Dejarás la tierra 15 #2
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Tórtola encendió un cigarro y sopló el humo directo hacia el rostro de mi abuelo que, envuelto en esa bruma instantánea, ya no sabía si lo que contaba esa encantadora mujer era verdad y tampoco le interesaba discernirlo.

La dejó hablar, desbocarse, y fingió realizar anotaciones que solo eran piruetas manuales sobre un papel que muchas horas después permanecería en blanco.

Creyendo que sería protagonista de algún titular de los tabloides, Tórtola se proclamó «novia del mundo», «sobrina de Goya», «depredadora sexual», y se jactó de tener por pretendientes a reyes, príncipes y archiduques de toda Europa, y de cosechar amantes entre los intelectuales del momento, como Pío Baroja, Rubén Darío, Valle-Inclán o escritores menos famosos que habían deshecho sus matrimonios y arruinado sus vidas por culpa de ella, «por querer tasar mi piel unos minutos».

Fernán tomó su mano, le recordó que él también era poeta, soltó unos versos de su padre, mencionó libros que aún no había escrito ni escribiría, y la penetró con las pupilas hasta ocupar por entero sus ojos.

El resto fue silencio.

Silencio y ensueño. Ensueño y champán.

Mi abuelo acabó improvisando sofisticados pasitos de ballet dentro del camerino e imitando los retorcimientos de Tórtola, acaso despeinado o, mejor aún, ebrio, quizá desvestido, dejando sumisamente que ella le dibujara lunares en el cuerpo con sus lápices de maquillaje antes de arrojarlo sobre los tapices egipcios que parecían japoneses y montarse sobre él con desenfreno.

El único vestigio que quedó de aquel encuentro es un poema de Fernán, «La Marcha de Chopin, bailada por Tórtola Valencia», que empieza con este verso:

El corazón golpea en la penumbra como un bordón.

Comprendo la desilusión o más bien el escepticismo de mi abuelo años después, al leer en la prensa reiterativos comentarios referidos a la supuesta homosexualidad de la deliciosa Tórtola Valencia, de quien se decía mantenía amores con una joven llamada Ángeles, trece años menor que ella, que trabajaba como su secretaria personal y a quien acabaría adoptando como hija legal.

Aquel suceso extramarital levantó una escotilla, corrió un velo, rompió un tabú.

Sin habérselo propuesto, Fernán había dado cabida a lo indebido como posibilidad, a la mentira como recurso, al egoísmo como método.

Se dejó corromper como si ya para entonces se supiera fruto de una siembra prohibida.

Dejar de lado las represiones, explorar otra intimidad y dejarse arrollar por un cuerpo exultante y ajeno lo colocó ante una parte de sí mismo que hasta aquel momento desconocía.

Esa noche de diciembre de 1916 las aguas se salieron de su cauce.

Se produjo un motín, un destronamiento en la mente de Fernán, y él sintió que alguno de los muchos sujetos que lo habitaban —a despecho del individuo de buenas intenciones pero vida pálida que había sido— se rebelaba y escapaba sin dirección fija, dinamitando el único puente de regreso, provocando un derrumbe que duraría años.

Días después, la mañana del lunes 4 de diciembre, de pie frente a uno de los ventanales rectangulares de la redacción de La Prensa , con la mirada fija allá abajo en uno de los bloques ajedrezados de cemento liso del jirón de la Unión, Fernán se quedó observando a una joven que apuraba el paso con movimientos sigilosos.

«Parece una gata triste», pensó. Enseguida apreció las facciones de la muchacha, duras o dulces según el ángulo que quedara expuesto a la luz, los párpados encapotados y debajo dos ojillos que parecían detenidos en algún pensamiento marchito.

Su pelo era negro y ondulado. Se trataba de la misma joven de vestidos rectos que había visto la semana anterior y que divisaría los días siguientes a la misma hora, apostado siempre en el mismo dintel, atento pero retrayéndose como un francotirador precavido.

La muchacha, que taconeaba yendo y viniendo de la Casa Welsch, donde trabajaba como vendedora principal en el mostrador de los ultramarinos, no reparaba en los ojos codiciosos que rotaban espiándola desde las alturas.

Tenía solo veinte abriles pero algo en sus gestos y ademanes la hacía aparentar más: sería acaso la orfandad, el haber perdido a sus padres a los cuatro años, o quizá la costumbre del trabajo, ahora en el centro de Lima pero antes, de niña, allá en el norte, en Chancay, en los campos de algodón y caña de azúcar de la hacienda de sus padres, la Hacienda Vizquerra, de donde salieron esos carromatos que ella recordaba haber visto de pequeña colmados de naranjas y que ahora alquilaba a vendedores ambulantes para hacer algo de negocio y no vivir con los aprietos típicos de las personas de su condición.

O quizá su semblante decaído se debiera más bien a su compromiso apalabrado con Tomás Cazorla, un petimetre de alcurnia sin oficio conocido que se emborrachaba diariamente tanto en los salones alfombrados del Club Nacional como en las chinganas desportilladas de la avenida Argentina.

Había sido un soltero cotizado en su día pero el cotilleo sobre su debilidad por el licor llevaba años espantando a las mujeres.

Por todas partes se aducía que, además de alcohólico, se había vuelto brusco, depravado y ludópata.

El noviazgo había sido arreglado por las hermanas mayores de la joven, Apolonia y Rufina, que no esperaron su venia la mañana que decidieron buscar a Cazorla en su propia casa del barrio de Magdalena para plantearle un acuerdo prenupcial que parecía convenir a ambas partes: él garantizaría dinero y roce social, mientras la menor de las Vizquerra —prometieron las hermanas— cuidaría que él no progresara en sus vicios y asumiría, «tanto en público como en privado», todas sus responsabilidades maritales.

Desde ese mismo día, Tomás empezó a enviarle flores a su futura esposa, pero ella, insensible a esos gestos que sentía manipuladores, las devolvía veinticuatro horas después de haberlas recibido.

Si las conservaba toda una noche, era solo por ver si su aroma lograba disolver la pesadez impregnada en esa casa.

Algo de todas esas soledades juntas tatuadas en el rostro de la joven resultó atrapante para Fernán, quien, con el paso de las semanas, se precipitaba cada vez más ansioso a los tragaluces del periódico, aguardando que ella emergiera entre los escaparates del jirón de la Unión con su carita consternada.

Cada viernes, con la resolana de las seis de la tarde, no bien ella salía de su campo visual, él comprendía que debía esperar hasta las nueve de la mañana del lunes siguiente para verla entrar otra vez en el encuadre de la ventana, cuyos cristales, le parecía, solo así recobraban su luz, su nitidez, su transparencia.

Fernán aprendió a odiar los sábados y domingos en su casa, días mortecinos e infinitamente largos que no eran más que una tediosa colección de horas muertas invertidas en atender a sus hijos y aguantar a Hermelinda, esa mujer llena de agobios y reproches con la que ya no congeniaba, a la que se había olvidado de querer o a la que tal vez nunca había querido lo suficiente.

Un día, el letargo de esa rutina se alteró por completo.

Fue el domingo 24 de diciembre, la tarde previa a Nochebuena.

El telón de fondo: la plaza de Acho.

Fernán llegó para cubrir la última corrida de la jornada pensando ir luego a la redacción de La Prensa a escribir la crónica taurina semanal que firmaba con el seudónimo de Retazos.

No era una corrida cualquiera. El cartel anunciaba la presentación de los diestros sevillanos Joselito y Belmonte, así como el esperado debut del mexicano Rodolfo Gaona, el Maestro de León de los Aldamas, el Califa, el Indio Grande, el primer torero internacional que llegaba al Rímac en su apogeo, cobrando quince mil soles por presentación, una cifra nunca antes pagada.

El aforo de diez mil personas estaba completo.

Cuando Gaona apareció junto a la cuadrilla, el ensordecedor pasodoble Olé, Gaona , compuesto especialmente para la ocasión, retumbó en el perímetro del coso sacudiendo hasta las faldas del cerro San Cristóbal, donde había gente amontonada que no alcanzaba a ver lo que sucedía pero se contentaba con interpretar los ruidos que provenían de la plaza.

Después del saludo ante las graderías y los vítores, justo cuando el mexicano esperaba afanoso que le echaran el primer toro, Fernán divisó a la joven vendedora de la Casa Welsch sentada bajo los tendidos de sol, a escasos metros del ruedo, y sintió unas ganas invencibles de hacer algún malabarismo o pegarse un costalazo con tal de llamar su atención.

Se dio la vuelta como buscando complicidad en alguien y se encontró con tres colegas, el gordo Julio Portal, conocido como Tío Cencerro; Saturnino Durand, cronista de Prisma , y Fausto Gastañeta, especialista taurino del semanario Actualidades .

Gastañeta era un hombre bajito, coqueto, cuellicorto, muy dado al uso de interjecciones, hábil para cazar datos y regar venenosos runrunes.

Había sido infaltable en las primeras tertulias de La Prensa y era un habitué de la librería Española, así que Fernán lo conocía bien y lo tenía por honrado y servicial.

Se acercó a los tres hombres, llevó a un costado a Gastañeta disculpándose con Portal y Durand, le contó acerca de la muchacha de la Casa Welsch y le pidió que averiguara su nombre sin demora.

Veinte minutos después, mientras el Califa Gaona enmudecía al público primero con un desplante y a continuación con un pase temerario, cambiando la muleta de mano por detrás a menos de diez centímetros de los cuernos del toro, el sabueso Gastañeta volvía con el doble de la información requerida.