Dejarás la tierra 15
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Con veintidós años, Fernán estaba a punto de ingresar en La Prensa .

Aún era ese muchacho cabizbajo que dudaba de sí mismo mañana, tarde, noche.

Hermelinda contaba con dieciséis y no tenía más ideas para su futuro que la de conseguir un marido que le garantizase las mismas comodidades de las que hasta entonces había disfrutado gracias al patrimonio de su padre, don Ilegario Caicedo, un médico especializado en viruela y tosferina; enfermedades tan extendidas en la Lima de esos años que al doctor Caicedo le faltaban manos para atender a los enfermos que llegaban en estado crítico hasta la puerta de su casa.

Fernán no quería casarse tan pronto, pero recibió presiones directas de don Ilegario, quien impuso el matrimonio como la única forma digna de rebajar la humillación pública del embarazo no deseado de su hija, quien en los días previos a la concertación de la boda llevaba una barriga lo bastante aparatosa como para que algún vestido pudiera cubrir lo que muchos de sus propios parientes, católicos recalcitrantes, ya calificaban como «pecado mortal».

Tras el casamiento pasaron a vivir en la residencia de los Caicedo, donde Hermelinda dio a luz una niña a la que llamaron Bernarda.

Como la niña no estaba bautizada, el mismo día de su muerte, horas después de oficializarse el deceso, Hermelinda buscó en el centro de Lima a Adolphe Dubreuil, encargado del estudio fotográfico Courret, para que eternizara a Bernarda en un daguerrotipo con los «ojos abiertos», como se hacía entonces con los niños que no habían recibido el sacramento, pues se creía que solo así podían «entrar en el cielo y ver la gloria del Señor».

Dubreuil tenía una técnica muy efectiva que muchos consideraban chocante: sentaba a los pequeños cadáveres en una silla, ataba sus brazos al respaldo para fijar la posición y, colocándoles pegamento en los párpados, creaba el efecto de unos ojos truculentos pero extrañamente vivos.

Con la desaparición de la niña, Hermelinda envejeció veinte años.

Una mañana, al despertar, se colocó un velo negro y se paseó como ida por las dos plantas de la casa de su padre.

En cada habitación decretó que nunca más se mencionara el nombre de Bernarda en su presencia.

Lo que hizo después fue rogarle a Fernán que la sacara de ese lugar porque intuía que el ánima intranquila de su hija la perturbaría para siempre.

Los hijos posteriores negarían durante muchos años la existencia de aquella primogénita, quizá porque reconocerla era una forma de admitir la unión obligada de sus padres; además de revivir el capítulo más desagradable para la familia Caicedo, en especial para don Ilegario, a quien la culpabilidad por no haber podido salvar a su primera nieta lo martirizó durante lustros.

Por eso se deshicieron del daguerrotipo donde Bernarda aparecía muerta, e incluso buscaron infructuosamente suprimir de la antología lírica de Fernán un poema que él había escrito bajo el muy elocuente título «Mi hija muerta» y que era la mejor demostración de la malograda existencia de esa niña.

Y al mirar de mi hija los tiernos despojos

los abiertos labios todavía rojos

y las manos juntas pidiendo merced,

sofocando mi alma, le cerré los ojos

y clavé los míos sobre la pared.

Para distraerse de la tragedia y tratar de comenzar de cero, el matrimonio alquiló una casa rosada, de un solo piso, ubicada frente a la plaza Bolognesi.

Allí nacieron Sarino, Rosaura, Fortunato y Magdalena.

Durante muchos años Fernán hizo milagros con las cincuenta y siete libras mensuales que recibía de La Prensa para sufragar las necesidades básicas y proveer a sus hijos de un mínimo bienestar.

Para marzo de 1916, cuando nació el último, el tercer hombre, al que bautizaron Belisario pero llamarían Benito, la familia ya se había acostumbrado a pasar varios sobresaltos económicos.

Según Hermelinda, Fernán malgastaba el magro sueldo que recibía con sus amigos del periódico, perjudicando los fondos del hogar.

«¡Siempre tienes dinero para la calle!», le reñía sin que él se atreviese a refutarla, dejándola renegar en esos monólogos cargados de acusaciones que, por otra parte, no carecían de verdad; porque era cierto que después del trabajo Fernán visitaba con inusitada frecuencia las atestadas chicherías del Centro, en cuyo ambiente de mesas grasientas, voces aguardentosas, retintineo de copas, clamores de camareros y chasquidos de parroquianos encontraba una extraña paz que lo oxigenaba de la accidentada convivencia con su mujer.

La llegada de Benito propició una tregua doméstica.

Las recriminaciones diarias de Hermelinda cesaron y algo de la antigua estabilidad familiar se instaló de nuevo como una eficaz decoración de utilería.

Las estrecheces aún continuaban, pero durante unos meses los esposos vivieron o creyeron vivir en un clima de armonía que, no tenían cómo presentirlo, tenía los días contados.

Al llegar diciembre, la rajadura que había ido creciendo entre los dos pasó a convertirse en un boquete.

La noche del sábado 2 de diciembre, Fernán dijo tener una comisión que cubrir para La Prensa , pero era una excusa para asistir a un show en el teatro Municipal.

Una bailarina española acababa de llegar a Lima contratada por empresarios que buscaban disipar con sus montajes la depresión mundial de la Gran Guerra.

Era una sevillana que había actuado antes en Buenos Aires, Santa Fe, Montevideo, Santiago, Viena, París y Madrid, y que venía precedida por una fama de arrasar con el público cada vez que saltaba al escenario, tal como constaba en diversas crónicas teatrales.

Era una mujer de piel pulquérrima, ojos inmensos como caramelos negruzcos, que ejecutaba danzas orientales con los pies desnudos y los empeines pintarrajeados, que no usaba corsé para deleite del auditorio masculino, y de quien se decía que era «la reencarnación de Salomé», «la heredera de Isadora Duncan», «la sucesora de Mata Hari».

Su nombre era Carmela Valencia pero en el ambiente de las revistas y varietés todos la llamaban Tórtola.

Su presentación en Lima fue un triunfo exorbitante. Al igual que todos los que abarrotaron el teatro esa noche a pesar de la lluvia, Fernán quedó obnubilado por su belleza superlativa y la forma lasciva en que se contoneaba.

Minutos después de la función, que duró cerca de dos horas, mi abuelo fue hasta el camerino de la diva española con la excusa de hacerle una entrevista.

Una aglomeración de empresarios, reporteros, fotógrafos y curiosos pugnaba por verla de cerca.

Una mujer abrió la puerta del vestuario, asomó su cabeza en medio de aquel pandemonio y anunció que la artista concedería una sola entrevista.

Los hombres protestaron levantando sus bastones y paraguas.

Menudo y tristón, Fernán se anticipó al pelotón, se franqueó el paso surcando la jungla de piernas y, una vez que ganó el frente, el cuerpo erguido dentro del gabán, la sonrisa pícara, una mano revoleando el sombrero de fieltro, la otra moviéndose según el ritmo que marcaban sus palabras, se presentó en voz baja ante la mujer como «poeta y cronista titular del diario La Prensa » mostrando velozmente su credencial.

La asistente de Tórtola cedió ante sus morisquetas galantes y al verlo pacífico e inofensivo lo eligió entre los demás varones agolpados allí.

«Pase por aquí», dijo. Fernán hizo caso omiso a los chiflidos de descontento y entró con sumo cuidado a una recámara de muros blancos, avanzó por un suelo poblado de tapices con motivos que le parecieron japoneses pero eran egipcios y tanteó las paredes vacías hasta llegar al final de un apretado corredor.

Allí la vio. Tórtola Valencia estaba sentada frente a un espejo, borrándose uno por uno los lunares pintados de la cara, radiante bajo las intermitentes bombillas rojas del tocador, aún descalza, los ojos como piedras mojadas, el vestido de seda marcando el arco de su cadera.

Al verlo estático, invitó a Fernán a acomodarse, le ofreció algo de beber y pidió a su asistente que no los interrumpieran en las siguientes dos horas. Se miraron. Se agradaron. Conectaron.

Ella se disparó a hablar yendo de un asunto al otro con el mismo compás con que bailaba, y Fernán se dedicó a oírla y contemplarla; de tanto en tanto, dejaba suelto un apunte erudito, improvisaba un verso, le buscaba la risa y le hacía preguntas como si en verdad fuese a escribir un reportaje para el día siguiente.

Ella le subrayó varias veces que se sentía «ma-ra-vi-lla-da» de haber alcanzado tanto éxito siendo quien era: «la pobre hija ilegítima de un seminarista».

La hija de un cura ni más ni menos. Si a esas alturas mi abuelo hubiera conocido su propia verdad familiar, la confesión de la bailarina le hubiese taladrado el cerebro.

Pasados los minutos iniciales, Fernán sintió curiosidad por el llamativo collar que pendía del cuello de Tórtola.

—Está hecho con los dientes y cartílagos de un sultán marroquí que me enamoraba, pero como no quise nada con él acabó quitándose la vida de un sablazo —le contestó ella bebiendo su champán con una vanidad que lo desarmaba y dejaba mudo.

Fernán quería estirar la noche con tal de seguir escuchando los disparates de esa española exagerada cuya nuca ahora se le antojaba besar o morder, y se sintió tentado de proponerle ser su guía para mostrarle la ciudad a la mañana siguiente, como si no tuviera que ocuparse, para empezar, de llevar a sus hijos a la escuela.

De la nada se puso serio, atolondrado, demasiado periodístico, y reanudó la charla preguntándole algo acerca de los «motivos andinos» de una de las danzas de su espectáculo.

—Es un homenaje a un cacique aborigen que se lanzó a las entrañas de un cráter después de que me abstuviera de besarlo —divagó ella y volvió a reír y a beber ese champán que Fernán imaginaba bajando por su garganta como por un tobogán.