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En esos días varios opositores caían en redadas y acababan expulsados a países remotos.
Sabiendo que podía correr una suerte semejante, mi abuelo optó por no emprender acciones apresuradas.
La cordura le duró solo unas semanas. Una noche convocó a redactores y linotipistas en su casa y los persuadió de imprimir y circular una edición clandestina de La Prensa en tamaño tabloide «para poder denunciar los atropellos del régimen».
Los hombres inicialmente se mostraron indispuestos recordándole que años atrás habían tanteado algo similar con resultados nefastos.
«Esta vez tendremos más cuidado», los animó Fernán.
El diario clandestino, les anunció, se llamaría La Prensa Chica .
La edición subrepticia logró difundirse a pesar de que el mismísimo ministro de Gobierno ya estaba tras los pasos de mi abuelo.
El ministro era Germán Leguía Martínez, un primo del presidente al que apodaban el Tigre Leguía.
Había sido un actor de teatro con condiciones naturales para el escenario, pero no había conseguido sedimentar una carrera dramática debido a un defecto en la visión: era bizco.
Su estrabismo, sin embargo, no sería impedimento para que el presidente, conocedor de su temple hosco y falta de escrúpulos, lo convocara y le asignara la exclusiva misión de reprimir opositores.
En adelante, el Tigre, metido ahora en su acre papel de verdugo, se dedicó a perseguir a periodistas, impedir conciliábulos, ejecutar deportaciones, intervenir medios de comunicación y encarcelar en la isla San Lorenzo a políticos de oposición, con una curiosa predilección por los miembros del partido civilista.
«No hay mejor civilista que el civilista preso», afirmaba con los rezagos de grandilocuencia de sus tiempos de actor.
Fue suya la idea retorcida de resucitar como prisión política la temible isla de Taquile, ubicada en medio del lago Titicaca, a más de tres mil metros de altura, donde la menor de las ventiscas era una tormenta que quitaba el aliento al más recio, y donde los guardias obligaban a los prisioneros a confesar sus faltas y delatar a sus cómplices aplastándoles con alicates los dedos de los pies.
Pero ninguna táctica le sirvió al Tigre para evitar que el 4 de julio de 1921, justo el día del aniversario de la revolución de su primo, apareciera La Prensa Chica , una simbólica victoria periodística de la oposición.
Cuando el diario llegó a manos del Tigre, sus ojos estrábicos comenzaron a bizquear compulsivamente.
Lo examinó línea por línea, tarea que le tomó el día entero, y en cuanto acabó de leer el editorial firmado por Fernán sintió una cólera progresiva que degeneró en sed de venganza.
Aquí estamos y estaremos, perseguidos o no, apresados o no, desaparecidos o no.
Ostentábamos, como seguiremos ostentando, el convencimiento de que la sinceridad y la abnegación son las armas que acabarán por siempre con el despotismo, entregándolo a la vergüenza de la historia.
La Prensa ha significado, y significa a mucha honra, la pesadilla de los que creen que al apoderarse del Gobierno se han apoderado del Perú, de la libertad, de los intereses y de la vida de los peruanos.
FC
—No lo torturen, solo tráiganlo —indicó el Tigre a sus chacales antes de montar la impecable persecución que acabaría con Fernán otra vez metido en prisión, acusado de conspirar contra el Gobierno.
Esta vez lo condujeron de la Prefectura a la isla San Lorenzo, y de allí lo llevaron rumbo a Panamá a bordo del Mantaro, un vapor de dos motores y viejas calderas que avanzaba abriendo surcos disparejos en el mar.
El exilio de mi abuelo empezó el 21 de julio de 1921, casi un siglo después de la independencia. Tenía treinta y ocho años.
Pienso ahora en los diferentes destierros de esta historia e intento proyectarlos como si fuesen episodios que el azar hubiese concatenado: el destierro nominal de mi tatarabuelo Gregorio Cartagena, que fue borrado del mapa por sus descendientes (y que antes había sido exiliado en un páramo por Pedro Cisneros); el destierro emocional de mi bisabuelo Luis Benjamín, que dejó el Perú por veredicto de su madre para reinventarse en París; el destierro político de mi abuelo Fernán, que pasó treinta años entre Panamá, Ecuador, Argentina, Uruguay, México y Brasil, países donde se descubrió como diplomático, se confirmó como periodista y se diluyó como poeta; el destierro ético de mi padre, el Gaucho, el militar, el exministro, que a los veintiún años debió dejar Argentina, el país donde nació, para irse al Perú sin quererlo ni necesitarlo del todo.
Y, finalmente, mi propio destierro voluntario, aquí en Madrid, donde me encierro a diario en una habitación con una gran ventana, por la cual veo pasar las siluetas de hombres y mujeres a quienes no me une ningún vínculo ni sentimiento específico, salvo la cálida sospecha de estar en el lugar indicado.
El único lugar posible para sentarme a escribir estas palabras.