia, que se arrodillaba todas las noches para pedirles a san Judas Tadeo, al Cristo de Maracaibo y a santa María de la Caridad una cura para la preocupante flaccidez de su prometido, no daba cabida a las calumnias de las malas lenguas, que sostenían muy convencidas que en una de las haciendas de Cañete trabajaba una morena de caderas incendiarias, colosales, con la que Florencio parecía superar milagrosamente los penosos inconvenientes del inaudito mal que lo importunaba, y sin necesidad de elíxires, tónicos, preparados ni mejunjes.