Dejarás la tierra 14
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Los quebrantos y paradojas de mi abuelo empezaron con sus prematuros conflictos de identidad. Nació en París en un hogar triste, a dieciocho días del fallecimiento de Gonzalo, el hermano de tres años que no llegó a conocer.

¿Puede el nacimiento de un hijo atemperar la desaparición de otro?

¿Puede la presencia de un niño neutralizar el recuerdo vivido del ausente?

¿Puede un ángel derrocar a un fantasma? ¿Puede la vida imponerse así de rápido a la muerte?

No veo cómo: la muerte aplasta la vida con brutalidad.

Los signos de la muerte anulan los signos de la vida con tal eficacia que, al cabo de unos años, recordamos más, mucho más, el día en que nuestros parientes se fueron a la tumba que el día en que nacieron, y recordamos con más precisión los años que llevan de muertos, y nos cuesta cada vez más calcular los años que cumplirían de seguir entre nosotros.

La fecha del sepelio, trágica, definitiva, ulterior, se impone a la fecha del nacimiento, al punto que los cumpleaños de los muertos, o de los vivos antes de morirse, acaban por perder su sentido y significado.

Fernán nació bajo esa impronta en una casa macilenta, sin sonrisas, o con sonrisas que eran disimuladas muecas de dolor.

Su niñez, además, se vio afectada por el deterioro de su padre.

A medida que Fernán crecía, Luis Benjamín se ovillaba, torturado por los rigores de su enfermedad.

Algo de esa decrepitud debió penetrar en su temperamento, minando de pesimismo o precaución sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida.

Fernán adoraba con tal reverencia a su padre que le dedicaba poemas a escondidas, como un niño enamorado que busca congraciarse con el objeto de su amor sin saber cómo, y que se frustra y prefiere guardar cierta distancia contemplativa antes que fracasar.

Mi abuelo estaba tan unido a su padre que se esmeró en encauzar sus pocas energías cuando Luis Benjamín comenzó a enfermarse.

Pero su padre era un hombre ilustre y reputado, y ese renombre, a la par que provocaba en el hijo corrientes de orgullo, también lo saturaba o empequeñecía.

Su amor por ese hombre le hizo creer que su papel en el mundo solo podía ser discipular.

Era consciente de que mientras más cerca estuviese de él, menos reconocible se haría para los demás; y sabía que, al compartir los intereses y perspectiva de su padre, el reto de existir como individuo sería monumental, pero no le importaba.

Solo cuando Luis Benjamín murió, Fernán pudo surgir.

Tenía veintidós años. Antes no hubiera podido.

Destacar antes hubiese constituido un acto parricida que él era incapaz de llevar a cabo.

No podía siquiera pensar en superponerse a Luis Benjamín, pues tampoco tenía talento suficiente para desmarcarse ni brillar con una intensidad parecida.

No tenía el ansia, la espesura, ni la mirada oceánica del padre.

No había vivido los dramas del padre. Tenía, en todo caso, sus propios dramas, pero a los veintidós estaba aún muy lejos de identificarlos y llamarlos por su nombre.

Sin autonomía, supeditado a su condición de «hijo del primer poeta coronado del Perú», se sentía un satélite, un apéndice, un elemento accesorio.

Un día de 1897, al recibir Fernán su diploma de graduación del colegio Labarthe, vio que el cartón decía «Luis Benjamín Cisneros».

Alguien lo había confundido, como si el único Cisneros digno de aparecer mencionado en un diploma fuese el padre.

Su mamá prometió enmendar el error pero nunca lo hizo y el diploma mentiroso quedó colgado así todos los años siguientes remarcándole su inexistencia.

Su propia partida de nacimiento, tramitada en París, también contenía una falla.

No decía «Fernán» exactamente, sino «Ferdinand».

El funcionario encargado hizo una traducción libre sin que nadie se lo solicitase, y cuando Luis Benjamín fue a recoger el documento, al encontrar detrás del mostrador a un hombre esquivo y malgeniado, se sintió corto de hacerle notar su equivocación, así que prefirió no importunarlo asumiendo que su hijo corregiría el error en el futuro.

Nadie llamaba a mi abuelo por su nombre.

En el colegio Labarthe le apodaron Cabezón, y cuando ingresó en la Universidad San Marcos los demás estudiantes le llamaban Cisneritos.

No fue extraño entonces que durante sus primeros años como periodista, años en los que su padre todavía vivía, Fernán firmara sus artículos con seudónimos.

En El Tiempo escribió unas quintillas que, bajo el título «Fin de Semana», firmaba como Don Tito.

Luego usó otros apelativos —Zeta, Juan Peruano o Cavaradossi— para firmar notas parlamentarias y crónicas teatrales, donde reseñaba montajes, óperas, zarzuelas y contaba las disputas tras bambalinas entre «caballeros que intercambiaban trompadas en los vestuarios en defensa de sus actrices favoritas».

También sus reportajes taurinos los publicaba con un alias: Retazos.

Si bien emplear seudónimos era parte de una costumbre de intriga periodística de la época, en su caso no se trataba de una moda.

Era timidez, laconismo, repliegue. Una manera de no asumir su lugar en el mundo.

De no tomar la palabra. Tal vez su nombre le incomodaba, o tal vez pensaría que, mientras su padre viviera, a él no le tocaba otra cosa que ser el hijo invisible de una celebridad literaria (uno de sus primeros artículos de opinión empieza diciendo: «Yo soy muy poca cosa»).

Y como amaba a su padre y solo deseaba que el viejo se recuperara de los temblores, posiblemente llegó a creer que su manera de contribuir a ello era evitando toda audacia y figuración.

Mi abuelo asumía que su padre podría deprimirse, acaso hasta enfermarse más si percibía que le arrebataban sin querer algo de atención, y estaba dispuesto a inmolarse, a privarse de todo lucimiento con tal de que este consiguiera restituirse y vivir algunos años más, aunque eso significara mantenerse sumergido, anclado, fuera del cañón de luz que caía directa y exclusivamente sobre Luis Benjamín Cisneros.

Cuando su padre murió, mi abuelo notó con terror cómo, bajo la amargura de la pérdida, fluía el torrente de una libertad nueva.

Había pasado años sospechando que él sucumbiría cuando faltara su padre y ahora resultaba que no.

Una vez que probó los efectos purificadores que se habían desencadenado dentro de sí ya no quiso dejar de experimentarlos.

Al principio todo era difuso pero, poco a poco, Fernán percibió en su mente sólidas mudanzas, agrupaciones irreversibles, y fue consciente de que al fin se ensamblaban en su interior tuercas que habían estado demasiado tiempo disociadas, desconectadas las unas de las otras, esperando el momento correcto para compenetrarse y echar a andar un mecanismo que, de otro modo, habría quedado inutilizado para siempre.

Solo cuando su padre murió, acabaron las postergaciones para mi abuelo Fernán.

Entonces surgió. Despuntó. Se salvó. Se sintió liviano.

Se atrevió a encarar lo que venía. Y empezó a firmar artículos con su nombre.

Y por primera vez creyó que era posible ser alguien. Ser otro. Existir.

Las cartas de mi abuelo a su hermano Alfonso están firmadas en Montevideo en 1935, catorce años después de que el presidente Augusto Bernardino Leguía lo deportara del Perú; una deportación que marcó su destino y marcaría el de sus hijos y nietos de un modo que Fernán no pudo figurarse la tarde en que llegó al muelle del Callao obligado a irse del país.

Todo había empezado en el diario La Prensa .

Desde que vio la luz en 1903, La Prensa mantuvo una línea de oposición muy crítica al Gobierno civilista de Manuel Candamo, cuestionando tanto las declaraciones del presidente como las de sus ministros; en especial, las del ambicioso ministro de Hacienda Augusto B.

Leguía. Años después, cuando Leguía subió al poder, las relaciones se hicieron aún más tirantes y antipáticas.

La mañana de 1906 en que llegó a La Prensa , Fernán se quedó un buen rato admirando la fachada del edificio colonial número 745, ubicado en la calle Baquíjano del jirón de la Unión, antes de entrar en el vestíbulo y preguntarle al hombre que hacía de vigilante en cuál de los tres pisos funcionaba la redacción.

—En el segundo. Subiendo la escalera, a la izquierda —le respondió sin mirarlo.

Los peldaños de mármol se le hicieron interminables.