Dejarás la tierra 14 #2
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De una puerta vio salir apurados a dos jóvenes con portapliegos y supo que esa era la oficina que estaba buscando.

Se asomó. La sala donde se apiñaban los escritorios resultó ser más pequeña de lo que había imaginado.

Unas pesadas lámparas con bracitos de bronce se descolgaban peligrosamente del techo.

En la pared más ancha, entre una pizarra negra y un reloj con números romanos, el retrato del fundador, Pablo de Olazábal, parecía amparar o más bien vigilar a esa veintena de hombres adustos que fumaban y hablaban en voz alta mientras escribían a mano las notas de la edición del día siguiente.

Desde la primera planta llegaba el resuello estrepitoso de la máquina rotativa que días antes acababa de ser instalada.

Al cruzar apenas el umbral de la puerta, aspirar el aire concentrado que emanaba la redacción, ver el desorden de los montones de papel, advertir a los redactores entregándose documentos con actitud confidencial y oír esas voces de tertulia que discutían asuntos que parecían estar a punto de modificar para siempre la historia del Perú, Fernán se sintió dentro de un templo en el cual se profesaba una religión a la que él debía pertenecer.

Tenía veintitrés años recién cumplidos y, aunque había trabajado antes escribiendo notitas ínfimas para El Tiempo y El Redondel , solo en la sala de La Prensa , al lado de esos hombres de traje y bigote que ahora lo escrutaban con indiferencia pero de quienes se volvería amigo entrañable, se curtió a plenitud en las satisfacciones, gajes y sinsabores del periodismo.

Desde un inicio se aplicó recabando la mayor información posible en cada comisión asignada, escribiendo sus artículos, por muy nimios que fuesen, con una escrupulosidad de relojero, huyendo de redundancias y frases hechas, tratando de ganarse el respeto no solo de sus colegas —todos cronistas más fogueados—, sino del director, don Alberto Ulises Calle, un cincuentón de quijada prominente y obesidad desmesurada que intimidaba menos por su aspecto que por los vaivenes de su personalidad: si un reportero le traía una noticia que juzgaba fallida o incompleta, podía perder los estribos en minutos y acabar lanzándole por encima de la cabeza la misma silla donde segundos antes lo había invitado cordialmente a sentarse.

No podría haber imaginado Fernán en esas primeras semanas de deslumbramiento que solo dos años después se vería en la obligación de asumir abruptamente la dirección del periódico.

Ocurrió en 1908. El flamante presidente Augusto Bernardino Leguía había mandado encarcelar a todo el directorio de La Prensa y a varios de sus periodistas principales —empezando por Alberto Ulises Calle— por respaldar un levantamiento contra el Gobierno producido en la Sierra central.

Ante la emergencia, mi abuelo fue elegido para ponerse al frente de la diezmada redacción.

En esos años la prisión era un castigo habitual para periodistas de oposición, en general para todos aquellos que el régimen considerara sus detractores.

El propio Fernán acabó en la Prefectura en junio de 1909 por un capricho de Leguía, mejor dicho, por un desatino del señor Boris Kirchhoff, un técnico alemán que había llegado unos años antes a La Prensa para instalar una máquina impresora con mejor tecnología y supervisar la marcha de la rotativa del primer piso.

El señor Kirchhoff era aficionado al tiro al blanco y mientras vivió en el Perú participó en varios campeonatos llegando a ganar el torneo más importante de la época, el premio Juan Gildemeister.

Como todo tirador, tenía armas deportivas, algunas de las cuales guardaba o escondía en una oficina de La Prensa pues el campo de entrenamiento quedaba a solo dos manzanas de allí.

Ese hecho sería irrelevante si no fuese porque en aquel junio de 1909, doce horas después de la revolución de los hermanos Amadeo e Isaías Piérola —un episodio violento que mantuvo al país en la incertidumbre y que supuso un asalto al Palacio de Gobierno seguido del secuestro temporal del presidente Leguía, que fue conducido por las calles y forzado sin éxito a dimitir—, el Gobierno ordenó una requisa policial en La Prensa .

El presidente estaba seguro de que el periódico que ahora dirigía Fernán Cisneros había coordinado esa artimaña poniendo en peligro su vida y la continuidad de su mandato.

La Policía Armada entró en la redacción con prepotencia, pateando puertas, derribando escritorios, rompiendo cristales, dando culatazos a quienes oponían resistencia, acusando a todos de confabularse contra el régimen.

Fernán estaba en su despacho, la chaqueta colgada en el respaldo de la silla, los dedos veloces como libélulas sobre una Remington negra, escribiendo la crónica de la revuelta de los hermanos Piérola.

Los agentes irrumpieron sulfúricos y le informaron a gritos que revisarían todos los rincones.

Fernán aceptó la inspección con un respingo, advirtiéndoles que no encontrarían un solo indicio incriminatorio.

No pasó mucho rato antes de que dieran con las dos pistolas y los tres rifles Mauser que Boris Kirchhoff tenía arrumbados dentro de un archivador.

Los policías encontraron risible el argumento de las «armas deportivas», y con esa única prueba, según ellos flagrante, el Gobierno clausuró La Prensa y metió preso a Fernán durante quince días.

Su segundo encierro, meses después, fue más prolongado: ciento veinte días en la siniestra penitenciaria conocida como El Panóptico, por intentar publicar una edición clandestina de La Prensa .

En la cárcel mi abuelo se pasaba noches enteras leyendo novelas de Zola —por encima del toque de campana que obligaba a los presos a dormirse—, a insistencia de sus compañeros de calabozo, tres jovencitos indígenas y analfabetos que habían sido recluidos a perpetuidad por homicidas, a quienes la voz y las palabras de Fernán salvaban de la mayor pesadilla del confinamiento: quedarse dormidos y soñar con la vida libre que llevaban antes de perpetrar sus crímenes.

Diez años más tarde, en 1921, cuando Leguía regresó al poder como dictador, volvieron los avatares para mi abuelo.

En esos días el Gobierno se preparaba para celebrar el primer centenario de la independencia y con ese propósito se organizó la construcción de monumentos, hoteles y una ancha avenida que sería bautizada con el nombre del presidente.

A través de las páginas editoriales de La Prensa , Fernán reveló que el Gobierno pretendía gastar la desmedida cifra de cincuenta millones de dólares.

El titular de portada en clave de pregunta era: «¿Por qué una celebración implica tal derroche de dinero?

». A la mañana siguiente, una mañana cualquiera de marzo, sin haberse alejado cien metros de su casa, justo cuando empezaba a agradecer los últimos destellos de sol sobre la plaza Bolognesi, fue sorprendido por esbirros del Gobierno que ni tiempo le dieron de averiguar qué estaba ocurriendo.

De la Intendencia de Policía lo trasladaron a empellones a la prefectura y luego, en barco, a la isla San Lorenzo, donde se había mandado construir una cárcel para «presos políticos».

Su captura dio pie a reacciones populares y pronunciamientos por parte de políticos y coaliciones estudiantiles.

Las presiones fueron tantas que Leguía acabó devolviéndole la libertad.

Pero mi abuelo Fernán no se quedó tranquilo y a los pocos días de salir de la cárcel convocó a una manifestación en la plaza de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde tomó la palabra en favor de los que seguían metidos en prisión.

La muchedumbre colmó el recinto clamando justicia, aplaudiendo a ese tozudo orador que parecía haberse obsesionado con quebrar los nervios del presidente.

Cuando Fernán salía en hombros haciendo con los brazos señales de victoria, una tropa militar entró en la plaza y dispersó a la concurrencia con una seguidilla de tiros al aire.

Al darse cuenta de que los agentes lo perseguían, mi abuelo buscó primero cobijo en la puerta del Club Nacional y de allí emprendió una carrera de velocista, en zigzag, hasta La Prensa , donde logró encerrarse para escribir un editorial fustigando el proceder matonesco de los militares en el desbaratamiento de la exitosa reunión en San Marcos.

A la medianoche, el intendente de la Policía, Braulio Godoy, se presentó en su oficina con un decreto según el cual «se expropiaba La Prensa , incluidas todas sus instalaciones por utilidad pública».

Fernán desgarró el sobre, leyó el contenido e hizo trizas el papel en las narices de Godoy.

—¡Este decreto no cumple los requisitos de ley, oiga usted!

El rapto de dignidad le costó muy caro. Lo desmayaron de un latigazo y al día siguiente amaneció boca arriba, mirando el techo sin orificios de la cárcel desde una cama de cemento al pie de la cual se desordenaban una bacinica, una escudilla, un jarro, una cuchara, una escobilla y un peine.

Hubo un nuevo cargamontón público y lo soltaron a las horas.

Entonces mi abuelo volvió inmediatamente al local de La Prensa encontrándose con la sorpresa de que el Gobierno había confiscado todas las máquinas y manipulado la última edición, pergeñando un editorial muy favorable a Leguía, sin dar una sola explicación de lo ocurrido con los periodistas la madrugada anterior.

Al ver que el periódico que él y sus compañeros habían defendido tanto era ahora un matutino apócrifo, Fernán acudió a las oficinas de El Comercio , donde accedieron a publicarle una carta denunciando la usurpación de La Prensa a manos de los secuaces de Leguía.